07, Jun 2019

Contra la tersura

La tragedia, dice la poeta Anne Carson, evoca ese olor a tocino caliente que hay en la contradicción pura. Desde siempre, la nariz de la filosofía le ha hecho ascos a ese aroma quemado. Su tragedia fue, precisamente, el rehuir la experiencia de lo trágico. Desde su primer monumento ha pretendido enviar al exilio la experiencia del dolor y del lamento. Desde aquella república, la filosofía se comprometió con el ideal de la tersura. Conquistar la armonía, pulir la existencia hasta liberarla de cualquier astilla, amaestrar las emociones; venerar la verdad única y entregarse a ella.

La tragedia es una invitación para entendernos de otra manera. Una propuesta para albergar con sabiduría la viva fricción de lo contradictorio. No es una la verdad, no es una la justicia. Nunca es claro el recuerdo y siempre habrá algo de indómito en nosotros. A defender la tragedia frente a su censora ha dedicado Simon Critchley un buen número de cursos, conferencias, seminarios, y su libro más reciente. La tragedia, los griegos y nosotros es el título del libro que apareció este año bajo el sello de Pantheon Books. No es del infortunio de lo que hablamos cuando hablamos de tragedia. No es trágico un huracán que arrasa una ciudad. Lo trágico no proviene de una agresión de la naturaleza, sino de una conspiración en la que activamente nos coludimos para obrar nuestra propia ruina. La tragedia, dice el filósofo inglés, exige de nosotros cierta complicidad. Una inconsciente colaboración con la catástrofe. En esa involuntaria colaboración despunta una advertencia: porque alojamos a los fantasmas de nuestra desgracia no seremos nunca los amos de nuestra existencia. Absurda es la ilusión de nuestro señorío psicológico. Más que agentes autónomos, somos juguetes, tuercas, trapos.

El artículo completo, aquí.
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