Ene, 2020

27, Ene 2020

Insultar a las víctimas

El hermetismo intelectual conduce a una ceguera ética. El soberbio que se imagina por encima de los mortales cierra los ojos al mal que puede causar, desprecia el sufrimiento de los irreverentes y cobija a los pillos, si le profesan devoción. El presidente abre las puertas del palacio a quien lo abraza, llega hasta el último rincón del país para recibir veneración. Pero al crítico le da la espalda. Al independiente desprecia. Recibir a quienes piden seguridad es, para él prestarse a un espectáculo indecoroso. La más reciente marcha del dolor mexicano ha recibido su menosprecio. Se trata, a su juicio, de un show, un montaje propagandístico. El reflejo de aquel intolerante que, desde el gobierno del Distrito Federal, agredía a quienes pedían seguridad en la capital, sigue intacto. Como entonces, ve a los ocupantes de la plaza como farsantes. Si no son sus seguidores, no defienden un derecho legítimo: montan un espectáculo de propaganda, con el que no está dispuesto a colaborar. El desprecio de López Obrador por sus críticos es un acto de congruencia: nadie, que no sea seguidor suyo, expresa un interés legítimo.

Lo más preocupante es que el maniqueísmo moral ha hecho escuela. Los seguidores del presidente, siguen su enseñanza y la ponen en práctica. Han bebido el veneno de su prédica diaria: el país está dividido en dos y solo una de esas mitades es valiosa. La otra es perversa y no merece siquiera ser escuchada. En su clase de todas las mañanas el profesor ha insistido en que el tiempo de México ha sido el enfrentamiento de unos que han sido muy, muy buenos contra otros que han sido endiabladamente malvados. Los malos, por supuestos, monopolizan el vicio: la mentira, la corrupción, la deslealtad son de ellos. En el presidente y sus afines no hay siquiera la posibilidad de vicio. Dudarlo es ya una afrenta patriótica. “¡Eso calienta!”, dice nuestro simpático mandatario, como si, por impensable, fuera chistoso el trazar la línea de las continuidades en su gobierno. Hablar de las similitudes entre la política de hoy y la de hace unos años (aunque los paralelos sean más que evidentes) es para él inconcebible.

Pero ese hermetismo intelectual, decía en la primera línea, no dificulta solamente el trato con la realidad. También cancela la posibilidad del entendimiento. No solamente entender el mundo, sino entender al otro. Una administración sellada por la fe es torpe para adaptarse a la realidad cambiante, es incapaz de apreciar con realismo el efecto de sus decisiones para ajustar el rumbo o cambiar de dirección. Pero no se quedan ahí los efectos de esa cerrazón intelectual. Quien cierra las puertas a la razón del otro porque lo ha definido como perverso ha cancelado el diálogo con él. La política, hecha batalla, renuncia a ser un espacio de entendimiento.

Esa es la lección profunda y seguramente duradera del lopezobradorismo. No deja de ser curioso que un político que se entiende a sí mismo como un predicador, haya cultivado ese mensaje. Se trata de la proscribir moralmente al otro. El conservador acecha siempre, pero es incapaz de defender el bien. Ese es el cuento de la historia oficial que se ha creído y que repite a diario para ilustrar a la nación. Las escenas que pudimos ver ayer muestran la ponzoña de esa simplificación polarizante. El presidente había ya expresado su desprecio por la marcha organizada por Javier Sicilia y Julián LeBarón. Encontrarse con el poeta, dijo hace un par de meses, le daba flojera. ¡Qué pereza escucharlo! ¿Para qué perder el tiempo, si verlo sería un acto indigno de su investidura? ¿Para qué hacerle el caldo gordo a los conservadores?

En los oídos de los fieles, los dicterios del presidente son órdenes. Por eso resulta imposible respetar a quien discrepa, aunque sea un doliente. El impacto de la prédica constante es terrible:  el dolor deja de ser real si es de ellos. Deshumanización radical: el dolor de los otros es una farsa, el grito de los otros, una patraña. México enfermo: a las víctimas de los crímenes más atroces, los devotos del poder insultan.

