04, May 2016

Hacia la luz de Rothko

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Jack Kufeld, viejo amigo de Mark Rothko, sintetizó la búsqueda del pintor en unas cuantas palabras. Lo conoció como pocos. Tras la separación de su primera esposa, Rothko vivió una temporada con él, en un departamento en Nueva York. Tiempo después recordaría largas conversaciones nocturnas sobre el arte y su política. Rothko siempre llegaba al mismo punto. De lo que se trataba era de encontrar “la esencia de lo esencial.” Esa aspiración de absoluto puede darle, en efecto, sentido a su exploración artística.

Annie Cohen-Solal recorre las distintas estaciones de esa búsqueda en una nueva biografía. Mark Rothko. Hacia la luz en la capilla, es el título del retrato que publicó el año pasado. Es, desde luego, una reconstrucción de sus experimentos con el pincel y el lienzo; con las formas, los símbolos y los enigmas. Su figuratismo fantasmal, sus incursiones en el surrealismo y la mitología, su descubrimiento de, más bien, su conversión a la abstracción. Ir de las cosas a las sensaciones y de la emoción al idea. Es también un examen de las muchas capas de su identidad: el migrante judío, el intelectual de izquierda, el crítico del mundo cultural, el activista. La también biógrafa de Sartre y de Leo Castelli sigue con atención el itinerario de un pensador que aspira a restituir al arte la dignidad que le corresponde, lejos del mercado y fuera de la moda.

Lo tuvo claro desde muy joven. Odió la Universidad de Yale y la abandonó tan pronto pudo. En un artículo estudiantil convocaba a una revolución mental que se destrozara los ídolos y se atreviera a dudar. El arte era para él una forma de acción social. En un libro que jamás publicó en vida expuso su idea del artista como héroe: el creador que derrota a la historia. A lo largo del tiempo, la autoridad decreta las reglas y el pintor las adorna. El verdadero artista las rechaza. “La historia del arte es la historia de esos hombres que prefieron el hambre a la conformidad.” Nada podía irritarle tanto como la degradación decorativa del arte.

Fue tal vez la tentación (imposible rehuir el vocabulario religioso) lo que le mostró la luz que encontraría al final de su vida. Existoso ya en los años 50, recibió el encargo más lucrativo que hubiera recibido cualquier artista de su generación. Se trataba de pintar los murales del restorán del Four Seasons en Nueva York. Rothko alquiló un taller más grande para trabajar en los inmensos lienzos que adornarían el comedero más caro de la isla. Trabajó durante ocho meses en el proyecto pero la idea de prestarse a la decoración le revolvió el estómago. Sentía que se trataba de la peor traición: adornar la fatuidad de los ricos. Le parecía insoportable que su arte fuera telón decorativo. Después de mucho pensarlo, llamó a los empresarios que lo habían contratado, regresó el anticipo que había recibido y envió los enormes lienzos como regalo a Londres. Tardaron más de una década en llegar a su destino final. La mañana en que la Tate recibió los cuadros, Rothko se suicidaba.

La fallida comisión le mostró a Rothko, curiosamente, una posibilidad para su arte: pintura que se integra en el espacio para envolver al espectador y sumergirlo plenamente en su quietud. Huyendo de la corrupción decorativa se entregó al último proyecto de su vida: la capilla donde irradia su oscura y honda luz.

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