Nov, 2020

30, Nov 2020

Demagogia criminal

Hay brutos en todas partes. Necios que creen que un cinturón de seguridad es una imposición tiránica, que la teoría de la evolución es un mensaje del demonio, que las vacunas son ampolletas que nos robarán el alma. En todas partes hay loquitos que gritan en la esquina que ya viene el fin del mundo. Lo que preocupa es que el chiflado invoque a la autoridad para fundar su imprudencia, que siga el ejemplo del gobernante para justificar su irresponsabilidad.

Eso ha pasado aquí. La pedagogía oficial ha rendido frutos. El diputado Fernández Noroña es el alumno ejemplar de la estrategia sanitaria del gobierno federal. Ha aprendido las lecciones del doctor López Gatell y las pone en práctica con enjundia. Hace unos días lo citó en el Consejo General del INE para rechazar el uso del cubrebocas que se había establecido como norma de reunión. No es necesario usarlo, dijo, repitiendo las palabras de quien alguna vez se presentó como técnico: la tela puede crear una falsa idea de seguridad. Más aún, el paño que cubre nariz y boca es, en realidad, un instrumento esclavizante, un dispositivo para someter a la población, un artefacto de silenciamiento. Para este machismo libertario despojarse del cubrebocas y hablar a baba suelta es una señal de valentía, de arrojo, de dignidad. La hombría demostrada en la saliva sin retén. Que el instituto electoral hubiera acordado esa norma para la celebración de su consejo es, para un cuatrotícola leal, irrelevante. Nos lo han dicho de muchas maneras: las leyes que alguien considere injustas deben violarse. Está escrito en alguno de los mandamientos presidenciales: Violarás la ley que te disguste.

Es grave, decía, que la irresponsabilidad encuentre coartada en el discurso oficial. Más grave, tal vez, es que el desplante reciba felicitación del máximo líder del país. Todavía hoy, cuando los contagios alcanzan nuevo pico, cuando la muerte llega a niveles que superan varias veces el cálculo más catastrófico; mientras caminamos hacia un invierno pavoroso, el presidente de la república minimiza otra vez el peligro que enfrentamos y bendice la insensatez como expresión de libertad y una muestra de la infinita sabiduría del pueblo. Todos los días imparte cátedra de irresponsabilidad. Un hombre obsesionado con su propio símbolo aparece siempre con la cara descubierta. Los carteles que vemos en la ciudad lo piden, lo imploran. Por respeto, por valor, por salud, por amor, lleva puesto tu cubrebocas. Por ti, por mí, póntelo. Pero el hombre que vemos hasta en la sopa, se resiste. No le da la gana y con su conducta da consejos de muerte.

La demagogia es criminal. Me detengo en estas cuatro palabras, pero no puedo borrarlas porque son ciertas. Es imposible dulcificar las consecuencias esta irresponsabilidad colosal. La demagogia mata. Puede ser un condimento natural de las campañas políticas. No llega a desaparecer en los gobiernos democráticos, pero suele atemperarse con los golpes de la realidad. No podemos, pues, imaginar el debate público sin las visitas de esa tramposa grandilocuencia que se separa inevitablemente del crudo realismo. Pero en tiempos de crisis, en momentos en donde nos jugamos literalmente la vida, la preocupación por el aplauso, la empalagosa adulación al pueblo sabio, noble y prudente, la megalomanía, la negación de los peligros que se enfrentan multiplican la muerte.

Es frente a ella, la muerte, que se levanta la responsabilidad política, dijo, con toda solemnidad Max Weber, hace un siglo. Son esas muertes que nos persiguen las que exhiben el impacto de la demagogia reinante. Halagos al pueblo y alabanzas del gobierno a sí mismo. Más que guías de cuidado, recibimos de la presidencia, halagos. El pueblo se ha portado muy bien. La gente sabe qué hacer y no necesita vigilantes. La estrategia ha funcionado. Ya mero salimos de la crisis. De ese bombardeo se desprenden mensajes fatales. Cada quien sabrá qué hacer; no necesitamos corregir nada. La demagogia de estos días es la fuga más perversa ante la crisis más cruel. Minimiza el peligro, cierra los ojos a la realidad, abandona a cada quien a su suerte. Las instrucciones vagas, complacientes y contradictorias que escuchamos desde el poder federal responden claramente a las ensoñaciones de este populismo sin sentido de Estado que padecemos.

