Mar, 2020

30, Mar 2020

Un provocador en el palacio

Se acercan días muy oscuros para México. Debemos aceptar que no hay escapatoria. Me temo que, si la voz más sensata del gobierno nos advierte que estamos ante la última oportunidad es porque ésta ya se nos ha ido de las manos. Pero la urgencia es sentida por todos, menos por el presidente de la república. Andrés Manuel López Obrador se ha entregado a la provocación. En lugar de ofrecer serenidad y confianza, se ha entregado al desplante. Si hay algo que fastidia a mis enemigos, lo haré mil veces. Si recibo una recomendación de los expertos, me burlaré de ella con mi conducta cotidiana. Yo, el supremo, no pretendo sujetarme a consejo de nadie.

¿Qué valor tiene la voz de un hombre que recomienda quedarse en casa, cuando pasa el fin de semana en la gira más absurda de su sexenio, a más de 2,700 km de distancia de su domicilio? Los errores y las imprudencias no ceden. Por el contrario, se incrementan. Eso es lo que hemos visto: la radicalización de la imprudencia. Acosado por las circunstancias, el presidente se envalentona y tira al barranco lo que queda de su ascendiente popular. Estos eran tiempos para reinventarse, para adaptarse a la nueva circunstancia, pero el presidente lleva su obstinación al extremo. Resulta inconcebible que, precisamente en estos momentos en que necesitamos a un jefe de Estado responsable y juicioso, el presidente de la república salude pública y afectuosamente, con visible cercanía, a la madre de uno de los criminales más siniestros de la historia reciente del país. Como adolescente caprichoso, López Obrador hace lo que se le da la gana sin medir las consecuencias. No solamente es irresponsable, parece esforzarse en proyectar su irresponsabilidad a los cuatro vientos. En su frenesí de provocaciones, el presidente no hace más que correr al aislamiento del loco.

Reescribo velozmente este artículo ante las revelaciones de su encuentro de ayer por la tarde. En la versión inicial de este texto imaginaba que, aunque resultara poco realista, había que insistir en la posibilidad de reinventar el gobierno ante la emergencia. Sugería la posibilidad de cambiar la conversación para hablar de lo que importa hoy: el presente y el prójimo. Tal vez la gravedad de la coyuntura pudiera alentar la concentración en lo urgente. Pero la frenética sucesión de desplantes de este fin de semana, la abominación del saludo fraternal del domingo es para poner los pelos de punta a cualquiera. Esto no es una insensatez: es una provocación. Frente al aviso de la peor tormenta sanitaria y económica de la historia contemporánea de México, el capitán del barco suelta el timón para pasearse por la cubierta del barco tocando el violín, diciendo insensateces, deleitándose con la manera en que incordia a la tripulación y a todos los pasajeros. Sé que no les gusta a mis adversarios, pero mírenme a mí, tan despreocupado.

El virus lo cambia todo. No será una ventisca pasajera, una tormenta que azota, deja muertos y se va. El México que salga de la emergencia sanitaria poco tendrá que ver con el que recibió el 2020. Los planes de la administración, históricos para unos, absurdos para otros, perdieron sentido. Hasta los más ardientes defensores del proyecto de López Obrador, lo admitirían. Pero el presidente se ha instalado en la negación. No se ha dignado siquiera a cambiar su agenda, ni mucho menos se ha dispuesto a cambiar su discurso. Le parece más importante en este momento viajar miles de kilómetros para supervisar las obras en un gimnasio que coordinar la respuesta ante las catástrofes que vienen. Prefiere lanzarse contra los enemigos de su obsesión que dar al país un mensaje de sensibilidad y firmeza.

