Andar y ver

06, May 2021

Jueves

Nadar es combatir al ahogado que nos estrangula desde dentro. Quien nada en el mar se entrega a dos abismos en movimiento. Al suyo y al del agua. Un poema que respira mal se ahoga escribió Julio Trujillo en un ensayo sobre la natación y la poesía. En Jueves, el extenso poema que acaba de publicar bajo el sello de Trilce, se escucha la respiración de ese hombre que, con brazadas y palabras, lucha consigo mismo, que se interroga y se fustiga. También se oyen ahí los jadeos, los tragos de agua salada, la seducción de los piélagos y el silencio de un repentino remanso. El poeta huye de la ciudad para encarar su naufragio. Escapa del ruido y las prisas para sumergirse en la oscuridad: la noche más negra y el agua más brava de sí mismo.

Te has despertado en plena madrugada
y vas al mar sonámbulo
sonámbulo
en busca de olas negras
de súbitas paredes que te absorban

Este largo soliloquio se incorpora de inmediato a la exquisita tradición que existe en nuestras letras del poema extenso. Está ya, a lado de Muerte sin fin, de Gorostiza, de Piedra de sol, de Paz y, sobre todo, del Incurable de David Huerta, un poema que aparece de pronto como un hermano, como el origen tal vez, del “eco de una kilométrica derrota” que, palmo a palmo, recorre Trujillo. Jueves es el rezo hacia un dios en el que el poeta no cree. Una letanía sin fe que respira sin comas, sin puntos, sin mayúsculas. No las necesita esta poderosa recitación para dejarse llevar por la cadencia de la marea y los pulmones. Jueves, el día previo al encuentro del otro, el día de la soledad absoluta y plena es el tiempo suspendido en un abismo. Un día único y eterno, un día que prolonga una caída. Anotación en la agenda que recuerda que el jueves hay cita con el cuerpo, con la arena, con la iguana y con todos los monstruos.

Un hombre se confiesa frente al horizonte. Es, como su ojo, circular. Con una honestidad brutal, el monólogo del sobreviviente se adentra en todos los personajes de su vida: el que se interroga y el que no responde; el que vive y el que se aniquila. El que da vueltas obsesivamente, el que se hunde en el mundo y el que se desprende de su vida; el que se estrangula, el que se deja fluir y el que encalla. Un inclemente interrogatorio que se enrosca en la vida como un tirabuzón en la conciencia. El acto de entrega de quien se declara terrorista de sí mismo. La herida creció tanto, dice Trujillo, que ya soy ella y desde ahí me hablo. Las preguntas no tienen respuesta.

¿por qué deseabas todo el mar
todo el azul de un solo trago?

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22, Abr 2021

Lecciones de anatomía

La reflexión sobre el cuerpo está en el origen del ensayo. Montaigne habla de los placeres que le regala el paladar, las manías de los dedos. Habla del dolor que le causaron las piedras en los riñones, de sus tropiezos en el caballo y también de su pene, de dimensiones, al parecer, más bien, modestas. Montaigne se presenta como un discípulo de su propio cuerpo. “Prefiero ser un experto en mí mismo que en Cicerón.” Sé lo que me gusta y lo que me sienta bien. Reconozco cuando me excedo en alcoholes o en embutidos. Sabía que por algo no le caían bien las ensaladas y que debía rehuir todas las frutas, menos el melón. Ese hombre que había hecho proyecto del autoconocimiento despreciaba por eso mismo a los doctores. ¿Qué derecho tiene un médico a decirme a mí lo que es sano? En los doctores veía otra encarnación de los dogmáticos a los que aborrecía. Intuía tal vez, el despotismo sanitario que, con bata blanca, pretende regir nuestra alimentación, ordenar nuestras rutinas, prohibir nuestros placeres y ponernos en absurdo movimiento. Mi antipatía por los doctores, advertía Montaigne, es hereditaria.

En la medicina de su tiempo, Montaigne temía el fin de la sensibilidad humanista. En el teatro de cadáveres que se usaba para el aprendizaje de los matasanos percibía un afán de generalización científica que arrebataba al habitante de un cuerpo la elección de sus experiencias y que, con fanatismo por la longevidad, negaba la lección elemental de la filosofía: hemos de prepararnos para la muerte, no atarnos absurdamente a la respiración. Encuentro en la obra de Francisco González Crussí, sin duda uno de nuestros más grandes ensayistas, la más elocuente réplica a esta antipatía del señor de la montaña. En sus ensayos podemos encontrar una defensa del humanismo médico, de esa sensibilidad artística de quien usa la ciencia, pero no se subordina a ella, de quien interviene en los cuerpos, sin reducirlos a entidad meramente material. Como la filosofía para Montaigne, la medicina para González Crussí ha de ser confrontación con nuestra transitoriedad. Un reconocimiento de que la complejidad de nuestra anatomía no es un engranaje de máquinas grandes y diminutas, un enfrentamiento a veces imperceptible y a veces pestilente de sustancias químicas, sino un objeto cargado de significado simbólico.

Esta semana se ha celebrado la trayectoria literaria de este patólogo extraordinario que ha escrito sobre los enemas y los embalsamamientos; sobre el ojo médico y la obsesión erótica. En los meses recientes han aparecido, uno tras otro, tres libros que son una combinación admirable de erudición, buena pluma, gracia y, sobre todo, sabiduría. Editorial Debate publicó Las folías del sexo. Grano de sal sacó a la luz Más allá del cuerpo y la Academia Mexicana de la Lengua, tras concederle el Premio Pedro Henríquez Ureña, publicó Del cuerpo imponderable.

Cierta inclinación estética lo condujo a patología. Al joven estudiante le parecía que las preparaciones bajo el microscopio eran tan misteriosas y seductoras como el arte abstracto. Su especialidad lo llevó de esa manera al entrenamiento de la vista. A ese adiestramiento de la mirada ha dedicado muchos ensayos y un libro fascinante: Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas. (En inglés el título funciona mejor: On seeing. Things Seen, Unseen and Obscene.) El ojo del patólogo descubre que en los órganos hay algo más que tejidos. El cuerpo humano no está retratado completamente en los libros de anatomía. No puede reducirse a esas láminas de venas, huesos y músculos. Al abrir los ojos y ver un cuerpo, vemos más que un compuesto orgánico. “Cada uno de nosotros está como sumergido en una atmósfera etérea de historias, de símbolos, de mitos, de representaciones imaginarias, y también de los sueños, los deseos, los temores y las esperanzas propios de cada persona.”

