Libros de Ideas

28, Nov 2010

Los mejores libros del 2010, según el FT

Los críticos del Financial Times escogen los mejores libros del 2010 en la categoría de lo que allá llaman «no ficción:»


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22, Nov 2010

Recuerdos de Tony Judt

Judt - Memory Chalet

En agosto de este año murió el historiador inglés Tony Judt. El último tramo de su vida fue una auténtica tortura. Víctima de una enfermedad particularmente cruel fue perdiendo poco a poco el control de su cuerpo. Los músculos lo abandonaron hasta perder el gobierno de los brazos y las piernas. El sonido de la voz se fue apagando hasta hacerse inaudible. Finalmente, el motor del corazón se detuvo. Incapaz de respirar sin el auxilio de las máquinas, se encontró atrapado en la prisión de su cuerpo. Su único refugio estuvo en la energía de su mente: en la fuerza de sus convicciones y en el cobijo de sus recuerdos. Así, mientras su vela se ahogaba, escribió dos libros extraordinarios. El primero es un alegato en defensa de la socialdemocracia, el segundo, una colección de recuerdos personales. En uno habla un intelectual de izquierda; en el otro, un padre que se despide de sus hijos. Un testamento público y otro privado. Judt no subraya la primera persona del singular para erigirse en estatua. Sus recuerdos son el testimonio íntimo de un hombre del siglo XX que se empeñó en comprender el siglo XX. Judt habla de la relación de su padre con los coches, de la presencia de la comida en la familia, de su entusiasmo político y sus decepciones.

El libro no es el currículo expandido de un profesor en donde se presumen publicaciones y ponencias. Es una carpeta familiar donde aparecen trenes y hoteles; escuelas, camiones y comidas. Un álbum que recoge las ilusiones y los desengaños; los barrios, las ciudades y las palabras más entrañables. Los deseos y los miedos. Más que un mecanismo para vivir de nuevo lo vivido, recordar fue para Judt, una forma de aferrarse a la vida. El historiador no recuerda la vida de las abstracciones sino la vida de lo más concreto: él mismo. Así, aprovechando los últimos vientos de su voz, fue pintando una serie de estampas para ahuyentar la noche. A tres meses de su muerte, se publican en un libro. The Memory Chalet, se titula: la cabaña de los recuerdos. Esta carpeta de recuerdos no forma una autobiografía. No se trata de un libro que haga un recorrido puntual a todas las estaciones de una vida; es, por el contrario, un parpadeo de episodios memorables, de sabores imborrables, de los problemas y las ideas que dieron sentido a su vida. No es tampoco una confesión: es celebración de un hombre con clara conciencia generacional. No podía ser de otra manera, el historiador reconoce la marca del tiempo social: esa posguerra en Europa que se inició en la penuria para expandir después la libertad y las oportunidades. Una generación que se equivocó en muchas cosas pero que sostuvo con vehemencia ciertas convicciones y un sentido de pertenencia. Judt rinde homenaje a valores como la austeridad y el mérito. Creciendo en la estrechez, Tony Judt tuvo que vérselas con la precariedad. Eran privaciones comunes: todos vestían igual, con los mismos colores modestos. La austeridad, por supuesto, no era una simple condición económica sino una ética común. Lo contrario a la austeridad no es la prosperidad sino la ostentación, el consumo como única aspiración colectiva. Churchill pidió a los ingleses sangre, trabajo, lágrimas y sudor. Años después, ante la emergencia del terrorismo, el presidente de los Estados Unidos pidió que sus ciudadanos cumplieran el deber patriótico de comprar.

En el cajón de recuerdos de Tony Judt aparece también la estampa de una época que luchó por expandir las oportunidades sin dejar de reconocer el mérito. Éramos radicales pero también éramos elitistas. El ejemplo más claro de esto es Keynes, el gran patricio, fundando instituciones para que todos los ingleses tuvieran a su alcance las expresiones más finas de la cultura universal, asegurando que esas mismas instituciones estuvieran a cargo de los enterados. Se trata, dice el historiador, “de la incoherencia de la meritocracia: darle a todo mundo una oportunidad para luego privilegiar a los talentosos.” El antipopulismo del socialdemócrata.

Recuerda Tony Judt que, ante una crisis personal, no se compró un coche ni buscó una novia: decidió aprender checo. Esa decisión exótica en un hombre maduro dedicado a estudiar la vida intelectual de París, cambió su mundo. Lo vinculó a la disidencia centroeuropea, lo conectó con la sensibilidad de los márgenes y le abrió un horizonte para repensar la historia y la política. Gracias a ese escape, Tony Judt pudo escribir una biografía del siglo XX europeo que no se desentiende el Este.

