Lunes

13, Abr 2021

Hacia junio

No hay elección que se anuncie como rutina. Cada elección se presenta como si fuera, única, excepcional, extraordinaria. Los candidatos y los comentaristas suelen vestirla en cada ocasión como la elección que definirá el destino de las próximas generaciones. En toda campaña escuchamos que se nos dice: “Estas son las elecciones más importantes de los últimos tiempos.” Pero hay elecciones en que eso sí es cierto. Hay ocasiones en que la advertencia no refleja la acostumbrada desmesura de la temporada sino el sentido profundo del voto. Hay elecciones en las que, en efecto, se juega mucho más de lo que formalmente está en disputa. La elección intermedia de este año decidirá, en buena medida, la subsistencia de los equilibrios democráticos.

Se trata de una elección extraordinaria por muchos motivos. Es la elección más grande de la historia. Nunca antes se habían decidido tantos cargos como los que se renovarán en esta elección. Puede terminar siendo la elección más sangrienta de nuestra historia. Antes, incluso de que empezaran formalmente las campañas, el crimen había decidido por los partidos y por los electores. La violencia interviene en las elecciones impidiendo que sean los ciudadanos quienes decidan con libertad, quién ha de representarlos.

Pero más allá de esto, lo más llamativo del proceso de este año es que vuelve a estar en entredicho el orden institucional y la solvencia de los jugadores.

El INE y su antecesor siempre han recibido presiones desde todos lados. Han enfrentado presiones en los medios, intimidaciones de los actores políticos, amenazas de juicios y destituciones. Será la naturaleza del árbitro el recibir la chifliza de quienes son afectados por sus intervenciones. Pero la embestida de hoy es distinta. Nunca el gobierno de la república y sus aliados habían hostigado tan abiertamente a la autoridad electoral. Nunca un partido en el gobierno había amenazado con boicotear una elección si el órgano electoral no se ajusta a sus exigencias. Ese es el ultimátum que abiertamente se lanza ahora: si el INE no restituye la candidatura de Félix Salgado Macedonio, el partido del gobierno impedirá la celebración de las elecciones. En la deslegitimación del órgano electoral se han empeñado el presidente de la república, su secretaria de gobernación, el presidente del partido gubernamental y los aliados empresariales y mediáticos del nuevo régimen. Se trata de un órgano incómodo para quienes creen que la democracia debe ser sintonía de todas las instituciones con el mandato presidencial.

Es cierto que la moneda de las candidaturas está en el aire y que la resolución del tribunal podría generar un espacio para la distensión, pero no tiene precedentes la hostilidad del polo gubernamental a una columna crucial de nuestra arquitectura democrática. Lo que queda en entredicho con este embate, es el compromiso gubernamental con las reglas y con el veredicto de los electores. Afilando sus navajas, el lopezobradorismo saca del baúl a aquella oposición que no reconocía más que la elección que ganaba. Es por ello que los árbitros han vuelto al centro de la atención pública. Pedirle discreción al instituto, mientras el presidente convoca a su linchamiento es algo peor que ingenuo: es desleal. Frente a la agresión del ejecutivo y sus aliados, toca al INE ser hoy, sobre todo, firme.

Esta será la primera elección federal después del terremoto del 2018 que significó la demolición del régimen de partidos de la transición. Lo relevante hace tres años no fue su derrota sino su extravío. Desde el 18 los partidos no saben qué son ni qué suelo pisan. La suerte de esa extraña alianza de las oposiciones es difícil de anticipar. Lo digo no solamente en términos de su capacidad par competir contra la aplanadora oficial, sino para conformar una bancada medianamente coherente para enfrentar a la presidencia impetuosa. No hay tampoco claridad en el polo gobernante. La opción que ganó hace tres años no se ha hecho partido Su nombre mismo revela el orgullo de ser un movimiento y, quizá, la vergüenza de ser una institución. Su caos interior lo exhibe: agitación y desgobierno.

Decía que los equilibrios se deciden en la elección porque pienso en la suerte de las instituciones arbitrales, en la conformación de contrapesos regionales y parlamentarios, en el asentamiento de un nuevo sistema de partidos. Todo eso cuelga de la elección de junio.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
07, Abr 2021

Deconstitucionalización

Soy como Napoleón, pero más alto, dijo alguna vez Silvio Berlusconi. Lo que Napoleón hizo por Francia lo hago yo, todos los días, por Italia. El paralelo con el emperador que conquistó media Europa le habrá parecido un tropiezo de modestia, porque unos días después trazó un paralelo más cercano a su megalomanía. “Soy el Jesucristo de la política,” dijo entonces. “Soy una víctima paciente, me sacrifico por el mundo.” Berlusconi, el magnate de los mil escándalos que fue tres veces primer ministro de Italia era un aviso del populismo que inundaría al mundo. Su dominio de la política italiana no era una extravagancia sino un anticipo de lo que vendría por derecha y por izquierda. En su cinismo y su arrogancia, en su habilidad para conectar con la indignación colectiva y para expandir los límites de lo aceptable estaban las notas de ese impulso antiliberal que ha marcado los últimos lustros y que ha puesto en jaque a las democracias más sólidas. Delirio de grandeza que corroe cualquier instrumento de moderación. En la tierra de Maquiavelo no tardaron en aparecer las descripciones de la aberración. Kakistocracia, dijo muy pronto Michelangelo Bovero. Es la peor mezcla imaginable de todos los experimentos: rasgos de tiranía, de oligarquía y de demagogia. Giovanni Sartori lo retrató como un sultán que convirtió al país en harén para sus excesos. Maurizio Viroli coincidió: el berlusconismo es un señorío que transformó la sociedad de ciudadanos en una corte de siervos y aduladores.

El jurista italiano Luigi Ferrajoli examinó su efecto institucional. La devastación que provocaba el demagogo representaba un proceso de “deconstitucionalización” del sistema político italiano. No era simplemente un rechazo de la constitución de 1948 sino un rechazo al principio fundante del constitucionalismo como mecanismo de equilibrios. Era un rechazo al régimen de leyes que coloca los derechos por encima de cualquier coartada del poder. El magnate atacaba el complejo sistema de normas, de separaciones y contrapesos que sostiene a la democracia constitucional. Se escudaba, por supuesto, en la idea de que la mayoría que lo respaldaba era incuestionable y que, por tanto, nada debía obstruir su mando. “Así, advertía el discípulo de Norberto Bobbio, el edificio de la democracia constitucional resulta minado de raíz en su totalidad: porque no se soporta el pluralismo político y constitucional, por la desvalorización de las reglas, por los ataques a la separación de poderes, a las instituciones de garantía, a la oposición parlamentaria, a la crítica y a la prensa libre; en definitiva, por el rechazo del paradigma del estado constitucional de derecho como sistema de vínculos legales impuestos a cualquier poder.”

Ese es el impacto de la transformación lopezobradorista: la deconsitucionalización de la república. Ataque sistemático a las reglas que ponen un límite al poder de la mayoría, una embestida contra los árbitros que cumplen con su deber y a los particulares que defienden su derecho. Cada una de las características que advertía con horror Ferrajoli en el berlusconismo está presente en la política del régimen. No hay ojo para la pluralidad, ni respeto a los órganos que aplican las reglas. Ataque vehemente y constante a quien se aparte de la versión oficial. Se agrede, se somete o se intimida a las instancias de garantía, se ignoran los límites que imponen las reglas. Lo que vemos es una batalla contra el constitucionalismo, ese régimen que instala la prudencia en reglas y que se asienta en baluartes de neutralidad.

