May, 2020

27, May 2020

De museos

“El museo puede ser una casa, un templo o una fábrica en quiebra,” escribe Sergio Raúl Arroyo en Un lugar bajo el sol, el libro que recoge sus apuntes sobre arte y espacio público. El museo también puede ser un parque de juegos, un salón de clase, un teatro, un laboratorio, el sillón de una terapia, una bodega de recuerdos, un espacio para el consuelo o la perturbación. Un altar, un jarrón que rompe en mil pedazos, el relato de la vanidad estatal y la intimidad de obsesiones personales. Es sitio para la contemplación y la agitación. Una caja de curiosidades que despierta asociaciones, un espacio que fija y disuelve sentido.

En estos tiempos en que viven, a juicio de Cuauhtémoc Medina, una especie de coma inducido, los museos de todo el mundo abren sus galerías a los clics de internet, proponen recorridos virtuales, van a la caza de materiales que documenten para el futuro la experiencia del confinamiento planetario. Pero nada puede remplazar la presencia de los visitantes cotidianos. Y el panorama que contemplan para el futuro cercano no es nada tranquilizador. El pasado 18 de mayo, fecha en que se celebra el Día internacional de los museos, la Unesco dio a conocer un estudio que advertía que cerca un 13% de los museos que han tenido que suspender sus actividades normales durante la pandemia, no volverán a abrir sus puertas. Es necesario echarle una mano a estas instituciones que promueven el acceso a la cultura, ha dicho el Director general de ese organismo internacional. Muy pocos museos en el mundo podrán sobrevivir por sí mismos.

La crisis en México es especialmente grave. Nuestro extraordinario abanico de museos no solamente enfrenta la ausencia de sus visitantes cotidianos sino la enfática desatención gubernamental. Más allá de los proyectos predilectos que llevan el sello de la administración, no hay consideración alguna por la suerte de esos espacios. Por eso resulta tan oportuno y atendible el llamado del Frente Promuseos. Es urgente, como han planteado estos profesionales en una carta al presidente López Obrador, un programa de rescate y apoyo a los museos del país. El riesgo que corremos con el olvido (si no es que la hostilidad) gubernamental es inmenso. El país puede perder en esta crisis un patrimonio valiosísimo que ha construido a lo largo de muchas generaciones y que nutre la memoria y la imaginación del país. Lo que pide Promuseos es un plan de emergencia cultural. Si se impone la inflexibilidad del nuevo dogma franciscano veremos en pocos meses el angostamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra memoria, de nuestra imaginación. También en este terreno es tiempo de abandonar los caprichos y concentrarse en lo vital. Es mucho lo que el país puede perder sin consentimos la extinción de nuestros gabinetes de curiosidad.

Cuidar a los museos es ayudar a tejer y a destejer comunidad; a celebrar la creación y estimular su crítica. El país se mira en sus museos y ahí también se desconoce. Alimenta su orgullo y también su rabia. Al recorrer sus galerías, el visitante puede deleitarse en la belleza y también confrontar el horror. Cuánta falta hace esa pólvora contra la indiferencia.

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25, May 2020

La ceguera de la impaciencia

La pandemia nos ha inundado con profetas. Los vaticinios llegan de todos lados. Los adivinos, al parecer, desayunan con el futuro y nos cuentan con gran soltura como será el mundo dentro de unos años. Nos adelantan el perfil de la nueva escuela y el color de la política del futuro. Saben quién ganará las elecciones y cómo se transformará el cortejo. Anticipan con plena certeza los entretenimientos y los rituales del mañana. Con buen juicio, Mark Lilla, el polémico crítico liberal, ha levantado la voz contra esos tecnólogos, políticos o chateadores que nos propinan futurismo. Tal vez habría que aprender a guardar silencio. Si todos saben cómo será el mundo después de la pandemia, hay que atreverse a ignorar. Cuando a mí me preguntan cómo serán las cosas cuando reabra el mundo, dice Lilla, yo respondo que no tengo la menor idea.