Una de las últimas estampas de este álbum lo forma una relectura de La mente cautiva, el gran ensayo de Czeslaw Milosz contra del servilismo intelectual. El siervo es aquel que tiene miedo de pensar por sí mismo. Las memorias de Tony Judt muestran que esa independencia intelectual está conectada con otra independencia más profunda: la de quien se atreve a vivir su propia vida. La peor servidumbre consiste en el temor de buscar la vida propia.

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17, Nov 2010

El libro es cuerpo

Tree of codes

Se nos dice una y otra vez que los días del libro están contados. Que las bibliotecas serán, tarde o temprano, depósitos de cosas inservibles, que sólo leeremos ya en pantallas. Que la letra ya no descansará en papeles sino que brincará en foquitos diminutos para formar letras y palabras. Sólo la nostalgia, nos dicen, explica el apego a la tinta y el papel, el gusto por el movimiento de las hojas y el lomo de los libros. No desconozco las maravillas de los dispositivos electrónicos. Cargar veinte volúmenes en una tablita es fantástico, más aún si la lámina nos sirve también para ver una película o enviar un correo. Pero el libro es cuerpo o no es. El libro no es sólo el depósito de un texto, es un habitante del mundo con personalidad propia. Una nueva edición de un clásico le inyecta otro sentido: la portada, su diseño, el gramaje de las hojas, la composición de las páginas, la tipografía. Todo eso imprime significado al texto. Para el kindle un libro es sólo un arroyo de letras que transcurren. No hay arreglo gráfico, no hay una disposición pensada de grafías y espacios. Mucho se pierde en esa árida neutralidad. La adhesión afectiva, emocional a un libro no es mera cercanía con ese fluir de palabras y signos que dan forma a una idea, sino apego a un objeto que se ve y se carga; que huele y que acumula físicamente emociones. Las marcas del tiempo en su cubierta, el boleto de un concierto atrapado en sus páginas, el café que lo manchó esa tarde, la visible huella de las lecturas en su filo. Pistas de los lectores que hemos sido.

Pienso en esto a partir de la nueva novela de Jonathan Safran Foer. Se trata de un libro escrito a la sombra de otro. El “escritor” encontró su novela dentro de otra. Se armó de un cuchillo y fue cortando palabras, oraciones y párrafos enteros, preservando voces sueltas, frases y algunos signos de puntuación para dar forma a su relato. Así lo publica: como un libro de hojas perforadas. Las páginas contienen unas cuantas palabras circundadas por ventanales de vacío. Detrás de cada boquete se asoman las letras de otra hoja. Jonathan Safran Foer, un novelista de gran éxito a quien conozco más por su vegetarianismo que por su literatura, partió de su novela más querida para dar con su cuento. El libro de origen es La calle de los cocodrilos, del polaco Bruno Schulz. Safran Foer escribió el prólogo a esa novela para Penguin, pero no le bastaba explicarlo, quería hacer algo con esa novela. De ahí nació la idea de formar con las palabras de Shulz (sólo unas cuantas de ellas), una novela nueva, un relato original incubado en aquel cuerpo. Tree of Codes, se titula esta desescritura y es publicada por Visual Editions, una pequeña editorial inglesa. La novela parece, en realidad, un homenaje escultórico a la materialidad del libro. Cada hoja abierta con la precisión de un bisturí afirma la existencia material del libro, la vida física de las hojas.

El lector de un libro no espera pasearse entre hojas perforadas. Pero esas delicadas amputaciones a la novela de Shulz sirven bien para subrayar corporeidad. El libro no es el imparcial continente de un texto: es cosa. Recuerdo con esto a Ulises Carrión y sus reflexiones sobre el libro, la literatura y los signos. Decía el artista veracruzano que un escritor no escribía libros: escribía textos. “Un libro es una secuencia de espacios” “Un libro, insistía, no es una caja de palabras, ni una bolsa de palabras, ni un portador de palabras.” El futuro, sugería Carrión implicaría que el artista, más que escribir textos, compondría libros. El escritor, y ya no solamente el editor, deberían ser conscientes del cuerpo del libro. El autor habrá de responsabilizarse de su libro y no solamente de su texto.