El patólogo sabe que nuestro cuerpo no es entidad exclusivamente biológica, que entre los órganos se enredan los símbolos, que nuestros relieves y concavidades están envueltos de leyenda y mito, que la historia y la fe han quedado entretejidas con nuestras vísceras.

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07, Abr 2021

Búsqueda del resplandor

Muere el poeta polaco Adam Zagajewski a los 75 años

En su discurso al recibir el Princesa de Asturias hace unos años el poeta polaco Adam Zagajewski hablaba de las novelas policiacas que están de moda, las biografías de tiranos que están de moda, las series británicas que están de moda; las bicicletas, las patinetas y los maratones que están de moda. Lo que no está de moda es detenerse por unos minutos. No hacer ejercicio, no tener prisa. Nos dicen que la falta de movimiento es mala para la salud. Que tomarse un momentito para la reflexión puede enfermarnos. Esa es la instrucción de nuestro tiempo: hay que correr, escapar de uno mismo.

El poeta que acaba de morir en Cracovia se detenía a recibir los regalos de la musa de la lentitud. Advertía también la dualidad del mundo que se columpia entre la realidad y la imaginación. Durante un tiempo, le contaba a los asistentes de la ceremonia en Oviedo, no sabía si era más importante la realidad de los árboles y el ruido de las calles o el misterio de las cosas escondidas: la pintura de los grandes artistas, la música, las ciudades que han desaparecido. Y necesité muchos años para darme cuenta que hay que considerar ambas caras. “No podemos olvidarnos del mal, de la injusticia, pero tampoco de la felicidad, de las experiencias extáticas que los gruesos manuales de teoría política o de sociología no han llegado a prever.” Dualidad: tal vez Heráclito y Parménides tienen razón, escribe en un poema: lado al lado existen los dos mundos: uno plácido, otro frenético. Una ola que se mueve y se detiene.

En un poema que se publicó en el New Yorker la semana posterior al ataque a las torres gemelas, se advierte precisamente ese contraste que aparece con tanta frecuencia en la poesía de Zagajewski.

Viste a los refugiados con rumbo a ninguna parte,
oíste a verdugos que cantaban con gozo.

Celebra el mundo mutilado,
y la pluma gris que un tordo ha perdido,
y la luz delicada que yerra y desaparece
y regresa.

La poesía de Zagajewski es epifánica, como ha dicho su traductor Xavier Farré. Una ”mística para principiantes”, el polo opuesto a los sermones y a la ideología. Iluminaciones entre el polvo. Pensaba que la imaginación debía luchar contra el dragón del tiempo. Registrar el paso leve de lo extraordinario, la brevedad de lo único. En su poesía, en sus diarios, en sus brillantes ensayos se registra la intimidad que traban lo poético y lo trivial. Lo escribe en un poema admirable. En un museo italiano los guardias piden insistentemente: “¡las fotos sin flash!” pero sucederá, tal vez, que ante un cuadro de Piero della Francesca, se agite el corazón, se haga el silencio y aparezca el chispazo. Siguiendo la pista de ese galería, se miró como un turista distraído que ama la luz. La poesía es “búsqueda de resplandor” en la hora gris, en el camión al lado del viejo cura que dormita. A Czeslaw Milosz le escribió un poema que puede leerse como otro de sus autorretrato:

A veces habla usted con tal tono
que, de verdad, el lector cree
por un instante
que cada día es sagrado.

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25, Mar 2021

Puntos suspensivos

Quiso el anonimato. Lograr que su obra se integrara a la ciudad, que se vaciara en ella y que perdiera registro de su autoría. Quiso ser un iluminador románico, un tlacuilo que escribiera pintando en amate. Quiso ser también el gato de Paul Klee. Vicente Rojo lo contaba en su discurso de ingreso al Colegio Nacional. En 1918, al terminar la guerra, Klee regresaba a casa. Para celebrar la paz tomó el violín y junto a su mujer que se sentaba frente al piano, tocaron sonatas de Bach y de Mozart. El auditorio lo formaban Félix Klee, el hijo de la pareja, y el “enorme gato Fritzi.” La escena le servía a Rojo para dejar constancia de su admiración por Klee, de la intimidad entre música y pintura y de la envidia por el pintor que sabía tocar el violín. “¡Qué no hubiera dado yo por ser el gato Fritzi.”

Artista de los signos, Vicente Rojo se identificó también con los puntos suspensivos, esa marca de tres puntos que insinúa, que sugiere, que deja el enunciado sin cierre. Así tituló las escenas de su autorretrato. Puntos suspensivos. Es justo de pronto dejar la oración incompleta; hacer silencio para dejar el sentido en suspenso, para detenerse ante el temor o la vacilación. La vacilación se dirige al futuro, pero también se entierra en el pasado. ¿Será que la emoción imprecisa, la sensación sin nombre anteceda los tres puntos? En el diseño editorial, en la escultura y en el lienzo, esos tres puntos del misterio.

Sus diseños seducían por el brillo de sus evocaciones. Puso la claridad de su trazo al servicio del asombro. Capturó así nuestra imaginación estética con cientos de portadas, con el trazo de diarios y revistas, con carteles y logotipos que integran el paisaje de nuestra memoria más entrañable. Nadie hizo tanto por el diseño gráfico en México como Vicente Rojo. Portadas que son una invitación que no delata. En Cien años de soledad, en Las batallas en el desierto, o en El ogro filantrópico, la puerta de entrada se cuela en todas las letras de la obra.

Pintar para él era transcribir el dictado de las preguntas. Escuchar la interrogación y formularla mil veces. ¿Cuántas tes caben en una misma te? ¿Qué diana encontrará el dardo? ¿Qué advertencias hay en la señal? ¿Qué voz pronuncia la letra imposible? ¿Qué mapas traza el estallido de ese monte de lava? Terca exploración de un vocabulario esencial. Sabio desprendimiento de lo superfluo. Punto, raya, círculo y triángulo conforman un universo contenido e inagotable. La diagonal de las lluvias, el indicio de las flechas, la copa del volcán, la indescifrable tipografía. Las geometrías de Vicente Rojo levitan y se conectan con el centro de la tierra; son abstracción pedregosa, juguete y retablo; tolvanera y pentagrama. Por ahí pueden verse los átomos de Seurat y la metafísica de Malevich, las costras de Dubuffet y los brochazos de Tàpies. Y creo que se insinúa también, entre lava y diluvios, el cuerpo de un país como el que José Emilio Pacheco encontró en tres volcanes suyos:

Dicen que dice la verdad el nuevo mapa:
en la visión del satélite
éste es México sin engaño.

