Libros de Ideas

15, May 2010

Viaje alrededor de mi casa

BrysonBill Bryson, viajero incansable, se ha propuesto viajar por su casa y descubrir los misterios de lo doméstico. ¿Qué secreto encierran la cocina, los cubiertos, los muebles, los condimentos? En este artículo del Guardian que se publica como adelanto a un libro por publicar, Bryson registra, por ejemplo la historia emocional de la recámara: no hay sitio en la casa en donde pasemos más tiempo haciendo menos cosas, pero es el lugar en donde se viven las experiencias más profundas. ¿Cuál ha sido la historia de sus muebles, sus prácticas, sus prohibiciones?

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05, May 2010

Escuchar el siglo

RnoiseAbundan las historias ilustradas. Nuestro recuerdo está tapizado con imágenes. Vemos en la mente lo que recordamos. Los libros de historia suelen acompañarse de retratos de los gobernantes, mapas de las batallas, cromos del arte del pasado. Del siglo XX recordamos la huella en la luna, el bigote de Hitler, el hongo de la bomba y los martillazos que tiraron el Muro de Berlín. Pero parecemos sordos ante las imágenes fijas o en movimiento que habitan la memoria. No tenemos la cinta sonora de esos años. Alex Ross, crítico del New Yorker, ha publicado recientemente un libro extraordinario que llena ese vacío. Hace un año apareció en inglés y ahora lo vierte al español la editorial Seix Barral. El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música es un trabajo monumental. Casi ochocientas páginas repletas de sonido y cargadas de historia. Un libro que restituye el oído al siglo XX. 

Ross escucha el siglo. Su libro no se encierra en partituras, grabaciones y estrenos. Escucha la música sin desconocer la atmósfera de la que surge; las gratificaciones y amenazas que la rodean; el caldo de ideas que la incitan. La música se comunica con el poder y con la filosofía, con la industria y con las causas políticas. El ruido eterno para oreja a todos esos ecos. En sus páginas desfilan los grandes creadores del siglo XX pero también sus mecenas y censores; el público y los críticos. Vale la precisión: el libro de Alex Ross no es una historia de la música del siglo xx que quede confinada en su arte, sino una historia del siglo xx a través de la creación musical. La música, en efecto, le cantó al siglo, lo celebró y también lo maldijo. Sus esperanzas y sus horrores se expresaron musicalmente. En el más político de los siglos, la música se sometió servilmente al poder, pero también se burló de él; se volvió mercancía y resurgió como ceremonia; alabó dictadores y rindió homenaje al hombre de la calle; reivindicó como arte al ruido y también al silencio. 

Las sinfonías de Shostakovich, las óperas de John Adams, los cuartetos de Bela Bártok, el jazz de Duke Ellington, los oratorios de Arvo Pärt retratan el siglo XX. Puede entenderse mejor el totalitarismo soviético cuando se examina el enigma que hay detrás de las creaciones de Shostakovich. Las lealtades de Bártok ilustran la hondura de la raíz nacional. El vocabulario de la música trasciende la música. No integra, por supuesto, un lenguaje unívoco. Hay de desconfiar siempre de quien presume certidumbre sobre lo que la música dice. Toda pieza musical compleja tiene capas de sentido que sólo se revelan ante el oído atento y bien formado. Alex Ross ofrece claves para escuchar el siglo y entender los argumentos de la música, sus intuiciones y sus testimonios. La recuperación de las identidades, la alegoría moral; el anhelo de quietud y el apetito épico; la ruptura y las nostalgias. Colgados como aretes de la oreja de Alex Ross podemos apreciar, incluso, la ironía musical: subterfugio de la creatividad frente a la censura que dice lo contrario de lo que parece decir. 

El crítico se concentra en eso que, con mucha imprecisión, llamamos “música clásica” pero no deja de asomarse a géneros vecinos: el jazz, el rock, la música electrónica. El libro invita literalmente a escuchar el siglo a través de una estupenda página de internet que sirve de compañía indispensable al texto. En therestisnoise.com/audio, pueden escucharse fragmentos de las piezas de las que se habla en el libro. Ahí puede encontrarse la mejor banda sonora del siglo XX.

