Lunes

14, Sep 2020

La pedagogía

Hace unos días, Soledad Loaeza describía el pesar que le provocaba la degeneración del lenguaje oficial y el aire de persecución que sopla desde el poder. “Jamás imaginé que llegaría un tiempo en que alguien creyera que podía decirle a otro mexicano que se fuera de México.” A esas hemos llegado en la veloz degeneración del discurso público bajo el gobierno de López Obrador. No es cualquier persona quien sugiere el destierro. Es un funcionario cultural quien invita a los críticos a abandonar el país como si México le perteneciera solamente a los devotos del presidente. Pero en ese país estamos. Es el México en el que un funcionario gubernamental puede decir públicamente que los críticos del gobierno deben callar o largarse del país, y después de decirlo, mantenerse en su puesto. Es el México en el que el mismo comisario niega patriotismo y aún ciudadanía al disidente. Ellos no son mexicanos, dice. Sólo nosotros tenemos patria. Para el perseguidor solo son patriotas los que están con su caudillo. Los otros son traidores que deben ser tirados por la borda. Quien hoy llama al exilio de los críticos entendía la victoria del 18 como una la oportunidad de vejar al otro. El voto por López Obrador era para él un permiso para vejar: “se las metimos doblada,” dijo mientras festejaba que en el México de la revolución lopezobradorista las reglas no tenían por qué entorpecer el capricho presidencial. La procacidad, el machismo estúpido de aquel dicho en la Feria del Libro es lo de menos. Lo abominable de aquel desplante es el entendimiento del triunfo electoral como permiso para ultrajar a los derrotados.

El llamado al destierro lleva al extremo la intolerancia presidencial, es decir, expone su verdadera naturaleza. El director del Fondo de Cultura Económica dice, con todas sus letras, lo que el presidente insinúa. Los dichos repulsivos de Paco Ignacio Taibo II pueden ser un poco más brutales y más pedestres que lo que dice a diario el presidente, pero no se desvían de la ruta que López Obrador ha trazado para definir la batalla de su gobierno. Nos ha dicho de mil formas que los adversarios de su proyecto no son mexicanos con ideas equivocadas o propuestas inconvenientes. Son traidores. Por eso permanece al frente de una gran institución de cultura quien pide el destierro de los críticos.

El asedio presidencial es cada día más alarmante. La tribuna pública se usa cotidianamente para el escarnio, para la calumnia, para la estigmatización de las voces independientes. Por dar cuenta de la corrupción asociada al partido en el gobierno y a la familia política del presidente, Reforma fue descrita hace unos días como un “pasquín inmundo.” El presidente arremetió contra el diario, aunque la información fuera confirmada. Ese es el lenguaje que emplea el presidente de la república para referirse a los medios críticos. Las voces independientes le provocan asco. Decir esto desde el Palacio Nacional no es la expresión de un ciudadano que expresa sus ideas, sino un abuso de poder. Lo es porque invita a la agresión de otros, porque es un mensaje que dificulta las labores profesionales del medio, porque acorrala a socios y anunciantes. Si esto no es censura directa, es una brutal embestida contra las libertades.

Digo que el acoso presidencial es preocupante no solamente por las consecuencias que su agresividad tiene en el clima de la prensa y la actividad de las organizaciones cívicas, sino también porque representa una fuga de sus responsabilidades elementales. Sin palabra para las crisis que enfrentamos, sin otra receta que la terquedad y la fe para encarar el cataclismo económico, obsesionado con proyectos que son cada vez más visiblemente absurdos y costosos, el presidente se aferra a sus antipatías. No sale de ellas y en ellas parece encontrar consuelo. Es ahí, en su pleito con medios e intelectuales, con medios y organizaciones sociales donde encuentra impulso, es ahí donde ha ubicado el sentido de su administración.

No tengo propuestas, nos dice diariamente el presidente, les ofrezco pleitos con historiadores, revistas y periódicos. Pedagogía política, le llama.¨

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07, Sep 2020

¿Por qué murieron los partidos políticos?

Vuelvo a una conversación de Julio Scherer con Octavio Paz en 1977. El periodista invitaba al poeta a reconstruir su itinerario político. Caminaban juntos todas las estaciones de su vida. Al llegar al presente, Paz no encontraba muchos motivos para el optimismo. “No veo el porvenir de México”, decía. La derecha era una clase “acomodaticia y oportunista.“ Y la izquierda, “murmuradora y retobona” pensaba poco y discutía mucho. Paz se hacía entonces una pregunta que no se hacían los politólogos: “¿por qué no hay partidos políticos en México?” Si hubiera partidos en el país, decía, Reyes Heroles no habría tenido necesidad de inventar la reforma política.

Hoy deberíamos hacernos otras preguntas: ¿Por qué desaparecieron los partidos? ¿Por qué tuvieron tan corta vida? ¿Por qué no echaron raíces? ¿Por qué reaparece en el siglo XXI I el personalismo como criterio de identidad política y se esfuman las brújulas de partido? ¿Cómo se atreve la nueva mayoría a ofrecer la lealtad a un caudillo como único criterio de orientación? En el fracaso de nuestros partidos se resume el fracaso de la democracia mexicana.

Hablo del fracaso de los partidos porque registro que una existieron y dieron vida al régimen de la transición. Fueron abrigados por las leyes y mimados con el presupuesto. Ocuparon el espacio de las instituciones, se instalaron en los congresos, se relevaron en las oficinas gubernamentales. Y en la elección del 2018 fueron borrados del mapa. El hecho crucial de la política mexicana es ése: la desaparición de los partidos políticos. La destrucción del régimen de partidos es el dato crucial de nuestra vida democrática. No hay asunto tan relevante para la política mexicana contemporánea como ese: perdimos las brújulas, los contrapesos, las reglas, los cauces y correctivos, las advertencias que se alojan en esas instituciones tan antipáticas. Frente al motor caprichoso y trastornado de la presidencia de la república no hay nada. No hay un partido en el gobierno que construya una nueva institucionalidad, que cultive una identidad fresca, que promueva participación, sino una organización dedicada a un culto de personalidad. A descifrar la infinita sabiduría del “obradorismo”, a recitar su padrenuestro se dedican ahora quienes quieren dirigir esa organización: ¿quién será el más devoto entre todos los candidatos, quién el más fiel, quién el más reverente? Esa parece ser la naturaleza de la contienda en Morena.

