12, jul 2017

Rilke y el despertar de la poesía

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La manada de turistas va de una ciudad a otra recorriendo los lugares que han visto mil veces en fotografías y libros. Van a la caza de las selfis. Son dirigidos por un guía que marca marcialmente el ritmo de sus pasos contándoles las anécdotas del lugar. En un museo florentino advierten una indicación: “prohibido usar flash.” Tal vez entonces, frente a un cuadro de Piero della Francesca, contraviniendo la indicación, suceda algo extraordinario, escribió Adam Zagajewski en un poema.

Y quizá entonces ocurra algo imprevisible,
Oculto en suave algodón, el corazón se conmueva
Se haga el silencio, brille un flash.

No es la cámara el origen del flashazo. El relámpago vendría del cuadro. La obra de Zagajewski, que acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias, es, como declara el título de uno de sus ensayos, una “defensa del fervor,” Una apuesta por ese flash que destella en un cuadro. Es la apuesta por un arte que puede seguir produciendo escalofríos metafísicos. De ello trata también su relectura de Rilke, el ensayo más reciente que podemos leerle en español. (Releer a Rilke, Acantilado, 2017.)

Zagajewski enfatiza el contraste entre el personaje público que fue Goethe, encarnación de lo mejor de su tiempo, un artista y científico admirado por miles y cortejado por los poderosos y Rilke, un “introvertido amante de la soledad.” Rilke no es la condensación espiritual de una época ni de un lugar. Y en eso radica precisamente su grandeza: “Lo más atractivo del estatus simbólico de Rilke apenas tiene nada que ver con las circunstancias externas de la época. A diferencia de Goethe, más que un ineludible representante de su tiempo, Rilke era un elegante sgno de interrogación en el margen de la historia.”

Rilke, el “artista puro” es retratado por Zagajewsk como un hombre sin raíces dispuesto a apropiarse de linajes ajenos. Un hombre que vivía gracias a su imaginación. Como poeta no trató de describir las cosas o las situaciones. Trató de descubrir qué decían esas cosas, qué querían decirnos. El poeta polaco no escribe, por supuesto, un estudio erudito sobre Rilke. En este breve ensayo identifica el poder que esa poesía ha tenido en su propia vida. Cuenta el momento en que recibió el flashazo. Era estudiante preparatoriano y gracias a su profesor de literatura compró un ejemplar de las Elegías de Duino. Recuerda que era un volumen delgado y elegante que empezó a leer tan pronto lo pagó en la librería. El deslumbramento fue inmediato: “y, en mitad de la calle inundada por el monótono estruendo de una perezosa tarde comunista, leí por vez primera las mágicas frases de ‘la primera elegía.’

¿Quién, si gritara yo, me escucharía
en los celestes coros? Y si un ángel
inopinadamente me ciñera
contra su corazón, la fuerza de su ser
me borraría; porque la belleza no es
sino el nacimiento de lo terrible; un algo
que nosotros podemos admirar y soportar
tan sólo en la medida en que se aviene,
desdeñoso a existir sin destruirnos.

Cuenta Zagajewski que, al leer estas líneas sobre la belleza como el nacimiento de lo terrible, “la calle desapareció de repente, se evaporaron los regímenes políticos, el día se volvió intemporal, me topé con la eternidad y la poesía despertó.”

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Un comentario

  1. JORGE EDMUNDO ESQUINCA AZCARATE dice:

    Un muy agradecible comentario sobre un libro estupendo.

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