El proyecto de la deconstitucionalización tiene en la mira hoy al árbitro electoral. Sin tomarse la molestia de analizar la controversia, el presidente se ha lanzado contra el INE dando pie para que el oportunista que dirige Morena amenace al órgano electoral con el exterminio. Ese es el lenguaje que usa el presidente del partido gubernamental. Como marca el estilo del Palacio, no se trata de debatir sino de insultar y de amenazar. Lo que el oficialismo pide abiertamente es que el INE viole normas constitucionales y legales. Regreso a la advertencia que hacía el prestigiado politólogo polaco Adam Przeworski: la sobrevivencia de la democracia depende de los baluartes del equilibrio. Para el caso mexicano, no le cabía la menor duda de que la autonomía del instituto electoral era la clave. Si la “exterminan” habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro de la democracia mexicana, dijo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
29, Mar 2021

El teatro del poder

La clave es el teatro. Valdría entender que se ejerce el poder como una dramatización del presente y no como una de plataforma de decisiones. Mientras los críticos hacen catálogo de pifias, llevan la contabilidad de las mentiras y advierten el impacto de la irresponsabilidad, el dramaturgo celebra que sus adversarios se suben al escenario para representar justamente el personaje que ha delineado en su libreto. Mientras más acudan los otros a la lógica, más enfatizará esa épica que no se detiene en nimiedades racionales. El paladín está construyendo la Nueva Patria y no va a detenerse por la tabla de multiplicar. En algún sentido, la reacción de sus críticos es la mejor recompensa a su estrategia. Su deseo se cumple, no en la modificación de la realidad, sino en el reflejo de los adversarios que siguen puntualmente las indicaciones que ha trazado para la actuación de su antagonista.

El presidente es el autor del guion, el director de escena y el héroe. El resto del país, afiliándose a los bandos de su invención, cumple puntualmente sus instrucciones. ¿Será que todos nos hemos convertido en títeres de su guiñol? El Palacio virreinal es la escenografía. Del gabinete no hay personajes sino piezas de utilería: ahí están los tapetes extasiados por la pisada del ídolo, los trapos que el superhombre usa, ofende y tira, los jarrones decorativos y, desde luego, sus soldaditos. Las marionetas saben perfectamente que son ignoradas, pero les consuela sentirse en el proscenio, como si efectivamente fueran parte de un luminoso capítulo de la historia. En su teatro no hay espectadores. Quienes aplauden y quienes lanzan tomates repiten el parlamento que les fue asignado. Lo mismo los idólatras que babean y los críticos que gritan cumplen con el papel previsto por el dramaturgo.

En un gobierno sin plomada legal, ni prudencia económica, el colaborador más poderoso es el tramoyista que prepara las funciones diarias. Es claro que las iniciativas de ley que aprueba mecánicamente la mayoría no pasan por ninguna inteligencia jurídica. Es evidente también que no hay filtro de razonabilidad económica en las decisiones de la administración, pero sí que hay instinto escénico. Ese olfato teatral ha sido la clave para seguir sujetando la conversación pública y mantener hermetismo ante la crítica. A pesar de la reiteración de frases, parábolas y evasivas, los pleitos que se representan en el espectáculo presidencial tienen ritmo, los embates del protagonista siguen generando asombro por mantener ese crescendo de hostilidad que todos los días desborda algún límite. Ayer dijo que las feministas eran instrumentos al servicio del extranjero, hoy dijo que los abogados que defienden a sus clientes son traidores a la patria, ¿amenazará mañana al árbitro electoral con una votación para removerlo de su puesto? Cuando pensábamos que el protagonista de la obra había llegado a su límite, nos sorprende y escala otro peldaño.

La teatralidad ha inmunizado al gobierno porque ha creado un relato que se fortalece por sus réplicas. Sus “otros datos” son, en realidad, un cuento hermético y es eso, el cuento, lo que debe confrontarse imaginativamente. Si la ficción que el presidente anima todos los días sigue siendo persuasiva para millones de mexicanos es porque no hay, a la vista, un relato alternativo. La batalla contra el relato oficial será inofensiva hasta que no logre desmontar su ridiculez. Sí: ridiculez que se llame “cuarta transformación” y que se escriba con mayúsculas como si fuera un acontecimiento inscrito con oro en los muros de la Historia. Ridícula su incapacidad para ver lo que tiene frente a la nariz, para reconocer tropiezos, para modificar el rumbo. Ridícula también la cursilería de esas lecciones en las que contrasta la belleza sublime de los héroes impolutos frente a la miseria de los enviados del demonio; ridículo el maniqueísmo infantil de su cuento de hadas. Ridícula la megalomanía presidencial y la nauseabunda indignidad de esos devotos dispuestos a obsequiarle el bulto entero de sus neuronas al Benefactor de la Patria. Teatro bufo. La crítica que hace falta es la más ácida: la burla.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
22, Mar 2021

La legalidad enemiga

Si no es expresión de su voluntad, la ley es injusticia. Si los intérpretes del derecho se separan de su deseo, son traidores. Los opositores, los críticos y hasta los escépticos son enemigos de una nación que tiene el deber de sentirse entusiasmada por su gobierno. Arrancado de la canción clásica de José Alfredo Jiménez, el título del nuevo libro de Carlos Elizondo lo captura perfectamente. Quien se imagina como el esplendor de la historia mexicana no puede reconocer más ley que la que sale de su boca. La ley no es un tejido complejo y abierto que aloja interpretaciones distintas, sino declaración de voluntad única. Solo será legítima la interpretación que coincide con la propia. La ley no restringe al poder, es el testimonio de sus pretensiones.

La controversia de estos días es reveladora porque muestra la hondura de su convicción autocrática. No lo detienen los límites que marca la ley. No reconoce el presidente al derecho como un marco de restricciones, como el cauce necesario de la acción política, como límite al poder. No acepta que las reglas constriñen la voluntad de cualquier política, así sea la política democrática. El presidente nos ha dejado muy claro que entiende la ley como su instrumento, más aún, como su propiedad. Cualquiera que la usa o la invoque para fines que no sean los del presidente, la usurpa. La ley le pertenece porque él se imagina como la encarnación de la legitimidad y ésta es, a su juicio, un permiso sin restricciones.

Un juez recibe el furioso ataque del jefe del Estado desde Palacio Nacional. Más que pedir la revisión de su fallo, el presidente ataca la integridad del juzgador y lo incorpora de inmediato a una conspiración que pretendería descarrilar su gobierno. La andanada del presidente no es solamente un ataque al juez que examina la constitucionalidad de las leyes. El destinatario del hostigamiento es todo el poder judicial. La agresividad retórica es una intimidación a cualquier integrante de la rama judicial. La violencia verbal del presidente, la facilidad con la que descalifica moralmente a cualquier crítico, la vehemencia con la que suelta acusaciones de corrupción a cualquier entidad pública que actúa con independencia de su dictado obstruye la actuación imparcial y libre de la judicatura. El belicismo del presidente destruye la plataforma de la independencia judicial. Más allá del destino de las controversias, el embate lanza a los jueces a un territorio del que no pueden salir bien librados. Si terminan por avenirse al argumento presidencial, serán vistos como sometidos a su dictado. Si, por el contrario, mantienen la invalidez de las decisiones del régimen, seguirán recibiendo golpes que minan su legitimidad.

