28, Ago 2008

Burbujeo de palabras

Mencken_2 El gran crítico literario, lexicógrafo y satirista H. L. Mencken, abría todos los años un par de paréntesis a sus ocupaciones para sumergirse en las convenciones de los partidos. El escritor se apartaba de su meticulosa inspección del idioma para deambular en los pasillos y salones donde traficaban poder los jerarcas de los partidos. Visto el espectáculo de cerca, parece ser claro que la política no tiene gran utilidad, decía. Es una actividad disipada, sórdida, obscena, escabrosa. Sus virtuosos no son más que canallas con talento. Pero no nos olvidemos que la política tiene una fabulosa capacidad para relajarnos y que ha prestado extraordinarios servicios a la industria del entretenimiento. Ese era el dominio de las convenciones: fuentes de un placer morboso y divertido; espectáculos grotescos y fascinantes.

El periodista de Baltimore tenía un oído atentísimo a la disonancia oratoria. Sus descripciones de los discursos de potentados y aspirantes son joyas de la exageración y la precisión. Algún orador le recordaba una liga de esponjas mojadas, a una rancia sopa de frijoles, a perros ladrando idiotamente en una noche interminable. De la factura de algún mensaje decía que estaba peor escrito que un texto redactado por un profesor de inglés. El reportero—que, por cierto, no sentía ninguna simpatía por la democracia—responsabilizaba al auditorio de la ruidosa palabrería. La gente no quiere ideas: quiere palabras. Desea vacuidades sonoras mil veces repetidas, aderezadas con gestos enérgicos. Si la frase ruge, no importa si tiene significado.

Los juicios de Mencken siguen describiendo con puntualidad la oratoria predominante. La interminable procesión de declamadores que calientan la arena para los principales oradores repiten mil veces el mismo guión: una conmovedora historia familiar, los desastres de los ocho años republicanos, la equivalencia de las políticas de McCain y Bush, una súplica a Dios para que bendiga a su país. La anécdota de la niña con cáncer que lloraba y sólo pedía la oportunidad de tener un seguro de vida; una referencia a su amorosa esposa Lucy y a sus nietos que sólo quieren seguir viviendo el sueño americano. La mezcla es inquietante a los oídos extranjeros: mezcla de familia, creencias y política. Matrimonios, nietos y dioses invocados como argumentos legítimos en la batalla electoral.

Pero entre este grajeo aparecen, en buen momento, mensajes que cuentan, que expresan una visión estratégica, que desarrollan una idea que crece, y comunican una emoción en ascenso, que raptan la atención de un auditorio. Palabras que resultan eficaces. No han faltado estos mensajes en la Convención de Denver. El discurso de Edward Kennedy ligó el presente con las grandes aspiraciones del partido. Precedidas por una seria tensión, las palabras de Hillary Clinton—un tanto impostadas y autorreferenciales—empezaron a caminar la ruta de la conciliación partidista. La charla de Kerry, a pesar de su sabida entonación distante, denunció inteligentemente a los republicanos que se creen dueños del patriotismo. La gran pieza de la convención ha sido, sin lugar a dudas, la admirable pieza del expresidente Clinton. Clinton llegó a su cita como el gran patrono que empezaba a perder ascendiente entre sus fieles. Sus ataques a Barack Obama durante la elección primaria habían dejado heridas vivas. Su intervención le restituye a Clinton autoridad dentro de su partido. Discurso ejemplar: teje un mensaje sencillo y poderoso, bien medido, inteligente y apasionado, profundo y directo. Hizo un reconocimiento a su esposa, pero, a diferencia de ella, colocó a Barack Obama en el centro de su alocución. Su elogio fue político y también personal. Y, sobre todo, encaró la principal crítica que recibe el abanderado demócrata y que es, en buena medida, herencia de la batalla primaria: la inexperiencia de Obama, su impreparación en asuntos de seguridad nacional. Creo que Clinton pronunció hoy uno de los mejores discursos de su vida. Lo hizo situándose en la plataforma del estadista que palpa los desafíos internos y exteriores de su país y que convoca a su partido a respaldar a su antiguo adversario. Anoche fue buena noche; la mejor noche de los demócratas.

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2 Comentarios

  1. Rodrigo dice:

    Hola Jesús, el brillante discurso de Bill Clinton debería ser la referencia para una nueva etapa en la campaña de Obama en donde debería haber un mayor énfasis en el vínculo entre McCain y Bush siempre proponiendo el cambio. A últimas fechas Obama ha perdido ímpetu al tratar de hablarle a la América conservadora lo que no logrará si no propone una agenda del cambio y señala puntualmente los errores Republicanos.

  2. El Oso Bruno dice:

    El problema es que el buen discurso de Clinton puede ser un arma de dos filos, Lo reafirma como la gran estrella del partido, mantenendo a Obama en un segundo plano. Vamos a ver que pasa hoy.

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