Feb, 2021

24, Feb 2021

Erótica de la transmisión

Ediciones Siruela

Como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras, el libro parece un invento insuperable. Lo dijo Umberto Eco y lo suscribe Irene Vallejo en su maravilloso libro sobre la invención de los libros en el mundo antiguo. El libro no se necesita enchufar, no se le acaba la pila, lo podemos llevar con nosotros, no se borra, no nos pide actualizaciones para poderlo leer. Pero el libro no es solamente un admirable dispositivo tecnológico, es también un objeto del deseo.

El infinito en un junco, es la novela de los guardianes. Una narración extraordinaria que relata la hazaña de la preservación de la cultura. Con erudición amistosa, con ritmo y gracia, Vallejo cuenta una de las grandes aventuras de la humanidad. El ensayo ha merecido todos los premios posibles, ha sido un sorprendente éxito de ventas y ha recibido los elogios más entusiastas. Vargas Llosa lo llama, ni más ni menos, una “obra maestra.” Alberto Manguel celebra este conmovedor homenaje al libro que está escrito como una fábula. No hay exageración. El cuento de Vallejo merece toda la aclamación que ha recibido. Es libro admirable por su erudición y su soltura, por la naturalidad y el amor con los que se desplaza por el mundo clásico para conectar con el presente. Son admirables la investigación que hay detrás del libro y la frescura con la que se reconstruye la biografía de un invento.

Más que la historia de la creación literaria, El infinito es la historia de su transmisión y cuidado. Si la especie no se inventa cada día es porque nos cobija la memoria y la imaginación de los siglos; porque ha habido estadistas y piratas, monjas y traductores, artesanos, técnicos y empresarios que han preservado esos artefactos que preservan la llama de la palabra. La invención de los libros, dice la filóloga, “ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder.” Gracias a ellos respira la especie humana. Por ellos se preservan las maravillas de su genio y también los horrores de su delirio.

Todo habrá empezado en algún río de Egipto, hace unos cinco mil años. “El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática.” Retener ese soplo había sido una ambición de siglos. Detener la evaporación de las palabras y los números para dejarlas fijas, para heredarlas. Se experimentó la escritura en el lodo, en el metal, en la piedra. El gran salto fue el hallazgo de un paño blando. Una tela flexible y viva que podía eternizar los dibujos de la tinta. Frente a sus pesados antecedentes, rígidos e inertes, el rollo de papiro era ligero y flexible: un invento hecho para el viaje y la aventura.

Leemos las inscripciones en la fibra de las plantas o en el cuero de los animales. Escribir sobre nuestra piel. El cuerpo es una hoja en blanco que recibe la marca del tiempo. Las arrugas que cosechamos con los años son la escritura de nuestra vida. Irene Vallejo no registra solamente la épica del libro, ese cuento milenario de ambiciones y conquistas, de incendios, robos y escondites. También identifica la vida de los libros como joyas de intimidad. Hedonismo en estado puro: rozar, oler, acariciar un libro. Deleitarse con el goce sensual de un arte palpable. Erótica de la transmisión.

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24, Feb 2021

La insensibilidad del ideólogo

El ideólogo no es solamente ciego, es también insensible. No reconoce otra fuente de indignación más que la que es combustible de su propio programa. No todo sufrimiento lo conmueve. Si no es llama de su causa, el dolor de los otros es la experiencia más remota, la más ajena. Solo la rabia de los suyos le parece digna. La de los otros es un engaño.

La torpeza del presidente López Obrador frente al feminismo no es pura ceguera intelectual, no es solamente el achaque de un conservador que es incapaz de tomarle el pulso a las causas más hondas y más potentes de la hora. Es, ante todo, un trastorno de la sensibilidad. En su respuesta a las exigencias feministas se revela claramente el perfil de un político obsesivo que deja de ver, pero, sobre todo, la insensibilidad de un hombre que es incapaz abrirse a la experiencia de otros.

López Obrador ignora los datos que no le gustan, desatiende la crítica lanzándose a la descalificación de quien la formula, cierra los ojos al efecto de sus decisiones y se empecina en seguir la ruta que trazó desde un principio. Su respuesta ante el dolor de las víctimas de la violencia machista es la consecuencia emocional de esa cerrazón: indiferencia y aún hostilidad a quien se duele por causas que no aparecen en el listado de agravios por él reconocidos. ¡Ya chole!, dice. Ya basta de hablar de la violencia machista y del respaldo político que le da mi partido. Hablemos de lo que yo quiero hablar y solamente de eso.

