26, Ago 2008

Raza y raíz

Obama_changeLa elección del 2008 dio un giro inesperado. Se encaminaba a ser una fulminante condena al pasado inmediato y se convirtió en una elección sobre un personaje insólito: Barack Obama. El vuelco ha sido infortunado para las ambiciones demócratas que tendría el camino más despejado si la personalidad del abanderado no fuera el eje de la campaña. La intensidad expresiva de su candidatura lo convierte en el imán indiscutible de la campaña. El hecho es que una campaña que podría haber sido una embestida contra el mandato de George W. Bush está resultando una obsesiva investigación en la psicología, la genética y la teología de Barack Obama. El resultado de esa detenida observación es ambiguo: muchos ven en él al personaje que encarna el cambio, mientras otros encuentran razones para dudar o para temer. La identidad del candidato está en el centro del debate. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuál es la cepa de su lealtad? El debate que vagamente (y renuentemente) se entabla aborda la raza y la raíz: el color y la nacionalidad.

Algunos de los promotores de Barack Obama han detectado en su retórica una apuesta por una política postracial. Sus cromosomas y su biografía fundamentan esa noción. Más que negro, mulato; más que afroamericano: hijo de un africano y una norteamericana. Cierto: su cara no se parece a las que retratan los billetes, pero no nunca fue marcado por la segregación ni padeció en carne propia el racismo. Ahí está una de las líneas de cuestionamiento a su candidatura: el personaje escurre todas las categorías que la taxonomía política norteamericana ha desarrollado de manera puntillosa: raza, edad, género, religión, ideología, región. El cruce de estos casilleros ayuda a precisar el contexto de un personaje, el origen de una política, las implicaciones de un gesto. De alguna manera, la clasificación domestica: atrapado en un casillero, el sujeto encuentra lazo y jaula: se sabe qué esperar de él y se puede anticipar de algún modo su rumbo. Obama resulta inclasificable: es negro pero no es realmente un afroamericano; vivió en un extremo del país y se educó en el extranjero; es liberal pero no tanto.

El mensaje racial de su candidatura no puede ignorarse. Algo de su atractivo se funda en la esperanza de un país de dejar definitivamente atrás la gran vergüenza de la esclavitud y el racismo. Eso que Obama llamó su pecado original. La victoria de Obama implicaría una feliz conclusión simbólica de una larga historia de conflicto, una manera de cambiar una página histórica. El éxito de Obama sería el mayor elogio a un país que ha logrado cambiar. Esa sería el alcance de su presidencia, decía ayer Edward Kennedy: dar por concluida la era del racismo en los Estados Unidos. Pero la carta racial es casi inmencionable en la campaña. La raza es la ballena en la mitad de la sala de la que nadie quiere hablar. Las encuestas—que en esto son más inconfiables que en otras cosas—sugieren que los norteamericanos están preparados para tener un presidente negro en la Casa Blanca. Apenas un 5% de los electores acepta que jamás votaría por un candidato afroamericano. Pero evidentemente, el racismo persistente en los Estados Unidos no se proclama racista. Pero la raza sigue separando. Una quinta parte de los blancos se siente discriminado por una política que, a su entender, ha dado demasiadas ventajas a los negros. Los resentimientos son mucho más vivos que el discurso postracial de Obama sugeriría. Sobre todo en los mayores, en quienes padecen mayores privaciones, en quienes viven en el sur.

Michelle Obama, esposa del candidato tuvo una tarea hoy al pronunciar el discurso central de la noche: enfatizar la raíz de su familia; colorear la vida de su marido como símbolo de “la gran historia norteamericana.” Una hinchada declaración de lealtad patriótica. La ballena no fue mencionada: apenas una leve referencia a la raza por vía de una evocación de Martin Luther King.

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2 Comentarios

  1. fmgarzam dice:

    Que buen papel estás desempeñando. Hacía falta reportajes de la convención.
    La verdad que vale la pena; aunque a ratos me da flojera. Y eso que resulta sumamente interesante por un ticket tan atípico.
    Confieso que ahora hasta le veo el lado bueno a Hillary. Podría ser una buena Secretaria de Estado–bueno si se transformara en James Baker.
    Saludos
    FMGM
    p.s. A veces la acusación de falta de experiencia suena racista, alguien de color nunca encajará ni adquirirá experiencia en
    la cluby atmósfera blanca.

  2. A.Perez dice:

    Y que hay de Colin Powell y Condoleeza Rice?

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