Aunque se resista a reconocerlo, el legado del presidente López Obrador se juega en las próximas horas. No será el partero de la Cuarta Vida de la patria, pero podría ser el digno presidente de la emergencia. Cada vez parece más improbable que esté a la altura. Su gobierno ha quedado irremediablemente sellado por la pandemia y la recesión que vendrá. No corresponde al gobernante el lujo del artista que escoge libremente asunto, material y tono. Al político le toca encarar la realidad que tiene en frente, no la que esperaba encontrar. Eran tiempos para la adaptación, no para la obstinación. Al terco le correspondía, en esta prueba, ejercitarse en la virtud contraria: agilidad. Insistir será ahondar en el fracaso. Incapaz de reinventarse y tocar realidad, todo indica que el gobierno, será cómplice y no atenuante de la catástrofe.

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23, Mar 2020

El charlatán de las estampitas

Tenemos un presidente incapaz de gobernarse. Esclavo de sus impulsos, no logra cumplir la elemental disciplina que es indispensable trasmitir en tiempos de emergencia. Los mensajes más simples son los más persuasivos. No provienen, por cierto, de la palabra sino de la acción. Rechazar visiblemente el aseo de las manos, no guardar las distancias aconsejadas, seguir con las rutinas como si nada estuviera pasando, promover la superstición. Esos son los mensajes del presidente López Obrador ante la peor crisis sanitaria de la historia reciente. El presidente de México se ha convertido en estos últimos días en el ejemplo mundial de lo que no debe hacerse. Se reirían en otras latitudes del salvaje que sigue empeñado en diseminar su baba por todo el territorio que gobierna para demostrar aplomo y valentía, pero nadie puede tomárselo a la ligera. Sus besuqueos y sus apretujones no son tomados como una simple inconsciencia sino como lo que son: una amenaza a la salud pública. El presidente de un país latinoamericano promueve activamente el contagio con su conducta. Desprecia el conocimiento científico al invocar la protección de los amuletos que habrían de cubrirlo con un manto protector. Un presidente entregado al impulso y a la sinrazón. Y no hablo de lo que hizo hace un mes ni de lo que hizo hace una semana. Me refiero a lo que ha hecho en las últimas horas, desatendiendo las indicaciones de todos los conocedores, desoyendo las recomendaciones de su propio gobierno, cerrando los ojos a lo que sucede en el mundo. Este fin de semana pudo verse al presidente de México organizando todavía eventos públicos, saludando a decenas de personas, rompiendo cotidianamente la barrera de distancia que su programa sanitario ha indicado. ¿Cómo puede atenderse una crisis de esta dimensión si el gobernante se escuda en la superchería? ¿Cómo puede gobernarse una crisis, si el gobernante no logra gobernarse?

El presidente que no se gobierna es incapaz de mandar en la emergencia. Me confieso sorprendido por la nulidad de su liderazgo en esta circunstancia. Habría pensado que el político tenaz y ambicioso, que el dirigente rebelde y astuto habría tenido prendas para aquilatar la amenaza de estos días y, sobre todo, que habría tenido madera para el mando. Ni lo uno ni lo otro. Ni cabeza para entender, ni encierro para planear, ni claridad para coordinar, ni firmeza para decidir. La crisis sanitaria ha exhibido la insolvencia del liderazgo lopezobradorista. Lo que ya hemos visto durante su presidencia queda brutalmente demostrado en la batalla contra el virus. El implacable opositor, el eficaz destructor de un viejo orden no está equipado para proveer el remplazo ni para diseñar una respuesta de Estado. Hace apenas unos días, al salir de una reunión de gabinete, la secretaria de economía lo reveló con penosa candidez: de la junta con su jefe no había salido decisión alguna. Después de unas horas, se resolvió que el equipo se volvería a reunir. Formaremos equipos de trabajo, pero no hemos decidido nada. ¡Ninguna decisión!

No me parece trivial la invocación constante a los dioses, los mandamientos y los pecados en el nuevo discurso oficial. Al hablar de santitos y divinidades protectoras, el jefe del Estado mexicano no solamente atenta contra la laicidad sino también contra la salud. Las creencias del presidente son irrelevantes, pero no es irrelevante que las promueva desde Palacio Nacional. Las estampitas religiosas que el presidente de México presume como sus guardianes conspiran contra el pensamiento científico en el momento en que más necesitamos de las orientaciones de la razón probada; fomentan las supersticiones más nocivas y atentan contra la responsabilidad cívica. Un daño irreparable se hizo a sí mismo el titular de la política sanitaria del país cuando habló del presidente como una “fuerza moral” de tal magnitud que no podía ser considerada como una “fuerza de contagio.” La zalamería es incompatible con la autoridad científica.

