02, Sep 2016

Milosz y la tentación de no pensar

9788416495771

La confianza del déspota cuelga de la propensión al autoengaño. El principio cívico crece en la esperanza contraria: el deseo de verdad. Aristóteles llegará al extremo de considerarlo un impulso constitutivo de la humanidad: porque somos hombres, queremos saber. Pero, ¿somos en verdad animales que buscan siempre el conocimiento? ¿A toda costa? ¿No será más bien lo contrario? La única especie dispuesta a ignorar lo que tiene frente a la nariz. Si fuera incorruptible ese afán de sabiduría no habría razón para apropiarnos de lo que sabemos falso, para adoptar lo que se sigue por simple hábito, para creer en lo que no se demuestra. Estamos dotados de un cerebro dispuesto a bloquear cualquier imagen fastidiosa. La mente logra borrar a velocidades insospechadas el cuadro inoportuno que tenemos delante. Y sentimos alivio al desterrar la impertinencia; nos consolamos en la mentira, trasladamos a otros el deber de descifrar la realidad.

Czeslaw Milosz se propuso examinar la entrega del pensamiento en La mente cautiva. ¿Cómo es que los intelectuales, esos profesionales de las ideas, están dispuestos a sacrificar su propia mirada, a cancelar sus dudas, a callar las preguntas? ¿Qué resortes se mueven en la compleja maquinaria de esos cerebros tan admirablemente equipados para defender con vehemencia aquello que detestan? Escrito cuando Stalin aún vivía, Milosz se enfrenta al dogma pero también a sus propias tentaciones. Él mismo había sentido la fascinación del historicismo. El diplomático sabe de lo que habla al hablar del pensamiento secuestrado porque permitió su sometimiento. Conoce los encantos del señuelo porque lo ha mordido. Quiso en algún momento agradecer la relevancia que el régimen le otorga al hombre de cultura, creyó posible recogerse en su palacio interior, deseó sentirse parte de la historia, sintió el apetito de sumarse a la gran causa. La fuerza de este ensayo radica en su capacidad para describir el poder seductor de la ideología, la manera en que se aprovecha de las debilidades del temperamento intelectual. Al hacer la taxonomía del pensamiento ideológico creó personajes abstractos que aludían a artista e intelectuales de su tiempo. No es difícil advertir que en todos ellos está también el autor. El ensayo de Milosz hay que insertarlo en la tradición agustiniana, dice Zagajewski: “obra de un pecador que intenta redimir su pecado”. La denuncia de los esclavos del pensamiento comienza con una autocrítica y termina con un adiós. El ensayo es el punto final de la colaboración del poeta con el régimen. La mente cautiva, una petición de exilio, un adiós.

 

 

El artículo completo puede leerse en el número de este mes de Nexos

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