La más fresca enemistad del gobernante ingobernable trasciende al estamento judicial. No se trata, en realidad, del ataque a una institución constitucional. Es un ataque al régimen mismo de la legalidad. El rodillo del poder decidido a aplastar cualquier precaución jurídica. El hostigamiento a la judicatura se ha acompañado de un hostigamiento a la profesión jurídica. Los abogados que representen intereses contrarios a los de su gobierno deben ser considerados traidores a la patria. Lo ha dicho así el presidente de la república. Acusar de traición es resorte de autócratas. Elisur Arteaga, quien representó a López Obrador cuando recibía los ataques de Vicente Fox advirtió en un artículo reciente publicado en Proceso que el embate reciente es un atentado al estado de derecho. Tiene razón. El mecanismo completo de la legalidad es el enemigo del nuevo régimen. Sus principios fundamentales, su mecanismo y sus agentes son incompatibles con la política de la fe. Las reglas serán válidas solamente si coinciden con la voluntad presidencial; si desde ahí se les declara “injustas” deberán incumplirse heroicamente. Para el régimen, la profesión jurídica merece el respeto que reciben del presidente su ministra del interior y su “consejero” legal. En el espacio oficial, la abogacía es una profesión superflua y sospechosa. Y el arbitraje judicial, una instancia que debe afiliarse a la transformación. En la mirilla de enemistades, la ley.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
15, Mar 2021

El delirio

No son certeros los términos que hemos usado para describir la obsesión y la fuga. Los llamados a que el hombre recapacite para que examine el efecto real de su actuación parecen absurdos. ¿Alguien podría imaginarlo? Después de una conversación, el inflexible finalmente se sienta a examinar los datos y las advertencias. Hace espacio para la reflexión y concede fundamento a alguna crítica. Al día siguiente corrige. ¿Alguien imagina esa metamorfosis? Por eso me parece ingenuo pensar a estas alturas que la intervención de algún consejero podría abrir la mente del enquistado. Tenemos abundante evidencia de que no tiene oído más que para su propia voz y la de quienes le hacen eco. Las crisis, lejos de espabilarlo, han reforzado su hermetismo, lo han encapsulado en su alcázar de espejos, le han dinamitado el discernimiento elemental. Evadiendo sistemáticamente el presente, su discurso es cada vez más destemplado, más vehemente y más grotesco.

El presidente y los suyos envían señales desde un planeta remoto. El 8 de marzo tuvo a bien organizar un homenaje para sí mismo. Esa le pareció la mejor manera de mostrar su compromiso con la causa feminista. Después de describir a las mujeres que protestan contra la violencia machista como títeres del fascismo, como juguetes al servicio de causas antinacionales, hizo que las mujeres que trabajan para su gobierno lo celebraran y culminaran la ofrenda con una porra. ¡Es un honor estar con el promotor de un violador!, era el sentido implícito de esa penosa animación. El presidente tuvo también la generosidad de brindarnos cátedras sucesivas sobre el derecho y la lealtad. La ley que aprueba nuestra mayoría es expresión de una voluntad incuestionable. No es una norma que deba ajustarse al marco de la constitución y que, por ello, debe pasar la prueba de los tribunales. A su juicio, la ley declara el deseo del poder, no restringe su voluntad. Por eso la osadía de cuestionar sus resoluciones es equivalente a una traición. Traidores a la patria los abogados que defiendan derechos contra la voluntad declarada de la nación. Corruptos los jueces que advierten su incongruencia en la ley de la mayoría.

Si algo reiteran y refuerzan estos reflejos es el cerco de una convicción decidida a ignorar cualquier realidad, por monumental que sea si escapa de su fantasía personal. Si la montaña que todos vemos no aparece en paisaje de su programa, la declarará humo, mentira, engaño. El único mundo que viaja por su nervio óptico es el que reitera y refuerza su manía. El revés, el error, el efecto contraproducente de su propia política son, para decirlo con la fórmula que emplea a diario, “moralmente imposibles.”. Para el presidente, solo el halago es honesto. Es así cómo, en la inteligencia del supremo, la realidad queda moralmente desterrada.

Sería un consuelo pensar que su retórica es inocentemente demagógica. Pero su celebración del “éxito” de la política sanitaria, su insistencia en que el halo de su santidad infinita ha borrado la corrupción, su confianza en que la austeridad es la vía mexicana a la justicia social no son simplemente maneras de presentar los desafíos del gobierno bajo la luz favorable. No son expresiones que cuidan la integridad de un relato, que alientan optimismo, que cuidan simpatías. Son la descripción puntual del mundo en el que vive el hombre más poderoso del país. Puede entenderse que el piloto trasmita a los pasajeros una información que los tranquilice cuando se enfrentan problemas durante el vuelo. Podría calmar a los pasajeros con palabras de aliento, siempre y cuando activara al mismo tiempo los procedimientos de emergencia. Lo grave es que el piloto no mira los instrumentos de la cabina, desestima las chicharras de alarma, mira enamorado el espejo y sugiere a los pasajeros que disfruten del privilegio de volar con él mientras miran llamas en las turbinas. Ese es el mensaje del mexicano más poderoso en muchas décadas. Un político que no tiene oposición y apenas crítica. Quiero decir que el problema más grave no sería que el gobernante engañara a otros, lo alarmante es que se ha engañado a sí mismo. No hay hecho, no hay dato, no hay persona que le permita el reencuentro con el mundo. Todo aquello que expone una razón discordante es señalado de inmediato como cómplice de una conspiración que se opone a la felicidad nacional.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Mar 2021

Ridiculizar la farsa

La respuesta del presidente a las mujeres de su propio partido que exigen el retiro de la candidatura de Félix Salgado Macedonio sigue el mismo libreto de las descalificaciones. Desoyendo la crítica, el presidente se lanza contra las críticas. Su causa no es auténtica. Si critican al presidente por apoyar a un violento son, objetivamente, instrumentos de la reacción. Personas manipuladas por los enemigos de su gobierno. Conservadoras. Al insulto rutinario, se le agrega un reproche político. La indignación de las mujeres ante la candidatura de un hombre acusado de ser un violador reincidente refleja una desconfianza en el pueblo. La rabia de las feministas es, en el fondo, antidemocrática. Que el pueblo decida, dice reiteradamente el presidente. ¿Por qué temer la decisión de la gente? ¿No son capaces los guerrerenses de evaluar al político?

Con aire diazordacista, el presidente López Obrador acusa a las feministas de haberse intoxicado con ideas extranjeras. No es mexicano el reclamo que hacen las mujeres. No corresponde a nuestras formas, a nuestra herencia, a nuestro lenguaje. Las mujeres que nos convocan a “romper el pacto” hablan como si no fueran de esta tierra. Usan expresiones importadas, dice. Tal vez han leído textos escritos en otro idioma. Quizá se hayan envenenado de discusiones que se celebran en universidades del extranjero, esas escuelas donde aprendieron sus mañas los tecnócratas y ahora copian furia las feministas. Para el hombre que, ante este asunto, se revela en cuerpo entero como un ultraconservador, el vocabulario de la protesta feminista es ajeno a nuestra experiencia y una amenaza a la tradición. No hay aquí tal pacto, dice burlonamente el presidente. Aquí la familia es una institución hermosa y cordial: ¡un ejemplo para el mundo! Aquí las mujeres merecen el cielo. Lo nuestro, lo auténtica y profundamente mexicano es la familia dulce y amorosa, la mujer que cuida tiernamente a los mayores y que se expresa siempre con dulzura. Si acaso hubiera motivos para la protesta, ésta debe ser un reparo recatado y discreto. Para el venerador de las tradiciones, para el protector del alma nacional, las feministas son una amenaza porque su discurso y su práctica siguen una moda que se aparta de lo auténticamente nuestro. Son, en ese sentido, contaminación extranjerizante; infiltradas de una ideología extraña que amenaza con pervertir el alma nacional. Es la paranoia del nacionalista acosado por lo que no entiende.