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25, Nov 2020

Verdad / Mentira

Al pensar en los juegos del artista Stefan Brüggeman con el lenguaje –neones, grafitis, esténciles, entradas de diccionario–, advierto la fisonomía de un lenguaje incomprensible. Despedazamientos de la verdad, mutilaciones del sentido. El desgajamiento de la palabra, las capas sobrepuestas de la voz provocan fascinación, perplejidad, sospecha. Octavio Paz habló en algún momento del lenguaje como un árbol calcinado. Las palabras: puentes, pero también jaulas, pozos. En uno de sus poemas más tempranos miraba ya la palabra como el principio de la exactitud y la confusión:

herida y fuente: espejo;
espejo y resplandor;
resplandor y puñal

Las intervenciones de Brüggemann, arte y crítica en un mismo gesto, llevan ese cuestionamiento a la grafía misma del lenguaje. Palpar el cuerpo deforme de la palabra, ver el centellante brillo de las letras, escarbar en la orografía de los dichos, atrapar apenas el último tramo de un parlamento. Arqueología de voces: la portentosa ruina del lenguaje. Miro en las pinturas doradas de Bruggeman un eco de Mathias Goeritz, pero advierto pronto que la contemplación de esos lienzos perturba: el oro no es revelación, es ocultamiento de un mensaje, no es un dispositivo que conduzca a la elevación sino artilugio que muestra que el sentido ha sido sepultado con brillos. La pátina de oro no es aquí halo de dioses, corona de reyes o diente de fantoches, es humus, tierra, tiempo.

Una hoja se planta con dos caras. Al filo de esa vieja herida sin cicatriz, al borde de nuestro norte y de su sur, por encima del pasadizo secreto que conecta los submundos de México y Estados Unidos, se eleva un manifiesto de dos sílabas. Truth / Lie. Letreros de bienvenida al presente. La verdad le cuida las espaldas a la mentira. El zumbido eléctrico del neón, su brillo intermitente muestra en el letrero gigantesco el fundamento de nuestro quebranto: la incrustación de la una en la otra. No se ha impuesto la mentira, se infiltrado en la verdad. Hemos perdido la malla que permitía apartar los engaños del discurso permisible. Hemos convertido al farsante y al patán en héroes de la autenticidad.

La pieza de Tijuana insinúa movimiento: el observador imagina el giro de los significados porque entiende verdad y mentira como fichas intercambiables. Nuestro trato con la realidad es un volado: ¿caerá la moneda en águila o sol?, ¿será verdad o mentira? ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Esa indiferencia ha sido devastadora. Lo más grave no es que las mentiras se impongan sobre la verdad, sino que las fronteras entre una y otra se diluyen.

El espacio de la publicidad proyecta en líneas fluorescentes el mensaje del poder. ¿Es el mercader o el dictador quien nos habla? Campañas para la temporada otoño invierno: Seducir es engañar. El odio nos une. Somos inocentes, sólo aquellos son culpables de todo. El azul, blanco y rojo de las letras enormes captura las coartadas de la tribu. El nacionalismo es indiferencia a la verdad, dijo George Orwell. Para qué perder el tiempo buscando explicaciones a lo que pasa si la verdad tiene un propietario caprichoso. Cedámosle a él el instructivo del juicio. El nacionalismo es el sello que cancela la curiosidad por lo distinto, es proscripción de la duda que puede ser tenida por deslealtad; es orgullo de las farsas si es que son las nuestras. La letra Arial de doble línea que se despliega en el anuncio, tiesa, esquelética, helada es marcial. Será que así se muestra de mejor manera que más que exploraciones, las letras de las dos palabras contienen una orden. El poder, sea de gobierno o de empresa, impone verdad. La realidad no se descubre, se decreta. El doblez del signo es una denuncia, una burla, un juego. Dime desde dónde miras y te diré qué crees.

