Abr, 2021

29, Abr 2021

La lógica de la dictadura

La cascada de aberraciones hace difícil registrar el momento de inflexión que coloca a la democracia ante el peligro de muerte. Si todos los días escuchamos una agresión a la crítica, al pluralismo, a las autonomías podemos distraernos y pensar el nuevo golpe es una afrenta más. Cometeríamos un enorme error si no activamos las alarmas más chillantes por el atentado democrático que perpetró la mayoría morenista la semana pasada. La mayoría en el Congreso decidió violar la Constitución sabiendo perfectamente lo que hacía. La constitución le estorba y ha resuelto hacerla a un lado. Diego Valadés, sin duda uno de nuestros constitucionalistas más reconocidos, dijo que “votar a sabiendas a favor de una medida inconstitucional, es pasar a otra dimensión: la anticonstitucionalidad. Es la decisión consciente y expresa de oponerse a la Constitución.” La expresión es justa porque los legisladores sabían perfectamente que extender el mandato del delegado presidencial en la Suprema Corte de Justicia viola una norma clarísima. Lo hicieron de cualquier manera.

La lógica de la dictadura es doctrina oficial. Trato de ser cuidado con las palabras. No digo que se haya instaurado una dictadura en México. Lo que digo es que se han legitimado, desde el poder, su razón, su práctica y sus valores. El atentado constitucional para favorecer a un aliado del presidente en el máximo tribunal de la república, ha expuesto con una nitidez aterradora los argumentos de la dictadura: la constitución ha de violarse porque hay causas superiores a ella. Es necesario transgredir las normas de la constitución porque la generalidad de sus normas no tiene sentido en tiempos extraordinarios. La constitución debe ser violada en beneficio de esos personajes magníficos que merecen la confianza pública. Ahí están los tres nudos de la filosofía del nuevo régimen. Los tres se expusieron esta semana para fundamentar una decisión oprobiosa. Una causa históricamente sublime no puede rebajarse a las nimiedades de las reglas. En tiempos extraordinarios, la decisión debe estar por encima de la norma. Y, finalmente, los héroes, sobrehumanos como son, han de escuchar el llamado de la historia y no tienen por qué leer los artículos de un libro que los limita.

Nunca había escuchado con tanta claridad la defensa de esta lógica dictatorial en una discusión en el Congreso mexicano. Nunca imaginé que fuera un vocero de la mayoría quien la desarrollara y la defendiera tan abierta y tan orgullosamente. El discurso del diputado Ignacio Mier es una pieza memorable. Se trata de un mensaje para defender la ilegalidad desde la casa donde se producen las leyes. Para responder al enjundioso discurso de Porfirio Muñoz Ledo, el morenista no encontró más argumento que tachar la legalidad de reaccionaria. Defendió de esa manera el atropello de la constitución como una muestra de amor patriótico. Lo subrayo: el coordinador de la mayoría no hizo siquiera el intento de aparentar respeto a la constitución. No invocó algún precedente, no sugirió una lectura imaginativa del texto para embonar la decisión con la regla. Defendió que estaban violando la Constitución y que eso era precisamente lo que debía hacerse. El mensaje del diputado Mier es espeluznante, pero no ambiguo. Será pedestre, pero es tan claro como la instrucción del asaltante al cajero del banco. La legalidad, dijo, es un valor de los conservadores. Los revolucionarios no tienen por que perder el tiempo buscando el acoplamiento de sus propósitos a los dictados de la constitución.

En el centro del atropello se instaló, sin duda, quien debería defender los valores constitucionales. El mensaje del ministro Zaldívar representa la más perversa ambigüedad en tiempos críticos. Decir sin aclarar, aparentar sin asumir compromiso alguno. El ministro está dispuesto a destrozar la reforma en la que se empeñó, para seguir medrando en el juego de las especulaciones. Si las canicas de la política judicial terminan consolidando el atropello, él resolverá, hasta ese momento, qué hacer. El capricho del juez, por encima de la ley. La lógica anticonstitucional encuentra valedores insospechados.