La coexistencia de medios para la difusión y conservación de textos convoca al aprovechamiento de las posibilidades de cada vehículo. La pantalla no matará a la hoja. La tinta en el papel no desmerece frente a las bondades de las pizarras electrónicas. Hay mucho que exprimirle a la gramática de los pixeles pero nadie nos arrancará los deleites de la página impresa.

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05, Nov 2010

Libros de Adam Przeworski


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17, Oct 2010

Zakaria sobre el libro de Blair

Blair - My journey

Es interesante la lectura que Fareed Zakaria hace de las memorias de Tony Blair. El político pragmático que pretende poner al día el ideario del laborismo, el político que entiende bien que la gente no está obsesionada con la política sino con sus asuntos diarios, se transforma radicalmente cuando se vienen abajo las torres gemelas. Dice Zakaria: "Tras el 11 de septiembre, se desata el mesías. El enemigo, como él lo ve es el extremismo islámico, un cáncer profundo y planetario que necesita una intervención masiva, sostenida, generacional de Occidente. Blair es aqdmirablemente franco y rudo pero en el fondo, la suya es una visión milenarista que resiste cualquier complejidad." Fue una desgracia que el político degenerara en mesías. De una extraña manera, dice Zakaria, el Blair antiterrorista recuerda el tono de los ideólogos laboristas de los que se burlaba al ascender al poder. Ciegos de ideología, fanáticos de sus propias convicciones. A fin de cuentas, Tony Blair, concluye, terminó siendo "viejo laborismo."

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06, Oct 2010

Placeres prohibidos

On Kindness La bondad es el último tabú. Hemos conseguido traspasar las barreras más antiguas pero queda una muralla firme y hermética: la amabilidad. La generosidad es nuestro placer prohibido. A romper con ese tabú nos invitan el psiquiatra Adam Phillips y la historiadora Barbara Taylor en un ensayito titulado simplemente Sobre la amabilidad. Es difícil negar que la amabilidad es fuente de placer. Disfrutamos siendo amables, gozamos si alguien es amable con nosotros. Un gesto, una sonrisa, una atención, una palabra dulce: obsequios del afecto que pueden transformar felizmente nuestro día. Pero parece que la amabilidad es sospechosa: ¿qué quiere este tipo que nos ayuda? ¿Por qué nos sonríe el burócrata? ¿Qué intenciones tendrá quien se detiene en la calle para ayudarnos? Tendemos a imaginar algo torcido en la generosidad. Así, pensamos que la amabilidad es un anzuelo para ganar algo, una hipócrita ostentación moral, el ocultamiento de alguna debilidad. 

Hemos llegado a pensar que la amabilidad nos conduce al fracaso, que nos exhibe tontos, que nos muestra débiles. Se nos ha colado en la piel el cuento del egoísmo congénito del hombre. Esa idea de que ser bueno con otros es un absurdo psicológico, una locura, casi un suicidio. Según ese cuento, los cromosomas nos definen como bestias competitivas que sólo se mueven por ambición personal. Desde la psiquiatría y la filosofía, los autores de este librito reivindican la amabilidad como virtud natural. Tan espontánea es entre nosotros como la agresión. Aunque Rousseau lo haya dicho, es cierto que entre nosotros hay una ternura natural que nos encargamos de ir cortando. El libro recorre primero la historia de la idea y después analiza su sitio en la psiquiatría. La primera parte es un recuento sintético, aunque poco novedoso, de la bondad en la historia de la filosofía: de la virtud de la compasión a la ética del egoísmo competitivo. La segunda es, por lo menos para mí, muy sugerente. Hay, sin duda, una coerción social para que demos muestras de amabilidad, pero también una gentileza innata que nadie enseña pero que todos sentimos. Por un lado, está la imposición social de sonreírle al otro, de ceder el asiento al que está cansado; el deber de ayudar a la viejita en la calle Pero por otra parte, la amabilidad implica un placer: un deseo, un impulso interior. Será que la amabilidad es exravagante, como ellos dicen. Comienza en los primeros días de la vida, como un soborno: es la ternura que aparece para comprar el cariño materno. Después, puede llegar a soltar su impulso manipulativo para ser simplemente, otro anhelo de contacto. En ese contacto está el peligro de ser amable: de ahí el temor y el estigma. 