 

Fragmento del texto para el proyecto público Truth / Lie, de Stefan Brüggemann en Tijuana. El texto completo puede leerse aquí .

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23, Nov 2020

Un éxito preocupante

La liberación del general Cienfuegos es ambas cosas. Un extraordinario triunfo del gobierno federal, sin duda. La diplomacia mexicana fue al rescate del general y logró su cometido. Empleó todos sus instrumentos para revertir la agraviante decisión del vecino. No se quedó cruzada de brazos. No se detuvo la formalidad de un aviso de inconformidad. Emprendió el camino diplomático, usando todos los instrumentos a su alcance para defender su causa. La resolución final del gobierno norteamericano es sorprendente. Desistirse de los cargos contra el militar mexicano y enviarlo sin dilación a nuestro país fue un giro que nadie habría imaginado. ¿Quién habría pensado que el gobierno de los Estados Unidos pudiera recular de esa manera? El triunfo habla de la capacidad de la diplomacia mexicana cuando logra identificar con claridad un objetivo y expone con firmeza sus razones.

El éxito del gobierno federal es, ante todo, del canciller Ebrard. Si el presidente reaccionó con enorme torpeza al arresto de octubre, el canciller registró de inmediato las implicaciones que el proceso contra el general tendría para la colaboración entre los países y también para la alianza del presidente con el ejército. El reflejo de López Obrador fue celebrar la captura de otro representante más del viejo orden y llamar de nuevo a limpiar la casa tras las revelaciones que venían del norte. La inercia de su retórica le impidió advertir los gravísimos efectos de la incriminación. El tiempo le hizo cambiar de parecer, pero la reacción inicial fue muy desafortunada. La respuesta del canciller, por el contrario, daba cuenta de inmediato de todo lo que trastocaba el arranque de la DEA. No solamente recibía el golpe, planteaba una salida y se dispuso construirla. A la nota diplomática sucedieron lo que podemos imaginar como intensas negociaciones con la fiscalía norteamericana y otras agencias de aquel país. Se usaron todos los instrumentos diplomáticos para revertir la decisión del vecino. El gobierno no se quedó congelado ni puso el grito en el cielo. Se puso a trabajar con la discreción necesaria y en el ámbito debido. Al mes de la captura, la cancillería mexicana obtuvo un resultado que se habría considerado impensable hace unos días.

La respuesta mexicana no fue un desplante. El canciller supo mostrar a sus contrapartes la importancia de la colaboración y el deber que tienen ambos países de cuidar la confianza. Sin esconder la cabeza bajo la arena, sin cambiar de tema por resultar incómodo, sin caer en los reduccionismos elementales que tanto complacen a este gobierno, la cancillería comunicó el agravio y dejó en claro las consecuencias que podría tener. Obtuvo así un éxito que nadie podría regatearle.

Al mismo tiempo, debe decirse que la victoria preocupa. El éxito diplomático sirve a la opacidad y la militarización. Por su propia naturaleza, las negociaciones de la cancillería están envueltas en el misterio. ¿A qué se comprometió el gobierno mexicano? ¿Podríamos confiar en que las autoridades mexicanas examinarán las pruebas contra el general con rigor y objetividad? Al reconocer las autoridades norteamericanas que su decisión es abiertamente política, dejan entrever que el costo de la cooperación puede ser la impunidad. Preocupa también esta victoria diplomática porque se inscribe en un inquietante proceso de militarización. En estos dos años de gobierno, el gran aliado del presidente ha sido el ejército, la corporación de la obediencia. Si la administración es para el presidente un elefante flojo, el ejército es la eficacia que le dice sí, señor. Lo que usted ordene. Al ejército se le ha entregado la seguridad pública, y la política migratoria; la construcción de las obras predilectas del presidente y el transporte de la gasolina; el control de las aduanas y la construcción de hospitales. La victoria del canciller es por eso, una victoria más del ejército, el estamento intocable. La eficacia diplomática puesta al servicio de ese militarismo que es, en la fantasía presidencial, impoluto.