En el escenario no hay tampoco oposiciones que vigilen con atención la marcha del gobierno y denuncien sus desvaríos. No hay quien prepare el terreno para las elecciones intermedias ni las que siguen. Y no hablo solamente del debilitamiento numérico de los partidos tradicionales, de su pequeñez en el legislativo, de la pérdida de sus votos. Hablo, sobre todo, de su desorientación, de su incapacidad para entender la sacudida del 18. Acción Nacional no levanta cara porque, desde el triste momento en que ganó la presidencia, no sabe qué quiere. Fue víctima de su victoria y desde el 2000 no encuentra sitio en la política mexicana. Primero fue ignorado por Fox, luego humillado por Calderón. Se subió después al carro del peñismo y quedó tiznado por aquella alianza. Su apuesta del 18 terminó por borrar lo que quedaba de su identidad ideológica. Dudo que alguien que lea este artículo conozca el nombre de su dirigente nacional, que conozca sus posturas sobre la marcha del gobierno o que imagine lo que desea el viejo partido anticardenista. El PAN, ese partido que habría de ejercer naturalmente la oposición, no es nada. El PRI no es siquiera una oposición confundida y callada. Actúa, más bien, como un colaborador del gobierno que pretende disminuir los costos de sus escándalos recientes. Un partido irrelevante en busca de impunidad. Del PRD no creo que valga decir ni esta palabra.

La crisis de los partidos no es de anoche. Ninguno de los partidos del tripié de la transición entendió su responsabilidad en la construcción del pluralismo democrático. Ninguno de ellos asumió su deber desde el gobierno ni desde la oposición. Los partidos no se tomaron en serio como instituciones, no cuidaron sus reglas, no alentaron el debate interior, no cultivaron liderazgos públicos. Fueron presa de las camarillas y los caciques; se dedicaron a la trampa. Y nos hacen falta.

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31, Ago 2020

Macartismo

Hay ya mesas en los parques que piden apoyo para encarcelar expresidentes. Se convoca en esos términos: ¿quieres que Salinas, Peña y Calderón vayan a la cárcel? Esa es la pregunta que se hace desde el partido en el gobierno. No se trata, por supuesto, de unos cuantos espontáneos. Siguen todos ellos la insistente invitación del presidente de la república. En algunos otros lugares del país donde se recogen firmas se simula que se pide un juicio, pero nadie duda de que buscan lo mismo: apoyo para una condena. ¿Quieres la hoguera para quienes odias? El espectáculo de estas mesas me parece monstruoso. No porque los expresidentes estén por encima de la ley, sino precisamente porque han de ser tratados de acuerdo a la ley. Ni más ni menos.

Se pone a los expresidentes en el mismo costal como si judicialmente pudiera tratárseles en paquete; no se identifica un delito concreto que motive el juicio; no hay, por supuesto, una prueba que pudiera aquilatar el firmante ni mucho menos posibilidad de que los incriminados en la plaza pública levanten la voz en su defensa. Se pretende esclavizar a una fiscalía que debería estrenar autonomía; se politiza de la manera más pedestre lo que debe ser rigurosamente técnico; se conculcan los derechos más elementales. Esto no es una fiesta democrática. Esto no tiene nada que ver con la democracia participativa. Esto es una escena de la barbarie, la perversión más grotesca del voto: hacer de la impopularidad razón suficiente para la inquisición. Organizar, desde el poder, el linchamiento de los vencidos.

Poner a votación popular el inicio de un proceso judicial es una barbaridad desde donde quiera verse. Si los expresidentes cometieron delitos, no hay obstáculo alguno para que se les procese. No se necesita, para el juicio, permiso de nadie. Es más: solo habrá juicio auténtico si la fiscalía y los jueces miran y ponderan las pruebas, escuchan la defensa y cierran los ojos a las demandas de la plaza y las insinuaciones del palacio. Lo más alarmante es, quizá, que el absurdo haya avanzado hasta este punto sin que haya retenes de racionalidad en el gobierno federal. Nada ha hecho, por lo menos públicamente, la antigua ministra que formalmente encabeza la Secretaría de Gobernación. Ante el delirio, el silencio. Podría confiarse en que la Suprema Corte de Justicia parará este despropósito monumental si el caso llega a sus manos, pero aún si la bóveda resiste la demagogia, el daño será inmenso y muy benéfico para la causa de la polarización y la desinstitucionalización populista.

“No quiero parecer verdugo,” dijo el presidente en aquella lamentable conferencia. ¿Será necesario subrayar la palabra “parecer”?

Votar no es sinónimo de democracia. Una votación que pretenda arrebatar derechos no es más que el encubrimiento popular de la autocracia. La calumnia tampoco es ejercicio de transparencia, como dice el presidente. Hace unos cuantos días volvió a la carga para descalificar al Gobernador del Banco de México con información equivocada y a cuestionar a sus críticos llamándoles desleales. No rebatió sus cuestionamientos. Se lanzó, como acostumbra, a golpear su honorabilidad. ¡Quienes cuestionan mis proyectos reciben dinero de fuera! Lo que escuchamos fue una denuncia de actividades antimexicanas. No se acusaba a ninguna organización de cometer un delito, de violar reglas o de engañar a la gente. Se acusaba a entidades de la sociedad civil de ser agentes extranjeros con la perversidad de quien insinúa sin comprometerse con una denuncia. El presidente, difundiendo un documento que misteriosamente había llegado a sus manos, no señala ninguna ilegalidad, pero atiza la sospecha… y se deleita.