La hipótesis del libro es que la amabilidad es peligrosa porque muestra nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia del otro. La amabilidad nos coloca en lugar del otro y en algún terreno amenaza con disolvernos. Por eso nuestra cultura resguarda la personalidad con armaduras para ponernos a salvo de nuestra propia amabilidad . Como la sexualidad estrictamente reglamentada, la amabilidad se codifica y se reprime. Vale lo que nos recuerdan Phillips y Taylor: actos de amabilidad demuestran de la manera más clara posible, que somos animales dependientes y vulnerables; animales que no tienen mejor recurso para vivir que los demás.

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23, Sep 2010

Appiah sobre el honor

El filósofo de Princeton, Kwame Anthony Appiah acaba de publicar un libro sobre el honor y las revoluciones morales: The Honor Code: How Moral Revolutions Happen. Appiah ha escrito sobre cosmopolitanismo
y la ética de la identidad. Ahora aborda la honra y sus conflictos con la moralidad. No es buena idea pretender eliminar de tajo la noción del honor, advierte. Antes de negarlo como atavismo irracional, habrá que buscar un diálogo racional para reencauzar la idea del honor. Paul Berman comenta el libro en slate.

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22, Sep 2010

Alicia en el país del ipad

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22, Sep 2010

Notas sobre el duelo

Barthes y su madre Unas horas después de enterrar a su madre, Roland Barthes se preguntaba por qué no se hablaba de ese momento único y terrible. El escritor había vivido más de sesenta años a su lado y de pronto sentía su ausencia como una sordera perfectamente bien localizada. Su oìdo oía el ruido de los coches, y el rechinar de las puertas pero no podía escuchar esa voz que conocía a la perfección. Si se habla todo el tiempo de la primera noche de bodas, ¿Por qué no se registra en nuestro lenguaje común la primera noche del duelo? La luna del luto. Desde aquel momento, Barthes empezó a recoger apuntes en tarjetas sueltas sobre el vacío de su madre. La muerte le robaba cualquier otro tema. No podía escribir más que del "atroz país del duelo," pero a nadie podía compartir sus manuscritos. El enterrador del escritor entregado a la más íntima de las escrituras. 

Existe una traducción al español de esas fichas, pero yo las he descubierto por la versión
que el New Yorker acaba de publicar. Son líneas que despuntan entre silencios dolorosos. Barthes escribe con miedo de hacer literatura del dolor pero convencido, al mismo tiempo, que el sufrimiento es fuente de la literatura. Cada uno tiene su ritmo de sufrir. La experiencia puede ser una de las más intensas en la vida de un ser humano pero no deja de ser inestable, como cualquier otra emoción. Una palpitación intensa pero irregular. Lo más desconcertante del duelo es precisamente su carácter discontinuo: el pesar se entrelaza con un extraño despertar, el brote de una nueva percepción, la reinvención del futuro. El golpe, por ejemplo, afina el tacto del doliente. Barthes se descubre de repente en la calle apreciando como nunca la belleza y la fealdad de los paseantes. La luz de los eclipses. 

Barthes reflexiona sobre la sombra de la muerte en el sobreviviente y las palabras que nombran esa nube. Inconstancia de sensaciones, ambigüedad del lenguaje. En la literatura de Barthes, las cosas y las palabras forman parte de un mismo universo de comunicación: los sustantivos y los verbos, el vino y los detergentes hablan. En la frase "Ella ya no está sufriendo", ¿a qué, a quién alude la palabra "ella"? ¿Qué sentido tiene el gerundio de la oración? “Duelo” le parece una palabra psicoanalítica. No estoy en duelo, dice, sufro. Desesperación es un término teatral: una piedra. En una tarjeta fechada el 11 de noviembre de 1977 define perfectamente la experiencia de la soledad. La soledad es no tener a nadie en casa a quien avisarle que regresas a las 7.00; nadie a quien decirle "ya llegué." Pero esa soledad es sobrevivencia y, en algún sentido, renacimiento. Barthes se pregunta si esa capacidad de vivir sin alguien significa que la amabas menos de lo que pensabas. Pero el sobreviviente no queda indemne–mucho menos fortalecido. Pensé que la muerte de mi madre me haría más fuerte pero en realidad he quedado aún más frágil, en estado de abandono. Ahora que mamá murió, apunta, tengo a la muerte frente a mí. Sólo el tiempo me separa de ella. 

En una tarjeta apunta: 

    –¡Nunca más, nunca más! 

    – Y, sin embargo, ahí hay una contradicción: el "nunca más" no es eterno porque morirás un día. 

    –"Nunca más" es la expresión de un inmortal.

