27, Ago 2008

Duelo de hazañas

Hillary_obama_time_2En momentos en que todos deuncian el imperio de la apatía, el entusiasmo se manifiesta. La política sigue siendo capaz de encender el ánimo, de movilizar la imaginación, de perfilar esperanzas. El animal demócrata no está libre de contrariedades y desaveniencias pero manifiesta algo palpable. Se ve en los ojos jubilosos y los hombros desmoralizados que se cruzan en esta convención. Vienen del mismo sitio: la pasión. En la dicha inmensa de los delegados negros que caminan orgullosos por los pasillos y en el orgullo terco de las mujeres mayores que presumen el respaldo a su candidata se ve algo más que el cruce de clientelas frustradas y exitosas. Se percibe la autenticidad de la emoción política. Durante la larga campaña interna del Partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton fueron algo más que candidatos: símbolos de causas hondas, anhelo de cambios históricos, propelas de movimientos resueltos. Cada uno de ellos, por supuesto, aportaba a la campaña una biografía, un paquete de propuestas, una visión para el futuro de su país. Pero entraba con una carta adicional: el palmario poder emblemático de sus candidaturas: la posibilidad de que al cerrado club de presidentes de los Estados Unidos se incorporara una mujer o un negro. Aún un insensible a las sensibilidades de la identidad como el que escribe apresuradamente esta nota se percata de la fuerza de estos emblemas.

El Partido Democrata ha sido escenario de un duelo de hazañas. La campaña interna fue larga y enconada. Pero fue, sobre todo, el choque de grandes ambiciones y de grandes personajes. Clinton y Obama, cada uno a su modo, cada uno con su vocabulario y cada cual con sus distintas pericias han se han afanado por escapar de un capítulo histórico para brincar a otro. Cada uno confrontó un enemigo corrosivo e invisible: el prejuicio. Dos candidaturas contra la discriminación. Ninguno de ellos se escudó exclusivamente en la carta de su identidad. Ambos son especímenes políticos formidables. Él un predicador del consenso, un magnífico organizador, un comunicador prodigioso. Ella, una combatiente feroz, versada como nadie en los mecanismos del poder, una realista alerta a la conspiración de los detalles. El gran contratiempo en el Partido Demócrata fue que las hazañas que representaban sus abanderados tuvieron que enfrentarse. No había espacio para la conjunción.

Las gestas de la inclusión no han dejado de combatir y de excluirse. Las hostilidades entre los excandidatos han cesado. Con tardanza pero sin ambages, Hillary Clinton aceptó su derrota. Pero las aguas puestas en movimiento no pueden detenerse de pronto. Las palabras de reconciliación se han pronunciado pero la herida sigue visible. Por los pasillos de la convención y en la ciudad de Denver deambulan viudas. En su mayoría son mujeres mayores. Están armadas de botones, camisetas, sombreros y bolsas de su heroína. Aceptan la derrota de su candidata pero se sienten lastimadas, maltratadas. De muchas maneras expresan su renuencia a trabajar por una candidatura que no logran hacer suya.

Hillary Clinton perdió la candidatura por una compleja cadena de causas. Arrogancia propia y prejuicios ajenos; por desorganización interna y por la estrategia del adversario; por su respaldo a la invasión de Irak y la pesada carga de su marido. Anoche hizo lo que tenía que hacer: apoyó a Barack Obama y llamó a votar por él. Profesional, cumplió. ¿Fufe convincente? La factura de su discurso fue impecable y contuvo las palabras esperadas: Obama es mi candidato. Pero volvió a pronunciar un discurso autorreferencil, un discurso que no deja libre el escenario para el candidato y sigue rindiendo homenaje a la dinastía Clinton. Yo, yo, Obama, yo, yo, mi marido. El problema no es que el país no esté preparado para un presidente negro, decía alguien en estos días. El problema es que los Clinton parecen no estar preparados para que nadie más que ellos ejerza el liderazgo en el Partido Demócrata.

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Un comentario

  1. Rodrigo dice:

    La pregunta natural, dado el tamaño de la fractura, es ¿por qué no escoger a Hillary como candidata a VP?

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