Pero no veo
sino montañas como cicatrices.
México sepultado por sus volcanes y nacido de ellos.

Entre tanta aridez muy pocas manchas de agua.
Entre tanto desierto bosques en llamas.
entre tanta desolación una esperanza:
la victoria de los dos mares.

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10, Mar 2021

Lecciones del Covid

No son tiempos para ponerse a contar la historia de la humanidad. En este mundo de especialistas, pocos se atreverían a hilar la historia entera de la humanidad; la historia de la humanidad en todo el planeta. Encontrarle sitio y tiempo a cada ser humano que ha puesto oxígeno en sus pulmones.  Ese fue el propósito de Yuval Harari con su Sapiens, una historia en la que cabría todo lo humano. Los genes, el comercio, la guerra, las bacterias, la agricultura, las fábulas, la guerra, las ciudades y el internet. La exitosísima obra de Harari es un cuento de tres episodios que marcan la vida de ese mamífero joven: el cambio en las neuronas de un simio que empezó a contar cuentos y fábulas; la domesticación de las plantas que fijó la residencia de sus tribus; el experimento que puso a prueba la razón para fundar la ciencia. Como buena telenovela, su historia de la humanidad termina en suspenso. El historiador suelta el relato picando al lector con la curiosidad por el capítulo que sigue. Se aproxima una mutación tan importante como las tres anteriores. La ingeniería genética, la inteligencia artificial nos acerca a una nueva “singularidad”. Todas las ideas que nos permitieron, durante siglos, encontrarle sentido al mundo pronto se volverán irrelevantes. Habrá que empezar a despedirnos de nuestra idea del yo, del tú, del nosotros. Aceptar que nuestro concepto de hombre, de mujer, de familia, de amor y miedo cambiará radicalmente. Todo está a punto de ser otra cosa.

Ese historiador que se piensa cada vez más como filósofo y que ha conectado los mitos del neolítico y los algoritmos de facebook se ha puesto a pensar en las lecciones de la pandemia. Desde el satélite por el que se asoma al presente, encuentra razones para estar optimista. Hace unos días publicó un artículo extenso en el Financial Times donde reflexiona sobre las lecciones de la pandemia. (“Lecciones de un año de Covid”, 25 de febrero de 2021).

Las epidemias ya no son desgracias incontrolables de la naturaleza. La ciencia las ha convertido en desafíos manejables. El virus nos puede provocar la sensación de vulnerabilidad, pero, a diferencia del medioevo, hoy sabemos cuál es la causa de las muertes. Ante la peste negra la humanidad estaba totalmente a oscuras ciegas. No tenía la menor idea de qué provocaba la desaparición de pueblos enteros. Hoy la ciencia nos da herramientas de comprensión y también instrumentos de cuidado. En diciembre del 2019 empezaron a activarse las primeras señales de alarma. En enero del 20 se había secuenciado ya el genoma del virus y se había publicado la información. Un consenso se alcanzó muy pronto sobre las medidas que debían tomarse y antes de un año empezaba la producción en serie de la vacuna. No fue un milagro: fue una hazaña de la ciencia.

La pandemia no solamente mostró el poder de la ciencia, sino la existencia de una ciudad que no se conecta por las calles sino en zoom. Si pudimos confinarnos es porque las actividades productivas requieren cada vez menos humanos, muchos pudieron trabajar o estudiar en casa. Si el turismo se desplomó en el 2020, el comercio marítimo apenas y tuvo un descenso, dice. El virus circula en el mundo físico. El virus no viaja en el mundo virtual.

La tragedia de estos días viene de la política, de su demagogia, de su incoherencia, de su ceguera. El menosprecio de la amenaza sanitaria, la sordera ante la voz de los expertos, la comunicación incoherente y contradictoria de los gobiernos, la negligencia de las administraciones ha costado, en todo el mundo, cientos de miles de vidas. Si ha habido tanta muerte es por malas decisiones politicas. El verdadero peligro no ha sido el virus: lo que nos amenaza son nuestras rivalidades, nuestros odios, nuestra ignorancia.

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24, Feb 2021

Erótica de la transmisión

Ediciones Siruela

Como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras, el libro parece un invento insuperable. Lo dijo Umberto Eco y lo suscribe Irene Vallejo en su maravilloso libro sobre la invención de los libros en el mundo antiguo. El libro no se necesita enchufar, no se le acaba la pila, lo podemos llevar con nosotros, no se borra, no nos pide actualizaciones para poderlo leer. Pero el libro no es solamente un admirable dispositivo tecnológico, es también un objeto del deseo.

El infinito en un junco, es la novela de los guardianes. Una narración extraordinaria que relata la hazaña de la preservación de la cultura. Con erudición amistosa, con ritmo y gracia, Vallejo cuenta una de las grandes aventuras de la humanidad. El ensayo ha merecido todos los premios posibles, ha sido un sorprendente éxito de ventas y ha recibido los elogios más entusiastas. Vargas Llosa lo llama, ni más ni menos, una “obra maestra.” Alberto Manguel celebra este conmovedor homenaje al libro que está escrito como una fábula. No hay exageración. El cuento de Vallejo merece toda la aclamación que ha recibido. Es libro admirable por su erudición y su soltura, por la naturalidad y el amor con los que se desplaza por el mundo clásico para conectar con el presente. Son admirables la investigación que hay detrás del libro y la frescura con la que se reconstruye la biografía de un invento.

Más que la historia de la creación literaria, El infinito es la historia de su transmisión y cuidado. Si la especie no se inventa cada día es porque nos cobija la memoria y la imaginación de los siglos; porque ha habido estadistas y piratas, monjas y traductores, artesanos, técnicos y empresarios que han preservado esos artefactos que preservan la llama de la palabra. La invención de los libros, dice la filóloga, “ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder.” Gracias a ellos respira la especie humana. Por ellos se preservan las maravillas de su genio y también los horrores de su delirio.