A los periodistas que van a la caza de una declaración enfática que quepa en un titular, les resulta terriblemente decepcionante la negativa del profesor de Columbia. Pensaban recoger una declaración fulminante de un intelectual connotado y quedan con las manos vacías. Creían que podrían pescar una frase contundente. Algo así como: “la desconfianza biológica estrangulará a la democracia.” O “el capitalismo sanitario inaugurará un fascismo antipolítico.” Algo digno de un hashtag. A ello se resiste Lilla. No sabe cómo será el futuro, porque eso no existe. Tiene sentido expresar cómo nos gustaría que fuera ese tiempo, pero no anticipar cómo será. El. futuro no es un tiempo del que provienen órdenes. La respuesta del autor de un brillante ensayo sobre la religión y la política en Occidente es un rechazo a la racionalidad profética que, en tiempos de confusión, reemerge. Como no sabemos qué pasa, nos consolamos con la ilusión de saber qué sucederá. Si el futuro está en manos de Dios, habrá que atender las revelaciones de los oráculos. Hagamos lo que hagamos, el destino ha sido nombrado por ellos. Esa es la tentación del momento. Nos entretenemos con los vaticinios de los científicos o de los filósofos para imaginar que el futuro existe y que hay alguien que es capaz de conocerlo. Si nuestro destino ha sido revelado ya por los signos de un dios, por los cálculos algún economista o por las meditaciones de un filósofo, nos corresponde aceptar el dictado del futuro. No nos vendría mal un poco de humildad, dice Lilla. Aceptar que vivimos bajo la incertidumbre radical.

Lilla hace otra advertencia sugerente. No nos basta apuntar al mañana, es necesario acelerar su llegada. “La historia de la humanidad es la historia de la impaciencia.” La fórmula me parece un acierto. Porque la impaciencia, como energía histórica se desdobla en dos posibilidades: puede ser el principio de la audacia y de la alucinación. La primera invitación de la impaciencia es la acción. Porque no se acepta que la justicia llegue dentro de cien años, porque lo que se quiere se quiere hoy, se interviene en política. La impaciencia es el origen de la indocilidad, de la insumisión. Pero la impaciencia puede ser también ceguera, temeridad, irresponsabilidad. Lo pienso cuando escucho en México el llamado a acceder, lo más pronto posible, a la “nueva normalidad.”

¿Estamos caminando hacia allá con los ojos abiertos? No parece. Los datos oficiales han sido cuestionados seriamente por los expertos mexicanos. La prensa de aquí y la de fuera ha expresado las razones de esta desconfianza. Especialmente grave me parece lo que plantean Antonio Lazcano y José Ramón Cossío en un artículo publicado en el mismo diario: “El modelo por el que optó la Secretaría de Salud no fue sometido desde un principio a un proceso de discusión y crítica abierta a la comunidad científica del país, lo que impidió una evaluación experta–e independiente–de las premisas científicas que lo sustentan.”

Democracia y ciencia encuentran paralelo en la transparencia y el cuestionamiento. A pesar de la omnipresencia del vocero de Salud, a pesar de su menguada elocuencia, la estrategia gubernamental es tan opaca como dogmática. Cerrada a la discusión con la comunidad científica y obsesionada con la receta del primer día. Así nos encaminamos a una reapertura a ciegas, escuchando todavía recomendaciones que han sido desacreditadas, sin las pruebas indispensables y con datos que ni las autoridades consideran confiables.

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19, May 2020

Por la tangente

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19, May 2020

El reloj y la diosa

La política moderna ha estado cautivada por la imagen del reloj. Desde el primer texto que traza su ambición, ha querido fijar, con un laberinto de resortes y tornillos, la exactitud que ha de gobernar al mundo. La compleja selva de apetitos encontraría modelo en esa admirable máquina de precisión. Implacable jerarquía de horas y de segundos que impone regularidad al día. El orden de la repetición circular. Como un reloj, el Estado pretende ser invento que destierra caprichos y azares. Las manecillas recorren su órbita como espadas insobornables. No se desvían, no se pasman, no se desbocan. Ciegas, insensibles, prosiguen su disciplinada revolución.

Armemos al poder como embonamos las piezas de un reloj. Juntemos una a una todas las partes y echemos a andar el mecanismo que decreta el tiempo. Ésa es la apuesta hobbesiana. El monstruo de su libro puede verse, no solamente como un gigante hecho de miles de hombres o como un diccionario imperativo, sino también como un despiadado reloj. No hay discusión posible frente al dictado de las horas. Acatar la voluntad del poder como se reconocen las pautas del tiempo. Someterse al soberano equivaldría a aceptar el atardecer. Son las 6 y media de la tarde. Ésta es la ley y eres culpable. Quiero decir que ese proyecto de racionalidad radical que marca la era moderna pretende escapar de lo contingente, someterlo a su engranaje hasta volverlo nada. Ocupar todos los confines de lo posible. Someter a la voluntad del supremo o a la última regla todo lo imaginable para no dejar resquicio alguno a la sorpresa.