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22, Ene 2020

Del vicio impune

En un poema publicado en La calle blanca, David Huerta describe una cosa intangible que se despliega con el furor de dragones suspendidos. El poeta descubre que un conglomerado de abstracciones y de ciencia infusa se vuelve esplendorosa en la maraña renacentista de Florencia. Y contempla con ojos insomnes esos esguinces tipográficos que se desdoblan en versos. Habla de sus lecturas para el verano.

libros, cuentos, poemas, lucientes teatros
del vicio impune, Larbaud dixit, pedazos encendidos de la vida vivida
aunque tantos digan lo contrario. Son el mundo conversado y silencioso,
los momentos agridulces de noches y tardes pobladas
por minuciosos cosmos de sonido y sentido

Al vicio impune de la lectura se dedica el nuevo libro de Huerta. Es un impecable librito publicado por Grano de sal, con un prólogo de Felipe Vázquez. El libro publicado para celebrar el Premio FIL del año pasado, recoge las notas que el poeta publicó en Hoja por Hoja entre 2005 y 2008. El título, Correo del otro mundo rinde homenaje a Diego Torres Villarroel, admirador de Francisco de Quevedo que fue, si creemos en su autorretrato, “sucesivamente criado de ermitaño, curandero-bailarín en Coimbra y soldado en Oporto.”

En las postales de Huerta llegan invitaciones para releer a García Márquez y detenerse en la abundancia de sus sustantivos; sugerencias para apreciar la autobiografía involuntaria que hay en las agendas de papel; elogios de esas maravillas que para nosotros los miopes son los anteojos. El libro brinca de la caligrafía que Peter Greenaway diseñó para el libro de Próspero a una cita cuya fuente ha quedado en el misterio: “la actividad poética es una negociación entre el diccionario y el sueño.” Paseos por la poesía, el cine, la política, la novela, la pintura y las nubes. Apuntes de un lector atento a la música de las letras que es, a un tiempo, libérrimo y riguroso: “sonido y sentido”.

De ese otro mundo llegan también recomendaciones por demás pertinentes para éste. Frente a quienes celebran la autenticidad de lo malhecho, frente a los que se fascinan con el arrebato irreflexivo pero apasionado, David Huerta propone a la asamblea: “rescatemos la inteligencia. Convirtámosla de nuevo en algo interesante. Hagámoslo sin la menor concesión al nihilismo sentimental y a sus destructivas operaciones cardiocéntricas. Tres o cuatro estamos hartos del “así lo sentí”, “me salió del alma” y otras zarandajas por el estilo.”

En ese rescate de la inteligencia está la apuesta del poeta. Al sumergirse en los libros, el vicioso da la espalda a los retablos. Por eso entiende la lectura como un acto de subversión: “Siempre he creído en el talante subversivo (antiestatal) de quienes leen libros; mejor dicho: en la índole marginal de esa actividad desinteresada.”

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20, Ene 2020

Intuición y aislamiento

Gobernar es fácil. Esa es la convicción profunda del presidente. No requiere ciencia. La experiencia está sobrevaluada, la técnica es sospechosa. Lo que nos dice el presidente es que, a lo largo de los siglos, las civilizaciones han perdido el tiempo tratando de precisar las complejidades del gobierno. Bibliotecas enteras dedicadas a lo obvio. La ciencia de la administración, la mecánica de los incentivos, el catálogo de experiencias son entretenimientos triviales. No hay dificultad alguna en el mando, en la gestión, en la economía, en la ley. Nada perderíamos si desaparecieran esas bibliotecas que han tratado de escudriñar los misterios y complejidades de lo social. En realidad, nos dice el presidente de México, eso de gobernar no necesita estudio. Y no me refiero, por supuesto, a una disciplina universitaria o a un diploma. Me refiero al respeto por lo complejo, a la atención al conocimiento. Lo que se desprecia en la práctica presidencial es el análisis de los enredos que caracterizan lo público, la seria ponderación de los costos, la carga que implica cualquier decisión. Se impone en el gobierno la simpleza de un moralismo elemental: cuando uno es bueno, todo lo que se hace será bueno. De esa soberbia moral proviene la idea de que las soluciones son siempre obvias y no requieren mayor reflexión.