El comodín que usa para explicarlo todo no sirve para comprender las demandas feministas. La dicotomía política de liberales contra conservadores que el presidente esgrime cotidianamente es absurda, cuando no contraproducente para su causa. El feminismo, literalmente, lo saca de quicio. Se trata de la irrupción de una agenda que lo desborda, que lo fastidia, lo exaspera. Ninguna oposición logra ese efecto. Ni este periódico, ni los intelectuales, ni las organizaciones de la sociedad civil, ni lo que queda de los partidos, lo enfada como lo hacen las mujeres que exigen lo elemental. El libreto ideológico le funciona para justificar el dispendio disfrazado de austeridad. Machaca eficazmente el relato histórico para atizar sus pleitos y para dispersar las distracciones. Me parecen que todavía son recursos útiles porque magnetizan la polaridad, porque alientan a los suyos y porque provoca a los otros. Son, en efecto, las riendas retóricas de la conversación nacional. Pero los reflejos presidenciales ante el feminismo lo dejan solo, lo exhiben hasta con los suyos como criatura de un tiempo ido, lo confrontan con seguidores que apenas se atreven a balbucear su enfado pero que saben perfectamente bien que las manías del presidente son indefendibles.

Al atropello del arrebato se suma el atropello de la protección política. A la violencia del impulso brutal, la agresión del desprecio desde la cúspide del poder. El presidente López Obrador ha agredido con el peor de los insultos a las mujeres que denuncian la violencia machista. Lo ha hecho reiteradamente. Ha negado que las activistas sean propiamente sujetos. Las describe agresivamente como instrumentos al servicio de las peores causas del país. No actúan por sí, sino al servicio de otros. Sabiéndolo o no, sirven “objetivamente” como juguetes de la reacción.

Si el feminismo ha sido la gran energía opositora en estos años es precisamente porque rompe las categorías que ha impuesto el relato oficial. Oposiciones, medios, organismos empresariales han terminado jugando en una cancha ajena para que el dueño del terreno imponga su dominio. Todas esas voces funcionan, en alguna medida, como resistencias prefiguradas y bienvenidas por el poder. El feminismo es otra cosa. No se alimenta de una nostalgia para restaurar el pasado reciente sino de la causa más radical de nuestra era. Se trata de un radicalismo justiciero que nada tiene que ver con la actuación política del régimen, convencido de que al feminismo se responde con cargos en el gabinete, evasivas y desdén.

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15, Feb 2021

Presunto violador

No debe ser sencilla la vida en la corte. Exige homenaje sin descanso al soberano. No hay reposo para la veneración. Cualquier palabra, cualquier decisión del monarca deber ser elogiada con entusiasmo. Los cortesanos han de esmerarse por estar cerca del rey y no perderlo nunca de vista. Han despertar muy temprano para oírlo y deben dedicar todo el día a descifrar sus mensajes y sus señales. Se dicen, convencidos de que nadie como él conoce el sentido de la historia y el sentir del pueblo. Los cortesanos deben estar cerca, pero, desde luego, no demasiado cerca. Fascinados y deslumbrados por el sol que irradia el gran líder; temerosos también por el efecto fulminante de su juicio. Leía hace unos días los apuntes de Elias Canetti en Masa y poder para entender la dinámica del lopezobradorismo. Una observación suya, al final del libro, es esencial: nada de lo que el rey haga es irrelevante para la corte. Todo encierra sentido. Me importa insistir en lo que veía Canetti: para los cortesanos no hay acto del supremo que carezca de un significado profundo. Si anuncia la hora, hay que proceder, de inmediato a ajustar el reloj de la república para que coincida con su orden. Como no hay pasaje irrelevante de la biblia, no hay gesto intrascendente del líder.

En la conferencia del presidente López Obrador del 8 de enero pasado, la reportera Judith Sánchez Reyes, cuestionó la sensatez de postular como candidato a un hombre sobre el que caen varias acusaciones de delitos sexuales. Denuncias formales de acoso, de violencia, de violaciones, incluyendo la violación de una menor de edad. Si el acusado ha escapado de los tribunales ha sido por sus conexiones políticas. Así lo sostiene el exfiscal de Guerrero, quien declaró que el senador por Morena está libre solamente porque el gobernador del estado frenó las investigaciones. La respuesta del presidente fue un espaldarazo al presunto violador.

Salgado Macedonio será violento, pero nadie puede negar que es devoto del hombre del gran poder. El candidato del presidente le compuso hace unos años una cumbia de rimas deslumbrantes:

En la raza oigo que me dicen Obrador
que me quieren estudiantes y del 132,
que me quieren los de Atenco
y para mí es un honor.

