29, Nov 2018

Cirujano con machete

La política es voluntad y teatro. Poco más. Eso parece decir Andrés Manuel López Obrador, quien dentro de unas horas se convertirá en presidente de México. Para lograr el cambio, para refundar una nación, basta con desearlo y pintar los telones de una patria nueva. A López Obrador se le conoce por sus convicciones: fe en sí mismo y confianza en el efecto mágico de los símbolos. De esas dos cuerdas colgará su gobierno: centralización y escenografía. Son claros sus mensajes en estos largos meses de transición: concentrar todas las riendas del poder y cuidar, con admirable esmero, la coreografía de los símbolos.

López Obrador se ofrece al país como el Cuarto Padre de la Patria. La megalomanía ha sido parte de su encanto. Primero apareció Hidalgo, sonando las campanas de la independencia; luego vino Juárez, fundador del Estado laico. El tercer padre fue Madero, quien dio la vida por el sueño de la democracia. Ahora viene él para completar el mural con la fundación de una nación fraterna. No pretende ser un gestor. Ni siquiera le interesa ser considerado como un estadista porque para él la tarea pendiente, en realidad, es la nación. Encabezará el primer gobierno de izquierda desde que Lázaro Cárdenas dejara la presidencia en 1940. Encarna, sin duda, una esperanza igualitaria. Poner a los olvidados en el centro. Terminar por fin con el despotismo oligárquico. “Primero los pobres” ha sido su lema. Ese programa igualitario, urgente como ninguno, no solamente enfrenta el rechazo de quienes podrían ser materialmente afectados por sus políticas. En el estilo de su liderazgo, en la coalición que lo respalda, en las confusiones de su estrategia están, quizá, las mayores amenazas de su propio proyecto.

El artículo completo puede leerse en El país

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