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19, Abr 2010

El descubrimiento de Tocqueville

Democratie en Amerique Se publica ahora un nuevo libro sobre el viaje de Alexis de Tocqueville a los Estados Unidos. Se trata de Tocqueville's Discovery of America, escrito por Leo Darmusch. El autor es profesor de literatura en Harvard, quien se ha concentrado en esta obra en examinar la gestación del clásico. Han aparecido un par de reseñas del nuevo libro. En el New York TimesDavid Reynolds, registra el impacto de las pequeñas localidades en la reflexión del viajero, mientras que en slate, Francois Furstenberg subraya sus anticipos errados. Ambos reseñistas resaltan las generalizaciones apresuradas de Tocqueville, sin desconocer el genio de muchas de sus observaciones.

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26, Mar 2010

La huida de los intelectuales

Berman - Flight Ron Rosenbaum publica una nota en slate comentando la próxima aparición de un libro de Paul Berman. Por el adelanto, el ensayo agitará nuevamente la polémica. ¿Cómo es posible que los intelectuales contemporáneos–aún quienes se describen como liberales–hayan sido tan débiles en su denuncia del extremismo islámico que amenaza cualquier disidencia? El blanco de la crítica de Berman en este libro son los críticos de Ayaan Hirsi Ali, como Ian Buruma y Timothy Garton Ash quienes han cuestionado su 'imprudencia', llamándola, incluso, fundamentalista de la Ilustración

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14, Ene 2010

Sobre el kindle

Kindle Anthony Grafton, autor de una curiosa biografía del pie de página, escribe sobre el kindle. Disfruta la libertad que le ofrece pero extraña la gozo visual del papel. En un artículo publicado por el New Republic, repasa las reflexiones de Robert Darnton que anticipan una excitante expansión de la experiencia de lectura y la coexistencia de una diversidad de alojadores de texto. El dispositivo de amazon, apunta Grafton será, inevitablemente, la versión betamax del libro electrónico.

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09, Dic 2009

Libros de los ‘pensadores globales’

Hace unos días registraba por acá la lista que Foreign Policy sugiere de 'pensadores globales.' La revista ahora forma su club de lectura. Le ha preguntado a cada uno de ellos qué libros recomendarían. El listado es interesante. Fareed Zakaria sugiere la biografía de uno de los personajes centrales en la polémica de la recesión económica: Keynes: The Return of the Master. Michael Ignatieff propone la estupenda biografía paralela de Lincoln y Darwin: Angels and Ages: A Short Book About Darwin, Lincoln, and Modern Life. Francis Fukuyama sugiere a Schumpeter y a Polanyi como antídotos a la balcanización intelectual de las ciencias sociales contemporáneas. Fernando Henrique Cardoso sugiere Growing Up Digital: The Rise of the Net Generation y Ayaan Hirsi Ali ¡Who Are We: The Challenges to America's National Identity de Samuel Huntington! 

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03, Dic 2009

Michael Sandel y la justicia

Justice - Sandel Desde hace años, Michael Sandel, autor de Liberalism and the Limits of Justice, una de las tempranas réplicas comunitarias a John Rawls, ha dictado un popularísimo curso sobre la justicia desde hace años en Harvard. Recientemente le ha dado forma de libro: Justice: What's the Right Thing to Do? El texto explora las distintas aproximaciones a la justicia a partir de ejemplos concretos y razonamientos prácticos. En el New York Times Jonathan Rauch resalta sus virtudes pedagógicas. No abre caminos pero es capaz de arrancarle la hierba de la confusión. El Economist celebra también que el filósofo sea en este libro más maestro que militante. El curso tiene también una versión televisiva que puede verse en internet.

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28, Oct 2009

La bicicleta en la ciudad

Byrne diaries David Byrne es un tiburón que no puede quedarse quieto. A la caza permanente de canciones, ritmos, esculturas, intervenciones y hasta presentaciones de powerpoint, canta, bailotea, produce discos, esculpe, hace instalaciones sonoras, publica en blog un diario extraordinario. La exuberancia de su música es apenas muestra de su apetito artístico. En sus discos se asoman sus contagiosas capturas: el funk y el minimalismo clásico, los ritmos africanos, el gospel, la música electrónica y el chachachá. Sus letras son sueños que adquieren sentido en otra gravedad. Eficaz escritura automática cuyo sentido no es siempre claro. Vena abierta de palabras brincadoras. En una charanga de su primer disco tras la separación de los Talking Heads, se cantaba a sí mismo caminando gozosamente como un edificio. ¿Cómo trotarán los rascacielos?