Esto tiene un nombre: es macartismo. Acusar en la plaza pública sin mayor prueba que el rumor, insinuar traiciones a la nación, regocijarse con los soplones, imaginar la conspiración en todas partes. En eso ha caído la hábil manipulación lopezobradorista de la rabia colectiva. Macartismo. El presidente no siente necesidad de probar nada de lo que dice. Quien nada debe, nada teme, dice para rehuir la responsabilidad de sus palabras. Lanza acusaciones y cultiva los efectos. El temible senador McCarthy fue un tirador de bombas, dijo el crítico Louis Menand. Tal vez fue lo único que fue.

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24, Ago 2020

La política del estigma

El estigma, no el castigo, es lo que busca el presidente López Obrador. Lo ha dicho muchas veces y no cabe duda de que es congruente en su actuar. Promueve la repulsa, aunque obstruya con ello el camino de las instituciones de justicia. Lo que al presidente indigna en realidad no es la impunidad, es el aplauso que recibe el tramposo, la envidia que genera su botín. La anécdota la cuenta tres o cuatro veces a la semana: antes de su feliz triunfo, los pillos eran visto popularmente como astutos ejemplares. Se paseaban sin encarar el rechazo de la gente. Por eso cree que, para terminar con la corrupción lo que importa en realidad no es llevar a los delincuentes a la cárcel, sino que los cubra la mala fama, que los persiga por siempre el desprecio público. Ese castigo, popular y difuso, es lo que busca activamente el presidente. Piensa en una sanción fulminante que no necesita seguir el engorro de esos procedimientos que suelen controlar los abogados. A cualquier imagen incriminatoria, a cualquier acusación que involucre a sus adversarios da inmediatamente la máxima publicidad para que la opinión aplique sus castigos.

La política del estigma, impropia de un jefe de Estado, aleja la verdad y dinamita el proceso legal. No dudo que, en el corto plazo, esta urgencia de exhibir resulte rentable: tal vez ayude a fortalecer la imagen de un presidente que combate a los corruptos y puede aniquilar a las oposiciones que están ya en condición agónica. Pero, tarde o temprano, esta estrategia atenta contra el propósito declarado de combatir la corrupción. La exhibición de estos materiales, la condena desde el púlpito presidencial pone en riesgo la viabilidad del proceso. Al usar la tribuna de ese modo, el presidente obstruye al tribunal. Lo han advertido muchos abogados en estos días. Si desde la máxima figura del gobierno se viola la presunción de inocencia puede contaminarse irreversiblemente el juicio. La verdad y no solamente la justicia se nos escapa también con este mal periodismo que es peor política. Cuando el presidente acoge como confiables y difunde dichos de un delincuente confeso que no aporta prueba alguna de sus dichos, glorifica el chisme que mezcla verdades con inventos y con ello aleja la esperanza de conocer.

El conocimiento de las trapacerías de los gobiernos anteriores es vital para el país. Castigar a quienes han usado los cargos públicos para beneficio personal es igualmente indispensable. Me temo, sin embargo, que el afán de estigmatización y el desprecio por los rigores de la ley nos conduce al rumbo contrario: impunidad y confusión. Con esta política de la estigmatización se alentará la indignación y la frustración. Las consecuencias de esta estrategia pueden verse a la vuelta de la esquina: rabia y desconfianza. Irritación por los escándalos y decepción por la incapacidad para aplicar con ejemplaridad la ley. Los pillos se reirán de nosotros y seguramente algunos inocentes quedarán tiznados.

La justicia ha de estar por encima de la ley, repite con frecuencia el presidente López Obrador. Lo decía en la oposición y lo sigue diciendo desde Palacio Nacional. Ser la cabeza del Estado mexicano no ha modificado su convicción de que puede alcanzarse la justicia por caminos distintos a los del derecho. Habrá entonces preciosas transgresiones a la ley. La convicción justiciera que se desentiende del respeto por las formas y los procedimientos legales, que ignora derechos y desborda competencias legitima el capricho del más fuerte, quien definirá como justicia su propio interés. No es raro ver, entonces, que el presidente sólo advierta injusticia y delito en la conducta de sus adversarios. Los delitos que cometen los suyos resultan admirables aportaciones a una causa heroica. La causa es justificación plena. El santo se siente tan lejos de las tentaciones mortales que confiesa conductas delictivas públicamente sin el mayor asomo de culpa. Sus pecados son actos de sublime patriotismo.

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17, Ago 2020

Esto no es una distracción

Muchos críticos del presidente quieren pintar los juicios a los personajes encumbrados del pasado reciente como un circo que desvía la atención de los verdaderos problemas del país. Dicen que se trata de un espectáculo mediático, una distracción que pretende ocultar los dramas de la economía, la salud, la seguridad. Que los juicios sirvan al relato de la administración no significa que sean maquinaciones para encubrir las desgracias del presente. Se trata de procesos cruciales para la vida pública. Caminos para conocer la verdad y aplicar la ley. Conocer y castigar.

Los dos personajes que se encaminan a juicio son piezas cruciales de las administraciones recientes. Uno está preso en una cárcel de Estados Unidos. El otro recibe trato privilegiado administrando el proceso desde su casa. Las acusaciones que cada uno enfrenta tocan el corazón de aquellos gobiernos. El encargado de la lucha contra la delincuencia en el gobierno de Felipe Calderón, al servicio de una organización criminal. El director de la empresa pública más importante del país, una bisagra de sobornos. Cada uno representa, a su modo, el corazón de los gobiernos a los que sirvieron. El combate a la delincuencia que inauguró la guerra que nos sigue matando y la política energética que simbolizó las llamadas “reformas estructurales” del Pacto por México. ¿Quién puede ignorar la gravedad de las acusaciones contra estos favoritos? ¿Quién desearía que esos juicios se esfumaran de la atención pública? Se trata de dos asuntos fundamentales para la salud pública.

Por el papel que desempeñaron y por la naturaleza de las acusaciones que enfrentan, los casos de García Luna y de Lozoya son juicios a las dos herencias más perniciosas de los gobiernos recientes: la violencia y la corrupción. La barbarie y el cinismo son, en efecto, el legado más perverso de los gobiernos que prepararon la llegada de Andrés Manuel López Obrador. La violencia que se disparó con Calderón y el obsceno desfalco del peñismo. A los jueces, por supuesto, no corresponde la ponderación histórica o la evaluación política de estas administraciones. Solo, y de manera estricta, les toca la evaluación jurídica de los delitos que pudieron haberse cometido desde el poder. Pero en el camino judicial, entre pruebas, alegatos y testimonios, el país podrá confrontar una parte esencial de su pasado reciente.

El ascendiente del lopezobradorismo tiene dos puntales. El primero es la emoción antioligárquica y el segundo es la rabia contra la corrupción. El disco presidencial gira alrededor de esos motivos. Dos indignaciones legítimas y poderosas. Es por ello que las acusaciones a los cercanísmos colaboradores presidenciales caen–aquí sí–como anillo al dedo del relato oficial. Sirven como demostración de que las prioridades de las administraciones previas, la recuperación del orden y la modernización pactada, fueron en el fondo, pantallas de corrupción. El país necesita conocer la verdad que puede surgir de los juicios. Debe exigirse, por supuesto, lo elemental: imparcialidad en el proceso, transparencia, respeto pleno a los derechos de los acusados.

El futuro cercano no es atractivo para el país. No lo es tampoco para el presidente. Más allá de su propensión al autoengaño, debe saber que la promesa de prosperidad equitativa se ha desmoronado. El virus y la demagogia han logrado borrar cualquier posibilidad de crecimiento. Si el presidente retiene en algún rincón íntimo de su cerebro un gramo de sensatez, debe reconocer que en los años que vienen prosperará solamente la fábrica de pobreza. Tampoco parece fácil ser optimista en cuanto a las perspectivas de la pacificación. Por ello el optimismo del gobierno no puede más que refugiarse en el pasado. Lo único que puede ofrecer esta administración como prueba de su novedad es el castigo. No habría que menospreciar el impacto que los encarcelamientos ejemplares pueden tener en la opinión pública y en la imagen presidencial. El combustible del escarmiento no es menor. No lo es porque pone contra la pared a las oposiciones que siguen sin dar pie con bola, y porque corrobora la línea básica del relato oficial. El único complemento concreto a la saliva presidencial pueden ser las rejas.

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10, Ago 2020

La comedia del populismo

Hace unos días el presidente Trump concedió una entrevista al reportero australiano de Axios, Jonathan Swan. Es un retrato invaluable no solamente del patán que ocupa la Casa Blanca, sino de ese estilo argumentativo del populismo que se convierte, involuntariamente, en material cómico. Algunos videos han agregado tonaditas de comedia para subrayar lo risible, pero, a decir verdad, es innecesario. No hay que agregarle nada para registrar el valor cómico de su actuación.

El presidente Trump insistía, contra toda evidencia, que su país ha manejado admirablemente bien la crisis sanitaria y para ello sacó del guante un papelito que pretendió usar como prueba irrefutable. La gráfica que mostraba contrastaba casos y muertes, pero se desentendía de lo crucial: la proporción de muertes que toma en consideración la población. El orgullo de Trump es, por supuesto, absurdo. La clave para valorar la política sanitaria de un país es, en efecto, la cantidad de muertos por habitantes. Pero Trump se aferra al dato insignificante, como si pudiera salirse con la suya. Su cinismo es desorientación extrema. La máxima eficacia cómica aparece cuando el embustero se aferra a la mentira que nadie cree, cuando se desprende de todo estorbo de decencia para insultar al admirable y cuando se glorifica sin pudor alguno.

La entrevista parece, en efecto, entresacada de un programa cómico. El personaje es un sujeto sin ningún respeto por la verdad, un hombre de limitadísimo vocabulario que repite una y otra vez elogios a sí mismo y que miente con la naturalidad con que respira, exhibiendo reiteradamente su incapacidad para procesar la realidad palpable. Se describe como el hombre más valioso del universo, como el mejor jefe del mundo, al tiempo que revela su incompetencia, su ignorancia, su insensibilidad y su vanidad. Las afirmaciones de Trump no son, como las de tantos políticos, maniobras retóricas para encontrar el perfil más ventajoso. No son apuestas al olvido ni promesas que puedan llegar a incumplirse en un futuro próximo. Son mentiras grotescas y rotundas. Al momento que se emiten, son ya insostenibles. Son mentiras de un nuevo tipo, dice Masha Gessen, cuyo libro más reciente comenté hace poco. Son las mentiras que no tienen como propósito esconder o maquillar. Lo que buscan es demostrar que el poder lo tiene él y que por ello puede decir cualquier cosa. Decir, por ejemplo, que Estados Unidos lo ha hecho bien en la lucha contra el contagio, cuando es el país con mayor número de muertes en el mundo.

Digo que la entrevista parece acto de comediante, porque la disonancia entre las expectativas que tenemos de quien dirige un país y lo que expresa ese hombre no podría ser mayor. Negación flagrante de la realidad, utilización de datos absurdos para hilvanar argumentos insostenibles; un brutal desprendimiento afectivo que se aferra a sus limitadas fórmulas verbales. Ante la muerte de un admirado héroe de la lucha por los derechos civiles, el comediante tiene el atrevimiento de decir: ese fulano no vino a mi fiesta.