La crisis apenas se asoma en México y nos toma sin un liderazgo responsable. El feroz político del antagonismo no está dispuesto para coordinar esa gran empresa común que nada tiene que ver con sus viejas previsiones y sus tercas manías. Ha quedado en los huesos como un charlatán de estampitas.

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18, Mar 2020

Cuidar las ruinas

Un reacomodo en el librero que tengo a mis espaldas me sugiere el libro necesario. Es un poema escrito hace 37 años que describe la desolación de nuestro tiempo.

No llegué a tiempo
del último transporte

Me quedé en una ciudad
que ya no es ciudad

Zbigniew Herbert, el gran poeta polaco, habla en ese poema de las soberbias vacaciones extemporáneas que puede disfrutar y de la capacidad que descubre en él mismo para “redactar un tratado sobre la súbita mutación de la vida en arqueología.”

En esa ciudad arrinconada por el enemigo impera un silencio helado: “a la artillería de los suburbios se le atragantó su propio valor.” Informe desde la ciudad sitiada es el testimonio de Herbert del estado de sitio en Polonia. Lo publicó en París en 1983, poco después de que se decretara la ley marcial en su país. En copias mecanografiadas, el poema llegó muy pronto, de contrabando, a Polonia. A fines de la década, José Emilio Pacheco lo tradujo en su Inventario de Proceso. La versión que releo es la de Xaverio Ballester para Lumen.

El poeta toma la pluma del cronista y describe lo que veo en las pantallas y que intuyo en el futuro inminente. “Demasiado viejo para llevar las armas y luchar como los otros–fui designado como un favor para el papel menor de cronista.” Poesía escrita como un testimonio implacable. Sujetando la emoción, muestra el hueso de los hechos. El diario poético de Herbert es registro de un presente que ha durado siglos. Por eso el poeta ignora cuándo comenzó la invasión. Tal vez fue hace doscientos años. Podría haber sido ayer por la mañana porque “todos padecen aquí la pérdida de la noción del tiempo.” ¿Será miércoles hoy? ¿Terminó ya el fin de semana? Si todos los días recibimos las mismas noticias, el tiempo no transcurre. La monotonía, dice, no conmueve a nadie.

El poeta registra el teatro de un juicio público y retrata al fiscal que lleva puesta una máscara de ruindad y de pavor. Mientras tanto, los corresponsales bailan sus danzas de guerra.

Pero el verdadero proceso se desarrollaba en mis células
las cuales sin duda conocieron el veredicto con antelación
tras una efímera sublevación se rindieron y empezaron a morir
una tras otra

Y en medio de esa devastación, el desconocimiento de las magnitudes. Hemos pesado a los planetas, pero en asuntos humanos seguimos a tientas. “Sobrevuela un espectro: el espectro de la indeterminación.” ¿Cómo conocer los nombres de todos quienes han perecido peleando contra un poder inhumano? “Aproximadamente,” infame palabreja. Lo humano, dice Herbert, ha perdido medida.

Sabia desesperanza. A cuidar, no la ciudad sino sus ruinas, llama Herbert.