Todo habrá empezado en algún río de Egipto, hace unos cinco mil años. “El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática.” Retener ese soplo había sido una ambición de siglos. Detener la evaporación de las palabras y los números para dejarlas fijas, para heredarlas. Se experimentó la escritura en el lodo, en el metal, en la piedra. El gran salto fue el hallazgo de un paño blando. Una tela flexible y viva que podía eternizar los dibujos de la tinta. Frente a sus pesados antecedentes, rígidos e inertes, el rollo de papiro era ligero y flexible: un invento hecho para el viaje y la aventura.

Leemos las inscripciones en la fibra de las plantas o en el cuero de los animales. Escribir sobre nuestra piel. El cuerpo es una hoja en blanco que recibe la marca del tiempo. Las arrugas que cosechamos con los años son la escritura de nuestra vida. Irene Vallejo no registra solamente la épica del libro, ese cuento milenario de ambiciones y conquistas, de incendios, robos y escondites. También identifica la vida de los libros como joyas de intimidad. Hedonismo en estado puro: rozar, oler, acariciar un libro. Deleitarse con el goce sensual de un arte palpable. Erótica de la transmisión.

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10, Feb 2021

La carcajada de Scorsese

Supongamos que Nueva York es una ciudad es el segundo documental que Martin Scorsese hace de su amiga Fran Lebowitz. El primero no le bastó. Lo filmó hace diez años para HBO y, tan pronto lo terminó, quiso continuar la conversación en otra película. A ella le parecía absurdo protagonizar dos documentales sin más asunto que sus opiniones. Por fortuna accedió después de un tiempo. El documental que se proyecta en Netflix es un paseo por los muchos tiempos de Nueva York; una secuencia de juicios devastadores sobre la cultura contemporánea; un repaso de la vida de una escritora que hace años que no escribe. Es, sobre todo, un testimonio maravilloso de amistad.

El retrato son siete lienzos de cariño. No es un homenaje a una figura pública sino la celebración de una amistad. Scorsese muestra a Lebowitz en su elemento: quejándose de la ciudad que ama. Ser neoyorquino, dice, es quejarse de Nueva York. No importa cuánto tiempo hayas vivido aquí, en el momento en que empiezas a protestar porque te quitaron la tintorería de la esquina, ya eres neoyorquino. Ser neoyorquino es lamentar que la ciudad que amaste está desapareciendo. Una dulce nostalgia acompaña estos capítulos sobre las calles, la estación de tren, el arte, los barrios, la fiestas. Lebowitz sonríe con cierta altanería porque siente que es el último habitante de una ciudad que ya no es vista. Nueva York ha quedado desierto a las miradas. No hay ojo que se aparte del iphone para ver la banqueta y el zoológico humano en el metro.

La queja puede ser un arte. Lebowitz ha descubierto que escribir es una lata, un oficio que requiere una concentración y una disciplina que no le da la gana y que, para la sentencia rotunda y devastadora, es mejor la espontaneidad del diálogo en un teatro. En el documental pueden recogerse decenas de perlas contra los turistas, los puritanos, los burócratas y los escritores tan enamorados de la escritura que escriben fatal. Lebowitz muestra las delicias del wit. La palabra la traducimos mal como ingenio. Es eso, pero es mucho más. Es precisión, agilidad, gracia. No es pura creatividad, sino una forma de lucidez filosa y divertida. Esa es la maravilla del documental que se extiende por más de tres horas: captura la chispa de la inteligencia viva.

Decía que la película es también un autorretrato de la amistad. Una historia de complicidad afectiva. No recuerdan cuándo se conocieron. Pero la amistad, algo tan raro como el amor, los ha acompañado durante décadas. Solían recibir el año nuevo en el salón de proyecciones de Scorsese, viendo alguna película vieja. A veces, dos. Una antes de las campanadas y otra después. Este año no pudieron hacerlo. Solo pudieron hablarse por teléfono. La carcajada de Scorsese brinca con un gozo gigantesco cuando su amiga suelta alguno de sus juicios fulminantes. Después de años de convivir con Fran, Marty ríe con la sorpresa de volver a escuchar la inteligencia y la libertad de quien adora.

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27, Ene 2021

Filosofía felina

Hace un poco más de diez años, John Gray, un filósofo político que daba clases en la London School of Economics, decidió retirarse de la docencia y dedicarse a una escritura más libre. Gray, un liberal que ha cuestionado el liberalismo hecho dogma, rema desde hace tiempo contra los grandes consensos. El iconoclasta se ha lanzado contra los dioses del progreso, la modernidad, la globalización. El humanismo, inclusive. El humanismo es la arrogancia de nuestra especie. Es la convicción de que los seres humanos ocupamos un sitio único en el universo, que somos los favoritos de Dios o la culminación de la naturaleza. Un desplante que nos hace imaginar el planeta como un material a nuestro servicio.

Liberado del compromiso de leer las conferencias de sus colegas y de calificar los trabajos de sus alumnos, Gray se ha puesto a pensar en lo que nos enseñan los gatos. A dos hermanas burmesas, Sophie y Sarah, y a dos birmanos muy longevos, Jamie y Julian, les debe la reflexión que alimenta su libro más reciente: Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida. Gray observa a sus gatos y se dispone a entender sus lecciones. Gray pone a prueba las nociones de los grandes pensadores en los maullidos de sus gatos porque ve en la condición felina al otro más extremo y, al mismo tiempo, más íntimo. Por fortuna, dice, el gato no se ha “humanizado.” El misterio de su ronroneo es el cuestionamiento más profundo porque, a pesar de vivir con nosotros, no tiene la menor intención de obedecernos o de imitarnos.

Es conocida aquella divagación de Montaigne sobre su gato. Cuando juego con él, se preguntaba, ¿seré yo su juguete? A diferencia del perro que terminó siendo casi un reflejo del amo, el gato permanece como un salvaje en nuestra recámara. No vemos en sus saltos y en sus ronquidos el valor, la ternura, la fidelidad que tanto apreciamos en los perros sino otra cosa: elegancia, agilidad, autonomía, pereza, sensualidad. En su deambular por la casa, en su vagabundeo por la calle se esconde una idea de la felicidad, de la ética, del amor y del tiempo. Otro sentido de la vida.