Para gobernar no se requiere reflexión ni se necesita equipo. La política de la intuición es la política del aislamiento. Aunque se abrigue de multitudes, el presidente es un político aislado. Un gobernante omnipresente y un gabinete invisible. Y no creo que lo imperceptible del equipo se deba a la discreción de los funcionarios. Es el personalismo instintivo e impetuoso del jefe lo que impide el funcionamiento del equipo. La rutina misma del presidente corroe cualquier posibilidad de colaboración estable y productiva. Toda política pública cuelga de su saliva. Cada mañana la administración suspende la respiración. Habrá que ajustar la política a lo que en ese instante ha declarado el presidente. La improvisación que caracteriza su homilía cotidiana puede imponer un viraje radical a la labor de meses. No hay coordinación que resista esa frenética locuacidad.

El arreglo de las competencias que establece la ley le importa poco al presidente. Cuando era alcalde la capital hizo que la titular del órgano encargado de cuidar el medio ambiente, supervisara su regalo a los automovilistas. La confianza del caudillo está por encima de cualquier normativa. Los cargos importan poco: el canciller puede encargarse de la política migratoria y encarar una de las más severas crisis de seguridad del país. Un subsecretario de relaciones exteriores puede anular las competencias de la Secretaría de Economía y negociar (a solas) los acuerdos comerciales.

Esta semana vimos que el aislamiento presidencial se traduce en exhibiciones grotescas de descoordinación. Hace unos días, con el fiasco de la iniciativa de reforma judicial, se exhibió una terrible incomunicación. No abordo el contenido de la propuesta. Lo que me interesa aquí es el desbarajuste en la casa presidencial. El poderosísimo presidente López Obrador no es capaz de poner en sintonía a su propio equipo. El signo más claro de este desorden es el vacío en la primera silla de la administración. Desde hace un año, México vive sin titular de la Secretaría de Gobernación. Como se han encargado de difundir la broma los propios integrantes del equipo presidencial, la encargada de esa oficina cumple funciones decorativas. Una secretaria virtual. Se le puede ver de tarde en tarde en ceremonias públicas. Va al teatro. Pronuncia discursos. Recibe visitantes en el palacio que ocupa. Viaja en representación de su jefe. Pero nada que muestre el cumplimiento de sus atribuciones como coordinadora del gabinete, como garante del estado laico o conductora de una política migratoria respetuosa de los derechos humanos. Lo último que se supo de ella corresponde a su breve paso por el Senado. Desde diciembre del 2018 ha fungido como observadora con cargo.

Penosa, o más bien triste, la labor de la primera mujer a cargo de la secretaría de gobernación. Doña Olga Sánchez Cordero encarna en este gobierno lo que Rosario Castellanos llamaba en un brillante discurso, la “abnegación” de la mujer mexicana. La mujer que se nulifica, que se niega a sí misma.

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13, Ene 2020

Política de reconocimiento

En un artículo publicado en octubre del año pasado, el gran historiador inglés Timothy Garton Ash volvía al absurdo de buscar explicaciones económicas a la crisis política contemporánea. En un pizarrón del equipo de Clinton pudo escribirse hace ya mucho tiempo que era “La economía, estúpido”, pero hoy sería estúpido quien dijera que todo se reduce a lo económico. Alemania es el mejor ejemplo de ello, decía el brillante cronista de las revoluciones de terciopelo. Alemania es uno de los países más ricos del mundo, la gente reconoce, en su mayoría, que su situación económica es desahogada. Y, sin embargo, la extrema derecha crece y crece. Avanza, sobre todo, en el territorio que antes era Alemania del Este. El 75% de los ciudadanos de el territorio excomunista siente que su condición económica es buena o muy buena y al mismo tiempo, el 66% se siente tratado como de segunda. Cuenta Garton Ash que en 2015 la canciller Angela Merkel visitó un pequeño pueblo en el Este donde se habían recibido a cientos de refugiados en una vieja fábrica. La prensa registró lo que dijo entonces un manifestante indignado con la visita de la canciller: “Ella no nos voltea a ver ni con el culo.” Merkel misma viene del Este, pero, a juzgar por esta expresión, no deja de ser vista como parte de la élite que ignora al otro.