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17, Nov 2020

¿Qué será del trumpismo?

Fue la derrota ideal. No lo digo porque hubiera perdido la presidencia por pocos votos ni, mucho menos, porque tenga fundamento la fantasía del fraude. El candidato demócrata ganó con holgura y en enero se convertirá en presidente. Pero la derrota de Trump es buena noticia para el trumpismo porque reafirma el control de un vastísimo territorio, porque muestra que la solidez de sus respaldos ha transformado las identidades tradicionales de la política norteamericana, porque la fabricación de la ilegitimidad embona a la perfección en su relato, porque mantiene control de un partido que tiene secuestrado. El trumpismo, lejos de haber sido derrotado, tomará nuevo impulso desde la oposición y los muchos espacios políticos y mediáticos que conserva.

Trump no se reelegirá, pero cosecha la desconfianza que ha sembrado afanosamente. Su discurso ha tenido efecto. De acuerdo a una encuesta de Politico, el 70% de los republicanos cree que la elección no fue libre ni justa. El 78% se tragó la acusación de que el voto postal era fraudulento y el 72% cree que hubo manipulación de votos. Hay pues, un problema de confianza en el régimen democrático que es claramente benéfico para la causa trumpiana. Las reglas, los procesos, las resoluciones son  vistas como imposición de una de las partes. Es cierto que el descrédito del régimen viene de tiempo atrás. Muchos demócratas hace cuatro años gritaron que Trump no era su presidente y cuestionaron igualmente su legitimidad por la intervención rusa. Hoy la denuncia de la ilegitimidad es más intensa en el campo derrotado porque tiene el impulso del presidente saliente. No son patadas de ahogado. Es una estrategia. Desde hace semanas, el presidente preparó el cuento del fraude. Hasta el momento sigue diciendo que le arrebataron la presidencia e insiste que, al final del día, se impondrá. Su propio Secretario de Estado ha dicho que se prepara la transición a una segunda administración Trump.

Al gritar que le han hecho trampa, el presidente no solamente niega su derrota y esquiva su responsabilidad (perder es inconcebible para los populistas porque el pueblo está siempre de su lado). Rechazar el veredicto coloca a su movimiento y al partido que tiene a su servicio en los márgenes de la institucionalidad. A partir de este mito fresco del fraude, el trumpismo se constituirá como una fuerza “semileal” frente a la legalidad democrática. Usará las reglas si éstas le benefician, pero las denunciará cuando le perjudican. Coqueteará con quienes rompen abiertamente con los principios democráticos si atacan a su enemigo. Los triunfos se retratarán como reflejo de la voluntad auténtica del pueblo y las derrotas serán descritas como trampas de un sistema.

La elección regala al trumpismo la constatación y tal vez la agudización del abismo social. La polarización, que no inventan los populistas, sigue ahí. Los colores del mapa electoral lo muestran de manera clarísima. Ahí puede observarse la separación de dos países. Puede verse ahí, no solamente la diferencia entre el campo y la ciudad, el contraste entre quienes alcanzaron estudios universitarios y quienes no, sino la intensa animosidad entre ellos. Si los populistas no inventan la polarización, son quienes mejor la entienden y mayor provecho le exprimen. Es difícil imaginar que el desenlace electoral apacigüe. En la guerra cultural en la que está envuelto Estados Unidos, el nacionalismo reaccionario, la xenofobia y el repudio a las identidades tiene futuro. Si hoy ha recibido un revés en la elección presidencial, puede reanimarse velozmente tras el repliegue.