Barthes - ficha

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01, Sep 2010

La aplanadora y el trampolín

Amartya-Sen “La barba cana, el pelo blanco y el ropón indio” hicieron de
la figura de Rabindranath Tagore la quintaesencia del sabio exótico, el poeta
místico. Ése es el escritor que admiraron tanto Yeats como Pound. Yeats veía en
él a un santo proveniente del misterio. Su poesía era inocente y sabia:
espontaneidad incubada en los siglos de una civilización. Ezra Pound, por su
parte, notaba en su literatura la quietud del mundo natural. A sus poemas no
los prendía la tormenta ni el rayo, sino el uso tranquilo de la mente tocando
la tierra. Era la naturaleza misma.

    Soy como un jirón de una nube de
otoño, que vaga inútilmente por el cielo. ¡Sol mío, glorioso eternamente; aún
tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! Y paso meses y mis años alejado de ti.

    Si éste es tu deseo y tu
diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas.

    Y cuando te guste dejar tu juego,
con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; quizá, en una
sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

Pero Tagore no es sólo el poeta del viento y la lluvia, de
la luz y los silencios. Detrás del místico se escondía un racionalista que no
reconocen quienes quieren envolverlo de incienso oriental. En su defensa de la
razón radicaba su desacuerdo con Gandhi: “Nosotros que frecuentemente
glorificamos nuestra tendencia de ignorar la razón, instalando en su sitio la
fe ciega, glorificándola como espiritualidad, pagaremos eternamente con el
oscurecimiento de la mente.” Lo dice de otra manera en un momento de su extensa
ofrenda lírica Gitanjali:

    Donde la mente nada teme y la cabeza se lleva
por lo alto
 
    donde el saber es libre
 
    donde el mundo no ha sido fracturado aún
por los miserables muros de la casa.
 
    donde la palabra surge de las honduras
de la verdad
 
    donde la clara fuente de la razón no se
ha extraviado en las desérticas arenas del hábito muerto
 
    Ahí:
en ese cielo de libertad, Padre mío, permite que mi patria despierte.

La utopia de la razón. Tanta esclavitud había bajo el
imperialismo del miedo como tras los muros cerrados del nacionalismo o en los hábitos
muertos de la tradición. Tagore fue la figura tutelar de Amartya Sen, el filósofo
que ha cultivado la “deprimente ciencia” de la Economía. Se dice que su nombre
de pila, Amartya, fue elegido precisamente por el poeta, quien tenía una
relación cercana sus padres. Sen estudió en la escuela regida bajo su filosofía
pedagógica que premiaba la curiosidad y el razonamiento por encima de los
concursos de memorización. Uno de sus maestros le llegó a decir de una
compañera: “Es realmente muy inteligente—a pesar de sus buenas calificaciones.”
De Tagore viene la sensibilidad literaria del economista y su ánimo por
conectar civilizaciones; su preocupación por la libertad y su voluntad de razonar.

El artículo completo, acá.

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01, Sep 2010

De Amartya Sen

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10, Jul 2010

Hitchens sobre los mellizos de Pullman

Pullman - Christ Se puede reconocer la virtud de las enseñanzas de Cristo sin creer en su divinidad. Así lo sostuvieron, entre otros, Jefferson y Renan. CS. Lewis, por su parte, pensaba en lo contrario, si Cristo fue solamente un hombre, estaba loco. Christopher Hitchens, reseñando el nuevo libro de Philip Pullman, coincide curiosamente con Lewis. The Good Man Jesus and the Scoundrel Christ, la nueva novela del autor de La brújula dorada, reimagina la vida de Jesús … y de su hermano gemelo, Cristo. En el libro, en efecto, María tuvo gemelos: uno es un impráctico predicador de la generosidad, el otro es un manipulador enamorado del poder. Hitchens lee el libro como un intento de secularizar el mesianismo. Después de todo, se trata de un libro escrito por un protestante ateo.

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01, Jul 2010

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01, Jun 2010

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24, May 2010

Memorias de Hitchens

51wLxbyYU8L__SL500_AA300_ Christopher Hitchens publica sus memorias. Decca Aitkenhead visita al polemista y escribe un retrato interesante en el Guardian que reconstruye la trayectoria del activista trotskysta convertido en defensor de la guerra en Irak. Hitchens no ha querido escribir una autobiografía: hay poca introspección, pocas alusiones a su vida personal. Para un pugilista como él, el género de la memoria parece una desviación. Se trata, dice, de pintar el contexto de sus batallas.

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