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16, Mar 2020

Vulnerables

La crisis sanitaria ha revelado las vulnerabilidades contemporáneas. Como el cambio climático, se trata de una amenaza planetaria. Pero, a diferencia del calentamiento global, el contagio viral no es una amenaza distante, sino una urgencia que obliga a la acción inmediata. Ya podemos decir que no estamos políticamente preparados para enfrentar retos de esta naturaleza. Nuestras herramientas de decisión no corresponden a eso que el sociólogo alemán, Ulrich Beck, llamaba “la sociedad mundial del riesgo.” No hablo de las instituciones de salud pública, sino de las estructuras de poder. En estas semanas se ha manifestado el impacto que pueden tener los ocultamientos de información en los regímenes autocráticos, pero también se ha exhibido la torpeza democrática. Hemos visto el impacto desastroso de la demagogia y la negligencia que en todos los rumbos quedan atrapadas por las mezquindades de la política del día. La opinión puede brincar en unas horas del irresponsable desdén al pánico. No son problemas de régimen sino de poder. Se equivoca Mario Vargas Llosa cuando advierte que la crisis del coronavirus solo puede explicarse porque incubó en la dictadura china. Nada hubiera pasado, escribió en su artículo de ayer, si China fuera una democracia. ¿Es eso cierto? ¿No existen mecanismos de ocultamiento en los regímenes democráticos? ¿No padecen las democracias liberales constantemente de liderazgos incompetentes? ¿En verdad podemos decir que no existen ahí estímulos para rehuir decisiones severas?

No hay, por supuesto, buen momento para recibir una pandemia. Pero en México, nos pesca en momentos especialmente vulnerables. Quienes saben de salud pública han advertido el efecto de ese afán de destruir todas las herencias, sin tener claro qué se pone en su lugar. Me interesa concentrarme en otra debilidad: la propiamente política. El gobierno federal, llamado a jugar un papel decisivo en la emergencia, parece especialmente incompetente para la tarea. Ofrezco razones para el pesimismo.

Incapacidad para reconocer hechos desfavorables. Cada vez son más claras y más preocupantes las señales de la voluntaria ceguera presidencial. La conducta reiterada es cerrar los ojos a lo que no le gusta al mandamás. Decretar formalmente su inexistencia y definirlo como conspiración de los perversos. Todavía esta semana, cuando aún los más ignorantes nos percatamos de la tormenta económica que se avecina, el presidente festejaba con los banqueros que nuestras condiciones para crecer son “inmejorables.” ¿En qué mundo vive quien dice eso? El presidente no reconoce la gravedad de la crisis sanitaria que se avecina porque ha perdido ojos para el presente.

Liderazgo de impulsividad, no de reflexión. El presidente es fiel a sus impulsos y apenas logra frenar sus arranques. Por eso desoye a sus propios colaboradores y se burla de las indicaciones que ofrecen a la gente. El técnico al que el presidente ha confiado la conducción de la política sanitaria ha sido claro: debe evitarse el contacto físico, deben evitarse las grandes concentraciones. El presidente, lejos de ser ejemplo de buen juicio, da lecciones de una irresponsabilidad que raya en lo criminal cuando en estos momentos se rodea de multitudes y besa niños. El gobierno pide colaboración a la ciudadanía, mientras el presidente se pitorrea de la petición. El presidente es el peor enemigo del gobierno.

Desprecio del escritorio. Para López Obrador gobernar es ser visto. Nunca como hoy la política ha sido a tal punto, teatralidad. Más allá del espectáculo de sus homilías y sus viajes, no parece haber mucho tiempo en su agenda para tomarle el pulso a las circunstancias, para planear la estrategia del gobierno, para coordinar las piezas de su administración, para aquilatar las opciones disponibles y anticipar las posibles consecuencias. Las horas recientes exigían la máxima concentración del gobierno para preparar la estrategia ante la avalancha que se nos precipita. No le pareció relevante al presidente encerrarse con sus asesores para aquilatar las implicaciones de las inevitables crisis. Antes que una junta, un baile.

Mucho se juega el país en los próximos días. La presidencia, distraída en su romería, entregada a sus arranques más imprudentes, incapaz de aquilatar la severidad de la tormenta, indispuesto para la concentración más elemental y la disciplina necesaria parece no haberse percatado.

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10, Mar 2020

El estruendo de las ausentes

8 y 9 de marzo. Momentos para escuchar y para repensar nuestro papel en el país de la crueldad impune. Oportunidad o, más bien deber, de incomodar nuestra consciencia satisfecha. Hoy corresponde escuchar el estruendo de las ausentes.