No es raro que un hombre tan renuente al reposo haya escogido la bicicleta para trasladarse. Desde hace treinta años David Byrne se mueve en Nueva York en su bicicleta. Cuando viaja por el mundo para dar un concierto, para grabar un disco, para armar una instalación, empaca una bicicleta portátil. Procura siempre tener tiempo para perderse. Al montarse en su bicicleta, Byrne se sienta pero no está quieto. Se transporta sin dejar de pasear. Un libro reciente recoge sus aventuras sobre pedales (Bicycle Diaries, Viking, 2009). El invento que elogia es una máquina que no nos arrebata nuestra condición de animales, esto es: seres que se mueven por impulso propio. Cuando las piernas pedalean, avanza la cinta del mundo y se activan las palpitaciones. Se puede ver así la película desde un ventanal con ritmo. Piernas y sangre al compás de la ciudad. Más rápido que la caminata, más lento que una moto, la bicicleta resulta el gran mirador de lo urbano. Los coches aplastan las ciudades y las cercenan con viaductos taponados. Sus conductores cierran los ojos a sus habitantes, se encierran en su cápsula y se vuelven sordos a sus rumores. El ciclista, en cambio, es el habitante atento.

Los diarios de bicicleta de David Byrne son postales urbanas llenas de color y música. Notas sueltas sobre barrios, edificios, galerías, bares, calles, banquetas, monumentos, prostíbulos, puentes, casas, parques. Bocetos ágiles de los habitantes de estos rincones. Denver desolado; Berlin escondiendo la sordidez en su fanatismo de orden; suburbios que veneran el mall, arquitecturas desalmadas; manantiales de creatividad. El artista medita sobre la censura, la memoria, los estereotipos, la violencia. Apuntes sobre el arte y la música en de cada vecindario visitado. Las estampas bicicleteras son también un alegato discreto por la ciudad. Sabe bien que el concreto, el vidrio y la piedra (para invocar otra canción suya) nos esculpen. Las calles, los barrios, los árboles en las aceras, las glorietas nos dan forma. Byrne disfruta los muchos sabores de lo urbano: el anonimato que permiten las grandes concentraciones y la intimidad de ciertos barrios. El trazo caminable y cierto desorden excitante, aún el peligro que acelera la sangre. Ciudades vivas, sensibles, en movimiento. Observar una ciudad, involucrarse en ella es uno de los grandes gozos de la vida. Es parte, dice Byrne, de lo que significa ser humano.

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24, Ago 2009

Gray y Garton Ash

Pluma - espada El Economist

publica la reseña de un par de libros recientes: Gray's Anatomy de John Gray y Facts are Subversive de Timothy Garton Ash. Se trata de un pareja de volumenes que recopilan artículos, notas y ensayos dispersos. La costumbre de la recopilación es peligrosa pero  el historiador de lo inmediato y el denunciante del fundamentalismo liberal logran publicaciones valiosas para entender la naturaleza subversiva de los hechos (TGA) y el peligro de las ideas herméticas (JG).

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11, Ago 2009

Sobre Cohen

Cohen Socialism Algunas notas sobre G. A. Cohen. Mike Boone lo recuerda como el marxista más chistoso. Jonathan Wolff resalta la peculiaridad de su talento filosófico. El London Times publica un obituario y Jane O'grady otro en el Guardian. 

El próximo mes Princeton publicará Why Not Socialism?

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26, May 2009

Schama y los Estados Unidos

Schama - American David Brooks se burla del retrato de los Estados Unidos como género literario-sociológico-metafísico. Tocqueville lo inventó con una obra maestra y todo lo que ha habido después ha sido caricatura. "El Libro Brillante, dice Brooks, es libro escrito por un gran pensador que viene a los Estados Unidos para captar su alma armado solamente de su propia brillantez." Hace poco Bernard-Henri Lévy publicó su American Vertigo, ahora Simon Schama entrega, como acostumbra ahora, un paquete de libro y dvd sobre la historia y el futuro de Estados Unidos. Si el reportaje es más bien flaco y la lectura ideológica de Schama un tanto maniquea, el trabajo se sostiene, a juicio de Brooks, por la admirable manera de contar historias que pueden parecer marginales y que, sin embargo, hilvanan el cuento de un país.