No hay sacudida que libere al presidente de sus prejuicios. Nadie puede imaginar que la rabia de la protesta de hoy, hará reflexionar al hombre del Palacio. Lo que tendría que provocar es reflexión en sus seguidores: el discurso de la infalibilidad popular en el que se escuda para respaldar al violento es el mismo que se esgrime para curtir toda la política presidencial y huir de las exigencias de la deliberación, desbordar los canales de la ley, para respetar los derechos. El discurso que escuda, en una supuesta voz del pueblo, la postulación de un abominable como Salgado Macedonio es el mismo discurso que se esgrime para el derroche y el capricho, para la militarización del país, para la destrucción de los contrapoderes y el desprecio de la razón técnica. Es el mismo discurso que pretende poner a votación el derecho de las mujeres a terminar voluntariamente un embarazo.

El abismo entre la causa feminista y el conservadurismo presidencial puede ser, en ese sentido, valioso para hacer visible la trampa de esa sacralización del Pueblo empleada para hacer irrefutables los deseos del poder. Las feministas han ridiculizado la farsa en la que se fundamenta la soberbia del régimen. Si son la energía opositora más poderosa es porque no reproducen el antagonismo que, en su beneficio, ha fabricado el gobierno. Su causa representa, sin la megalomanía del Cuartotransformador, la más profunda revolución de nuestro tiempo. Su lección desborda su propia causa. Desmonta, como ningún otro movimiento, la política de fe que practica el gobierno. Escudado en la coartada de la voz sabia del pueblo infalible, no solamente ofrece parapeto a violadores también se santifica el capricho y el derroche, el abuso y la militarización.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
24, Feb 2021

La insensibilidad del ideólogo

El ideólogo no es solamente ciego, es también insensible. No reconoce otra fuente de indignación más que la que es combustible de su propio programa. No todo sufrimiento lo conmueve. Si no es llama de su causa, el dolor de los otros es la experiencia más remota, la más ajena. Solo la rabia de los suyos le parece digna. La de los otros es un engaño.

La torpeza del presidente López Obrador frente al feminismo no es pura ceguera intelectual, no es solamente el achaque de un conservador que es incapaz de tomarle el pulso a las causas más hondas y más potentes de la hora. Es, ante todo, un trastorno de la sensibilidad. En su respuesta a las exigencias feministas se revela claramente el perfil de un político obsesivo que deja de ver, pero, sobre todo, la insensibilidad de un hombre que es incapaz abrirse a la experiencia de otros.

López Obrador ignora los datos que no le gustan, desatiende la crítica lanzándose a la descalificación de quien la formula, cierra los ojos al efecto de sus decisiones y se empecina en seguir la ruta que trazó desde un principio. Su respuesta ante el dolor de las víctimas de la violencia machista es la consecuencia emocional de esa cerrazón: indiferencia y aún hostilidad a quien se duele por causas que no aparecen en el listado de agravios por él reconocidos. ¡Ya chole!, dice. Ya basta de hablar de la violencia machista y del respaldo político que le da mi partido. Hablemos de lo que yo quiero hablar y solamente de eso.

El comodín que usa para explicarlo todo no sirve para comprender las demandas feministas. La dicotomía política de liberales contra conservadores que el presidente esgrime cotidianamente es absurda, cuando no contraproducente para su causa. El feminismo, literalmente, lo saca de quicio. Se trata de la irrupción de una agenda que lo desborda, que lo fastidia, lo exaspera. Ninguna oposición logra ese efecto. Ni este periódico, ni los intelectuales, ni las organizaciones de la sociedad civil, ni lo que queda de los partidos, lo enfada como lo hacen las mujeres que exigen lo elemental. El libreto ideológico le funciona para justificar el dispendio disfrazado de austeridad. Machaca eficazmente el relato histórico para atizar sus pleitos y para dispersar las distracciones. Me parecen que todavía son recursos útiles porque magnetizan la polaridad, porque alientan a los suyos y porque provoca a los otros. Son, en efecto, las riendas retóricas de la conversación nacional. Pero los reflejos presidenciales ante el feminismo lo dejan solo, lo exhiben hasta con los suyos como criatura de un tiempo ido, lo confrontan con seguidores que apenas se atreven a balbucear su enfado pero que saben perfectamente bien que las manías del presidente son indefendibles.

Al atropello del arrebato se suma el atropello de la protección política. A la violencia del impulso brutal, la agresión del desprecio desde la cúspide del poder. El presidente López Obrador ha agredido con el peor de los insultos a las mujeres que denuncian la violencia machista. Lo ha hecho reiteradamente. Ha negado que las activistas sean propiamente sujetos. Las describe agresivamente como instrumentos al servicio de las peores causas del país. No actúan por sí, sino al servicio de otros. Sabiéndolo o no, sirven “objetivamente” como juguetes de la reacción.

Si el feminismo ha sido la gran energía opositora en estos años es precisamente porque rompe las categorías que ha impuesto el relato oficial. Oposiciones, medios, organismos empresariales han terminado jugando en una cancha ajena para que el dueño del terreno imponga su dominio. Todas esas voces funcionan, en alguna medida, como resistencias prefiguradas y bienvenidas por el poder. El feminismo es otra cosa. No se alimenta de una nostalgia para restaurar el pasado reciente sino de la causa más radical de nuestra era. Se trata de un radicalismo justiciero que nada tiene que ver con la actuación política del régimen, convencido de que al feminismo se responde con cargos en el gabinete, evasivas y desdén.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
15, Feb 2021

Presunto violador

No debe ser sencilla la vida en la corte. Exige homenaje sin descanso al soberano. No hay reposo para la veneración. Cualquier palabra, cualquier decisión del monarca deber ser elogiada con entusiasmo. Los cortesanos han de esmerarse por estar cerca del rey y no perderlo nunca de vista. Han despertar muy temprano para oírlo y deben dedicar todo el día a descifrar sus mensajes y sus señales. Se dicen, convencidos de que nadie como él conoce el sentido de la historia y el sentir del pueblo. Los cortesanos deben estar cerca, pero, desde luego, no demasiado cerca. Fascinados y deslumbrados por el sol que irradia el gran líder; temerosos también por el efecto fulminante de su juicio. Leía hace unos días los apuntes de Elias Canetti en Masa y poder para entender la dinámica del lopezobradorismo. Una observación suya, al final del libro, es esencial: nada de lo que el rey haga es irrelevante para la corte. Todo encierra sentido. Me importa insistir en lo que veía Canetti: para los cortesanos no hay acto del supremo que carezca de un significado profundo. Si anuncia la hora, hay que proceder, de inmediato a ajustar el reloj de la república para que coincida con su orden. Como no hay pasaje irrelevante de la biblia, no hay gesto intrascendente del líder.

En la conferencia del presidente López Obrador del 8 de enero pasado, la reportera Judith Sánchez Reyes, cuestionó la sensatez de postular como candidato a un hombre sobre el que caen varias acusaciones de delitos sexuales. Denuncias formales de acoso, de violencia, de violaciones, incluyendo la violación de una menor de edad. Si el acusado ha escapado de los tribunales ha sido por sus conexiones políticas. Así lo sostiene el exfiscal de Guerrero, quien declaró que el senador por Morena está libre solamente porque el gobernador del estado frenó las investigaciones. La respuesta del presidente fue un espaldarazo al presunto violador.

Salgado Macedonio será violento, pero nadie puede negar que es devoto del hombre del gran poder. El candidato del presidente le compuso hace unos años una cumbia de rimas deslumbrantes:

En la raza oigo que me dicen Obrador
que me quieren estudiantes y del 132,
que me quieren los de Atenco
y para mí es un honor.

El hombre que López Obrador quiere como candidato en Guerrero ha ejercido también como intimidador a su servicio. Desde el Senado amenazó a los gobernadores que han cuestionado la política presidencial con la desaparición de poderes. A los ministros de la Corte les hizo el mismo amago: si se distancian de las instrucciones del legislativo: “estaremos aquí planeando la desaparición de la Corte.” Ese es el hombre que Morena promueve para gobernar Guerrero.