Trump transformó profundamente al partido que asaltó. La elección afianzó su dominio. Trump es la figura indispensable, la figura que todos los ambiciosos del partido quieren tener a su lado. El personaje al que nadie está dispuesto a enfrentar. Si la elección fue una buena noticia para el trumpismo es precisamente por eso. A pesar del escándalo permanente, del juicio político, de la catastrófica conducción de la emergencia sanitaria, no puede negarse que el presidente Trump tuvo un meritorio desempeño electoral. Trump fue derrotado, no barrido. Los demócratas se equivocan si retratan al trumpismo como una anomalía, una desviación de la ruta histórica de su país. El trumpismo es el vehículo de la aprensión cultural de millones de norteamericanos que sabed que el futuro ha dejado de ser promesa. Por eso sigue vivo.

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11, Nov 2020

¿En qué pensábamos?

¿En qué andábamos pensando?, se pregunta Carlos Lozada desde el título de su libro más reciente. Se refiere a era Trump que parece que finalmente llega a su fin. ¿Cómo entender estos cuatro años? ¿Qué dice este tiempo de la democracia, de la sociedad, de las emociones públicas, de la ansiedad contemporánea? El crítico del Washington Post tomó la radiografía de una época que pretende encontrar su propio sentido. Más de 150 libros de todas las perspectivas y todos los enfoques. Los estantes de esta “historia de lo inmediato” incluyen crónicas de la pobreza rural, manifiestos de resistencia política, trabajos sobre género e identidad, advertencias de extremismo político, alabanzas del genio empeñado en recuperar la grandeza de los Estados Unidos, profecías sobre el destino democrático, crónicas sobre el manicomio que ha sido la Casa Blanca.

El arco temático e ideológico de este recorrido es extraordinario. Crónica, ensayo, piezas académicas, reportajes, meditaciones filosóficas. Los politólogos discuten sobre la agonía de la democracia liberal. Los críticos literarios se lamentan por el sitio de la verdad en el espacio público. Los filósofos se cuestionan sobre las tensiones entre ciudadanía e identidad. Los sociólogos y los antropólogos retratan el nuevo rostro de la miseria y de la exclusión. Los activistas usan la imprenta para organizar la resistencia. Los reporteros se infiltran en las reuniones del poder para retratar el caos.

Mi preocupación, dice Lozada “no es saber cómo llegamos aquí, sino cómo pensamos ahora.” El ejercicio es valiosísimo. Esa biblioteca urgente conforma un mosaico de perspectivas, enfoques, talantes que son brújula en el presente y serán testimonio de un tiempo para los historiadores del futuro. Para descubrir las pistas del presente, Lozada ha formado una lista de lecturas esenciales. Libros que arrojan luz a un tiempo ardiente y confuso. Quien quiera entender este tramo de la historia de los Estados Unidos y quiera asomarse a la sombra que de ahí se proyectó al mundo, se servirá enormemente de esta valiosísima guía bibliográfica.

Está, por supuesto, el libro Hillbily Elegy, el testimonio de JD Vance sobre el nuevo rostro de la pobreza en Estados Unidos. Está también el panfleto de Timothy Snyder sobre los peligros del populismo autoritario y la mirada de Masha Gessen sobre el peligro de un nuevo régimen totalitario. Un apartado importante es el que se le dedica a los delatores que salieron de la órbita trompeana para denunciar el delirio del comandante en jefe y los reportajes como los de Woodward que logran adentrarse en las reuniones de gabinete y explorar los caprichos presidenciales.

El mapa que dibuja Lozada permitirá identificar la intensidad de las polémicas contemporáneas, la seducción de un personaje a un tiempo abominable y representativo, las distintas fibras de la conversación y el malentendido de nuestros días. El catálogo de novedades de Lozada se convierte en algo más: termómetro de una cultura.

