07, Jul 2015

Akademgorodok, de Pablo Ortiz Monasterio

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En 1957 la ciencia soviética colocaba en órbita el primer Sputnik. Unos meses después, el proyecto Vanguard de los Estados Unidos, que tenía el mismo propósito de colocar en órbita una luna mecánica, fracasaba estrepitosamente. El proyectil que habría de despegar de Cabo Cañaveral no se elevó ni un centímetro. Unos segundos después de la ignición, se desplomó para desintegrarse entre las llamas. El contraste entre los lanzamientos marcaría la historia y, sobre todo, la mitología de la Guerra Fría. La Unión Soviética se adelantaba en la carrera hacia el futuro. El planeta parecía estrecho para la patria del proletariado, dispuesta ya a conquistar el espacio. Un par de años después del lanzamiento del satélite, Nikita Jruschov le advertía al vicepresidente Nixon que pronto el comunismo triunfaría en todos los ámbitos de la vida: desde los viajes espaciales hasta los refrigeradores. Es interesante ver el famoso debate entre el premier soviético y el político californiano conocido precisamente como el “debate de la cocina”: Jruschov llevaba a la polémica el programa espacial; Nixon presumía la televisión a color que estaba registrando la discusión. La ingeniería era el verdadero coliseo de la competencia histórica: la confianza de cada régimen no se expresaba como seguridad en su filosofía o en sus valores; no era una apuesta por el vigor de su economía, era confianza en su ciencia, en su técnica. Fe en los ingenieros.

De esa afirmación proviene el empeño de levantar, en el corazón de Siberia, un monasterio de técnicos, una ciudad para la ciencia: Akademgorodok. En el proyecto de su creador, el matemático Mikhail Lavrentiev, puede percibirse un eco medieval, universitario: apartar la inteligencia de la presión de lo cotidiano, amurallar la investigación para que florezca sin obstrucciones. Para habitar Utopía habría que levantar, primero, este paraíso de los científicos. Lejos de Moscú y de Leningrado, el frío siberiano cobijaría las mentes más brillantes del imperio soviético, permitiéndoles una entrega a la ciencia sin preocupaciones materiales y (por lo menos en principio) sin presiones políticas. “En breve –se decía en la fundación del campus– Siberia será la capital mundial del conocimiento científico.” Decenas de institutos, cerca de 30,000 científicos girando alrededor de laboratorios, pizarrones y bibliotecas. La ciudad universitaria no padeció las estrecheces del entorno. La chequera de Jruschov no tenía límites cuando se trataba de pulir su joya. Diseñado para mostrar el poder del experimento soviético, terminó descubriendo su fragilidad. La ciudad, efectivamente, le abrió espacios a la discusión, a la crítica, a la libertad. Ahí trabajó Andréi Sájarov, investigando desde los átomos hasta los quarks. Su trayecto científico es emblema de una evolución intelectual que es, en realidad, una transformación moral: de las bombas al pacifismo. Ahí abogó, ante Brézhnev, por los disidentes y sufrió las consecuencias del atrevimiento. Ahí escribió su ensayo “Progreso, coexistencia pacífica y libertad intelectual”, donde pide la salvación del socialismo poniendo fin a la dictadura de partido. La libertad para obtener y compartir información, la libertad para debatir sin miedo, la libertad frente al prejuicio y los dictados del poder eran vitales para la sobrevivencia de la humanidad. En su centro de economía, disciplina que algunos creen científica, los profesores Aganbegián y Zaslávskaya advirtieron que la comprensión de la realidad económica de la urss exigía apartarse de la ortodoxia marxista. Sus tesis tendrían un efecto definitivo en la perestroika. Gorbachov traería de Siberia a sus principales asesores económicos.

El artículo completo puede leerse aquí.

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