El presidente desprecia a las mujeres que han tenido el valor de denunciar a Salgado Macedonio. Las acusaciones que vienen de tiempo atrás fueron desechadas de inmediato como politiquería de estación: son denuncias interesadas que pretenden descarrilar a un candidato del pueblo. El presidente, por supuesto, sabe que las acusaciones son antiguas. Sabe que no surgieron ayer, pero los hechos incómodos, para él, son inexistentes. El máximo apoyo es la identificación. Ese fue, ni más ni menos, el respaldo que el presidente dio al político atrabiliario. “Yo fui acusado injustamente porque no querían que mi nombre apareciera en la boleta.” La identificación del presidente con el político violento fue explícita: Félix Salgado Macedonio padece hoy lo que yo padecí en 2005. La orden era clara. Hágase candidato a quien padeció mi misma suerte. Olvídese si violó a una niña porque tiene, más que el respaldo de los guerrerenses, mi solidaridad.

Morena hará campaña por Félix Salgado Macedonio escudándose en una novedosa afección por las formalidades legales. El candidato no ha sido condenado, las denunciantes no son militantes del partido y por eso no podemos escucharlas, han dicho los voceros del partido. La rabia de las morenistas indignadas topa con pared. Las protestas de las mujeres son desoídas. Con la candidatura de Félix Salgado Macedonio, Morena es cómplice, encubridor y propagandista de la violencia contra las mujeres. “¿Por qué elegir a un presunto violador como candidato?” han preguntado un grupo de mujeres indignadas por esa postulación, recordando el desgarrador testimonio de las víctimas. La respuesta es sencilla: porque así lo quiere Andrés Manuel López Obrador.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Feb 2021

El médico como síntoma

El oficialismo no quiere que hablemos de responsabilidad. Sostiene que la catástrofe es una fatalidad que hemos de sobrellevar con resignación. Nos pide que creamos en la palabra del presidente que insiste que nos ha ido bien, que ya vemos la luz al final del túnel, que tenemos a un funcionario ejemplar a cargo de la estrategia. Sin muchos argumentos que ofrecer, sin datos que fundamenten el orgullo, el presidente pide fe. La credulidad presentada como deber patriótica nos pide cerrar los ojos. Ignorar lo que leemos en la prensa, desestimar lo que se dice de nosotros fuera del país, taparnos los oídos a lo que escuchamos en el entorno más cercano. La política del lopezobradorismo se ha convertido en una política de fe. Por eso hay que gritar las consignas o transcribir las etiquetas del orgullo hermético y defender, a capa y espada, al médico del régimen. La petición es inaceptable: a López Gatell hay que cuestionarlo con la severidad que merece. Sobre sus espaldas recae buena parte del desastre que vivimos.

Nadie dice que haya inventado el virus en su laboratorio, que sea el responsable de la obesidad, o de los rezagos en el sistema de salud. Nadie dice que sea el responsable exclusivo. Pero es, sin duda, el responsable principal. El definió la estrategia que ha resultado desastrosa y debe ser tratado a la luz de los efectos de su política. Se nos dice que cuestionar el impacto de sus mensajes y la consecuencia de su ejemplo es una obsesión enferma. Que es de mal gusto personalizar, que hay que hablar solamente de condiciones estructurales y del carácter planetario de la adversidad. Los argumentos en defensa del médico del régimen me parecen aberrantes. Cuando la responsabilidad desaparece, la política se vuelve inhumana. López Gatell debe ser considerado como el principal responsable del severísimo agravamiento de la crisis sanitaria en México porque la epidemia no es castigo de ningún dios. La intervención humana tiene consecuencias y es eso lo que debemos evaluar. Si señalamos la responsabilidad de Felipe Calderón por el aumento de la violencia y la barbarie durante su gobierno; si señalamos la responsabilidad personal de Peña Nieto en el reinado de corrupción en su sexenio, debemos igualmente advertir la responsabilidad del presidente López Obrador en el manejo de la crisis sanitaria y, en particular de su favorito, el doctor López Gatell.

Confieso que, durante algún tiempo, encontré en el subsecretario de salud un referente técnico. Lo vi como un hombre preparado académicamente y con experiencia en el servicio público que comunicaba día a día, con notable claridad y paciencia, la situación de la pandemia en México. Parecía un técnico… pero no podía serlo. En este régimen no hay lugar para un diálogo fundado en una razón que escape de la fraseología imperante. El médico es un síntoma. López Gatell es muestra clínica de un grave padecimiento político. Más que el doctor que atiende la enfermedad, más que el cuidador que ofrece información valiosa para protegernos, el subsecretario de salud es manifestación de una severa enfermedad del régimen. No hablo del populismo, sino de algo, quizá más profundo y, desde luego, más indigno: la cortesanía. El hombre que se presentaba como técnico riguroso que pretendía caminar por encima de la politiquería, resultó otro cortesano más. Digo mal. López Gatell no es uno más: es el más pernicioso de los aduladores de la corte.

Elias Canetti describió admirablemente la mecánica de la corte. Vale la pena leer sus apuntes en las últimas páginas de Masa y poder. Cuando un rey estornuda, dice el genial ensayista búlgaro, emite una orden a toda su corte: ¡estornuden! Recuerda la observación de un misionero francés, que registraba la conexión entre los gestos del emperador y los de su corte. Cuando el emperador ríe, los mandarines ríen. Cuando deja de reír, a ellos se les hunden las mejillas. Se creería, concluye Canetti, que “sus caras están hechas de resortes que el emperador puede accionar a su antojo.”

López Gatell es síntoma de la corte de las adulaciones. Revela el extremo al que puede caer la reverencia y la desgracia que esa genuflexión puede causar al país. Esa corte es el silencio de la secretaria de gobernación ante el ataque constante del presidente a las autonomías, es el mutismo del secretario de hacienda ante los caprichos ruinosos del jefe, es la disciplina del jefe de un partido dispuesto a hacer candidato a un hombre acusado de ser un violador.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
25, Ene 2021

Biden, el doliente

Después del fanfarrón, llega el doliente. Donald Trump fue eso: un hombre que hace alarde de lo que no es. Que es un gran empresario, que usa las mejores palabras, que es el más estable de los genios, que es experto en todo y que comprende de inmediato lo más complejo. Joe Biden, su sucesor, está en el extremo opuesto de este farol. Un político católico que habla desde la humildad o, más bien, desde el duelo.

En el libro que escribió tras la muerte de su hijo Beau, identificaba uno de sus mayores orgullos: ser capaz de acompañar el dolor de lo otros. “A lo largo de los años he descubierto que mi presencia casi siempre consuela a quienes han sufrido pérdidas repentinas e inesperadas. No es que yo tenga un poder especial, es que mi historia me precede.” Esa vida hecha de pérdidas más que de hazañas es la que conforma la biografía política de Biden. Puede ser, curiosamente, su prenda política más valiosa para estos tiempos. Puede hablarse del centrista que busca diálogo, del legislador experimentado que conoce las entrañas del poder, de la preparación de décadas para llegar a la oficina presidencial, pero quizá lo más importante que aporta Biden para un tiempo desgarrado por el encono y la muerte es, más que una idea o una propuesta, una sensibilidad.