El hombre que López Obrador quiere como candidato en Guerrero ha ejercido también como intimidador a su servicio. Desde el Senado amenazó a los gobernadores que han cuestionado la política presidencial con la desaparición de poderes. A los ministros de la Corte les hizo el mismo amago: si se distancian de las instrucciones del legislativo: “estaremos aquí planeando la desaparición de la Corte.” Ese es el hombre que Morena promueve para gobernar Guerrero.

El presidente desprecia a las mujeres que han tenido el valor de denunciar a Salgado Macedonio. Las acusaciones que vienen de tiempo atrás fueron desechadas de inmediato como politiquería de estación: son denuncias interesadas que pretenden descarrilar a un candidato del pueblo. El presidente, por supuesto, sabe que las acusaciones son antiguas. Sabe que no surgieron ayer, pero los hechos incómodos, para él, son inexistentes. El máximo apoyo es la identificación. Ese fue, ni más ni menos, el respaldo que el presidente dio al político atrabiliario. “Yo fui acusado injustamente porque no querían que mi nombre apareciera en la boleta.” La identificación del presidente con el político violento fue explícita: Félix Salgado Macedonio padece hoy lo que yo padecí en 2005. La orden era clara. Hágase candidato a quien padeció mi misma suerte. Olvídese si violó a una niña porque tiene, más que el respaldo de los guerrerenses, mi solidaridad.

Morena hará campaña por Félix Salgado Macedonio escudándose en una novedosa afección por las formalidades legales. El candidato no ha sido condenado, las denunciantes no son militantes del partido y por eso no podemos escucharlas, han dicho los voceros del partido. La rabia de las morenistas indignadas topa con pared. Las protestas de las mujeres son desoídas. Con la candidatura de Félix Salgado Macedonio, Morena es cómplice, encubridor y propagandista de la violencia contra las mujeres. “¿Por qué elegir a un presunto violador como candidato?” han preguntado un grupo de mujeres indignadas por esa postulación, recordando el desgarrador testimonio de las víctimas. La respuesta es sencilla: porque así lo quiere Andrés Manuel López Obrador.

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10, Feb 2021

La carcajada de Scorsese

Supongamos que Nueva York es una ciudad es el segundo documental que Martin Scorsese hace de su amiga Fran Lebowitz. El primero no le bastó. Lo filmó hace diez años para HBO y, tan pronto lo terminó, quiso continuar la conversación en otra película. A ella le parecía absurdo protagonizar dos documentales sin más asunto que sus opiniones. Por fortuna accedió después de un tiempo. El documental que se proyecta en Netflix es un paseo por los muchos tiempos de Nueva York; una secuencia de juicios devastadores sobre la cultura contemporánea; un repaso de la vida de una escritora que hace años que no escribe. Es, sobre todo, un testimonio maravilloso de amistad.

El retrato son siete lienzos de cariño. No es un homenaje a una figura pública sino la celebración de una amistad. Scorsese muestra a Lebowitz en su elemento: quejándose de la ciudad que ama. Ser neoyorquino, dice, es quejarse de Nueva York. No importa cuánto tiempo hayas vivido aquí, en el momento en que empiezas a protestar porque te quitaron la tintorería de la esquina, ya eres neoyorquino. Ser neoyorquino es lamentar que la ciudad que amaste está desapareciendo. Una dulce nostalgia acompaña estos capítulos sobre las calles, la estación de tren, el arte, los barrios, la fiestas. Lebowitz sonríe con cierta altanería porque siente que es el último habitante de una ciudad que ya no es vista. Nueva York ha quedado desierto a las miradas. No hay ojo que se aparte del iphone para ver la banqueta y el zoológico humano en el metro.

La queja puede ser un arte. Lebowitz ha descubierto que escribir es una lata, un oficio que requiere una concentración y una disciplina que no le da la gana y que, para la sentencia rotunda y devastadora, es mejor la espontaneidad del diálogo en un teatro. En el documental pueden recogerse decenas de perlas contra los turistas, los puritanos, los burócratas y los escritores tan enamorados de la escritura que escriben fatal. Lebowitz muestra las delicias del wit. La palabra la traducimos mal como ingenio. Es eso, pero es mucho más. Es precisión, agilidad, gracia. No es pura creatividad, sino una forma de lucidez filosa y divertida. Esa es la maravilla del documental que se extiende por más de tres horas: captura la chispa de la inteligencia viva.