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09, Nov 2020

Y sin embargo, el centro

El centro no resiste, dijo William Butler Yeats en un poema que suele citarse en malos tiempos. El irlandés escribió “La segunda llegada”·hace un siglo, frente a las secuelas de la Primera Guerra y al calor de las tensiones nacionalistas. Es, seguramente, uno de los poemas más mordisqueados del siglo XX. Sus líneas han pasado a la música, al teatro y al cine. Son incontables los textos que han adoptado su frase central como título. Un crítico literario irlandés lo llegó a proponer como un termómetro de nuestro pesimismo: mientras más se cite ese poema, más oscuro vemos el mundo.

todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
la bruta anarquía se suelta sobre el mundo.
Se suelta una marea de sangre y, en todos lados
se ahoga la ceremonia de la inocencia;
los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
están llenos de apasionada intensidad.

En el poema, la oscuridad se precipita sobre el mundo, mientras una bestia mece nuestra cuna con pesadillas. El centro se desploma. Los radicalismos de un rumbo y del opuesto callan a los moderados, arrinconan a los conciliadores tachándolos de cobardes. El ardor sofoca a la virtud. Por atreverse a mirar desde otro lado, los moderados son denunciados como los cómplices tímidos del enemigo. Y sí, como sugiere ese poema, parece que el boleto para la función del día exige definirse por algún extremo. Simplificar fogosamente. Aplastar con hermética convicción al enemigo. Por eso nos dicen los vehementes de hoy que no es tiempo de vacilaciones, sino de “definiciones”. Que el diálogo no es solamente una pérdida de tiempo sino un riesgo de contaminación. Que los remiendos son engaños y que solo la demolición es cambio.

Ahí está la refrescante lección del norte. Ha ganado un aburrido, un blando, un opaco. Un moderado, un discreto, un paciente. La chispa de la política de Joe Biden, si pudiéramos encontrarla, estaría ahí, en su falta de brillo. Resistió la tentación de la estridencia cuando parecía la única ruta de éxito. Tuvo el valor de ofrecer conciliación y diálogo: reparación. Tras el delirio de la era Trump: Biden ofrece la rebelión del sentido común. Lo elemental: respeto por la verdad, decencia, seriedad, empatía. Tras ganar la elección, ha pedido a los suyos escuchar a los otros y ha convocado a todos a escapar del imán de la enemistad. Biden está tan lejos del show de Trump como de la cátedra de Obama. No es el payaso que se da permiso para decir barbaridades, ni el profesor distante que dicta lecciones de patriotismo constitucional. Biden es un político raro porque es un político modesto. Conoce la responsabilidad y conoce también el fracaso. Ha sufrido pérdidas inimaginables. Fue un parlamentario que supo cruzar el pasillo para negociar con quien hiciera falta.

Frente a los antagonismos que definen esta época, Biden se confiesa buen amigo de sus adversarios. He pecado, dijo alguna vez: “me caen bien los republicanos”. En esa simpatía a contracorriente finca su esperanza: no hay forma de hacer algo si no volvemos a hablar el uno con el otro. Por eso, la tediosa moderación que ofrece para los próximos cuatro años parece promisoria: nada tan tóxico para las simplificaciones de la exaltación populista que la propuesta de diálogo y el repudio de la hostilidad. Frente a las trompetas de la guerra, una invitación a conversar. La estrategia política de Biden pudo haber sido frustrante para muchos, pero parece, hoy por hoy, el mejor camino para superar el trumpismo porque desactiva el fundamento de la polaridad. Esa es, por lo menos, su intención: salir del pleito de los polos. Desde luego, no es claro que su bonhomía pueda frenar la inercia de la confrontación, pero si alguien pudiera hacerlo, sería él.

La apuesta de Biden es la apuesta del centro. ¿Existe espacio para esa opción en estos tiempos? ¿Puede reconstruirse el diálogo en esta era furiosa? ¿Podrá reconstituirse ese centro?

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02, Nov 2020

¿Qué fue el trumpismo?