Nadie tan opuesto a Trump como su sucesor. El contraste tal vez ilustre el sentido de las disyuntivas contemporáneas. Más allá de la oposición de ideas, el contraste de las emociones que se cultivan y se explotan políticamente. El millonario furioso fue el vehículo perfecto para la política del odio, de la mentira y el desprecio. Sus discursos eran soflamas de ira, salpicadas de burlas e insultos. Por eso había en ellos constantemente, una insinuación de violencia. El enemigo estaba siempre presente en sus intervenciones: los invasores del sur, los chinos, los explotadores del pantano, los musulmanes, los medios. Tomar la palabra era, para él lanzarse al pleito. El péndulo ha puesto en Biden el poder que hace una semana tenía el patán. Su apuesta ha sido siempre la negociación, el diálogo, la unidad. Tal vez hace unos años esa prédica habría parecido insustancial; retórica vacía. Hoy captura la urgencia, mejor de lo que lo podría hacer el más razonable proyecto técnico.

El discurso de toma de posesión de Biden es una pieza valiosa por esas mismas razones. No se encuentra ahí un bosquejo de sus prioridades legislativas, ni los principios básicos de su estrategia económica. No hay una idea de Estados Unidos en el mundo, ni una reflexión relevante sobre las maneras de encarar el reto ambiental. En esos términos el discurso es francamente superficial. Pero hay algo quizá más importante que una propuesta precisa y detallada de políticas públicas. Algo que captura la miga de la circunstancia: el abrazo del consuelo y la empatía, el llamado al entendimiento. Lo que se escucha en su discurso es, en el fondo, la propuesta de cambiar el tono. El presidente Biden no grita como su antecesor. No insulta. Si habla de una lucha es contra abstracciones: el odio, la mentira, el extremismo, no contra quienes odian, los mentirosos o los extremistas. Sabe que la fragilidad constituye a la democracia y que las palabras también pueden romperla. Y para cuidarla es necesario empezar por respetar la verdad y respetar al otro.

San Agustín apareció en el discurso del segundo presidente católico de los Estados Unidos para sostener que la política no es asunto de fuerza sino de moralidad. Por eso aludió Biden indirectamente al lema de su antecesor, quien llamaba a recuperar la grandeza perdida de los Estados Unidos. La historia norteamericana, planteó el nuevo presidente no puede ser contada solamente en términos de poderío. La grandeza de un país no puede separarse de su bondad.

La filósofa Martha Nussbaum ha hablado del analfabetismo emocional del liberalismo contemporáneo. El liberalismo, ha sostenido en múltiples ensayos, ha dejado a sus adversarios la explotación de la ira, el miedo, la repulsión. Ha confiado en una racionalidad estricta que expulsa de la plaza pública la emotividad, como si fuera un asunto que pudiera confinarse al espacio doméstico. El discurso de Biden toma la dimensión afectiva de la política en serio para arrebatársela al populismo polarizante.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
18, Ene 2021

Creced y enriqueceos

No sorprende el desprecio de las leyes (que son para él formalidades huecas) y de la administración (que es vista como una bestia torpe y costosa). Tampoco la arrogancia moral que le permite ignorar la crítica porque proviene de los sótanos de la podredumbre y no merece una respuesta sino muchos insultos. Su antipatía por los órganos autónomos estaba igualmente cantada. Había avisos de su fascinación por la mitología de la historia oficial y su obsesión ideológica con el ogro del neoliberalismo. Su falta de curiosidad por el mundo, su desinterés en las tablas de las magnitudes y en las sumas era también previsible. Los datos propios le han bastado para evaluar la realidad y fundar sus decisiones. Lo sabíamos: para él los cuentos cuentan más que las cuentas. El mundo tiene en su cabeza la coherencia de una conspiración y así gobierna: enfrentando una conjura de los malignos que vienen del pasado. Todo eso, a decir verdad, conforma un panorama alarmante, pero no sorpresivo. Durante algún tiempo pensé que habría una resistencia pragmática y asesores razonables que podrían contener los impulsos más nocivos de esa visión política. Me equivoqué. Ese resorte de sensatez, de diálogo y de moderación que podría haber generado una razonable tensión en la marcha del gobierno apenas y se ha activado y hoy parece menos presente que nunca.

Donde sí ha habido una sorpresa gigantesca ha sido en el giro militarista. El candidato ofreció regresar a los militares a los cuarteles. En campaña denunció los abusos del ejército y su participación en la guerra contra el crimen organizado. Hoy no vemos a los soldados de vuelta a sus campamentos, sino cada vez más presentes en la vida pública del país. El número de nexos de este mes es valiosísimo para aquilatar el impacto de la militarización. No hay forma de rehuir la palabra. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha convocado al Ejército a ocupar un espacio central de la vida política mexicana. En efecto, bajo el gobierno de López Obrador vemos a los militares, “hasta en la sopa.” Se trata de una gravísima regresión histórica, que dejará secuelas en las próximas décadas. En uno de los ensayos centrales de esta edición de nexos, Fernando Escalante lo dice con toda claridad: se está cerrando ante nuestros ojos el paréntesis civilista.

El desprecio que comunica constantemente por la administración contrasta con la idealización de los uniformados. Uno es un animal gordo, distante y torpe; el otro el pueblo mismo: leal, incorruptible, disciplinado, eficiente, ahorrador. No es difícil advertir las razones de su devoción: en la disciplina castrense no hay deliberación ni transparencia: acatamiento ciego y opacidad.

En esta materia, el lopezobradorismo es calderonismo elevado a la enésima potencia. El ejército no solamente es llamado para cubrir el vacío o la captura de las fuerzas policiacas, sino convocado para reemplazar ámbitos cruciales de la administración pública. Los militares controlan nuevas áreas de la administración, han permanecido a salvo de la austeridad que asfixia al resto del gobierno, han colocado a los suyos en puestos relevantes del gobierno federal y aparecen en cada oportunidad como la solución natural para cualquier problema o emergencia. Militares policías, contratistas, empresarios, transportistas, aduaneros, reforestadores, vacunadores, constructores. La república, desde luego, debe recompensar con justicia a los militares. Ha decidido el presidente López Obrador que la Secretaría de la Defensa no solamente construya sino también administre el nuevo aeropuerto para que disfrute de sus ganancias. “Creced y enriqueceos” es el llamado del presidente a los militares.

¿Qué consecuencias tendrá el fin de ese paréntesis civilista del que habla Escalante? Una primera consecuencia es clara: “las fuerzas armadas van a ser uno de los factores del nuevo régimen.” La apuesta militarista golpea a la administración, expande los territorios de la corrupción, multiplica la intimidación y el abuso en el espacio público. Augura tensiones al interior de las corporaciones militares y entre el poder civil y el poder militar. Pocos procesos tan alarmantes en estos tiempos como la regresión militarista.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
12, Ene 2021

Mentiras e intimidaciones

Desde su fundación, Estados Unidos se ha imaginó como una excepción. Un país que guiaría al planeta en la senda de la libertad, un modelo que nadie podría superar. A este pueblo le ha sido reservado el decidir si las sociedades humanas pueden establecer un gobierno basado en la razón, dijo Hamilton en una de las primeras entregas de El federalista. Estados Unidos sería el primer país en el mundo que podría escapar la imposición de los ancestros o la de los violentos. Ni la brutalidad de la fuerza ni los absurdos de la tradición: un gobierno diseñado a través de la razón y sostenido con la voluntad libre de los ciudadanos.

De esa fantasía proviene la idea de que la norteamericana es una política incomparable. Aún en el espacio académico se sigue alimentando ese cuento del excepcionalismo. Para entender sus mecanismos y sus procesos basta su propia historia y sus propias fuentes. El provincianismo de su inteligencia impidió apreciar la amenaza que tuvieron frente a la nariz. Aún los medios más liberales tendían a restarle importancia a la victoria electoral de Trump. Su retórica era estridente, pero, en el fondo, no representaba un peligro serio para la vida democrática de los Estados Unidos. Los partidos, los medios, las instituciones serían lo suficientemente fuertes para domar a la bestia.