La escena se repitió instantáneamente por todo el mundo. Un muchacho de secundaria encuentra al presidente francés. Lo saluda afectuosamente y le dice algo así como. “¿Qué onda, Manu?” El presidente Macron no recibe bien la confiancita. Una inaceptable falta de respeto a la investidura presidencial. De inmediato, el pontífice de la república empezó a aleccionarlo: “Eso no lo puedes hacer. De ninguna manera. No. No. No.” El estudiante empezó a disculparse, pero el presidente lo interrumpió. “Si estás aquí en una ceremonia oficial, debes comportarte. No te puedes hacer el tonto, porque hoy es día de la Marsellesa y de la Resistencia. Así que me llamas Señor Presidente o Señor. ¿Está bien?” Y continuó el rapapolvo: “Y el día que quieras empezar una revolución, primero te pones a estudiar, obtienes un título, ganas lo suficiente para comer. Entonces podrás darle lecciones a los demás.” El joven y brillante presidente francés no toleraba la insolencia de un muchacho. Su petición implícita era directa: inclínate ante tu soberano.

Estas dos anécdotas, tal vez triviales, capturan algo de nuestro tiempo. La desconexión de las élites políticas y la intransigencia de la ciudanía. El repudio intenso que provoca el apartamiento de quien gobierna en nombre de personas que ignora o desprecia. Son dos anécdotas, por cierto, de dos de los dirigentes europeos más consistentes y lúcidos en la escena internacional. Pero en ambos se asoma la insensibilidad, el desprecio, la ceguera. Trasmitir al otro que no es visto ni reconocido por su gobierno. Amonestar a quien tutea. Dos estampas que alimentan la rabia: ser ciego a la experiencia de millones, pretender amaestrar para la servidumbre.

He pensado en estos dos eventos recientes por la persistencia de la popularidad de Andrés Manuel López Obrador. Resulta difícil imaginar que este nuevo empujón de respaldo que la encuesta reciente del Financiero registra se deba a los frutos del gobierno. La violencia no ha cedido ni un ápice. El estancamiento económico es inocultable. Y, sin embargo, el país advierte que su gobierno está cerca. Que es suyo. Lo entiende, y se siente más próximo al gobierno que a cualquiera de las alternativas disponibles. Se trata, a mi juicio, de la adhesión a la política de reconocimiento del gobierno. De manera muy consistente, el presidente pone en práctica esa política. Lo hace todos los días con un abanico de instrumentos simbólicos. Sus encuentros cotidianos con la prensa, sus recorridos a ras de tierra, su ostentosa austeridad. El presidente no deja de dirigirse al país. Le habla en un idioma claro, insiste en un relato sencillo y convincente que nos recuerda una y otra vez de dónde venimos.

Puede haber muchas dudas sobre su capacidad para edificar un nuevo régimen y para lograr los objetivos que ha planteado. Sin duda, en estos meses se han activado muchas alarmas sobre la manera en que diseña e instrumenta la política pública. Sin embargo, no puede ignorarse el éxito de su política de reconocimiento.

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06, Ene 2020

Ingeniería de la demolición

La semana pasada comentaba un libro que captura el aire de los tiempos. Era Cómo perder un país. Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura, el ensayo de la escritora turca Ece Temelkuran sobre los populismos de derecha. Tomaba de ahí la hilarante conversación imaginaria entre Aristóteles y un populista que daba cuenta del imposible diálogo. La zona de racionalidad común vuela por los aires. En el universo populista no es posible la neutralidad. Ninguna. Ni siquiera la lógica puede ser la razón común. Es su lógica contra la nuestra. Sus datos y los nuestros.

Vale adentrarse en el ensayo porque es una aportación valiosa para entender el desafío político de nuestro tiempo. Temelkuran, crítica política y novelista, ha publicado un testimonio personal que es, al mismo tiempo, una denuncia de la quiebra de la democracia en su país y la descripción de un trastorno global. No es el texto de una teórica de la política preocupada por el esclarecimiento de los conceptos, sino el ensayo de una observadora del poder que ha padecido sus abusos. Disparar las alarmas y pensar alternativas. Escrita desde la experiencia y sobre lo inmediato, logra asomarse a un fenómeno mundial. No son las democracias recientes las que corren peligro. Nadie puede decir hoy que el autoritarismo es un vicio del subdesarrollo. Hasta las democracias que considerábamos más arraigadas muestran su fragilidad.