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22, Abr 2021

Lecciones de anatomía

La reflexión sobre el cuerpo está en el origen del ensayo. Montaigne habla de los placeres que le regala el paladar, las manías de los dedos. Habla del dolor que le causaron las piedras en los riñones, de sus tropiezos en el caballo y también de su pene, de dimensiones, al parecer, más bien, modestas. Montaigne se presenta como un discípulo de su propio cuerpo. “Prefiero ser un experto en mí mismo que en Cicerón.” Sé lo que me gusta y lo que me sienta bien. Reconozco cuando me excedo en alcoholes o en embutidos. Sabía que por algo no le caían bien las ensaladas y que debía rehuir todas las frutas, menos el melón. Ese hombre que había hecho proyecto del autoconocimiento despreciaba por eso mismo a los doctores. ¿Qué derecho tiene un médico a decirme a mí lo que es sano? En los doctores veía otra encarnación de los dogmáticos a los que aborrecía. Intuía tal vez, el despotismo sanitario que, con bata blanca, pretende regir nuestra alimentación, ordenar nuestras rutinas, prohibir nuestros placeres y ponernos en absurdo movimiento. Mi antipatía por los doctores, advertía Montaigne, es hereditaria.

En la medicina de su tiempo, Montaigne temía el fin de la sensibilidad humanista. En el teatro de cadáveres que se usaba para el aprendizaje de los matasanos percibía un afán de generalización científica que arrebataba al habitante de un cuerpo la elección de sus experiencias y que, con fanatismo por la longevidad, negaba la lección elemental de la filosofía: hemos de prepararnos para la muerte, no atarnos absurdamente a la respiración. Encuentro en la obra de Francisco González Crussí, sin duda uno de nuestros más grandes ensayistas, la más elocuente réplica a esta antipatía del señor de la montaña. En sus ensayos podemos encontrar una defensa del humanismo médico, de esa sensibilidad artística de quien usa la ciencia, pero no se subordina a ella, de quien interviene en los cuerpos, sin reducirlos a entidad meramente material. Como la filosofía para Montaigne, la medicina para González Crussí ha de ser confrontación con nuestra transitoriedad. Un reconocimiento de que la complejidad de nuestra anatomía no es un engranaje de máquinas grandes y diminutas, un enfrentamiento a veces imperceptible y a veces pestilente de sustancias químicas, sino un objeto cargado de significado simbólico.

Esta semana se ha celebrado la trayectoria literaria de este patólogo extraordinario que ha escrito sobre los enemas y los embalsamamientos; sobre el ojo médico y la obsesión erótica. En los meses recientes han aparecido, uno tras otro, tres libros que son una combinación admirable de erudición, buena pluma, gracia y, sobre todo, sabiduría. Editorial Debate publicó Las folías del sexo. Grano de sal sacó a la luz Más allá del cuerpo y la Academia Mexicana de la Lengua, tras concederle el Premio Pedro Henríquez Ureña, publicó Del cuerpo imponderable.

Cierta inclinación estética lo condujo a patología. Al joven estudiante le parecía que las preparaciones bajo el microscopio eran tan misteriosas y seductoras como el arte abstracto. Su especialidad lo llevó de esa manera al entrenamiento de la vista. A ese adiestramiento de la mirada ha dedicado muchos ensayos y un libro fascinante: Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas. (En inglés el título funciona mejor: On seeing. Things Seen, Unseen and Obscene.) El ojo del patólogo descubre que en los órganos hay algo más que tejidos. El cuerpo humano no está retratado completamente en los libros de anatomía. No puede reducirse a esas láminas de venas, huesos y músculos. Al abrir los ojos y ver un cuerpo, vemos más que un compuesto orgánico. “Cada uno de nosotros está como sumergido en una atmósfera etérea de historias, de símbolos, de mitos, de representaciones imaginarias, y también de los sueños, los deseos, los temores y las esperanzas propios de cada persona.”