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21, May 2009

Impresiones personales

Book of Isaiah Nadie como Henry Hardy para comprender el oficio intelectual de Isaiah Berlin, sus hábitos y sus manías. Fue gracias a Hardy que conocemos buena parte del trabajo de Berlin. El conversador hablaba mucho, escribía poco, publicaba menos. Rehuía la prensa y acumulaba manuscritos en cajones. Hardy recuperó cientos de páginas olvidadas, restituyó grabaciones, descifró manuscritos para darnos los libros que hoy conocemos de Berlin. Ahora Hardy publica una silueta de Berlin que sale a la venta precisamente hoy: The Book of Isaiah: Personal Impressions of Isaiah Berlin. El libro llega a unos días del centenario de Berlin.

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22, Abr 2009

El príncipe del gusto

Torrentius - naturaleza muerta2 

En un poema sobre el arte como refugio ético, el gran poeta polaco Zbigniew Herbert escribió:

Nuestros ojos y nuestros oídos rechazaron la obediencia
los príncipes de nuestros sentidos orgullosamente escogieron el exilio.

Será que la dignidad no brota de la osamenta del carácter ni del pecho valiente. Para el poeta polaco, el humilde sentido del gusto daba origen al decoro en tiempos indecentes. Así que la estética podría ser útil, el fundamento de una política o más bien, de una moral. La huida del poeta lo condujo a otras tierras y a otros tiempos que pudieran ofrecerle refugio en el arte. Ahí, en la pintura de los grandes maestros aparecían reglas sin amenazas, verdades sin padrinazgos, testimonios llanos. Lienzos lisos como espejos.

Los ensayos de Herbert son crónicas de esa peregrinación. Naturaleza muerta con brida. Ensayos y apócrifos publicado por El acantilado es su cuaderno holandés. Cuenta Adam Zagajewski que Herbert, un hombre bajito de semblante tranquilo y facciones juveniles, recorría museos equipado de una libreta blanca. Podía pasar toda una mañana, todo un día frente a un cuadro dibujando lo que veía. La pintura y la escritura se hilvanaban en esos blocs. El lápiz trazando figuras y zurciendo letras. El poeta no ocultó nunca su nostalgia por la pintura de antes, por el sitio anterior de la pintura. De los artistas se podía saber muy poco, pero no se ponía en duda el sitio del arte en la ciudad. Un mundo sin cuadros les habría sido impensable. “Los maestros antiguos, sin excepción, podrían repetir las palabras de Racine: ‘Trabajamos para agradar al público’, es decir, creían en el sentido de su trabajo, en la posibilidad de comprensión de las personas. Afirmaban la realidad visible con inspirada escrupulosidad y con la seriedad de los niños, como si de ello dependiera el orden del universo, la rotación de las estrellas, la estabilidad de la bóveda celeste. Bendita sea esa ingenuidad.”

Cuadros y artistas, telas y navieros, tulipanes, niebla y lluvia aparecen en esta colección de ensayos y fábulas. El título subraya con buena razón el texto central. El poeta visita el Museo Real de Ámsterdam. Un cuadro lo llama, le hace señas, le muestra un misterio que lo atrapa. En la portada del libro aparece el cuadro: “Naturaleza muerta con brida.” Un par de jarrones, una copa, una pipa, una hoja con notas musicales, un texto. Un fondo enigmático: “negro, profundo como un precipicio y a la vez plano como un espejo, tangible y a punto de perderse en las perspectivas del infinito. La tapa transparente de un abismo.” Del pintor, apenas el nombre: Torrentius. Herbert describe el hechizo de ese cuadro, la fascinación que le provoca un artista enigmático que funde en su nombre artístico el fuego y el agua.

Todo lo que Herbert descubre de Torrentius es material para la leyenda. Guapo y ostentoso, era visto como un libertino que pervertía mujeres y descreía de Dios. Decía que él no pintaba sus cuadros. Que colocaba las pinturas cerca de la tela y, al tocar música, los colores se mezclaban coloreando el lienzo. Su vida escandalizó a la república burguesa y hartó su tolerancia. Fue torturado, encarcelado, desterrado. Estuvo a punto de morir en la hoguera. Solo se conserva ese cuadro abismal que será siempre un misterio. Una alegoría, quizá, de la libertad que sólo en el arte vive.

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23, Mar 2009

El futuro del liberalismo

El New York Times publica el primer capítulo de El futuro del liberalismo de Alan Wolfe y una reseña de Gary Hart.

