19, oct 2016

La santidad del sinsentido

 La escucha tiene su propia memoria, escribe Alfred Brendel en su libro más reciente. Los recuerdos del oído mantienen vivo el ladrido del perro que lo asustaba de niño, las canciones que tarareaba su nana, los gritos de Hitler, el rugido de los aviones, la epifanía de Ligeti, los ruidos de una puesta de Peter Brook, una infinita variedad de carcajadas. En los caracoles del oído el pianista encuentra orden y sorpresa; significado y absurdo. Ese es el sonido del mundo: armonía y capricho. Por eso el libro en el que ha recogido la mayor parte de los ensayos que ha escrito durante medio siglo se titula precisamente Música, sentido y sinsentido. La compilación es una muestra de la inteligencia y la gracia del intérprete que no solamente hace música sino que también la piensa. Brendel no es un músico instintivo. Desde hace décadas ha jugado con las teclas del piano y de la escritura. “Siempre me ha gustado trabajar con las palabras,” dice.

El artista tiene siempre un pie en el juicio y otro en la incoherencia. Razona y delira. Los poemas de Brendel—Brendel es un poeta notable—están llenos de duendes, ídolos y diablos que se carcajean. Uno de ellos relata el día en que ángeles y demonios se reunieron en la tierra para jugar el juego de los hombres. Entre nosotros, se burlaron felices de Dios y Satanás durante horas. Al anochecer, cuando se les llamó de regreso a su morada no pudieron recordar de dónde venían. ¿Eran ángeles o demonios? ¿Debían regresar al cielo o al infierno? Las fronteras entre esos hospicios de la eternidad no le parecen tan claros. Si Brendel tuviera que escuchar a Verdi por toda la eternidad en el Paraíso, solicitaría traslado al infierno.

El humor es el descarrilamiento del sentido. Una incoherencia que muestra la distancia entre lo que sucede y lo que esperamos que pase. Son varios los ensayos que le ha dedicado a explorar el humor en la música. Por ese interés se ha detenido en el momento dadaísta. Los dadaístas aparecen en su libro en varias ocasiones. Recientemente le dedicó a los burlones un ensayo publicado en The New York Review of Books. La risa fue el verdadero instrumento de los dadaístas. Los tradicionalistas no han dejado de verlos como tontos y, dice Brendel, tal vez tengan razón. La bobería libera de las restricciones del cálculo. ¿Por qué desconocer que la tontería nos hace reír? La tontería es chistosa pero no es solo eso, nos libera de la tiranía del cálculo. Los dadaístas, dice Brendel, defendieron de este modo la santidad del sinsentido, el júbilo del absurdo.

El sinsentido que en momentos aparece en la música entraña la demolición de las restricciones racionales y se abre al infinito, dice en un ensayo. Si uno está dispuesto a ello, el absurdo puede conducirnos a una dimensión espiritual. “Sentido y sinsentido entretejidos: suena sensato. Es un idea lo suficientemente absurda como para ser realista. Puede ser capaz de reflejar el mundo tal cual es.”

En las últimas líneas de su libro de ensayos, el pianista agradece tres regalos de la existencia. Las mayores bendiciones que he encontrado en el planeta han sido el amor, la música y el humor. Las tres ofrecen sentido la vida. Y le revelan también su sinsentido.

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Un comentario

  1. SAÚL ALEJANDRO VERGARA MEDRANO dice:

    hola buena tarde:
    Me gustaría recibir algunas recomendaciones de buena lectura, soy estudiante de Derecho de quinto semestre en la FES Acatlán.

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