Los denunciantes más lúcidos de la amenaza trumpiana salían de la miopía nacionalista que domina la discusión norteamericana. Por su origen o sus curiosidades intelectuales, pudieron ver en Trump un remedo de otros autócratas y, en la circunstancia norteamericana, la reedición de quiebras democráticas en el mundo. Pienso, por ejemplo, en la perspectiva de Masha Gessen advirtiendo de inmediato los paralelos con el déspota de Rusia. Pienso también en el grito de alarma de un historiador como Timothy Snyder, quien vio la sombra del fascismo en el ascenso del patán. Pocos en Estados Unidos se atrevieron a ponerlo tan claro como lo puso Letras Libres en aquella portada memorable: fascista americano.

Fue precisamente Snyder quien advirtió que la postverdad es prefascismo. Abandonar la plataforma de la verdad es cancelar la posibilidad de la ciudadanía, ahogar el espacio del entendimiento, matar la ley. Lo que ocupa el lugar de la verdad en ese contexto es el espectáculo de lo que nos entretiene–mientras nos envenena. Las redes sociales pueden ser un intenso y constante estímulo emocional, pero, insiste el historiador que ha explorado los peores horrores del siglo XX, suelen recrudecer el prejuicio y llevarnos a olvidar la distinción entre lo que nos halaga y lo que es cierto. Las redes sociales podrán ser un extraordinario estímulo emocional, podrán entretenernos las 24 horas del día, pero suelen provocar que confundamos lo que nos halaga con lo que es cierto. La aventura política de Trump no fue solamente un espectáculo de mentiras, sino también un desplante de intimidaciones. La violencia, la demostración de fuerza física fueron su marca indeleble. En sus últimas horas como presidente, esta combinación de farsa y machismo fue más explícita y más dañina que nunca. Fue esa combinación la que condujo al asalto del Capitolio. Por extraordinaria que haya sido la toma del congreso, no puede decirse que haya sido una sorpresa. Desde el 4 de noviembre el presidente Trump empezó a colgarse de las conspiraciones más absurdas para sostener que había habido fraude y que él, no solamente había ganado, sino que había arrasado. Convocó así a los seguidores que estuvieron dispuestos a seguirlo en su patraña a manifestarse con fuerza frente al capitolio para demostrar los arrestos de su movimiento. No seremos unos debiluchos ante el robo, dijo.

Donald Trump habrá reventado en esas horas el liderazgo que aún mantenía en el Partido Republicano. Después de la elección, conservaba un ascendiente crucial en el partido. Tras el asalto, es rentable ya distanciarse de sus locuras. Pero lo que nació ese día no se apagó por la noche. El veneno de mentiras e intimidaciones, desprecio y odio que regó durante años ha cultivado una extrema derecha que seguirá viva durante mucho tiempo. Los hijos de Trump, esos millones de habitantes de la realidad alternativa, esos fanáticos de las conspiraciones que están armados hasta los dientes y que ven con angustia el futuro serán la gran amenaza a la democracia norteamericana.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
04, Ene 2021

Nueces 2020

El 2020 debe ser el año de la humildad, sugiere John Gray en un artículo publicado en The New Statesman. El año nos recordó que habitamos un mundo que nunca podremos entender del todo y que jamás llegaremos a controlar. De la escuela al comercio, de la intimidad a la gran política: todo ha sido alterado por partículas que no podemos ni ver. La lección parece clara, dice el filósofo que acaba de publicar un ensayo sobre filosofía felina. La pandemia, más que un evento históricamente extraordinario, es recordatorio de nuestra fragilidad. El gran impacto de la pandemia es (debería ser, agrego yo con menos confianza de que seamos capaces de aprendizaje) haber pinchado la burbuja de la pretendida supremacía humana.

La vacuna nos puede engañar con la idea de que¿ la humanidad recupera el dominio de la naturaleza. Si el planeta tiene dueño son los microbios.

*

Cuando no quede ninguno de nosotros vivo, sospecho que el 2020 apenas será recordado por las muertes o el encierro. La mutación geopolítica de este tiempo será, seguramente, más relevante que la tragedia. El historiador que dentro de unas décadas se asome a este año cruel lo registrará probablemente como el año en que inició el siglo XXI, el año que disparó simbólicamente el ascenso de China y mostró la irreversible decadencia de Estados Unidos. La cuna del virus resultó una de las grandes ganadoras del año. Después del encubrimiento, el gobierno chino fue capaz de contener el contagio y retomar, en buena medida, la normalidad. Frente a ello, Estados Unidos se mostró, en palabras del novelista Dave Eggers como una “mezcla terrorífica de reality show televisivo, república bananera y Estado fallido.”

*

En el video de El país que muestra a los caricaturistas del oficialismo (ellos mismos se presentan como orgullosos portadores de la etiqueta) hay un momento extraordinario. Rafael Barajas, “El Fisgón”, no solamente caricaturista de enorme talento, sino también gran historiador del cartonismo mexicano, reflexiona sobre sus reacciones ante lo que dice el presidente. Durante un tiempo sentía el chicote automático de la crítica. Seguramente le incomodaría la mojigatería o la superstición del gobernante. Tal vez la defensa del militarismo que hace constantemente desde Palacio Nacional le provocaría tirria, pero ya ha aprendido a contener esa vanidad de pensar por sí mismo. “Con Andrés Manuel me pasa con mucha frecuencia que no estoy de acuerdo con cosas que dice. Pero ahora, mi reflejo es preguntarme: “¿Qué es lo que no estoy entendiendo?” La confesión es asombrosa: si se asoma una diferencia con el presidente es que yo estoy equivocado. Es una de las más valientes defensas de la renuncia al pensamiento que he escuchado. Que nadie dude de lealtades. Andrés Manuel: te doy mis ojos.

*

2020: lo predecible era impensable.

*

La pandemia reveló la vacuidad del poder vertical. Lo que dijo el reportero Joshua Yaffa sobre el fracaso de Putin para encarar la crisis sanitaria en Rusia es aplicable a muchos otros regímenes que apuestan al imperio de una máquina de jerarquías. El teatro de la pirámide puede dar apariencia de poder pero ahuyenta el debate auténtico, desatiende la voz de los expertos y convierte a los científicos y a los funcionarios públicos en aduladores. La ilusión de omnipotencia conduce directamente a la ineptitud.

*

El populismo, escribió el politólogo búlgaro Ivan Krastev, no se alimenta del miedo sino de la ansiedad. En ¿Ya es mañana?, un librito que escribió durante su encierro en el campo, propone esa distinción. La ansiedad es inquietud ante un peligro difuso y disperso. El miedo es algo más concreto, más inmediato, más punzante. Tengo miedo de morir por covid; siento ansiedad de que mi cultura sea arrasada por los migrantes. El temor abstracto del ansioso puede encontrar eco en la demagogia del antagonismo que lanza la culpa al otro. La cercanía de la muerte pide otra cosa: claridad, coherencia, confiabilidad.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
28, Dic 2020

Estantería del año

Retomo aquí algunos apuntes de los libros de este año que han reflexionado sobre la naturaleza de nuestros desafíos políticos.

Se han publicado muchos ensayos que sobre la crisis de la democracia liberal en el mundo. Textos teóricos, apuntes sociológicos, crónicas y denuncias. Uno de los apuntes más interesantes que he leído es el libro que publicó Anne Applebaum. Su reflexión se distingue del resto porque apunta al impacto personal de la polarización. La intensificación del conflicto rompe amistades y familias. De eso habla en El crepúsculo de la democracia. La periodista, ganadora de un premio Pulitzer, recuerda el optimismo con el que se recibió el siglo y la animosidad que prevalece hoy. La enemistad no solamente impide el acuerdo entre políticos, rompe familias. ¿Es posible la amistad en esta atmósfera? se pregunta la periodista.