Las marcas de esa comedia trumpiana son, tal vez, señales del involuntario humorismo populista. Hay ahí riquísimos materiales para la comedia: apelar a una realidad alternativa que nadie más registra; invocar el mismo cuento sea cual sea la circunstancia; aferrarse al extravío denunciando que el resto del mundo está perdido y conspira contra la justicia; emplear un discurso de identidad que se desprende de cualquier consideración lógica; venerar la estatua del caudillo que encarna al Pueblo, la Historia y la Moral. Nuestro standup matinal sigue una pista parecida. La función cotidiana del egocentrismo es el espectáculo de un hombre perdido que no se da cuenta que está perdido. Un hombre que ha dejado de saber qué suelo pisa y que repite, como si fueran hallazgos de su creatividad genial diez frases y cuatro cuentos. En cada función, el protagonista reclama para sí el sitio de la inmortalidad, al tiempo que muestra su inhabilidad para formar un equipo y administrar un presupuesto. Y así pregunta el comediante supremo: ¿de qué se quejan los burócratas si no tienen una computadora? ¿Protestaba Benito Juárez por la calidad del internet? (Las risas que se escuchan no son grabadas porque las aportan sus patiños.)

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03, Ago 2020

Sobrevivir la autocracia


Hace casi cuatro años, el New York Times pidió a una serie de periodistas extranjeros una reflexión sobre la elección de Donald Trump. ¿Cómo se veía ese acontecimiento desde fuera? Una de las miradas que el diario convocaba entonces era la de Masha Gessen. Gessen había vivido entre Rusia y los Estados Unidos, había publicado una biografía de Putin y participado en las luchas de la comunidad LGBT en ambos países. Bajo la amenaza de perder la custodia de su hijo por la legislación homófoba del autócrata ruso, se instaló definitivamente en los Estados Unidos. Pero su refugio pronto empezó a parecerse a su lugar de origen. Con horror vio el ascenso del millonario neoyorquino y anticipó que tendría altas probabilidades de ganar la presidencia. Veía en Trump a un remedo de lo que vio y padeció en Rusia. Trump no era simplemente un demagogo. Un patán oportunista, sin el menor sentido de la decencia. Era el primer hombre que se había postulado abiertamente para ejercer de dictador de los Estados Unidos.

Gessen, quien se define como persona no binaria, escribió el artículo que le había solicitado el New York Times, advirtiendo precisamente eso: Trump es un autócrata y representa un peligro serio para la democracia de los Estados Unidos. El diario consideró que el texto era alarmista y que la mera consideración de que la sacrosanta democracia norteamericana fuera mortal, resultaba indigna de aparecer en las páginas de opinión del diario. Por ello, el periódico dio las gracias a Gessen y rechazó el texto. Lo publicó poco tiempo después el New York Review of Books y se convirtió en uno de los ensayos más leídos de su historia. Millones escucharon en línea su grito de alarma. Se trataba de un instructivo para sobrevivir la autocracia. De su experiencia en Rusia, Gessen extraía deberes cívicos elementales. Había que creerle, en primer lugar, al autócrata. Hay que tomarse en serio sus palabras. Cuando dice que tiene la intención de poner a sus opositores tras las rejas, cuando habla de golpear a los críticos en sus manifestaciones, cuando inventa sus propios datos, hay que escucharlo. Quien no respeta la dignidad de los demás, quien entiende el poder como despliegue de fuerza es un autócrata, aunque use las plataformas de la democracia. Por eso no hay que normalizar el trato con el autócrata y mantener viva la flama de la indignación.

Aquel artículo se ha convertido en un libro crucial para entender nuestra era. Sobreviviendo la autocracia, es el título. El candidato a dictador se exhibe cada día con mayor claridad. Todo autócrata sueña con la crisis que le permita desentenderse de las reglas, los hábitos y los procedimientos democráticos. Una urgencia, un enemigo que permita poner fin a los miramientos liberales. La crisis llegó como una emergencia sanitaria y, al tiempo que ha exhibido la ineptitud del gobierno norteamericano, ha revelado también sus reflejos autoritarios y abiertamente fascistas. En México lo vio muy pronto Letras libres. Temiendo el resultado de la elección inminente, dedicó su edición de octubre de 2016 al “fascista americano.”

La reacción del presidente Trump ante las protestas antirracistas que hace un par de meses recorrieron las ciudades de los Estados Unidos desde fines de mayo fue una “escenificación del fascismo” dijo Gessen. El teatro presidencial se ajusta a la retórica y a la estética fascista. Ver el poder como la fuerza de un ejército que impone orden a golpes y que atemoriza a los manifestantes con el sobrevuelo de los helicópteros militares. Y el jefe del gobierno caminando con un grupo de leales a las puertas de una iglesia para levantar la mano derecha y enseñar una biblia.

En días recientes han sonado desde la Casa Blanca dos amenazas gravísimas. Primero le advirtió a un periodista de la cadena Fox que no puede comprometerse a reconocer los resultados de la elección de noviembre si estos le son desfavorables. El presidente grita todos los días que el correo que usarán millones para votar no merece confianza y amenaza con desconocer los resultados de la elección de noviembre. Esta semana ha dado un paso más sugiriendo que la fecha de las elecciones podría aplazarse. No hay precedente de esas dos amenazas: desconocer los resultados de la elección o posponerla hasta la fecha que al autócrata le convenga.