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11, Feb 2009

El buen odiador

Hazlitt2 Adicto al café fuerte, aficionado al box, irritable e impetuoso, William Hazlitt fue un buen odiador, para seguir su propia fórmula. “Buen odiador.” La expresión aparece en varios ensayos suyos. La usa para describir algún personaje de Shakespeare o para nombrar las limitaciones de un político. Refiriéndose a un parlamentario, decía que le faltaba calor, esa vehemencia sagrada que es indispensable para conquistar la tribuna. No tiene el nervio, no tiene el ímpetu. “No odia bien,” dice. El buen odiador no era para él solamente el que era bueno para odiar, sino quien odiaba para bien. Un auténtico patriota, agregaba en otra parte, debía ser un buen odiador. El admirador de la Revolución Francesa tenía un buen catálogo de tirrias: la injusticia, el prejuicio, servidumbre, el fanatismo, la pedantería, la superstición.

Al odio dedicó Hazlitt su ensayo más conocido: El placer de odiar. La naturaleza no era para él una sinfonía dulce y armónica, era el martilleo de las enemistades. La columna de la vida se sostenía en sus oposiciones: sin el viento contrario, el esqueleto del hombre se volvería flácido, sin consistencia: una rama tendida al piso. La aversión apasionada, la descarga de los contrastes despabilaba al bulto que podemos ser. El puro placer pronto se vuelve insípido y anhela variedad. El dolor, por el contrario, siendo agridulce nunca empalaga. De ahí su invitación a la polémica: cuando algo deja de ser controvertido, deja de ser interesante. Cuando alguien deja de discutir, se deja morir. Una extraña fraternidad en la discordia se asoma en sus ensayos. El verdadero combatiente es quien mejor conoce a su adversario. No habrá mejor retratista del enemigo que el boxeador que examina a su rival desde la esquina contraria. Los puñetazos, si son certeros, son pinceladas de un retrato justo.

“Lector: ¿has visto una pelea? Si no lo has hecho, hay un placer que te espera.” La prosa del narrador describe la emoción del espectador ante este brutal rito de golpes. El jacobino no rehuía el conflicto. A contracorriente enseñaba él mismo los nudillos de su inteligencia crítica, mientras sus contemporáneos levantaban el meñique al tomar la taza del té. No pretendía en ningún momento contemporizar con la política del día. Peleaba sin ignorar que la hormona del odio era tóxica. El odio se cuela a la fe para atizar el fanatismo y la persecución; transforma el patriotismo en ánimo de exterminio y hace de la virtud sermoneo inquisitorial. De ahí el calificativo que aplica al odiador. Si no hay más remedio que odiar lo abominable, hay que odiar bien.

Hazlitt estaba lejos de ser un misántropo. Disparaba veneno pero no se alimentaba de él. Puede encontrarse, en su malevolencia, una vitalidad contagiosa, una energía que por alguna razón conforta. Tiraba dardos a sus enemigos, mientras aconsejaba a su hijo aprender latín, francés y a bailar. Sobre todo, aprender a bailar. Destrozaba reputaciones sin perder el tiempo cuidando la suya. Un radical condenado por las hipocresías de su tiempo que se atrevía a cantar al amor ilícito. Hazlitt se resistió a admitir que la sabiduría política equivale a la complacencia. Lo notable en esta pasión beligerante es su grandeza. Hazlitt fue un admirador de sus adversarios. Sintió devoción por un hombre que representaba todo lo que políticamente aborrecía. Edmund Burke, el gran crítico del radicalismo revolucionario, defendía, en efecto, la moral de la tradición, la inteligencia del prejuicio, la nobleza de la jerarquía. Hazlitt, convencido de las bondades de la promesa revolucionaria, no dejó nunca de leer y discutir con el conservador. Escribía en su ensayo sobre los libros viejos, que era raro entender a un adversario, pero era más infrecuente admirarlo. El conoció y admiró a Burke, su contrincante intelectual. El autor lo deslumbró pero sus ideas nunca lo “contagiaron.” El buen odiador rebate el argumento principal de Burke sin desconocer que el camino hacia la conclusión está sembrado de cien verdades parciales y que el estilo, la fuerza, la inteligencia de su adversario llevan el sello del genio. Hazlitt sabía que polemizar era, en realidad, una manera de convivir.

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