Escapando de Putin, Masha Gessen entendió como nadie a Donald Trump. Cuando éste ganó la elección, advirtió el peligro que significaba el demagogo. Sonó la alarma de inmediato para gritar que Trump ponía en riesgo a la democracia y para pedir que la amenaza se tomara en serio. El artículo que envió al New York Times le pareció desmesurado a la mesa de redacción. No se publicó ahí sino en el New York Review of Books, donde encontró millones de lectores. Trump había ganado no como candidato a presidente sino como candidato a dictador, decía. A finales de su gobierno, un poco antes de la elección, publicó como libro su diagnóstico del fenómeno Trump. Lo ha traducido la editorial Turner al español. Ahí aborda una marca de la comunicación del autócrata: la mentira del poder. Se trata dice Gessen de una mentira que no es ocultamiento ni maquillaje. Es la palabra que se utiliza para demostrar quién manda. Es una afirmación que negando lo ostensible, planta un reto a los aliados y es una amenaza al resto: ¿te atreves a confiar en tus ojos o demuestras lealtad a la palabra del Supremo?

Dos textos importantes sobre el populismo se tradujeron al español este año. El primero es Yo, el pueblo, de Nadia Urbinati, el segundo es El siglo del populismo, de Pierre Rosanvallon. Ambos pretenden esclarecer un fenómeno crucial de nuestra era que sigue escurriéndose al concepto. En Urbinati se advertirá el carácter irremediablemente faccioso del discurso y la práctica populistas y en la Rosanvallon la importancia de ese régimen de pasiones y emociones que no puede seguir siendo menospreciado como irracionalidad.

La pandemia no es solamente un reto epidemiológico, sino un epistemológico, escribió Daniel Innerarity en su Pandemocracia, el librito que aparece como una especie de postfacio a su Democracia compleja. No resulta fácil comprenderlo políticamente; el reflejo de la política tradicional nos empuja a definirlo, por su gravedad, como una guerra. Esto es una guerra contra el enemigo invisible, se dice por todas partes. Será otra cosa muy distinta porque lejos de una política de combate se requiere de una política del cuidado. En esa política reaparece la necesidad de contar con capacidades estatales y la disposición a confiar en los expertos que se conducen con verdad.

El economista francés Thomas Piketty exploró en su nuevo tabique los regímenes de la desigualdad. Capital e ideologia, más que el libro de un economista, es el libro de un historiador de la cultura que desentraña las justificaciones de la desigualdad a lo largo del tiempo. La base de la desigualdad, sostiene, es más ideológica y política que propiamente económica. ¿Qué cuentos nos hemos contado para legitimar la disparidad de cargas y beneficios? El más reciente es seguramente el mérito: quien goza de ventajas se las merece. Por su esfuerzo, por su creatividad, por su talento, se ha ganado lo que disfruta. A derribar ese mito se dedica La tiranía del mérito, de Michael Sandel. La idea de la meritocracia suena bien: el lugar que ocupo es el que me he ganado con el sudor de mi frente. Pero eso que llamamos meritocracia no suele ser recompensa al esfuerzo personal sino, más bien, reflejo de azares, ventajas iniciales y aportaciones colectivas. Es contra la santa autonomía liberal que se planta Sandel. Nadie es el arquitecto solitario de su destino.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
14, Dic 2020

Alianza de espectros

El sistema de partidos recibió dos golpes mortales. El primero fue el Pacto por México. El segundo la elección del 18. Tras esos dos golpes, los tres órganos de la competencia electoral quedaron hechos trizas, sin que hubieran aparecido alternativas. No tenemos partidos porque los tradicionales perdieron hasta el sentido de sí mismos y el que recibió la mayoría está lejos de ser, propiamente, partido.

Vale regresar a los primeros días del gobierno peñista para aquilatar el golpe que recibió entonces la estructura de competencia. El acuerdo evenenó a los tres partidos. Como palanca reformista fue, sin duda, eficaz. Puso en movimiento una máquina que estaba detenida, pero el costo de esas reformas efímeras fue gigantesco. La corrupción del peñismo embarró a todos los firmantes, destruyó su identidad, resquebrajó su cohesión, los convirtió en cómplices de una administración aborrecible. Aquel pacto no fue un acuerdo de Estado, sino una alianza de resentimientos. Para la dirigencia del PAN fue la oportunidad de sacudirse el maltrato del presidente Calderón. Para los perredistas fue el instrumento para marcar distancia de López Obrador.

El pacto por México formalizó lo que un politólogo alemán ha llamado “cartelización” de los partidos políticos. Peter Mair se refiere al entendimiento entre organizaciones que, en lugar de recrear la competencia, se asocian para repartirse las rentas del Estado. Los antagonismos desaparecen, las alarmas se apagan, los desacuerdos no abordan lo crucial. Bajo este esquema, los partidos pueden ser adversarios en el momento electoral, pero después de la elección trabajan por el interés común: su beneficio La democracia pierde sentido cuando los partidos dejan de animar los desacuerdos. Ese fue el impacto de la coalición peñista. Destruyó en la ciudadanía las brújulas de la crítica. Por eso fue imposible para Acción Nacional y para el PRD presentarse como opción confiable.

La elección del 2018 fue el segundo golpe de muerte. Si el primero fue resultado de negociaciones cupulares, el segundo fue una paliza de votos. El rechazo a los partidos tradicionales fue contundente. El apoyo electoral a quien representaba el polo opuesto a esa componenda fue igualmente claro. Pero a la derrota no vino en los partidos una revisión crítica del pasado reciente, una reagrupación para organizar la oposición, no aparecieron liderazgos frescos, no se libraron batallas parlamentarias, no se ocuparon espacios en los medios. Tras la derrota, la nulidad. Lo más grave para las oposiciones no fue la pérdida de asientos, sino la ofuscación. Las oposiciones no tienen, hasta el momento, idea de qué son, dónde están, ni qué quieren.

Producto de esa confusión existencial es la alianza que han anunciado en días recientes. Los partidos que no han sabido cómo plantar cara al gobierno se asocian ahora para competir contra su partido. Han tomado dos años de vacaciones y ahora nos anuncian que han regresado para asociarse. Es cierto que no hay buenas opciones para esas organizaciones y podría parecer una decisión de entendible pragmatismo pactar para colocarse en una plataforma competitiva. Lo dudo. Ya sabemos que las coaliciones no suman los votos de los coaligados, que los pactos desalientan a los simpatizantes y confunden a los votantes. Esta alianza no atrae a nadie porque no fue precedida de la depuración que habría sido de esperar tras una derrota tan severa. Porque no ha sido defendida públicamente con argumentos persuasivos. Porque no tiene figuras confiables. Sin renovación, ésta es una coalición de los peores. La corrupción del peñismo, más los destrozos del panismo, más la arrogancia de los oligarcas. La coalición antimorena enfatiza los peligros de un gobierno tan incompetente y tan voraz como el que padecemos, pero lo hace desde una añoranza que no puede ir muy lejos. La esperanza de este pacto es que el reciclaje de lo que fue derrotado hace tres años avance impulsada por la ineptitud del gobierno actual.

Los arquitectos de esta alianza imaginan la formación de un bloque parlamentario que haga muralla a las ocurrencias presidenciales. Es improbable que eso ocurra. La alianza electoral, si llegara a tener éxito, no será el fundamento de un bloque opositor en el Congreso. El PRI seguirá siendo, como hasta ahora, un partido al servicio del presidente. La alianza no es solamente alimento para la retórica de la polarización. Puede terminar siendo apoyo de la coalición oficialista.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook