25, Mar 2008

La narcoguerrilla

El artículo de Joaquín Villalobos en El país de ayer distingue dos tipos de movimientos guerrilleros en América Latina. Unas guerrillas consideraban la lucha armada como un instrumento, otras un fin en sí mismo. Las primeras, a su juicio, empujaron transformaciones, mientras las segundas no se dieron por enteradas cuando el mundo cambió y se abrieron espacios para la izquierda. Entre éstas destaca a la FARC. El calificativo de terrorista no es invento norteamericano, es la justa descripción de un grupo que ha extorsionado, secuestrado y asesinado a miles de inocentes. Concluye Villalobos:

Las FARC son una amenaza transnacional, tienen el poder financiero del narcotráfico para corromper, intimidar y destruir instituciones en cualquier parte como cualquier cartel, pero su pasado político insurgente confunde. Perú, Brasil y Panamá los persiguen de forma coordinada con Colombia, sin embargo, Venezuela y Ecuador la consideran una insurgencia legítima y esta diferencia provocó la reciente crisis regional. No son los gobiernos el problema, sino las FARC. La confusión sobre la naturaleza de éstas alcanza a sectores de la izquierda europea y latinoamericana, particularmente en México. Estas izquierdas siguen idealizando al guerrillero y justificando una violencia que ya no es política sino criminal. Sustentan su posición en el imaginario de un pasado autoritario inexistente, necesitan mentir, justificar excesos y reinventar a su enemigo para tener sentido. Su apoyo a las FARC fortalece en definitiva a la derecha colombiana y constituye un peligro para sus propios países.

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Un comentario

  1. federico zertuche dice:

    Federico Zertuche González
    Tel. 8242 3586 Anastasio Bustamante 2620 B
    Cel. 811 285 25 26 Col. Benito Juárez
    E-mail: fz4910@yahoo.com.mx 64420 Monterrey, N.L. México
    La enseñanza del marxismo actualmente
    Por: Federico Zertuche
    Es notable y digno de mención que en algunos bachilleratos y universidades mexicanos todavía se impartan clases de marxismo como paradigma o modelo a realizar, al tiempo de recurrir al análisis marxista para estudiar filosofía, historia y economía, así como otras ciencias y disciplinas, como si tuviese plena vigencia y siguiera siendo válido filosófica, científica, ideológica y políticamente.
    Aparte de que efectivamente desde hace muchas décadas el marxismo ha sido plenamente contestado y demolido filosófica y científicamente, puestos en evidencia sus falacias y erróneos fundamentos y caer en desuso como teoría o método de análisis con pretensiones científicas; más contundente aún resultó el fracaso de su práctica política en los llamados países de socialismo real: el colapso del comunismo fue escandaloso y patético, una terrible lección que la humanidad no debe olvidar y que vino a confirmar las contradicciones y falacias de sus bases teóricas e ideológicas.
    En efecto, los países que padecieron el comunismo real no solo terminaron en estruendosa quiebra económica y devastación ecológica, sino que sus pueblos sufrieron interminables quebrantos en todos sus derechos humanos, conculcadas sus libertades políticas, económicas, civiles, religiosas, individuales y sociales: violados sistemáticamente por dictaduras de partido único amparadas por legislaciones arbitrarias y despóticas cuyos aparatos policiacos represivos y criminales se encargaban de ejecutarlas despiadadamente.
    Los múltiples y elocuentes testimonios de campos de concentración y exterminio como el Gulag o Kolima, así como de la sistemática vigilancia y represión de las policías políticas (KGB, Stassi, et al) en contra de la población son innumerables, fehacientes y altamente dramáticos; han sido documentados por las propias víctimas, sus familiares, intelectuales, periodistas e historiadores que han puesto en evidencia los crímenes cometidos para que no sean olvidados y dejar testimonio aleccionador.
    El dramatismo de los acontecimientos que provocaron la caída del Muro de Berlín, los hechos previos y posteriores, simbolizan el colapso mundial del comunismo, su rotundo fracaso, la estela de sufrimiento, muerte e innumerables pérdidas humanas y materiales que supusieron sus regímenes: esa pesadilla del siglo XX que sacrificara en el altar de las ideas abstractas a millones de personas concretas, como diría Enrique Krauze.
    Y aún así, no obstante toda la inmundicia salida de las cloacas de esos sistemas luego de su colapso, pululan todavía en México algunos comunistas trasnochados anclados en la última glaciación ideológica, que persisten en seguir adoctrinando a los chicos de bachilleres o de universidad (verdaderos cautivos ideológicos), en marxismo y análisis marxista como si fuese la panacea y el ideal a seguir, al tiempo de denostar y presentar como contradictorio, criminal y malvado al capitalismo; es decir, enseñan a los alumnos a despreciar el sistema en el que viven y a calificarlo moralmente como malo y perverso. Del socialismo real, ni una crítica enderezan.
    Inculcan en los jóvenes estudiantes, (explotando el idealismo romántico y justiciero propio de su edad), resentimientos, odios e impulsos reivindicatorios al adoctrinarlos mediante ideas seudo científicas como la lucha de clases, el materialismo dialéctico, la necesidad de la revolución violenta para derrocar al sistema burgués, la dictadura del proletariado, la abolición de las clases sociales y de la propiedad privada, el determinismo y monismo económico que pregonan y la instauración del comunismo como panacea liberadora de la explotación capitalista.
    No es casual ni debe sorprendernos constatar la presencia de “estudiantes” mexicanos en campamentos clandestinos de guerrilleros de las FARC, levantadas en armas en contra del gobierno legítimo y democráticamente elegido de Colombia, asentados en territorio del Ecuador con la connivencia del gobierno de éste país y apoyados por el sátrapa de Venezuela.
    El padre de una de las mexicanas heridas en dicho campamento justifica su presencia alegando que su hija estaba “estudiando”, realizando una “investigación académica”, (aunque se sabe que hace muchos años que dejó la Universidad al concluir el ciclo escolar), justo en un campamento militar subversivo y clandestino, al mando, ni más ni menos, que del segundo jefe de las FARC, uno de los terroristas más buscados por el que se ofrecía una millonaria recompensa; en medio de la selva ecuatoriana, que para saber de su localización, poder acceder y lograr la autorización para permanecer ahí fuese necesario sólo el interés académico de unos “estudiantes” mexicanos. ¡Qué estudiosos!
    Valga la oportunidad para destacar el enorme repudio que la gran mayoría de los colombianos tienen por las FARC, grupo guerrillero con casi 50 años de vida que se mantiene gracias a las multimillonarias sumas de dinero obtenidas por el secuestro, la extorsión, el chantaje, el terrorismo y sobre todo, por el narcotráfico a los que se dedican desde hace décadas. Tales son sus verdaderas y reales razones de ser y existir: lo demás es demagogia. En Colombia todo mundo lo sabe, por eso respaldan a su sistema democrático, incluyendo partidos y gente de las izquierdas. Quien esto escribe vivió en éste país y le constan por experiencia dichas opiniones abrumadoramente mayoritarias en todas las clases sociales.
    Esos “profesores” (como el papá de la mexicana activista de las FARC) lucen como sacerdotes de un culto ideológico, se empeñan en desubicar a los chicos de la realidad, en dotarlos de instrumentos y herramientas para otro sistema, el marxista-leninista, que ya no existe en ningún lado (salvo en los renegados y esperpénticos regímenes totalitarios de Corea del Norte y Cuba, donde los déspotas heredan el poder a hijos y hermanos), en lugar de ofrecerles medios e instrumentos para adaptarse, transformar y triunfar en su propia realidad, de enseñar sin prejuicios dogmáticos, ni moralismos pretendidamente superiores, en qué consiste y cómo funciona el sistema en que vivimos, y su respectiva crítica, por supuesto.
    Porque si de juzgar moralmente se trata, el comunismo sería el primer condenado sin recurso de apelación alguno: basta ver sus siniestras secuelas. La crítica del capitalismo seguirá siendo no solamente necesaria, sino válida y benéfica, así es como ha evolucionado ese sistema. Al contrario de los países comunistas donde sólo campeaba una ideología y su partido único, en las democracias liberales siempre ha habido, y esperemos que siga habiendo, libertad de expresión, de crítica y de asociación aún para formar partidos antagónicos al capitalismo.
    Las críticas al capitalismo, entre ellas el propio marxismo, siempre se han dado dentro de ese sistema: no es casual que Marx y Engels así lo hicieran desde Londres donde obtuvieron asilo y refugio. Las críticas al socialismo dentro de sistemas comunistas siempre han sido ferozmente reprimidas.
    Estudiar al marxismo y a los países en donde se implantó el sistema comunista es viable como parte de la historia de las ideas o de las naciones, recordando porqué se colapsaron teórica y prácticamente; estudiarlo tal y como se hace con los otros totalitarismos del siglo XX, a saber, el nazismo y el fascismo.
    Pero volvamos a nuestra inquietud: no creo que sea ni práctico ni moralmente válido enseñar a los estudiantes marxismo como si fuese la panacea, presentarlo como científico y verdadero, cuando no lo es, que ha sido contestado teórica, ideológica y políticamente, en todos los sentidos. El comunismo real se colapsó por implosión, es decir, ya no se podía sostener ni económica ni política ni, de manera fundamental, moralmente. Su legado es tan siniestro como el del fascismo y del nazismo.
    A los estudiantes, que en un futuro cercano estarán viéndoselas con la realidad que les tocará vivir, hay que dotarlos de herramientas e instrumentos válidos y útiles para encararla productiva, eficaz y éticamente, no mediante modelos que no puedan utilizar o aplicar por caducidad e inoperancia. Si desde ahora les enseñamos a enjuiciar despectiva y negativamente al sistema en el que habrán de trabajar, es de esperar que tengan serios problemas para adaptarse a la realidad y caigan en trampas de la fe revolucionaria como las tendidas por los profes profetas o las FARC.
    Eso no quiere decir, ni mucho menos, que soslayemos la pobreza extrema en México, por ejemplo, esa lacra casi endémica en nuestro país que viene de muy atrás y de compleja naturaleza; es responsabilidad de todos atacarla y luchar contra ella, no con revoluciones ni rebeliones armadas, sino mediante reformas, voluntad y trabajo. Los países más desarrollados económica y socialmente tuvieron que haber vencido alguna vez la pobreza interna: Inglaterra tuvo muchos pobres algún día no muy lejano por cierto, Francia lo mismo y Chile, Singapur o Taiwán también.
    A los profes marxistas, esos nostálgicos resentidos y melancólicos, hay que recordarles que la revolución armada ya no es viable, posible ni deseable; el comunismo se colapsó mundialmente en todos los ordenes, su fracaso no solo fue monumental sino particularmente criminal, genocida. Ya salgan de esa perenne rebeldía adolescente, paranoica y laberíntica: regresen a la realidad. Su extravío no les exime de la responsabilidad por extraviar a sus alumnos. Con un poco de paciencia y ganas, podrán recobrar la cordura y el sano juicio.
    La democracia, aunque aún en pañales, llegó para quedarse junto al liberalismo social y de mercado, que dicho sea de paso, nunca ha logrado implantarse plena y debidamente en México; en nuestro país padecemos un sistema de mercado contrahecho por retazos y ocurrencias, amén de monopolios, duopolios y concentraciones vergonzosas de riqueza en unos pocos; hay que fortalecer y consolidar aquellas vías paralelas, no debilitarlas con aventuras mesiánicas, populistas ni caudillistas. Los cambios se implementan mediante reformas negociadas, pactadas y resueltas democrática, institucional y legalmente.
    Lo que el sistema educativo en general y los profesores en particular deberíamos inculcar en los estudiantes son valores y actitudes democráticos, que propicien la tolerancia, el respeto a la diversidad, la igualdad social, la justicia, la resolución pacífica de los conflictos mediante el imperio de la ley en un régimen de derecho y de libertades.

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