Cuando Gray le contó a un filósofo que estaba trabajando en un ensayo sobre la filosofía gatuna, el colega respingó de inmediato, ¿cómo pretendes hacer algo así? ¡Los gatos no tienen historia! Gray contestó con otra pregunta, ¿Será que eso es una desventaja? No tendrán historia los gatos, tal vez porque no les hace falta, porque no quieren salir de un atraso para proyectarse hacia ningún lado. No necesitan inventarse un cuento, no dependen de un mito que le imprima significado a su existencia. Pasear, acurrucarse, dormir, jugar un poco, acariciarse, volver a dormir les es suficiente.

En un cuento, José Emilio Pacheco veía al gato meditando todo el día en el absurdo y la vacuidad del universo. Porque sabe eso ocupa a plenitud el instante en que vive. Un gato vería los empeños humanos por construir un relato que trace el sentido de su existencia como un absurdo, una contraproducente manera de lidiar con la ansiedad. El gato no nos hace su dios porque no necesita ilusiones. Si está a salvo y tiene comida, no necesita de nada ni de nadie. Si encuentra cariño, lo disfruta sin exigir nada. Los gatos, dice Gray, pueden ser nuestros maestros porque no echan de menos la vida que no tienen, porque no creen que la felicidad sea un proyecto, porque no viven de recuerdos, porque no se aferran al dolor, porque se liberan con facilidad de la desgracia, porque no conocen los celos, porque quieren sin dependencia, porque no temen la oscuridad. Porque se entregan envidiablemente al placer.

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13, Ene 2021

Biografía de una amistad

En Sombras en el campus, Malva Flores escrie que “el ensayo es una de las formas más depuradas de la pasión escrita”. En su alegato contra las inquisiciones de la academia defiende, por supuesto, la solidez del argumento y la confiabilidad de las fuentes, pero abraza antes que cualquier otra cosa, la emoción personal, esa combinación de simpatías y antipatías con las que tocamos el mundo. En las palabras del ensayo debe haber un elemento íntimo, una revelación personal, una confesión: “solo si en el tubo de ensayo incluimos la sal y la pimienta de nuestras aversiones, deseos o admiraciones, podremos de allí obtener un elemento cuyo único propósito será compartir una charla por escrito y hacernos pensar.” Esa sal y esa pimienta, ese sazón íntimo es saboreable en la admirable biografía que Malva Flores ha hecho de una amistad crucial en la cultura mexicana del siglo XX.

Estrella de dos puntas, Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad, el libro que Malva Flores publicó a fines del año pasado es, por supuesto, una investigación meticulosa en los meandros de la relación entre Octavio Paz y Carlos Fuentes. Flores ha exprimido todas los archivos, las cartas, la referencias veladas que existen en las páginas de ambos, los intercambios con los amigos comunes y ha registrado la admiración mutua, la cercanía, el cariño, la desconfianza, los reencuentros, la ruptura. En el intenso epistolario entre los amigos puede verse una comunicación tan intensa en su furor comunicativo como en el frío de sus largos silencios.

Complejísima relación, la de Paz y Fuentes. Fascinante también. Dos gigantes de las letras mexicanas; dos hombres rodeados de admiración. Dos ambiciones, dos vanidades, dos capillas. Lo reconocía el propio Paz en una de las últimas cartas que le escribió a Fuentes: “La amistad es como las plantas: hay que regarla a diario. A veces, también, hay que podarla: demasiado frondosa deja de dar flores y frutos. Y mucho sol–un acuerdo total–la marchita. Las diferencias–si se dicen–son un agua milagrosa. Por fortuna tú y yo no coincidimos en muchas cosas, aunque sí, creo, en lo esencial.” La relación no se rompió súbitamente con el artículo de Enrique Krauze contra el novelista. Desde el primer momento, fue una amistad compleja.

Durante medio siglo (se conocieron cuando Paz tenía 36 años y Fuentes 21), el poeta y el novelista estuvieron el uno frente al otro. Seguían asociados de alguna manera, aunque la confianza y el afecto se hubiera perdido. Los rompió la política, es cierto. Pero después de leer la crónica de esta amistad fracasada, puede verse que lo que fue abriendo una brecha cada vez más grande entre ellos fue su idea de la literatura y su compromiso con la creación. Son visibles sus diferencias sobre la naturaleza del echeverrismo, por ejemplo, o sobre la revolución sandinista. Pero detrás de esa controversia pública, es la concepción artística lo que en realidad los distancia. La política, en particular el entusiasmo del 68, los acercó. Después esa misma energía los enemistaría hasta la muerte. El arte nunca los llegó a hermanar.

Advierte Flores desde las primeras páginas que esta biografía de amistad no es un trabajo académico de crítica literaria. Es “la lectura de una o varias pasiones, perseguidas con los ojos de mi propia pasión.” No se trata de una crónica imparcial, ni mucho menos distante de esos dos hombres. Flores no pretende oficiar de mediadora para forzar un equilibrio entre los amigos que han terminado en pleito. Sus cercanías no solamente son claras: están bien fundadas.

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31, Dic 2020

Migajas 2020

Emily Dickinson describió la silenciosa complicidad entre quien escribe y quien lee:

¡No soy nadie!
¿Quién eres tú?
¿Tampoco eres nadie?
Ya somos dos –¡Pero no lo digas!

A explorar esa secreta intimidad dedicó Louis Glück su conferencia del Nobel. Desde muy niña sentí que Dickinson me había elegido a mí, que me reconocía de alguna manera. Ella y yo formábamos una especie de cofradía: compañeras en la invisibilidad. “En el mundo éramos nadie.” Ese parece el único plural que admite la poesía: la pareja de invisibles que se reconoce en la tinta de una página. Para la poesía, dice Glück, el juicio de lo colectivo es peligroso. ¡Qué distinto sería si aquel poema hablara en plural! No somos nadie. ¿Quién eres tú?

La voz que me llama, dijo Glück en una ceremonia que no pudo celebrarse en Estocolmo, es la voz de la soledad, esa que encuentra forma en el lamento o la añoranza. “Poetas en cuya obra desempeñaba yo, como oyente elegido, un papel crucial. Íntimo, seductor, muchas veces furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando consigo mismos.”