El artículo completo puede leerse en nexos de mayo.

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18, May 2020

Hablemos de Merkel

En su mensaje público semanal, la canciller alemana salió a la defensa de sus críticos. La química sabe que el discrepante de la voz establecida es, a un tiempo, acicate del avance científico y oxígeno de la democracia. Un dirigente democrático no debe abstenerse simplemente de la tentación de la censura. Debe alentar el respeto a quienes indagan la realidad con independencia del poder. «Los periodistas deben poder confrontar a un gobierno y a todos los actores políticos con una perspectiva crítica». Frente a los gobernantes que hostigan a la prensa cotidianamente describiéndola como enemiga del pueblo o cómplice de los criminales, la canciller, de modo inequívoco, aprecia la contribución de quienes han de ser profesionalmente impertinentes. Necesitamos que los datos y la información que ofrece una fuente sea contrastada con otras perspectivas. Es vital que se ventilen las polémicas en una democracia. Pensar que el patriotismo sea solo lealtad al poder es una aberración común de los autócratas.

Si el liderazgo de Angela Merkel en esta crisis ha sido ejemplar es, en buena medida porque el razonamiento de sus decisiones es propio de una persona de ciencia. En busca de la respuesta pertinente no ha perdido el tiempo en fanfarronerías y desplantes. Admite sin problema alguno el espacio de su ignorancia, busca el consejo de los expertos, sin entregar toda su confianza a una sola fuente de información. Coteja datos, analiza informes, contrasta perspectivas. No está casada con una línea de acción predeterminada. Sus decisiones son firmes y se comunican con claridad a todos. No da nombre de Ciencia a un prejuicio o a un dogma para pedir un respaldo ciego. Sabe que el conocimiento está siempre abierto a la refutación y por eso no solamente “tolera” sino alienta el cuestionamiento. Desde muy temprano fue enfática para mostrar la gravedad de la crisis sanitaria. Nunca ha minimizado ese peligro que considera el más complejo desde la Segunda Guerra Mundial. Acompaña las peticiones a la ciudadanía con el ejemplo propio. La información que difunde el gobierno y su equipo científico suscita confianza pública.

La crisis planetaria ha puesto a prueba a todos los dirigentes en el mundo. El caso de Merkel será uno de los ejemplos más claros de responsabilidad pública. No es improbable que sus tres excentricidades hayan sido cruciales en esta hora. Una mujer, una científica, una representante del Este. En efecto, la canciller ha roto tres barreras para convertirse en la política más exitosa de Europa y un ejemplo para todo el mundo. La política en Alemania había sido, hasta la llegada de Merkel, un juego de hombres, entrenados en las ciencias del poder y surgidos de Occidente. Desde hace quince años gira alrededor de ella.

Un retrato de George Packer que el New Yorker publicó hace casi seis años resalta el proceso intelectual que alimenta su política. Un editor de Die Zeit la ha descrito como una “máquina de aprender.” No una política que ya lo sabe todo y que nos alecciona, repitiendo la misma historia siempre, sino una mujer que muestra el recorrido de sus aprendizajes. No es de muchas palabras. No es grandilocuente y puede ser una oradora soporífera, pero sabe que gobernar es más cuestión de oído que de saliva. Los hombres suelen hablar de más. En el laboratorio, recuerda de sus días como investigadora, suelen apretar todos los botones al mismo tiempo y terminan rompiendo el equipo. Mejor la discreción… y los resultados.  Si hay algo que le irrita es la cortesanía, la legión de adoradores que se ríen a carcajadas con la ocurrencia del jefe. Cuenta Packer que alguna vez la canciller se refirió a su ministro de economía como la persona que la vigila constantemente. Esta es la persona que se asegura que no haga yo estupideces. Y es tan competente, remataba ella, que a veces, lo logra. Merkel lo tiene claro: rodearse de aplaudidores es una vanidad de timoratos. ¿De qué sirve un equipo de gobierno si no es capaz de advertirle al jefe que camina al precipicio? ¿Qué compromiso muestran en realidad esos colaboradores que solo entregan al testarudo silencio y alabanza?

