22, Abr 2021

Lecciones de anatomía

La reflexión sobre el cuerpo está en el origen del ensayo. Montaigne habla de los placeres que le regala el paladar, las manías de los dedos. Habla del dolor que le causaron las piedras en los riñones, de sus tropiezos en el caballo y también de su pene, de dimensiones, al parecer, más bien, modestas. Montaigne se presenta como un discípulo de su propio cuerpo. “Prefiero ser un experto en mí mismo que en Cicerón.” Sé lo que me gusta y lo que me sienta bien. Reconozco cuando me excedo en alcoholes o en embutidos. Sabía que por algo no le caían bien las ensaladas y que debía rehuir todas las frutas, menos el melón. Ese hombre que había hecho proyecto del autoconocimiento despreciaba por eso mismo a los doctores. ¿Qué derecho tiene un médico a decirme a mí lo que es sano? En los doctores veía otra encarnación de los dogmáticos a los que aborrecía. Intuía tal vez, el despotismo sanitario que, con bata blanca, pretende regir nuestra alimentación, ordenar nuestras rutinas, prohibir nuestros placeres y ponernos en absurdo movimiento. Mi antipatía por los doctores, advertía Montaigne, es hereditaria.

En la medicina de su tiempo, Montaigne temía el fin de la sensibilidad humanista. En el teatro de cadáveres que se usaba para el aprendizaje de los matasanos percibía un afán de generalización científica que arrebataba al habitante de un cuerpo la elección de sus experiencias y que, con fanatismo por la longevidad, negaba la lección elemental de la filosofía: hemos de prepararnos para la muerte, no atarnos absurdamente a la respiración. Encuentro en la obra de Francisco González Crussí, sin duda uno de nuestros más grandes ensayistas, la más elocuente réplica a esta antipatía del señor de la montaña. En sus ensayos podemos encontrar una defensa del humanismo médico, de esa sensibilidad artística de quien usa la ciencia, pero no se subordina a ella, de quien interviene en los cuerpos, sin reducirlos a entidad meramente material. Como la filosofía para Montaigne, la medicina para González Crussí ha de ser confrontación con nuestra transitoriedad. Un reconocimiento de que la complejidad de nuestra anatomía no es un engranaje de máquinas grandes y diminutas, un enfrentamiento a veces imperceptible y a veces pestilente de sustancias químicas, sino un objeto cargado de significado simbólico.

Esta semana se ha celebrado la trayectoria literaria de este patólogo extraordinario que ha escrito sobre los enemas y los embalsamamientos; sobre el ojo médico y la obsesión erótica. En los meses recientes han aparecido, uno tras otro, tres libros que son una combinación admirable de erudición, buena pluma, gracia y, sobre todo, sabiduría. Editorial Debate publicó Las folías del sexo. Grano de sal sacó a la luz Más allá del cuerpo y la Academia Mexicana de la Lengua, tras concederle el Premio Pedro Henríquez Ureña, publicó Del cuerpo imponderable.

Cierta inclinación estética lo condujo a patología. Al joven estudiante le parecía que las preparaciones bajo el microscopio eran tan misteriosas y seductoras como el arte abstracto. Su especialidad lo llevó de esa manera al entrenamiento de la vista. A ese adiestramiento de la mirada ha dedicado muchos ensayos y un libro fascinante: Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas. (En inglés el título funciona mejor: On seeing. Things Seen, Unseen and Obscene.) El ojo del patólogo descubre que en los órganos hay algo más que tejidos. El cuerpo humano no está retratado completamente en los libros de anatomía. No puede reducirse a esas láminas de venas, huesos y músculos. Al abrir los ojos y ver un cuerpo, vemos más que un compuesto orgánico. “Cada uno de nosotros está como sumergido en una atmósfera etérea de historias, de símbolos, de mitos, de representaciones imaginarias, y también de los sueños, los deseos, los temores y las esperanzas propios de cada persona.”

El patólogo sabe que nuestro cuerpo no es entidad exclusivamente biológica, que entre los órganos se enredan los símbolos, que nuestros relieves y concavidades están envueltos de leyenda y mito, que la historia y la fe han quedado entretejidas con nuestras vísceras.

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