*

En el festival de este año del New Yorker Emmanuel Ax y Yo-Yo Ma tocaron una pieza para cello y piano de Beethoven. La elección no fue casual, ni un simple tributo de aniversario. En conversación con Alex Ross, quien acababa de publicar su trabajo monumental sobre el wagnerismo, los intérpretes reflexionaron sobre el valor y la pertinencia de la pieza para estos tiempos oscuros. La sonata número 3 está llena de optimismo y belleza, dice el pianista. Es una obra abierta, jovial, esperanzada. Pero Ax advierte que, en el manuscrito de la partitura, el compositor anotó cuatro palabras como dedicatoria al mecenas que había comisionado la pieza. “Entre lágrimas y dolor.” Esa pieza rebosante de alegría deja entreoír la tristeza de la que surge.


*

En El reino de lo no lineal, de Elisa Díaz Castelo, Premio Bellas Artes de poesía Aguascalientes, 2020, la escritora roza la muerte, toca la desolación y regresa a este mundo con una sonrisa. Sus poemas entretejen múltiples voces, relatos, refranes, mitos, hallazgos científicos para abordar los límites de la existencia. La extinción de la vida y de la razón encuentran contrapunto en el caldo de lo orgánico: venimos de una lluvia roja, somos el impacto de un meteorito. Tal vez eso, dice: una cicatriz:

“Vida: el reino de lo no lineal: Prigogine: de la autonomía del tiempo: también: la banqueta rota por las raíces de una acacia: la sintáxis inútil del desorden: el agua a contraluz: canto para sobrellevar la espera: Dickinson: teoría de los principios simples: enzimas: esporas: ribozomas: el amor desmedido de Dios por los escarabajos.”

*

A cultivar la herencia se ha dedicado Adolfo Castañón, merecedor del Premio de Artes de este año. No escribir libros: leerlos. Escribirlos, si acaso, para pulir lecturas. En su “Epitafio del lector” se advierte aquella intimidad de la que hablaba en Glück en su conferencia Nobel: “Leo un texto que alguien ha escrito para mí. No es diferente de los demás. Todos, en cierto modo, han sido escritos para mí. Esa voz tiene un libro entre manos; ese libro soy yo. En esta página veo reflejado mi rostro como un espejo. Estas líneas, ¿no son mi fisonomía? ¿quién me observa si lo son? ¿Acaso las letras pueden mirar? La voz se hace letra y me habla, mira.”

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09, Dic 2020

Loa a la tierra

De pronto, Byung Chul-Han, el filósofo alemán de origen coreano, se convirtió en el filósofo omnipresente. De un día para otro aparecían referencias a su trabajo por todos lados para explicar la coyuntura. Podían leerse en la prensa sus artículos sobre la pandemia y sobre el eros, mientras su libritos compactos, claros y profundos llegaban a las mesas de novedades. El deseo, el poder, el entretenimiento, las redes, la masa, la ansiedad de nuestros días eran esclarecidos a través de esos ensayos que se columpiaban entre el rigor académico y la introspección más íntima. De la vida de Han se sabe poco. Rehúye las cámaras y los micrófonos. Se sabe que nació en Seúl y que, en su país natal, estudió metalurgia. A los 26 años dejó Corea y la ingeniería para establecerse en Alemania y estudiar literatura y teología. Escribió su tesis sobre Heidegger sin contaminarse de ilegibilidad.

Hace un par de años, Han publicó Loa a la tierra, un ensayo sobre el jardín que tradujo, como buena parte de su obra, la editorial Herder. Tras los larguísimos meses del encierro, el librito refresca su sentido. Sostiene el filósofo que el jardín no es solamente un espacio de contemplación, sino una labor, una meditación, un gozo, un descanso, una devoción. Si hubo creación de algún dios, leo entre las letras de Han, fue para que hubiera juego: felicidad inútil, suspensión de las urgencias, sorpresa que alegra.

El trabajo de la jardinería ha sido una meditación para mí, dice Han. Una forma de escapar de esa tiranía de urgencias y réditos, el encuentro con otro tiempo, con otros tiempos. El giro y la vuelta del mundo se viven ahí de manera distinta. Cada hoja sigue su propio minutero. Quien cultiva sabe escuchar el tiempo de su semilla. “El tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto.” Es un tiempo que observamos, pero del que no podemos disponer. En cada planta hay una conciencia propia del tiempo. De ahí la lección de humildad: nadie puede acelerar las estaciones.

La mano del jardinero es una mano amorosa, dice Han. Una mano paciente que toca “lo que todavía no existe.” El jardín es un espacio metafísico, el lugar del esplendor y de la muerte. Será, tal vez, el sitio palpable de la resurrección. De esa rama seca brotará en unos meses, una suave rama verde. Y de ahí la raíz, las hojas, las flores. Nada de eso nos es, a nosotros, posible. Nuestro curso es irreversible. Nuestro camino a la muerte no tiene vuelta. Cada día estamos más cerca de la nada. Pero las orquídeas saben lo que es derrotar a la muerte. El jardín es, por eso, un lugar de milagros cotidianos.

El jardín es también al reino de los elementos. Un regreso a la sensatez elemental: nos rigen la luz y el cielo; el sol, la humedad y la tierra. Necesitamos del cuidado. El jardinero percibe el curso del año con su cuerpo. Nota la luz que se adelgaza en invierno y anticipa con la nariz los brotes de primavera. Frente a los abismos de las teclas y las pantallas, el jardín es intimidad de lodo y hierba. El jardín, dice el filósofo, “me devuelve la realidad, incluso la corporalidad, que hoy cada vez se pierde más en el mundo digital bien temperado.” En este mundo del zoom y del uatsap no hay olor, no hay fricción. No hay cuerpo. El jardín es la sensualidad, la materialidad viva.