El alarde de la patanería. El trumpismo representa la demolición de la decencia más elemental. Más que indiferencia o insensibilidad, un desprecio activo y vehemente. Política de la burla, del insulto, de la vejación. Al adversario, al débil, al vulnerable, palabra y trato de cosa. Hacer del otro, el recipiente de los escupitajos. El trumpismo es agente de una profunda degradación moral. Hacer alarde del abuso sexual, burlarse públicamente de la apariencia física de las personas, glorificar la violencia. El peor legado del trumpismo habrá sido convertir lo indefendible en medalla de autenticidad. ¡Con cuánta honestidad expresa su odio el fascista! Votemos por él.

Melancolía por los tiempos de una exclusión sin complejos. El trumpismo fue, desde el primer momento, un llamado a regresar a la gloria de un país dominado por hombres un solo color. Pánico al cromatismo del futuro y a quienes osan trasgredir la posición que el destino fijó para ellos. También síntoma de las ansiedades de nuestro tiempo. Frente al terremoto cultural, frente al desafío tecnológico, frente al culto del globalismo, el trumpismo significó el intento por detener el reloj o, más bien, de regresar el calendario a tiempos más comedidos y tranquilos. La búsqueda de certidumbre en un pasado que se idealiza. Producto perfecto del encono, las angustias y el cinismo de nuestro tiempo. La respuesta al desprecio de los mandarines que miran por debajo de los hombros a los “deplorables”.

Un populismo oligárquico. En nombre del verdadero pueblo, de la “América” profunda, el trumpismo fue promotor de los intereses de los más ricos. Hablar de los olvidados para mimar a los encumbrados. El trumpismo siguió puntualmente el libreto populista: cultivar las enemistades, deslegitimar al adversario, corroer las instituciones. Pero su retórica y su práctica no pretenden la incorporación sino la repulsa. El molde populista es el mismo: compactar cualquier asunto complejo a las dicotomías elementales del patriotismo contra la traición. Despreciar la ciencia, el dato, los hechos. Pasar por encima de las reglas, colonizar las instancias de la neutralidad. Pervertir el lenguaje, hacer imposible la conversación. Y poner todo ese arsenal al servicio de los ganadores.

Un espectáculo sofocante. El trumpismo no es una derivación política del mundo de los negocios sino del mundo del espectáculo. Un reality show desde el que se ejerce el máximo poder en el mundo. La política convertida en morboso entretenimiento. Imposible apartar la mirada o cambiar la conversación. El despliegue diario del insulto, la incompetencia, la ignorancia, la mentira se convierte en adicción pública. El megalómano no puede vivir sin la atención permanente de su público, mientras el auditorio exige su dosis diaria de distracciones. El efecto que este circo ha tenido en la imaginación ha sido terrible, dijo Michelle Goldberg en un artículo publicado hace unos días por el New York Times: hemos estado hablando tanto de Trump que no concebimos una charla sin su presencia. Lo vemos tanto que nos dejamos de ver y dejamos de ver lo que tenemos frente a la nariz. El fantoche convertido en obsesión y, por ello, en ceguera.

La desvergüenza de la mentira y la ilegalidad. El trumpismo no inventó, por supuesto, la mentira. Lo que hizo fue despojarla de su culpa. Bajo el trumpismo no hay, siquiera, la pretensión de disfrazar las falsedades. Si el demagogo dice algo que contradice la fotografía que todos vemos, es la fotografía la que miente. La acusación de que el otro pertenece a los medios enemigos es suficiente para desprenderse del deber de dar razones. Se trata de una mentira de otra naturaleza, sugiere Masha Gessen: mentira cuyo propósito, más que engañar, es demostrar quién tiene el poder y quién puede, en consecuencia, crear otra realidad. En efecto: el trumpismo es un asomo totalitario. La mentira oficial se convierte prueba de lealtad: ¿queda entre los fieles quien se disponga a juzgar la realidad con sus propios ojos o estará dispuesto a renunciar a su juicio?

El título de este apunte es un deseo. Espero el castigo fulminante a la indecencia. Pero sé que, sea cual sea el resultado electoral de mañana, los demonios que convocó Donald Trump seguirán presentes en la política de Estados Unidos y de otras latitudes.

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