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13, May 2020

Joan Margarit

La ceremonia del Premio Cervantes de este año se canceló por la razón que todos padecemos. El poeta catalán Joan Margarit debía recogerlo en la Universidad de Alcalá de Henares el pasado 23 de abril. No hay fecha aún para la ceremonia. No tenemos que esperar a la fiesta para hablar de él y su escritura. El año pasado, al recibir el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana dijo algo que parece pensado para esta hora: “La poesía y la música son quizá las principales herramientas de consuelo de las que el ser humano dispone en su soledad.” Y enseguida, hermanaba sus dos oficios, arquitectura y poesía, como espacios de socorro: “La seguridad de la casa no está tan lejos de la seguridad del alma.”

El estructurista compara la exactitud de esas labores de lo esencial. Al edificio no puede faltarle un solo ladrillo, una viga. Si la quitáramos, se vendría abajo. Lo mismo puede decirse del poema: si se elimina una sola palabra y no pasa nada, es que no era un poema. El poema existe cuando resulta imposible arrancarle una sola de sus piezas. Pero no es solo la exactitud lo que acerca al poeta con el arquitecto. Es el levantar o nombrar nuestra residencia. Eso resulta su poesía: el espacio que nos guarece o, más bien, que nos consuela.

En su elegía para el arquitecto Roderch de Sentmenat registraba los deberes de la arquitectura: placentera al huésped de paso, nunca estorbosa. “La casa debe ser virtuosa y humilde. Ni independiente ni vana. Ni original ni suntuosa.” Un juego de humildad y osadía. Osadía al escribir, humildad antes y después de hacerlo. Dos artes que han de cuidarse de los antifaces de la belleza. En su poema a Venecia nos previene:

¿Sientes cómo anida, detrás de las fachadas
de los palacios, la vulgaridad?
No seamos, amor, supervivientes.
Que no nos duerma el sueño de los mármoles
y los ladrillos rosa que aparecen
bajo lienzos de estuco desplomado.
Que no vuelva a engañarnos la belleza:
esa raya de moho parece haber salido
del pincel de Bellini al perfilar,
con densos verde oliva, canales estancados
como si fuesen venas de un dios muerto.
Los palacios son máscaras que dicen:
¿Qué son, sin los desastres, la vida y los poemas?

En uno de los terribles retratos de su padre, recuerda que le repetía con desprecio que los poemas no sirven para nada, que sólo el dinero protege del frío de la edad,

Pero en cambio ignoraba
que lo que nos protege es el poema,
que se debe buscar la poesía
por hospitales y juzgados.
Que más tarde
ya acabará también por hablar de la amada.

Poesía solitaria, poesía de pérdidas. El amor que retrata es aquel que ha perdido el mañana. Soy un caracol en concha extraña, dice en algún lugar. La coraza que le resulta ajena es, quizá, el presente. Joan Margarit es por eso un poeta de lo irrecuperable. En su dolorosísimo poemario a la muerte de su hija Joana escribe que lo más parecido a una certeza es que no volverá a verla. “El abismo que nos separa es el abismo del nunca más.” El esfuerzo de la poesía, sostiene en el epílogo de Cálculo de estructuras, es poder vivir con la máxima verdad que podemos soportar: “una línea defensiva contra el terror del mundo.” Es la piel del agua y el rugido de la bestia.

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11, May 2020

La erosión de la autoridad

La crisis sanitaria lanzó al ruedo a un personaje que habló durante un buen tiempo, con autoridad. Se presentó como la voz de la Ciencia instruyendo al Poder. Era un médico con buena preparación académica, un especialista entrenado en emergencias. Profesoral y paciente explicó, con notable elocuencia los rasgos de la amenaza y los cuidados que habría que procurar. En un tiempo y bajo un régimen que aborrecen la arrogancia tecnocrática, representó una curiosa reaparición del experto. Ante la amenaza, el gobierno recurrió al expediente condenado. Serían los “científicos”, quienes estarían al frente de la estrategia. Aparecía otra carta de legitimidad política: el conocimiento técnico, ése que, por definición es inaccesible a millones, habría de ser la fuente de la razón pública.