Leo “Cálculos del feminicidio”, de Mayra Portillo en Confabulario, el suplemento cultural de El universal. Registra las previsiones que ha de tomar una mujer en México. Desde muy niña, se ve obligada hacer cálculos “injustos, dolorosos, encabronantes.” La barbarie machista obliga a anticipar la agresión “Cuando veas, en una calle solitaria, un grupo de hombres, calcularás qué opciones tienes para no pasar por ahí; cuando vayas sola en un taxi, calcularás la manera de salir si éste toma un rumbo diferente al que debería seguir; si alguien te sigue en una calle oscura, calcularás qué tan rápido puedes correr con los zapatos que llevas puestos; calcularás qué sitio tomar en el metro donde tu cuerpo esté menos expuesto a abusivos toqueteos; si te quedas tarde en el trabajo y notas que tu compañero te observa de manera insistente y sospechosa, calcularás su peso y estatura en relación a la tuya y si eres capaz de darle un golpe suficientemente fuerte para ganar unos minutos que te permitan dejarlo atrás; aprenderás a calcular cómo defenderte con lo que lleves encima, con las llaves de tu casa entre los dedos, con la esquina de tu bolsa o tu portafolios, con el tacón de tu bota, con tu spray del pelo, con lo que sea. Calcularás qué ropa ponerte dependiendo de lo que otros pudieran percibir, de si alguien podría creer que lo estás provocando por el simple hecho de sentirte bonita.”

Leo a Alma Delia Murillo preguntarse cómo serían las cosas si estuviéramos nosotros, del otro lado. “Que en México violan diario a 50 hombres. Que en México cada día 9 hombres son asesinados por sus parejas. Que en México los hombres ganan 30% menos de salario que las mujeres realizando el mismo trabajo. Que en México el 60% de las madres abandonan a sus hijos y los padres tienen que criarlos solos. Que en el mundo sólo 10 de 193 países son gobernados por hombres, el resto lo tienen tomado las mujeres.” Y leo ese relato a mil voces que en tuiter ha desarrollado esa misma línea. La etiqueta de @comohombres le da la vuelta a las conversaciones ordinarias, obligándonos a encarar lo que decimos, lo que escuchamos sin protesta, lo que desata nuestra risa cómplice, lo aberrante que hacemos normal.

Leo el extraordinario número que la Revista de la Universidad dedicó a los feminismos y encuentro ahí un poema de Jimena González.  Copio unas líneas

Pienso:
No tenemos noche,
sólo miedo.

No tenemos día,
sólo obligación.

Estamos aquí:
donde los puercos.
Entre Jesucristo
y el despeñadero
involuntariamente
endemoniadas,
fecundadas de mal.

Gestamos culpa,
saltamos.
Es una orden:
Abrir las piernas.
Cerrar la boca.
Ser almacén.
Aguantar.

Abrir las piernas.
Parir más hambre.
Aguantar.

Leo los hallazgos de Lorena Becerra en su encuesta más reciente para Reforma. Una mayoría clara apoya las protestas y el paro de las mujeres. La casa es vista (eso dice la gente) como espacio de colaboración entre hombres y mujeres, pero dos de cada 10 personas cree que la política es sólo asunto de ellos. Casi la mitad de los encuestados cree que la ropa que visten las mujeres es una provocación para que les falten el respeto y que la igualdad de género ya ha ido “demasiado lejos”.

Leo la denuncia de Sabina Berman al pacto de silencio de los hombres y la hipocresía de académicos liberales que se sienten héroes. “De su indiferencia, de su abstención de su dar un paso atrás ante el tema de las mujeres, de su adhesión verbal y completamente ignorante de la causa feminista, de su participar en las ceremonias de exclusión de las mujeres sin separar los labios; de su tomar los privilegios de haber nacido hombre sin parpadear: de ahí nace la prostituta esclavizada, la trata de blancas, la esposa golpeada. Las diez asesinadas diarias del país.”