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28, Jul 2020

La tarea de la Fiscalía

La fiscalía federal tiene una responsabilidad enorme en la conducción del proceso contra el exdirector de Petróleos Mexicanos. Las acusaciones tocan el núcleo del viejo poder. La manera de competir en elecciones; el uso de los recursos públicos y el modo de lidiar con las oposiciones. Dinero ilegal para financiar una campaña; recursos públicos para beneficio privado y, de acuerdo a la revelación reciente, compra de votos en el Congreso. Corrupción electoral, administrativa y política. Sucio el acceso al poder, sucia la gestión pública, sucio el trato con los legisladores. No es fácil encontrar un caso semejante en la historia reciente. No solamente por la gravedad de los cargos y la vastedad de su impacto, sino también por la disposición del acusado para colaborar con la fiscalía y aportar elementos que muestren la red de corrupción del gobierno de Enrique Peña Nieto. La oportunidad es extraordinaria. Los riesgos también son enormes: la investigación puede pervertirse políticamente, puede ensuciarse con revelaciones indebidas, puede usarse más para el estigma genérico del pasado que para la severa aplicación de la ley. El país merece una investigación y un proceso ejemplares.

La lucha contra la corrupción, bandera fundamental del gobierno de López Obrador, tiene en este caso su prueba definitiva. Esa política no puede quedar en la prédica cotidiana del presidente ni en sus invitaciones a portarnos bien. La lucha contra la corrupción no avanza con parábolas y sermones. No camina con soplos y filtraciones a conveniencia del poder. La lucha contra la corrupción necesita verdad y castigos. ¿Marcará el caso del antiguo director de PEMEX un cambio histórico?

Me parece promisorio, por una parte, que el caso de Lozoya permita terminar con las purgas que se convirtieron casi en un rito de inauguración presidencial. Cazar a una figura relevante para mostrar determinación política, pero detenerse en el símbolo sin abordar el complejo arraigo de la corrupción. El caso que tenemos en frente anuncia otra cosa. Mi cliente no se mandaba solo, decía el abogado que lo representó hasta hace poco. No es absurdo anticipar por ello que las acusaciones desemboquen tarde o temprano en el expresidente de la república y alguno de sus colaboradores más cercanos. Lo importante del caso es que puede ser el hilo que descubre y prueba la intrincada madeja de corrupción. Romper el tabú de la presidencia intocable, terminar el cuento del pillo solitario sería, sin duda, un cambio histórico para México. A la Fiscalía le corresponde fundar una acusación sólida que explore todas las conexiones y complicidades del caso.

Por otra parte, hay también elementos inquietantes en la manera en que se ha conducido el proceso. Poca transparencia, filtraciones, comentarios indebidos del presidente de la república. Las filtraciones que han trascendido parecen la redacción de un libreto por encargo. Un golpe dirigido a los enemigos del anfitrión que recibe generosamente a un invitado. Habrá que ver si aparecen efectivamente pruebas de las acusaciones que se han hecho públicas, pero hasta el momento, resultan, por decir lo menos, extrañas. Me llama la atención, por ejemplo, que los legisladores del partido “verde”, esos cínicos que han bailado siempre al compás del ganador y que ahora son aliados del gobierno, no son acusados por el delator de ninguna conducta impropia en las negociaciones del pacto por México y que el golpe de las filtraciones se dirija casi en exclusiva a los enemigos sobrevivientes: el PAN de ayer y de antier.

La captura de un funcionario no es justicia Tampoco lo son la nube de acusaciones y filtraciones que hemos conocidos en las últimas horas. Todo eso puede ser buena munición política. Para el gobierno es una bolsa de oxígeno ante la catástrofe sanitaria, económica y de seguridad que enfrentamos. Un arsenal invaluable para la batalla electoral que está a la vuelta de la esquina. Para las oposiciones, si es que todavía puede hablarse de que existen, es un nuevo golpe a su imagen pública. Pero más allá del uso político del caso, es necesario exigir un proceso irreprochable que llegue al fondo de la cuestión: que nos acerque a la verdad y que castigue a los abusivos. No se necesita ninguna consulta para exigir que la ley se aplique a todos por igual.

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20, Jul 2020

La realidad y el relato

La realidad no cabe en el relato oficial. Ese es el drama del lopezobradorismo: su épica no corresponde a la circunstancia. Insiste en el cuento de la historia de bronce, ese cuento del pueblo bueno contra las élites podridas, pero lo que marca el presente no tiene nada que ver con esa fábula. Nos mata un microbio que no es un hijo de Salinas de Gortari. Nos amenazan criminales que no cometieron la traición de estudiar fuera de México. Y sin embargo, el presidente sigue empeñado en fustigar a esos enemigos. El país tiene urgencia de una política pública y recibe sermones. El Estado es amenazado públicamente y el presidente de la república dirige su furia contra los intelectuales que firman un desplegado en su contra.

El populista termina secuestrado por su cuento. Renuncia a abrir los ojos y le entrega su inteligencia a una fábula. En su imaginación no hay más que un drama que se repite siempre en el tiempo. Liberales contra conservadores en eterna pugna, dice el presidente. Los siglos pasan, pero el conflicto sigue siendo el mismo: el Pueblo bueno buenísimo enfrenta a los malos malísimos. Hidalgo es Juárez es Madero soy yo. El ejército realista fue a buscar a Maximiliano para apoyar luego Porfirio Díaz, sostener el neoliberalismo y a combatirme a mi.

El cuento puede servir, tal vez, para un mural de escuela y para sostener el discurso de una campaña pero no funciona para lidiar con la realidad desde el gobierno. El vocero de la estrategia sanitaria ha hecho malabares para dar satisfacción al jefe. La ideología está cada vez más presente el discurso de quien alguna vez se presentó como técnico. Es el veneno de los neoliberales el que nos ha hecho vulnerables al virus. La respuesta al peligro sanitario se contamina muy pronto del litigio político. Los críticos no son personas con perspectivas distintas sino calumniadores con intenciones perversas. Así lo dice una y otra vez el vocero gubernamental siguiendo la orientación del presidente. Quienes cuestionan nuestros datos, quienes critican la estrategia lo hacen por motivos inmorales.

Lo que me parece notable es que precisamente el espacio que se ofreció originalmente como centro de decisión científica ha terminado como otra plataforma ideológica. Lo podríamos constatar comparando el tono de las primeras conferencias del subsecretario de salud y las presentaciones recientes. Si en un primer momento parecía una plomada de razonabilidad científica, hoy es otro jilguero más de propaganda oficial.

