30, May 2018

Una novela criminal

El epígrafe es la clave. Las líneas no son volutas decorativas. Son la llave que permite descifrar un texto. De los cuadernos de Paul Valéry viene el epígrafe de la nueva novela de Jorge Volpi: “La mezcla de lo verdadero y lo falso es mucho más tóxica que lo puramente falso.” No hay ficción en Una novela criminal, advierte Volpi por la sencilla razón de que las mentiras las aporta el poder. El novelista recuenta la historia de Florence Cassez e Israel Vallarta sin imaginar escenas ni diálogos, sin condimentar los expendientes del juzgado y sin volar en especulaciones. Los hechos bastan. La complejidad de los personajes reales es suficiente para hilar una historia que es una cápsula del México que habitamos. Una historia de violencia y crimen, una historia que describe la batalla contra la deshumanización. Una historia que también muestra la pequeñez de esos poderosos que pueden aplastarnos.

El novelista no imagina, registra. Es la policía, al servicio de una cruzada política,  la que inventa narraciones inverosímiles. Entrenado escrutador de lo verosímil, el novelista se percata de inmediato de los absurdos que se ofrecen como coartada. El escritor apenas aparece como personaje secundario de la historia para dejar constancia de su perspectiva. Cuando necesita tomar cierta distancia de lo comprobable, lo apunta rigurosamente: esto imagino. Se trata de una valiosa aportación ética: honrar la verdad es advertir cuando se plantea una hipótesis, cuando se baraja una presunción. Masha Gessen, la brillante crítica de los gemelos que gobiernan en Moscú y en Washington, lo advertía al leer la diatriba de Michael Wolf contra Trump: el chismorreo que es incapaz de distinguir el hecho de la fabulación contribuye a la degeneración del diálogo. Cuando trozos de la verdad son coloreados con inventos, se degrada nuestro sentido de la realidad. Por eso puede decirse que el primer aporte de esta novela es ético: los instrumentos de la literatura le permiten al novelista documentar una causa criminal y explorar los enredos de un desencuentro diplomático pero lo hace bien ceñido a los hechos, a los instrumentos del proceso judicial, a los testimonios de los involucrados. Cuando se atreve a la conjetura, lo advierte; cuando imagina, lo previene. La posverdad, dijo Timothy Snyder en el panfleto que publicó hace unos años es prefascismo.

Novela que es crónica que es periodismo que sociología que es crítica legal que es denuncia política. Mirada que es, de principio a fin, literatura. Las tenazas del sistema de justicia no son la barbarie de Orient Express, dice al autor en alguna página de la novela. La opresión es propia de El proceso de Kafka. Los complejos y vivos personajes que aparecen a lo largo del libro pertenecen efectivamente a ese laberinto de caprichos que convierte una mentira en verdad. Esa es la tesis que asoma: en un mundo sin Estado y sin ley, las instituciones se alojan en un mundo paralelo, ajeno del todo a la realidad. Inermes, los ciudadanos no son solamente víctimas de la injusticia sino de una torpeza narrativa. El cuento más absurdo rompe vidas. La realidad no importa. Solo es real el poder de quien puede de dictar la realidad. Nada tan tóxico como la mentira enredada con verdades, advertía Valéry. ¿Y cuando la mentira se hace enreda con un poder irrefutable?

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Un comentario

  1. Celerino Menchaca dice:

    Esta es una reseña extraña. A diferencia de la escritura usual de Márquez, esta entrada está plagada de gazapos y errores de gramática elemental. Si se tratara de un tuitazo, resultaría comprensible: lo importante es disparar un comentario al lectorado con celeridad, no con exactitud, ni menos con ánimo ponderado. Pero aquí la situación es diferente: el autor tiene la posibilidad de revisar su texto antes de publicarlo y, supongo, editarlo después si nota malos acabados. Sin embargo, aquí sigue tal cual. Okay then.

    En todo caso, van dos observaciones sobre el libro reseñado. La analogía con la atmósfera opresiva de “El proceso” de Kafka es fallida. El personaje de la novela kafkiana vive un creciente estrujamiento del ánimo, precisamente por qué nunca sabe de qué es exactamente de lo que lo acusan. En el caso de la producción jurídico-cinematográfica de García Luna, los acusados saben bien desde el principio de qué les acusan; el problema es la manera en que se contamina el proceso y, sobre todo, la manera en que se fabrican evidencias, lo que es otra cosa. No es una diferencia menor y, como eje dramático para una larga meditación sobre el Estado malhechor como un perverso dios del antiguo testamento, es una analogía inexacta, porque soslaya el elemento de venalidad cuasi metafísica que caracteriza la experiencia de caer prisionero en el laberinto del sistema judicial mexicano, y que es el elemento central de análisis.
    Otra: la afirmación de que “no hay ficción”, porque “las mentiras las proporciona el poder”; la inferencia aquí, claro, es que ficción es sinónimo de mentiras y, por ende, contrapuesto a la realidad. Para un texto de ambiciones literarias, ésta es una afirmación extravagante por el desconocimiento que delata sobre la naturaleza misma del quehacer literario: la ficción no es lo opuesto de la realidad, sino una manera de abordarlo.

    Pues eso.

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