El epicentro del conflicto político se ha desplazado, por ello, a la actuación del Subsecretario de Salud. Ante la emergencia, es él quien da la cara y traza rumbo. El presidente parece haberse retirado como pontífice de trivialidades y antagonismos. Redacta los primeros capítulos de su libro de epidemiología moral. Planta un árbol y canta al paraíso de la familia mexicana, convencido de que ese amoroso remanso, libre de toda violencia, es nuestra aportación al mundo. Y en la misma crisis, el presidente aprovecha cualquier oportunidad para lanzarse contra el diario Reforma, los neoliberales y esos miserables mercaderes que son los médicos. Eso. Ahora. En el momento en que arriesgan su vida por curar a los enfermos, el presidente de México ataca con el activismo de su desprecio. Los médicos mexicanos no solamente son enviados sin provisiones a la guerra. Enfrentan también la hostilidad de sus vecinos y la agresión de su propio presidente. ¿No debería llamar a reflexión la catarata de cartas, desplegados y comunicaciones que han hecho colegios y asociaciones médicas protestando por el insulto presidencial? Pediatras, neumólogos, urólogos, anestesiólogos, cirujanos, ortopedistas se ponen de acuerdo para exigirle a la mitad de la peor crisis sanitaria de nuestra historia una disculpa pública del presidente de México.

El presidente, quiero decir, se encuentra confinado en la residencia de sus obsesiones y antipatías; contempla y espera. Más que dirigir la respuesta, es espectador de lo que deciden un subsecretario y un canciller. Quisiera regresar a la figura del subsecretario que es, sin duda, el personaje del momento. Puede decirse que no es ya, lamentablemente, el vértice de la confianza. La polarización mexicana libra su combate más reciente alrededor de la figura del epidemiólogo. No es necesario adscribirse a ninguno de los extremos para tomar nota de esa mezcla de devoción y descrédito que despierta su actuación. Por un lado, se cuestionan con vehemencia sus datos y su estrategia. Por el otro, se defiende fogosamente su competencia técnica y su rectitud profesional. La desmesura de la polémica exhibe el delirio de nuestra conversación imposible. Unos le rezan, otros lo comparan con el científico de Hitler. ¿Por qué nos empeñamos en pervertir la discusión de esta manera? ¿Podríamos dejar de retratar la coyuntura como si estuviéramos debatiéndonos entre genocidas y beatos? Exijamos, no santidad sino responsabilidad; denunciemos, no el totalitarismo que nos asfixiará, sino la incompetencia que puede asolarnos.

No es la imagen pública del subsecretario López Gatell lo que me inquieta. Lo que me parece revelador es la manera en que se ha desfondado su autoridad. Un funcionario con tanto poder no podía mantenerse en las nubes de un saber incuestionable. Quizá era inevitable en nuestro contexto: la técnica ha encallado en la política. Fue breve (o tal vez ilusorio) el paréntesis de la tecnocracia sanitaria. Un régimen que buscaba re-politizar el mundo, un proyecto político que aspiraba a recuperar para la gente común el poder de quienes lo habían secuestrado con el argumento del saber, terminó politizando al experto. Será seguramente la regla del orbe populista: todo se subordina al imperio de la parcialidad. Este es nuestro experto. Estos son nuestros datos. Esta es nuestra ciencia.

Al subsecretario corresponde responsabilidad por la fractura de su ascendiente profesional. Las dudas que genera su ábaco no son parte de una conspiración, sino expresión de una inquietud legítima que es cada vez más extendida. Expertos en varios campos han razonado sus reservas ante la contabilidad oficial; los medios más importantes del mundo lo han documentado en distintos reportajes. El número de muertos en la capital mexicana es muy bajo, dijo recientemente la alcaldesa de Bogotá, porque “sabemos que no están midiendo.” ¿También conspira la política colombiana?

A decir verdad, las respuestas del subsecretario ensanchan la desconfianza. Lejos de responder a la crítica, recurre a la fantasía conspiratoria y a la descalificación de quien cuestiona. Causa desconfianza también el uso de su manto. Presenta la ciencia como si fuera un conocimiento fijo e incuestionable; desoye los cuestionamientos de quienes deberían ser considerados como sus pares; hace un uso selectivo y tramposo de las investigaciones científicas disponibles; se envuelve en la protección de Conacyt, institución que se ha convertido explícita y orgullosamente en capilla ideológica del régimen. Si el presidente nos pide fe, es porque quiere que, como él, cerremos los ojos.