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25, Nov 2020

Verdad / Mentira

Al pensar en los juegos del artista Stefan Brüggeman con el lenguaje –neones, grafitis, esténciles, entradas de diccionario–, advierto la fisonomía de un lenguaje incomprensible. Despedazamientos de la verdad, mutilaciones del sentido. El desgajamiento de la palabra, las capas sobrepuestas de la voz provocan fascinación, perplejidad, sospecha. Octavio Paz habló en algún momento del lenguaje como un árbol calcinado. Las palabras: puentes, pero también jaulas, pozos. En uno de sus poemas más tempranos miraba ya la palabra como el principio de la exactitud y la confusión:

herida y fuente: espejo;
espejo y resplandor;
resplandor y puñal

Las intervenciones de Brüggemann, arte y crítica en un mismo gesto, llevan ese cuestionamiento a la grafía misma del lenguaje. Palpar el cuerpo deforme de la palabra, ver el centellante brillo de las letras, escarbar en la orografía de los dichos, atrapar apenas el último tramo de un parlamento. Arqueología de voces: la portentosa ruina del lenguaje. Miro en las pinturas doradas de Bruggeman un eco de Mathias Goeritz, pero advierto pronto que la contemplación de esos lienzos perturba: el oro no es revelación, es ocultamiento de un mensaje, no es un dispositivo que conduzca a la elevación sino artilugio que muestra que el sentido ha sido sepultado con brillos. La pátina de oro no es aquí halo de dioses, corona de reyes o diente de fantoches, es humus, tierra, tiempo.

Una hoja se planta con dos caras. Al filo de esa vieja herida sin cicatriz, al borde de nuestro norte y de su sur, por encima del pasadizo secreto que conecta los submundos de México y Estados Unidos, se eleva un manifiesto de dos sílabas. Truth / Lie. Letreros de bienvenida al presente. La verdad le cuida las espaldas a la mentira. El zumbido eléctrico del neón, su brillo intermitente muestra en el letrero gigantesco el fundamento de nuestro quebranto: la incrustación de la una en la otra. No se ha impuesto la mentira, se infiltrado en la verdad. Hemos perdido la malla que permitía apartar los engaños del discurso permisible. Hemos convertido al farsante y al patán en héroes de la autenticidad.

La pieza de Tijuana insinúa movimiento: el observador imagina el giro de los significados porque entiende verdad y mentira como fichas intercambiables. Nuestro trato con la realidad es un volado: ¿caerá la moneda en águila o sol?, ¿será verdad o mentira? ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Esa indiferencia ha sido devastadora. Lo más grave no es que las mentiras se impongan sobre la verdad, sino que las fronteras entre una y otra se diluyen.

El espacio de la publicidad proyecta en líneas fluorescentes el mensaje del poder. ¿Es el mercader o el dictador quien nos habla? Campañas para la temporada otoño invierno: Seducir es engañar. El odio nos une. Somos inocentes, sólo aquellos son culpables de todo. El azul, blanco y rojo de las letras enormes captura las coartadas de la tribu. El nacionalismo es indiferencia a la verdad, dijo George Orwell. Para qué perder el tiempo buscando explicaciones a lo que pasa si la verdad tiene un propietario caprichoso. Cedámosle a él el instructivo del juicio. El nacionalismo es el sello que cancela la curiosidad por lo distinto, es proscripción de la duda que puede ser tenida por deslealtad; es orgullo de las farsas si es que son las nuestras. La letra Arial de doble línea que se despliega en el anuncio, tiesa, esquelética, helada es marcial. Será que así se muestra de mejor manera que más que exploraciones, las letras de las dos palabras contienen una orden. El poder, sea de gobierno o de empresa, impone verdad. La realidad no se descubre, se decreta. El doblez del signo es una denuncia, una burla, un juego. Dime desde dónde miras y te diré qué crees.

 

Fragmento del texto para el proyecto público Truth / Lie, de Stefan Brüggemann en Tijuana. El texto completo puede leerse aquí .

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11, Nov 2020

¿En qué pensábamos?

¿En qué andábamos pensando?, se pregunta Carlos Lozada desde el título de su libro más reciente. Se refiere a era Trump que parece que finalmente llega a su fin. ¿Cómo entender estos cuatro años? ¿Qué dice este tiempo de la democracia, de la sociedad, de las emociones públicas, de la ansiedad contemporánea? El crítico del Washington Post tomó la radiografía de una época que pretende encontrar su propio sentido. Más de 150 libros de todas las perspectivas y todos los enfoques. Los estantes de esta “historia de lo inmediato” incluyen crónicas de la pobreza rural, manifiestos de resistencia política, trabajos sobre género e identidad, advertencias de extremismo político, alabanzas del genio empeñado en recuperar la grandeza de los Estados Unidos, profecías sobre el destino democrático, crónicas sobre el manicomio que ha sido la Casa Blanca.

El arco temático e ideológico de este recorrido es extraordinario. Crónica, ensayo, piezas académicas, reportajes, meditaciones filosóficas. Los politólogos discuten sobre la agonía de la democracia liberal. Los críticos literarios se lamentan por el sitio de la verdad en el espacio público. Los filósofos se cuestionan sobre las tensiones entre ciudadanía e identidad. Los sociólogos y los antropólogos retratan el nuevo rostro de la miseria y de la exclusión. Los activistas usan la imprenta para organizar la resistencia. Los reporteros se infiltran en las reuniones del poder para retratar el caos.

Mi preocupación, dice Lozada “no es saber cómo llegamos aquí, sino cómo pensamos ahora.” El ejercicio es valiosísimo. Esa biblioteca urgente conforma un mosaico de perspectivas, enfoques, talantes que son brújula en el presente y serán testimonio de un tiempo para los historiadores del futuro. Para descubrir las pistas del presente, Lozada ha formado una lista de lecturas esenciales. Libros que arrojan luz a un tiempo ardiente y confuso. Quien quiera entender este tramo de la historia de los Estados Unidos y quiera asomarse a la sombra que de ahí se proyectó al mundo, se servirá enormemente de esta valiosísima guía bibliográfica.

Está, por supuesto, el libro Hillbily Elegy, el testimonio de JD Vance sobre el nuevo rostro de la pobreza en Estados Unidos. Está también el panfleto de Timothy Snyder sobre los peligros del populismo autoritario y la mirada de Masha Gessen sobre el peligro de un nuevo régimen totalitario. Un apartado importante es el que se le dedica a los delatores que salieron de la órbita trompeana para denunciar el delirio del comandante en jefe y los reportajes como los de Woodward que logran adentrarse en las reuniones de gabinete y explorar los caprichos presidenciales.

El mapa que dibuja Lozada permitirá identificar la intensidad de las polémicas contemporáneas, la seducción de un personaje a un tiempo abominable y representativo, las distintas fibras de la conversación y el malentendido de nuestros días. El catálogo de novedades de Lozada se convierte en algo más: termómetro de una cultura.