Igualmente grave es la incapacidad para entender el desafío de la violencia. Esta semana, ante un cuestionamiento claro sobre la violencia de género, el presidente de la república se fugó al cuento de hadas en el que ha decidido instalarse. Las cosas ya no son como antes, hemos resuelto las condiciones que provocaban la violencia, vivimos ya en el México de la fraternidad. La desconexión entre el cuestionamiento de una periodista insistente y la quimera presidencial es asombrosa. Los hechos son ignorados porque lo que cuenta para el presidente es la fábula del renacimiento de México y no la fastidiosa realidad. El país es ya otro y en consecuencia, ya no hay motivos para la violencia.

Andrés Manuel López Obrador dejó Los Pinos para residir, no en el Palacio Nacional, sino en el mural de Diego Rivera. En esa historia cree, esa política ve. Y por eso no puede vero lo que no cabe en la reducción pictórica del ideólogo. No puede entender que para combatir un contagio mortal hay que poner de veras la ideología afuera, hay que proyectar un mensaje coherente, hay que orientar con el ejemplo. No entiende tampoco que el crimen organizado es indiferente a las bondadosas intenciones de un presidente y el supuesto fin del neoliberalismo.

Pero el presidente que no se usa cubrebocas insiste en llevar tapaojos.

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18, Jul 2020

El conflicto conjurado

La crítica no puede darse el lujo de ignorar la circunstancia que comprime el espacio de la decisión. Tiene sentido comparar la acción con el ideal, pero es necesario también advertir el peso de las restricciones reales e imaginar el escenario contrario. Pienso en la visita del presidente López Obrador a Washington. No parece haber sido la mejor ocasión para visitar a un candidato que busca la reelección. No es convincente el motivo que se ha expuesto para justificar el viaje y mucho menos el propósito de expresar gratitud al antimexicano. Pero la catástrofe que algunos temimos no se materializó. Puede decirse que la visita fue exitosa. Tendrá costos y beneficios que seguramente habrán de apreciarse a fines de año, tras la elección presidencial, pero la ceremonia de cordialidad que contemplamos tiene, por lo pronto, consecuencias benéficas. Las tiene, sobre todo, si consideramos el viaje como el emblema de una relación que, a pesar de todo, se preserva y se cuida.

La reunión reciente, carente de acuerdos sustanciosos, pero cargada de simbolismo nos invita a imaginar el escenario distinto. La cordialidad, habría que decirlo, no estaba asegurada. Ambos son conocidos por su mecha corta, por la naturalidad con la que convierten el micrófono en instrumento de combate. Pero, lejos de haber entrado en pleito, se han entregado al cortejo y se llaman amigos. Si en algo ha ejercitado autocontención el presidente mexicano ha sido precisamente en relación a su contraparte. Subsisten sin duda tensiones y desacuerdos, hay agravios y desconfianzas. Pero con todo, el trato entre ambos facilita el entendimiento y es una de las poquísimas señales de certidumbre en el escenario mexicano.

Podemos hacer la crítica del viaje, de lo que se dijo y de lo que se calló; de las personas a las que vio el presidente y a las que ignoró. No creo que, habiéndose hecho el viaje, se haya logrado enviar el mensaje mexicano en los frentes en los que es importante proyectarlo. ¿En verdad debemos agradecer que el presidente Trump no nos dé trato de colonia? Las discrepancias con el viaje y sus eventos pueden ser muy amplias. Pero el argumento que me interesa plantear está en otro lado. Es el presente que se ha conjurado. ¿Dónde estaríamos si al caldo de los gravísimos problemas que tenemos, le agregáramos en estos momentos tensiones en el frente bilateral? Hagamos el ejercicio de imaginación para calibrar nuestra crítica. ¿Cómo estaríamos hoy si la relación entre los ejecutivos de las dos naciones fuera tensa y pendenciera? ¿Qué clima se respiraría en el país si la furia de los tuits trumpianos cayera en un presidente mexicano que lo rebate constantemente? ¿Qué efectos tendría el escuchar al presidente de México ejercitando el resentimiento nacionalista en contra de los yanquis de hoy y no en contra de los conquistadores españoles de hace quinientos años? ¿Qué efecto tendría una carta semejante a la que envió al rey de España, dirigida al presidente norteamericano recordando, quizá, el año de 1847? ¿Cuál sería la perspectiva económica de México si, a todos los contratiempos, agregáramos ahora la muerte del acuerdo comercial con los vecinos del norte? Pensar la política es siempre imaginar el escenario posible que no se materializa. La amenaza que no se concretó, la desgracia que se evitó. No es absurdo imaginar que, bajo el otro escenario, la campaña de reelección del presidente Trump sería el trofeo de un documento hecho trizas. Casi puede escucharse el grito del demagogo diciéndole a sus huestes: hace cuatro años les prometí terminar con el peor acuerdo comercial en la historia de la humanidad. He cumplido. Aquí lo tienen, diría mientras tira a la basura un gordo volumen con las letras “NAFTA.” Tampoco es difícil imaginar la respuesta de celebración: la muerte del TLC nos libera del último vestigio neoliberal: no tenemos por qué pensar en importaciones si en México lo tenemos todo. El cura Hidalgo nunca perdió el tiempo pensando en las cadenas de valor.

En el enjambre de tormentas, hay un terreno razonablemente despejado para México. Lo abre una prudente hipocresía diplomática: el desagradable entendimiento entre Trump y López Obrador.