El patólogo sabe que nuestro cuerpo no es entidad exclusivamente biológica, que entre los órganos se enredan los símbolos, que nuestros relieves y concavidades están envueltos de leyenda y mito, que la historia y la fe han quedado entretejidas con nuestras vísceras.

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21, Abr 2021

El asesor

Arturo Zaldívar decidió ser el asesor jurídico del lopezobradorismo. No lo ha hecho de manera encubierta. Abiertamente ha trabajado para el ejecutivo interviniendo en una función política que la constitución le tiene vedada: promover iniciativas de ley. Al aceptar la invitación del Ejecutivo para diseñar la reforma judicial (una aparente muestra de respeto a los jueces), el presidente del máximo tribunal se convirtió en asesor y cabildero. Zaldívar se prestó, desde el primer momento, a una transgresión que hoy termina siendo grotesca y de la que no puede sacudirse. Lo dijo el presidente López Obrador, cuando presentó la iniciativa de ley: “Como es facultad del Ejecutivo enviar reformas, facultad que no tiene el Poder Judicial, nos presentó el ministro un proyecto de iniciativa que nosotros apoyamos y que vamos a firmar para enviar al Congreso”. Así empezó esta historia: el presidente del tribunal supremo trabajando abiertamente para otro poder, asumiendo funciones que no le corresponden.

El asesor ha fundado su prestigio en una credencial: anticalderonismo. Tuvo, sin duda, el empaque para resistir las presiones del presidente que lo impulsó a la Corte. Ese episodio lo honra. Es cierto también que ha promovido el ensanchamiento de los derechos, que ha buscado la modernización de la ley, que ha procurado esclarecer la compleja labor de los tribunales. Pero su relación con el poder político, tras su digno enfrentamiento con Calderón, ha sido todo, menos ejemplar. Sugiero regresar al artículo que publicó en agosto de 2014 en la revista nexos. El juez era entonces, un promotor de las “reformas estructurales”, se envolvía en la retórica de una modernidad que necesitaba inversión y citaba como fuentes de autoridad los documentos del Banco Mundial. Coincidía en que había que construir “instituciones para el mercado.” El lenguaje de Zaldívar en tiempos del Pacto por México se mimetizaba con el del poder reinante. Pedía comprender la profundidad técnica de esas profundas y ambiciosas reformas. Con inteligencia y referencias académicas ofrecía la colaboración del poder judicial para que las reformas de Peña Nieto se hicieran realidad. Lo importante, decía, es que la función de las instituciones, “debe realizarse teniendo como telón de fondo las finalidades explícitas de las reformas.” Los jueces debían abrir cauce jurídico a los propósitos del gobierno.

Zaldívar ofreció públicamente  sus servicios al lopezobradorismo desde su victoria en el 18. He comentado ya aquí un texto lamentable en donde el ministro pedía a los jueces escuchar el “mensaje de las urnas.” Para el abogado del régimen, el poder judicial debía sintonizar con el ganador, hablar su lenguaje, asumir sus prioridades. Eso era, para él, el “constitucionalismo transformador.” Aceptó el encargo que, transgrediendo las separaciones constitucionales, le otorgó el presidente y lo asumió de modo personal, sin la mínima participación de sus pares. Validó la consulta en la que se empeñaba el presidente López Obrador, ofreciéndole sus servicios como redactor que corrigiera los vicios de la pregunta original. El resultado fue un cantinflismo que se burla del ciudadano para complacer al presidente. Zaldívar ha asistido a eventos de propaganda del gobierno, apartándose del elemental decoro que exige la conducta pública de un juez constitucional. Ha sido vehemente y ágil tuitero que brinca en defensa de personajes del régimen, pero un tímido protector de los jueces, de la ley o de los abogados que han recibido la violenta agresión del presidente. Su silencio de hoy ante la abominación constitucional es atronador. No es la discreción de un juez que solo habla por sus sentencias. Cada minuto que calla se muestra la vacilación del juez frente a sus lealtades y sus ambiciones.