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07, May 2020

Lo que fue sólido

Volverse humo es el destino de lo sólido. Algo así dijo Marx. Nada bueno le esperaba tampoco a las santidades de una época. Todo lo que era duro como una piedra se disolvería en el aire. Todos los ídolos que fueron adorados con devoción terminarán profanados. No es difícil encontrar en nuestra era indicios de ese anticipo del Manifiesto. La pandemia no hace más que reforzar la vastedad de la crisis. Lo que parecía inmutable e irreversible se desploma, mientras las viejas guías del pensamiento están norteadas repitiendo las consignas de un tiempo ido. Las dos décadas de este siglo se han ensañado contra todas las certezas e ilusiones de su origen. Hemos vivido una sucesión de sacudidas dramáticamente elocuentes. Un atentado terrorista inauguró una nueva inseguridad. En el miedo se justificaron poderes despóticos que aún permanecen. La crisis financiera del 2008 mató el consenso del fin de siglo a favor de la liberalización económica y financiera, desatando una estela de terremotos políticos. Los votos del último lustro han destrozado a los partidos tradicionales por todo el mundo. Poco queda de las antiguas pistas de representación parlamentaria. Y entre todos estos azotes, la crisis de la hora es, seguramente, la más profunda y de efectos más duraderos. La pandemia habrá sido anticipada por algunos científicos y estaba muy presente en nuestros entretenimientos cinematográficos, pero no aparecía realmente en el horizonte de nuestra cultura como posibilidad. Nos pavoneábamos con la idea de que la ciencia y el jabón nos habían independizado por fin de las epidemias devastadoras. Había pasado un siglo de la “influenza española” pero pensábamos que esas tragedias eran propias de la Edad Media. Podrían aparecen los contagios en una zona o en otra, ser más o menos extendidos y graves, pero no serían ya determinantes de nuestra historia. Y en esas estamos: puestos a pensar qué normalidad será posible tras la pandemia.

Será una nueva normalidad porque no podrá ser retorno al capítulo previo. No digo que estemos en labor de parto de la nueva humanidad. La muerte no es el abono de la historia. Dudo que después de esto seamos mejores o más sabios. La generosidad y la mezquindad ocuparán sus espacios habituales. Nuestra pasta seguirá siendo la misma. Pero el impacto de esta larga suspensión de la vida en público marcará las décadas que vienen. Nadie sabe, aunque lo grite, cuál es el rasgo del futuro. Creo que, más que anticipar el desenlace, valdría registrar los espacios donde se construirá.

Para las democracias, el reto más complejo es quizá, el cultivo de la confianza en los nuevos tiempos. La desigualdad, la polarización ideológica, el encapsulamiento que provocan las redes sociales, la estridencia de las antipatías corroen ese vínculo fundamental. No vivimos tiempos de prudente escepticismo, sino tiempos de fe: creencias intensas, herméticas y belicosas. Creo que tiene razón Francis Fukuyama, el polémico politólogo de la Universidad de Stanford, al apuntar que el fundamento de la eficacia en el combate a la epidemia ha sido la confianza. Las sociedades en las que existe ese tejido común han logrado atender con mayor agilidad la emergencia, mientras que aquellas sociedades marcadas por la política de la polarización han sido torpes en la respuesta. Pero, ¿cómo puede tejerse la confianza pública en sociedades democráticas que son, a la vez, abismalmente dispares? No basta un nuevo discurso, es necesaria otra política. Tal vez no seamos más sabios después de esta crisis, pero, ¿podríamos ser más prudentes? ¿Seremos capaces de aprender? ¿Podremos cambiar? La vulnerabilidad común puede ser una insinuación de solidaridad. Si el contagio hermana en la muerte, la política ha de hermanar en lo cívico. Y para ello debe atreverse a pensar en lo elemental. Acceso a la salud, por ejemplo. No en la demagogia de la ley, ni la floritura de la retórica. Si estamos en verdad en el mismo barco, debemos admitir que en la cohesión está la sobrevivencia.

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