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04, Mar 2020

La sexta propuesta de Calvino

Desde 1925 la Universidad de Harvard hospeda una extraordinaria cátedra de creadores. Es el famoso ciclo de conferencias en honor a Charles Eliot Norton. Se describe como una serie charlas de poesía en el sentido más amplio del término. Han desfilado por ahí músicos, críticos, cineastas, dramaturgos. Han ocupado esa silla T. S Eliot, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Leonard Bernstein, Igor Stravinsky, Czeslaw Milosz, John Cage, Nadine Gordimer, Umberto Eco, George Steiner, Agnés Varda. La tradición es que cada uno de los expositores dicte seis conferencias. El ocupante de la cátedra en 1985 fue Italo Calvino. De ahí vienen sus Seis propuestas para el próximo milenio.

Cuenta Esther Calvino, su esposa, que, desde que recibió el nombramiento, dedicó toda su energía a preparar las conferencias. Su entusiasmo fue tal, que imaginaba una octava conferencia sobre el principio y el final de las novelas. No llegó a dar las pláticas. Una semana antes de que hubiera viajado a Estados Unidos, murió en Siena. Dejó sobre su escritorio el borrador de las charlas. Cada conferencia dentro de un sobre transparente y todas en una carpeta rígida. Estaban terminadas cinco sesiones, pero faltaba una que pensaba escribir durante su estancia en Boston. Así, el lector que se dispone a leer las seis propuestas que anuncia el título del libro, encuentra solamente cinco. En la edición de Siruela puede verse una imagen con el plan que Calvino trazó para la cátedra y, con letra tenue, el aviso de la conferencia no escrita. Después de examinar la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad y la multiplicidad, vendría la consistencia.

El propósito del ciclo de Calvino era, ni más ni menos, defender las cualidades literarias que habrían de sobrevivir al nuevo milenio. Faltaban quince años para el cambio en el calendario y se disponía a componer una posible pedagogía de la imaginación. Defendía ahí los principios de una escritura airosa y veloz; una literatura nítida y rica en imágenes que se proyectan a todos los rincones. Se trataba de valores, advertía el propio Calvino en alguna de sus charlas, que no se contraponían al polo contrario. Queda desde luego la incógnita de la conferencia no escrita. ¿Qué habría dicho de la consistencia como cualidad perdurable de la creación literaria? La sexta propuesta inspira mayor curiosidad justamente por el contraste con las otras virtudes. La consistencia es característica del monolito: estable, pétrea, tal vez incluso, sofocante. ¿Cómo armonizarla con la liviandad, la rapidez, la multiplicidad, la visibilidad?

El escritor rumano Andrei Codrescu se ha atrevido a escribir lo que Calvino no tuvo tiempo de terminar. En la edición más reciente del Los Angeles Review of Books aparece un ensayito que se presenta como si fuera la sexta propuesta de Calvino. Lo describe como un valor, al mismo tiempo imposible e inevitable. Es la consistencia que nace de la soledad humana y el afán de contarnos cuentos. Como los algoritmos que pretenden completar la sinfonía inconclusa de Schubert, el sexto ensayo sirve, sobre todo, para subrayar que los misterios no están hechos para resolverse. Prefiero llenar esa conferencia ausente con un comentario que Calvino hizo en una entrevista que concedió mientras preparaba las notas para sus conferencias de Harvard. Ahí revelaba que tenía dos libros en su mesa de noche: La naturaleza de las cosas de Lucrecio y Metamorfosis de Ovidio. “Quisiera que todo lo que escriba esté relacionado con uno o con el otro. O mejor: con los dos.” Ahí debe esconderse el secreto de su consistencia.