Decía que la película es también un autorretrato de la amistad. Una historia de complicidad afectiva. No recuerdan cuándo se conocieron. Pero la amistad, algo tan raro como el amor, los ha acompañado durante décadas. Solían recibir el año nuevo en el salón de proyecciones de Scorsese, viendo alguna película vieja. A veces, dos. Una antes de las campanadas y otra después. Este año no pudieron hacerlo. Solo pudieron hablarse por teléfono. La carcajada de Scorsese brinca con un gozo gigantesco cuando su amiga suelta alguno de sus juicios fulminantes. Después de años de convivir con Fran, Marty ríe con la sorpresa de volver a escuchar la inteligencia y la libertad de quien adora.

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08, Feb 2021

El médico como síntoma

El oficialismo no quiere que hablemos de responsabilidad. Sostiene que la catástrofe es una fatalidad que hemos de sobrellevar con resignación. Nos pide que creamos en la palabra del presidente que insiste que nos ha ido bien, que ya vemos la luz al final del túnel, que tenemos a un funcionario ejemplar a cargo de la estrategia. Sin muchos argumentos que ofrecer, sin datos que fundamenten el orgullo, el presidente pide fe. La credulidad presentada como deber patriótica nos pide cerrar los ojos. Ignorar lo que leemos en la prensa, desestimar lo que se dice de nosotros fuera del país, taparnos los oídos a lo que escuchamos en el entorno más cercano. La política del lopezobradorismo se ha convertido en una política de fe. Por eso hay que gritar las consignas o transcribir las etiquetas del orgullo hermético y defender, a capa y espada, al médico del régimen. La petición es inaceptable: a López Gatell hay que cuestionarlo con la severidad que merece. Sobre sus espaldas recae buena parte del desastre que vivimos.

Nadie dice que haya inventado el virus en su laboratorio, que sea el responsable de la obesidad, o de los rezagos en el sistema de salud. Nadie dice que sea el responsable exclusivo. Pero es, sin duda, el responsable principal. El definió la estrategia que ha resultado desastrosa y debe ser tratado a la luz de los efectos de su política. Se nos dice que cuestionar el impacto de sus mensajes y la consecuencia de su ejemplo es una obsesión enferma. Que es de mal gusto personalizar, que hay que hablar solamente de condiciones estructurales y del carácter planetario de la adversidad. Los argumentos en defensa del médico del régimen me parecen aberrantes. Cuando la responsabilidad desaparece, la política se vuelve inhumana. López Gatell debe ser considerado como el principal responsable del severísimo agravamiento de la crisis sanitaria en México porque la epidemia no es castigo de ningún dios. La intervención humana tiene consecuencias y es eso lo que debemos evaluar. Si señalamos la responsabilidad de Felipe Calderón por el aumento de la violencia y la barbarie durante su gobierno; si señalamos la responsabilidad personal de Peña Nieto en el reinado de corrupción en su sexenio, debemos igualmente advertir la responsabilidad del presidente López Obrador en el manejo de la crisis sanitaria y, en particular de su favorito, el doctor López Gatell.

Confieso que, durante algún tiempo, encontré en el subsecretario de salud un referente técnico. Lo vi como un hombre preparado académicamente y con experiencia en el servicio público que comunicaba día a día, con notable claridad y paciencia, la situación de la pandemia en México. Parecía un técnico… pero no podía serlo. En este régimen no hay lugar para un diálogo fundado en una razón que escape de la fraseología imperante. El médico es un síntoma. López Gatell es muestra clínica de un grave padecimiento político. Más que el doctor que atiende la enfermedad, más que el cuidador que ofrece información valiosa para protegernos, el subsecretario de salud es manifestación de una severa enfermedad del régimen. No hablo del populismo, sino de algo, quizá más profundo y, desde luego, más indigno: la cortesanía. El hombre que se presentaba como técnico riguroso que pretendía caminar por encima de la politiquería, resultó otro cortesano más. Digo mal. López Gatell no es uno más: es el más pernicioso de los aduladores de la corte.

Elias Canetti describió admirablemente la mecánica de la corte. Vale la pena leer sus apuntes en las últimas páginas de Masa y poder. Cuando un rey estornuda, dice el genial ensayista búlgaro, emite una orden a toda su corte: ¡estornuden! Recuerda la observación de un misionero francés, que registraba la conexión entre los gestos del emperador y los de su corte. Cuando el emperador ríe, los mandarines ríen. Cuando deja de reír, a ellos se les hunden las mejillas. Se creería, concluye Canetti, que “sus caras están hechas de resortes que el emperador puede accionar a su antojo.”