López Obrador le tiene confianza a Zaldívar, no a la Suprema Corte. Por eso se suelta el argumento dictatorial del imprescindible. Nadie puede impulsar la reforma más que el confiable asesor. Con todo, creo que la trampa de los senadores morenistas no prosperará. El intento de prolongar el mandato del lopezobradorista en la Corte es tan ostentosamente aberrante que, aún bajo la furia de devastación institucional de estos tiempos, creo que se detendrá. Pero el golpe al prestigio del tribunal, a su imagen de independencia, a su deber de distancia está dado.

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13, Abr 2021

Hacia junio

No hay elección que se anuncie como rutina. Cada elección se presenta como si fuera, única, excepcional, extraordinaria. Los candidatos y los comentaristas suelen vestirla en cada ocasión como la elección que definirá el destino de las próximas generaciones. En toda campaña escuchamos que se nos dice: “Estas son las elecciones más importantes de los últimos tiempos.” Pero hay elecciones en que eso sí es cierto. Hay ocasiones en que la advertencia no refleja la acostumbrada desmesura de la temporada sino el sentido profundo del voto. Hay elecciones en las que, en efecto, se juega mucho más de lo que formalmente está en disputa. La elección intermedia de este año decidirá, en buena medida, la subsistencia de los equilibrios democráticos.

Se trata de una elección extraordinaria por muchos motivos. Es la elección más grande de la historia. Nunca antes se habían decidido tantos cargos como los que se renovarán en esta elección. Puede terminar siendo la elección más sangrienta de nuestra historia. Antes, incluso de que empezaran formalmente las campañas, el crimen había decidido por los partidos y por los electores. La violencia interviene en las elecciones impidiendo que sean los ciudadanos quienes decidan con libertad, quién ha de representarlos.

Pero más allá de esto, lo más llamativo del proceso de este año es que vuelve a estar en entredicho el orden institucional y la solvencia de los jugadores.

El INE y su antecesor siempre han recibido presiones desde todos lados. Han enfrentado presiones en los medios, intimidaciones de los actores políticos, amenazas de juicios y destituciones. Será la naturaleza del árbitro el recibir la chifliza de quienes son afectados por sus intervenciones. Pero la embestida de hoy es distinta. Nunca el gobierno de la república y sus aliados habían hostigado tan abiertamente a la autoridad electoral. Nunca un partido en el gobierno había amenazado con boicotear una elección si el órgano electoral no se ajusta a sus exigencias. Ese es el ultimátum que abiertamente se lanza ahora: si el INE no restituye la candidatura de Félix Salgado Macedonio, el partido del gobierno impedirá la celebración de las elecciones. En la deslegitimación del órgano electoral se han empeñado el presidente de la república, su secretaria de gobernación, el presidente del partido gubernamental y los aliados empresariales y mediáticos del nuevo régimen. Se trata de un órgano incómodo para quienes creen que la democracia debe ser sintonía de todas las instituciones con el mandato presidencial.

Es cierto que la moneda de las candidaturas está en el aire y que la resolución del tribunal podría generar un espacio para la distensión, pero no tiene precedentes la hostilidad del polo gubernamental a una columna crucial de nuestra arquitectura democrática. Lo que queda en entredicho con este embate, es el compromiso gubernamental con las reglas y con el veredicto de los electores. Afilando sus navajas, el lopezobradorismo saca del baúl a aquella oposición que no reconocía más que la elección que ganaba. Es por ello que los árbitros han vuelto al centro de la atención pública. Pedirle discreción al instituto, mientras el presidente convoca a su linchamiento es algo peor que ingenuo: es desleal. Frente a la agresión del ejecutivo y sus aliados, toca al INE ser hoy, sobre todo, firme.

Esta será la primera elección federal después del terremoto del 2018 que significó la demolición del régimen de partidos de la transición. Lo relevante hace tres años no fue su derrota sino su extravío. Desde el 18 los partidos no saben qué son ni qué suelo pisan. La suerte de esa extraña alianza de las oposiciones es difícil de anticipar. Lo digo no solamente en términos de su capacidad par competir contra la aplanadora oficial, sino para conformar una bancada medianamente coherente para enfrentar a la presidencia impetuosa. No hay tampoco claridad en el polo gobernante. La opción que ganó hace tres años no se ha hecho partido Su nombre mismo revela el orgullo de ser un movimiento y, quizá, la vergüenza de ser una institución. Su caos interior lo exhibe: agitación y desgobierno.

Decía que los equilibrios se deciden en la elección porque pienso en la suerte de las instituciones arbitrales, en la conformación de contrapesos regionales y parlamentarios, en el asentamiento de un nuevo sistema de partidos. Todo eso cuelga de la elección de junio.

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07, Abr 2021

Búsqueda del resplandor

Muere el poeta polaco Adam Zagajewski a los 75 años

En su discurso al recibir el Princesa de Asturias hace unos años el poeta polaco Adam Zagajewski hablaba de las novelas policiacas que están de moda, las biografías de tiranos que están de moda, las series británicas que están de moda; las bicicletas, las patinetas y los maratones que están de moda. Lo que no está de moda es detenerse por unos minutos. No hacer ejercicio, no tener prisa. Nos dicen que la falta de movimiento es mala para la salud. Que tomarse un momentito para la reflexión puede enfermarnos. Esa es la instrucción de nuestro tiempo: hay que correr, escapar de uno mismo.

El poeta que acaba de morir en Cracovia se detenía a recibir los regalos de la musa de la lentitud. Advertía también la dualidad del mundo que se columpia entre la realidad y la imaginación. Durante un tiempo, le contaba a los asistentes de la ceremonia en Oviedo, no sabía si era más importante la realidad de los árboles y el ruido de las calles o el misterio de las cosas escondidas: la pintura de los grandes artistas, la música, las ciudades que han desaparecido. Y necesité muchos años para darme cuenta que hay que considerar ambas caras. “No podemos olvidarnos del mal, de la injusticia, pero tampoco de la felicidad, de las experiencias extáticas que los gruesos manuales de teoría política o de sociología no han llegado a prever.” Dualidad: tal vez Heráclito y Parménides tienen razón, escribe en un poema: lado al lado existen los dos mundos: uno plácido, otro frenético. Una ola que se mueve y se detiene.

En un poema que se publicó en el New Yorker la semana posterior al ataque a las torres gemelas, se advierte precisamente ese contraste que aparece con tanta frecuencia en la poesía de Zagajewski.

Viste a los refugiados con rumbo a ninguna parte,
oíste a verdugos que cantaban con gozo.

Celebra el mundo mutilado,
y la pluma gris que un tordo ha perdido,
y la luz delicada que yerra y desaparece
y regresa.

La poesía de Zagajewski es epifánica, como ha dicho su traductor Xavier Farré. Una ”mística para principiantes”, el polo opuesto a los sermones y a la ideología. Iluminaciones entre el polvo. Pensaba que la imaginación debía luchar contra el dragón del tiempo. Registrar el paso leve de lo extraordinario, la brevedad de lo único. En su poesía, en sus diarios, en sus brillantes ensayos se registra la intimidad que traban lo poético y lo trivial. Lo escribe en un poema admirable. En un museo italiano los guardias piden insistentemente: “¡las fotos sin flash!” pero sucederá, tal vez, que ante un cuadro de Piero della Francesca, se agite el corazón, se haga el silencio y aparezca el chispazo. Siguiendo la pista de ese galería, se miró como un turista distraído que ama la luz. La poesía es “búsqueda de resplandor” en la hora gris, en el camión al lado del viejo cura que dormita. A Czeslaw Milosz le escribió un poema que puede leerse como otro de sus autorretrato:

A veces habla usted con tal tono
que, de verdad, el lector cree
por un instante
que cada día es sagrado.

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07, Abr 2021

Deconstitucionalización

Soy como Napoleón, pero más alto, dijo alguna vez Silvio Berlusconi. Lo que Napoleón hizo por Francia lo hago yo, todos los días, por Italia. El paralelo con el emperador que conquistó media Europa le habrá parecido un tropiezo de modestia, porque unos días después trazó un paralelo más cercano a su megalomanía. “Soy el Jesucristo de la política,” dijo entonces. “Soy una víctima paciente, me sacrifico por el mundo.” Berlusconi, el magnate de los mil escándalos que fue tres veces primer ministro de Italia era un aviso del populismo que inundaría al mundo. Su dominio de la política italiana no era una extravagancia sino un anticipo de lo que vendría por derecha y por izquierda. En su cinismo y su arrogancia, en su habilidad para conectar con la indignación colectiva y para expandir los límites de lo aceptable estaban las notas de ese impulso antiliberal que ha marcado los últimos lustros y que ha puesto en jaque a las democracias más sólidas. Delirio de grandeza que corroe cualquier instrumento de moderación. En la tierra de Maquiavelo no tardaron en aparecer las descripciones de la aberración. Kakistocracia, dijo muy pronto Michelangelo Bovero. Es la peor mezcla imaginable de todos los experimentos: rasgos de tiranía, de oligarquía y de demagogia. Giovanni Sartori lo retrató como un sultán que convirtió al país en harén para sus excesos. Maurizio Viroli coincidió: el berlusconismo es un señorío que transformó la sociedad de ciudadanos en una corte de siervos y aduladores.

El jurista italiano Luigi Ferrajoli examinó su efecto institucional. La devastación que provocaba el demagogo representaba un proceso de “deconstitucionalización” del sistema político italiano. No era simplemente un rechazo de la constitución de 1948 sino un rechazo al principio fundante del constitucionalismo como mecanismo de equilibrios. Era un rechazo al régimen de leyes que coloca los derechos por encima de cualquier coartada del poder. El magnate atacaba el complejo sistema de normas, de separaciones y contrapesos que sostiene a la democracia constitucional. Se escudaba, por supuesto, en la idea de que la mayoría que lo respaldaba era incuestionable y que, por tanto, nada debía obstruir su mando. “Así, advertía el discípulo de Norberto Bobbio, el edificio de la democracia constitucional resulta minado de raíz en su totalidad: porque no se soporta el pluralismo político y constitucional, por la desvalorización de las reglas, por los ataques a la separación de poderes, a las instituciones de garantía, a la oposición parlamentaria, a la crítica y a la prensa libre; en definitiva, por el rechazo del paradigma del estado constitucional de derecho como sistema de vínculos legales impuestos a cualquier poder.”

Ese es el impacto de la transformación lopezobradorista: la deconsitucionalización de la república. Ataque sistemático a las reglas que ponen un límite al poder de la mayoría, una embestida contra los árbitros que cumplen con su deber y a los particulares que defienden su derecho. Cada una de las características que advertía con horror Ferrajoli en el berlusconismo está presente en la política del régimen. No hay ojo para la pluralidad, ni respeto a los órganos que aplican las reglas. Ataque vehemente y constante a quien se aparte de la versión oficial. Se agrede, se somete o se intimida a las instancias de garantía, se ignoran los límites que imponen las reglas. Lo que vemos es una batalla contra el constitucionalismo, ese régimen que instala la prudencia en reglas y que se asienta en baluartes de neutralidad.

El proyecto de la deconstitucionalización tiene en la mira hoy al árbitro electoral. Sin tomarse la molestia de analizar la controversia, el presidente se ha lanzado contra el INE dando pie para que el oportunista que dirige Morena amenace al órgano electoral con el exterminio. Ese es el lenguaje que usa el presidente del partido gubernamental. Como marca el estilo del Palacio, no se trata de debatir sino de insultar y de amenazar. Lo que el oficialismo pide abiertamente es que el INE viole normas constitucionales y legales. Regreso a la advertencia que hacía el prestigiado politólogo polaco Adam Przeworski: la sobrevivencia de la democracia depende de los baluartes del equilibrio. Para el caso mexicano, no le cabía la menor duda de que la autonomía del instituto electoral era la clave. Si la “exterminan” habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro de la democracia mexicana, dijo.

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