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02, Mar 2020

El asa y el sebo

Para el político todo tiene forma de asa, decía Ortega y Gasset. Los hechos, las opiniones, las personas, los problemas no son más que instrumentos de su ambición. Por eso de inmediato les inventa agarradera. El filósofo se refería a la incapacidad del político para reconocer el mérito de las cosas en sí mismas y la tara que significaba el apreciarlas solamente como herramienta. Al político le estaba negada la emoción de disfrutar un relato, si no lo convertía en pieza de un discurso. Ese sujeto al que ubicaba en el polo opuesto de su propia vida era a su juicio incapaz de entablar relaciones desinteresadas, era ciego al placer estético y negado a cualquier deleite intelectual. Todo sometido a su ímpetu de dominio. Amigos y desconocidos, coyunturas y urgencias, inventos y recuerdos, afectos y aversiones. De ahí la imagen: todo tiene, para político, asa, agarradera. Si algo o alguien no le es útil, no existe.

El mundo es, para el político, una colección de instrumentos. Todo existe para ser usado. A todo puede encontrársele asa. En aquel famoso ensayo sobre Mirabeau donde dibuja agarraderas adheridas a cada uno de los objetos del mundo político Ortega resaltaba el efecto que tenía esa manía de reducirlo todo a utensilio. Era el mejor ejemplo de la oposición entre el político y el intelectual. Mientras el intelectual podía entregarse a la contemplación y esforzarse en comprender por la simple emoción de acercarse a la verdad, el político no perdía el tiempo en divagaciones: si abría los ojos era para detectar adeptos y enemigos, si pensaba era para provocar efectos, si hablaba era para trasmitir instrucciones o para sumar seguidores. Pero el asa que el político imagina en el cuerpo de todas las cosas y personas es también indicio de un talento necesario. El político ha de tener esa capacidad para atrapar los hilos esenciales de la circunstancia. No observa lo que sucede: lo aprehende. Engancha la realidad porque se percata de sus transformaciones y las atrapa. Al hablar y al decidir retiene los desafíos esenciales del momento. Entiende el conflicto y sabe conducirlo. Se percata de los riesgos y advierte las oportunidades del momento.

Hablo de esto porque creo que el presidente López Obrador ha soltado el asa del presente. Si el opositor supo atrapar todos los símbolos candentes de la coyuntura electoral, el presidente no logra sujetar las complejidades de su responsabilidad. Su discurso se aparta cada día más de la realidad. La repetición de sus gastadísimas fórmulas son la mejor evidencia de su fuga. No se adapta a los cambios, no registra los reveses. Niega lo que es evidente, se aferra a lo insostenible. Su obcecación provoca, cada vez más frecuentemente, burlas. El país, en efecto, se le empieza a escurrir. Su incapacidad para entender la raíz de la protesta de las mujeres es la señal más clara del escurrimiento. Se le resbala el país porque el presidente quedó congelado por las medallas de su antigua eficacia discursiva, porque no ha desarrollado, como presidente, las habilidades para lidiar con la complejidad. Al caudillo opositor no solamente le bastaba, sino que le era indispensable la simpleza. Había que partir el mundo en dos y colocarse del lado correcto. No era necesario profundizar; era incluso inconveniente detallar los obstáculos que su proyecto enfrentaría. Pero el presidente necesita instrumentos adecuados para la labor de gobierno. No los ha adquirido y no parece interesado en conseguirlos. La lógica binaria a la que se aferra le impide sujetar la realidad. Las generalidades del demagogo se convierten en el sebo de la administración. Cualquier proyecto se resbala cuando queda untado de la retórica rudimentaria de la enemistad o de la épica de la refundación.

La estrategia gubernamental no encuentra asidero. La realidad se le patina: el recurso de la herencia maldita se agota, el permiso para las promesas se extingue, la fantasía de los datos alternativos irrita. El presidente empieza a habitar un mundo paralelo. Sometido a sus prejuicios, está dejando de entender el presente. La desconexión se ha acelerado en las últimas semanas. Aquel presidente de la comunicación y la cercanía se ha convertido en otro político apartado de las emociones dominantes y obsesionado con negar lo que los datos y los ojos revelan.¨

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