López Gatell es síntoma de la corte de las adulaciones. Revela el extremo al que puede caer la reverencia y la desgracia que esa genuflexión puede causar al país. Esa corte es el silencio de la secretaria de gobernación ante el ataque constante del presidente a las autonomías, es el mutismo del secretario de hacienda ante los caprichos ruinosos del jefe, es la disciplina del jefe de un partido dispuesto a hacer candidato a un hombre acusado de ser un violador.

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06, Feb 2021

La catástrofe

La catástrofe sanitaria no es un golpe de la naturaleza. De ahí vino, por supuesto, y nadie pudo haber impedido la expansión del contagio y la repetición de la  muerte. Lo que era evitable era que la devastación alcanzara estos niveles. La responsabilidad del gobierno de López Obrador en la tragedia que nos ha enlutado a todos es enorme.

Es un alivio saber que el presidente responde razonablemente bien a la enfermedad. Deseo sinceramente que se recupere rápida y plenamente y encare con salud esta crisis de la que es, en alguna medida, coautor. No autor, pero sí, entre nosotros, su principal colaborador. La responsabilidad que cargará históricamente es gigantesca. No sé que impacto político, que efecto electoral inmediato pueda tener su gestión sanitaria. Pero no me cabe la menor duda de que en los años por venir quedarán las cosas claras. Las mediciones internacionales nos ponen en vergüenza. México ha sido uno de los peores países en el mundo en atender la crisis. Más allá de esas devociones que impiden reconocer lo patente, más allá de las antipatías que anticipan condenas antes del juicio, el impacto de la pandemia en México es espeluznante. Y no es aceptable el alegato de los publicistas del régimen que piden resignación ante la fatalidad. No: no tenía que haber sido así. Esto no era inevitable. México no podría haberse mantenido al margen de esta desgracia planetaria, pero pudo haberlo hecho mejor. La desgracia tampoco es consecuencia de la “noche neoliberal:” es producto de una demagogia perversa. Países con una infraestructura sanitaria más débil que la nuestra lo han hecho mejor. El liderazgo responsable es, en buena medida, la diferencia.

Lloramos más muertos que todos los países en el mundo, excepto dos, Estados Unidos y Brasil. La semana pasada rebasamos ya a la India, un país que es más de diez veces más poblado que el nuestro. El Instituto Lowy, un centro australiano de investigación hizo recientemente un análisis del desempeño de casi una centena de países frente a la pandemia. Analizando la cantidad de casos, las muertes, las pruebas hechas a la población produjo una calificación para evaluar el manejo de la crisis. México recibió de esa agencia a la que difícilmente puede ubicarse como ensañada enemiga del lopezobradorismo, un puntaje de 6.5. No es una nota en escala del 0 al 10 sino del 0 al 100. De 100 puntos posibles, la respuesta del gobierno mexicano merece, según este instituto, calificación de 6.5. El centro advierte, por cierto, que la diferencia esencial que encontró su reporte no es el régimen político o el nivel de desarrollo económico. Los países desarrollados lo hicieron un poco mejor, las democracias fueron un poquito más competentes que las autocracias, pero la diferencia crucial estuvo en otro lado. La calidad del liderazgo es crucial cuando se trata de una emergencia que exige la coordinación política y confianza entre autoridades y sociedad.

México no contó nunca con un baluarte técnico. Quien ocupó la atención nacional,  quien gozó, durante un tiempo, de respeto público, se desprestigió al entregarse a la grilla de la adulación, en lugar de sentar con firmeza su autoridad frente al poder. El político le dijo al jefe lo que quería oír. Prefirió complacer al jefe que cuidarlo a él o cuidarnos a nosotros. Continuaremos los esfuerzos de la “Cuarta Transformación”, decía el encargado de la estrategia sanitaria hace un par de días. Un propagandista jamás será una autoridad científica. El experto puso su preparación, su elocuencia y su falta de decoro al servicio de la irresponsabilidad. Se nos pedía quedarnos en casa, mientras los políticos paseaban. Y jamás se rebajó la majestad del sencillísimo presidente de la república para dar ejemplo de cubrirse la boca. Vale preguntar: si el oficialismo habla tanto de la popularidad presidencial, ¿para qué se usa si no es para trasmitir un mensaje coherente de cuidado?

Anima que el presidente haya reaparecido. Preocupa que el mensaje que nos trasmite en su paseo de Palacio sea el de la obcecación. Ni en la convalecencia aparece en él un guiño de humildad para reconsiderar su estrategia, ni una pista del golpe de timón que urge. El mismo optimismo frívolo, la misma lista de deseos presentada como si fueran plan.

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