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28, Oct 2020

La chispa de las lluvias

megustaleer - El origen eléctrico de todas las lluvias - Alejandro García Abreu

“Ningún escritor sensato cree en las entrevistas,” escribió Enrique Vila-Matas, en un artículo sobre el género que publicó hace casi diez años en El país. Como las preguntas que hacen los periodistas son casi siempre las mismas, la única manera que tiene el escritor para no morir de aburrición en los interrogatorios es inventar siempre una respuesta distinta a la misma pregunta. Por eso pedía que no se tomara muy en serio el género. Citaba a John Updike quien advertía ahí un fraude inevitable: en una entrevista uno dice algo de más o algo de menos a lo que quiere decir. Sugería algo más: el escritor que se deja entrevistar traiciona su propio oficio. Deja su terreno, que es el de la escritura, y se convierte en un charlatán cualquiera. Lo que el escritor dice está en sus novelas, en sus relatos, en sus poemas. De esa desconfianza viene aquella admirable carta-poema de José Emilio Pacheco a George B. Moore para negarle una entrevista: “importa el texto y no el autor del texto”, le dice. Nada tengo que agregar a lo que escribo:

Si le gustaron mis versos
¿qué más da que sean míos / de otros / de nadie?
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

Y sin embargo, la entrevista, cuando escapa de la trivialidad periodística, es un admirable género literario. La obra de Borges, por ejemplo, no está completa sin esos diálogos que capturan la chispa de sus reflejos, su humor, su erudición perfectamente metabolizada. Como bien dice Alejandro García Abreu, para ser literatura, la entrevista  debe encontrar “un equilibrio de perspicacia e imaginación entre las partes, un gesto de complicidad, a la vez que deviene en un reto. Cuando el entrevistador sobrepasa los estándares del mero periodismo logra que el entrevistado ensaye oralmente, que elabore un texto inmediato.” Esa literatura que ha ido cultivando García Abreu durante años es recogida en su libro más reciente: El origen eléctrico de todas las lluvias. El libro publicado por Taurus salió de la imprenta en los días más severos del encierro. Quizá por ello no tuvo la recepción que merecía en las librerías ni en la crítica. Se trata de una colección de entrevistas que el crítico ha hecho durante una década con escritores, pensadores y artistas como Roberto Calasso, Jorge Edwards, Emmanuel Carrére, Claudio Magris, Norman Manea, Charles Simic o Monika Zgustova.

Salvador Pániker, el brillante dietarista catalán que publicó un par de libros de conversaciones, formuló una tesis que se conoce como el “teorema de Pániker”: “Todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales del entrevistador”. Algo así dice Claudio Magris en el prólogo de la compilación: quien cuenta en la entrevista es el que plantea las preguntas. Frente a una pregunta insignificante, no hay quien pueda dar respuesta con sentido.

En las entrevistas de García Abreu se trazan líneas de una crítica instantánea y una autobiografía intelectual. La compenetración del crítico con la obra del interlocutor le permite adentrarse a la médula, estimulando en el creador una reflexión fresca y muchas veces aguda, sobre el brote de la intuición creativa, las diálogos ocultos, el vínculo íntimo entre una obra y la siguiente. La admiración del crítico le permite detectar la pasión esencial del creador. No encontraremos aquí una charla informal, espontánea, azarosa sino el despliegue de una estrategia sesudamente preparada por el cazador. El libro celebra la fricción de las inteligencias en la conversación. De ahí el título que proviene de una línea de Vila-Matas en Marienbad eléctrico: conjugar la serenidad y rayo repentino: viajar “al origen eléctrico de todas las lluvias.”

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14, Oct 2020

La venganza de las circunstancias

En “El jardín”, un poema que podría ser sobre la primera pareja, Louise Glück mira a un hombre y a una mujer plantando chícharos como nadie lo había hecho antes. Después de soltar las semillas, ella lo acaricia en la hierba delgada con los dedos humedecidos por la lluvia. Y en ese instante, el anticipo:

incluso aquí, incluso al principio del amor
la mano de ella, al abandonar su cara
traza una imagen de despedida

y ambos se sienten
libres de ignorar
esa tristeza.

Para Louise Glück, la poeta norteamericana que ha recibido el nuevo Nobel de literatura, escribir es buscarle sentido al dolor, una manera de darle forma a la devastación.

“¿Por qué amar lo que has de perder?”, pregunta en un poema extenso. “Porque no hay nada más que amar,” responde directamente. Ninguna experiencia debe malgastarse. Algo debe salir de ella. Por eso ha dicho que es una venganza contra las circunstancias. Venganza contra el dolor, la pérdida, el infortunio. Si le encuentras sentido al dolor, te habrás impuesto un poco a él. Vivimos una cultura que se debate entre el culto fascista al optimismo y la pornografía del sufrimiento. Su poesía rechaza esas dos fugas: la pérdida se rinde ante el arte. El poema nos rescata de una oscuridad sin forma: una puerta, detrás del sufrimiento.

No conoció a su hermana. Nació después de su muerte, pero su ausencia la marcó desde el primer día. Sufrió lo que ella misma ha descrito como la “tragedia de la anorexia”. Se ofreció al hambre para quitarse a su madre de encima y convertirse en un alma pura. Empeñada en deshacerse de la carne, estuvo al borde de la muerte. Lo describe en “Dedicación al hambre”, un poema lacerante. En el sacrificio de la estorbosa carne se busca la misma pureza a la que aspira quien acomoda palabras entendiendo que la muerte es, estrictamente, la secuela.

El psicoanálisis, ha contado, le enseñó a pensar, a ejercitar la duda, a examinar el reflejo de sus palabras, sus evasiones. Ese fue su verdadero taller literario. Esos años de inmersión, le permitieron “transformar la parálisis, esa forma extrema de duda, en visión.” En su poema más reciente, “Noche virtuosa, noche fiel,” que ha traducido admirablemente Pura López Colomé, describe esa luz entre la niebla:

Memorias sueltas
partes de una memoria más amplia.
Puntos de claridad entre la bruma,
intermitentes,
como un faro cuya única tarea
fuera emitir una señal.
Pero en realidad, ¿qué sentido tiene un faro?
Éste es el norte, dice.
No:  soy tu puerto de abrigo.

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