Cuenta la autora que, cuando presentaba en Londres un libro sobre la política turca y la imposición de la dictadura de Erdogan, una mujer muy bien intencionada se levantó para hacerle una pregunta: “¿Qué podemos hacer nosotros por ustedes?” La intervención la desconcertó. Aquella mujer la veía como una víctima de una política que nada tenía que ver con la noble y civilizada política británica. Se imaginaba naturalmente como una fuerza bienhechora que podría acudir al rescate de esos bárbaros que, nuevamente, perdieron el camino. Seguramente pensaba que su país era inmune a la desgracia que asolaba a Turquía. Dígame cómo puede la Gran Bretaña acudir a su auxilio. Ese es el punto fundamental de su argumento: nadie está a salvo. Todos ahogados en la misma locura. La ingeniería de la demolición se extiende por todo el planeta. “Me crean o no, lo que pasó en Turquía va por ustedes. El delirio político es un fenómeno mundial.”

La exilada desde el autogolpe de Erdogan de 2016 identifica los pasos que sigue el populismo de derecha para demoler la democracia. Lo primero es romper con las ataduras del partidismo. Por encima de un partido, el populismo ha de formar un movimiento que exprese al pueblo “real.” Podrá inventar o absorber a un partido, pero el movimiento debe estar siempre por encima de él. El autoritarismo requiere igualmente corroer la racionalidad y eliminar los estorbos institucionales. Los datos son armas de una batalla y deben usarse a conveniencia. A los jueces corresponde tocar la tonada que marca el caudillo. La complejidad del debate público debe suprimirse, como si fuera una trampa de las élites y remplazarse con un relato simple e infantil que sirva para identificar al enemigo y llame a la epopeya del retorno. El código del populismo, dice la periodista, es la desvergüenza. Lo que era inaceptable y aún repulsivo debe convertirse, así, en motivo de orgullo. El maltrato, la humillación, la procacidad y la mentira se transforman en medallas de autenticidad. Y de esa forma, el populismo diseña un ciudadano y un país a su imagen y semejanza.

Esta distopía que borra verdad y lógica, que atropella derechos, elimina frenos y mina el entendimiento no puede comprenderse sin su precedente ideológico. Propone Temelkuran que ubiquemos al populismo (ella siempre se refiere al populismo de derecha) no como enemigo del neoliberalismo sino como su descendiente directo. Lo dijo con mucha claridad en una entrevista con Ricardo Dudda publicada hace poco por Letras Libres: “El neoliberalismo debilitó la parte fundamental de la democracia, que es la justicia social. La democracia sin justicia social es una cáscara vacía: un proceso repetitivo y ceremonioso y nada más. Es natural que la gente haya perdido su fe en las instituciones democráticas.”

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05, Ene 2020

La risa de Arendt

Una mujer se encierra a leer montañas de hojas de estenógrafo. Durante semanas se entrega a una lectura tediosa que interrumpe constantemente con gestos de espanto. También, de pronto, se descubre, riendo. Fuma un cigarro tras otro. Toma notas. Teclea en su máquina de escribir. Es una admirada profesora que desciende de las abstracciones más elevadas de la filosofía occidental para sumergirse en los testimonios del horror. Un expediente judicial consume sus horas. Si hace unas semanas brincaba de Aristóteles a Heidegger y de Cicerón a Wittgenstein ahora va de un interrogatorio a otro. Testimonios desgarradores y palabrería burocrática. Es Hannah Arendt, quien se prepara para escribir un reportaje filosófico sobre el Holocausto. En efecto, eso es su crónica del juicio a Adolf Eichmann: la crónica de un proceso judicial que le permite adentrarse en la naturaleza del mal y en los resortes más profundos del poder.

El ensayo periodístico apareció en las páginas del New Yorker entre febrero y marzo de 1963 y se publicó como libro poco después. Para la intelectualidad judía, que veía en ella al intelectual más admirable, fue una bomba. Se leyó como una traición, como una ofensa. Como una abstrusa exculpación del monstruo y una explícita acusación a las víctimas. El demonio no era tal; las víctimas terminaron, en la confusión del momento, colaborando con sus ejecutores. Y en cuatro palabras, su dardo más filoso y penetrante: “la banalidad del mal”. Después de más de medio siglo, puede decirse que la controversia no se ha apagado. Todavía hoy se escuchan en la prensa, en los círculos académicos, incluso en el cine, ecos de la indignación que esa crónica levantó.

El artículo completo puede leerse aquí.

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