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29, Jun 2020

Contra la balsa y el foro

El gran fracaso de la democracia mexicana ha sido el fracaso de la convivencia. No saber discrepar ni cuidar lo indispensable. Doble fracaso: no hemos sabido defender la tabla común ni perfilamos, con razón y apertura, el sentido de nuestras divergencias. México violento y enconado. Confundimos lo común, es decir, aquello de lo que depende la vida de todos, con lo parcial, esa opinión que es naturalmente debatible. No sabemos tampoco argumentar escuchando el otro argumento. Por eso nos carcomen los dos fuegos: el crimen y odio. La democracia, es en efecto, una forma de diálogo y no solamente una aritmética de papeles. No se reduce al juego de los poderes ni a la elección de los representantes. Es una manera de vivir juntos. Un delicado equilibrio entre la balsa de todos y los deseos de cada quien. No tenemos por qué estar todos de acuerdo en el rumbo, ni en el reparto de las cargas. Pero nos corresponde a todos cuidar que la tabla no se hunda.

El atentado de hace unos días contra el jefe de la policía de la capital no es un mensaje de intimidación al gobierno de la Ciudad de México ni una amenaza al gobierno federal. Es una amenaza a todos. En la capital diplomática de la capital política del país, una escena de guerra. La ostentación de la fuerza destructiva de los criminales, el alarde de su arsenal y de sus recursos de inteligencia, son una intimidación al país entero. Este no es un asunto del lopezobradorismo. No es una amenaza que puedan ver con indiferencia o hasta con cierta complacencia los adversarios del nuevo régimen. Se trata de un desafío de Estado. ¿Podríamos finalmente verlo en esos términos y dejar la politiquería para asuntos en los que no nos va la vida en ello? Este no es asunto ideológico, sino existencial. No es un frente más de la batalla entre el nuevo régimen y lo que había antes. Es la tabla de la sobrevivencia. Despolitizar la lucha contra los criminales es el primer paso. El reto tiene que unir a los partidos y a los gobiernos, aún en estos tiempos de extrema polarización. Para enfrentar a los delincuentes la política de estado debe elevarse por encima del encono de los últimos lustros. La unidad del país frente a los criminales no puede ser una simple sucesión de mensajes solidarios a quien sobrevivió la atrocidad. Debe ser la puesta en práctica de un pacto de Estado que el país no se ha atrevido a cumplir.

El atentado de hace unos días, la violencia que parece dispararse en muchas regiones del país, la provocación que escala aquí y allá deberían también motivar una reflexión sobre la seguridad del presidente de la república, su familia, su equipo. Fue un error haber desintegrado el estado mayor presidencial. Tal vez requería una reforma sustancial. Seguramente podría haberse reducido de manera importante. No lo sé. Lo que parece evidente es que el ejecutivo necesita de un equipo profesional que lo cuide. La seguridad del presidente no es un lujo ni una fantochería, como le gusta decir a él. La seguridad del presidente de la república no puede dejarse a la demagogia de la conciencia limpia y del pueblo que lo protege.

Además de cuidar lo común, respetar la parcialidad. Es inaceptable la criminalización de la crítica. Hace unos días, la secretaria de la función pública respondió a una denuncia periodística llamando sicarios mediáticos a sus críticos. Eso fue lo dijo una integrante del gabinete presidencial. ¡Sicarios! Gatilleros. Asesinos a sueldo. Usar esa metáfora en el México de hoy no es solamente grotesco, es peligroso. Es llamar matones a los periodistas. En ese mismo tono han escrito propagandistas del régimen en las últimas horas para hacer el paralelo entre los críticos del gobierno y los criminales que matan por encargo. Como si escribir un reportaje equivaliera a un atentado. Quienes ejercen la crítica son, en realidad, golpistas. Debemos reconocer que la secretaria es buena alumna de su jefe. No hay duda de que el tono de intolerancia lo ha marcado el propio presidente de la república cuando describe una y otra vez a sus críticos como golpistas que anhelan el regreso de la corrupción. El presidente se deleita al recordar el martirio de Madero para describir a sus opositores como zopilotes y para trazar, con poca sutileza, el paralelo entre la crítica y el magnicidio.

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23, Jun 2020

Del lopezobradorismo

Encuentro razón en las voces del oficialismo cuando advierten que los críticos del gobierno hablamos demasiado del presidente. Ustedes (dejo los adjetivos que suelen usar) denuncian la concentración del poder y no hacen más que hablar de López Obrador. Su entretenimiento es dedicarse a comentar lo que hace y lo que dice. Si alguien encumbra al presidente son sus críticos al convertirlo en obsesión. Pueden tener razón: lo más fácil para la crítica es tomar cualquier fragmento del circo matinal para exponer el absurdo. Criticando la restauración del hiperpresidencialismo, reproducimos tal vez la vieja cultura presidencialista que reduce la política a las señales que emite el Ejecutivo. La crítica es válida y me parece buena invitación para hablar del lopezobradorismo, más allá del caudillo. ¿Dónde está el lopezobradorismo? ¿Qué es?

Podríamos decir, en primer lugar, que no está en el gobierno. Hablar del lopezobradorismo no es hablar de ese gabinete de fachada que lo acompaña en las ceremonias y que tiene que capotear sus ocurrencias. Ese equipo de nulidades, del que apenas puede rescatarse al canciller que resuelve todas las emergencias, no representa más que el remanente de una estrategia de campaña. El gabinete se conformó para proyectar una imagen de moderación que no corresponde en lo más mínimo al perfil del gobierno y su proyecto de transformación. Para dar confianza a quienes veían en el candidato de Morena a un radical, se apostó por rodearlo de figuras francamente centristas. La fotografía del equipo del candidato parecía una selección de gobiernos previos. Una ministra de la Suprema Corte, algún foxista, colaboradores de Vicente Fox y de Ernesto Zedillo. Perfiles, en su mayoría, técnicos y negociadores. Más allá de la cartera de Energía y de la Función Pública, se perfilaba un equipo reformista y pragmático que ha quedado totalmente nulificado. La permanencia de estos funcionarios en su oficina no es señal de respaldo sino de desprecio.

El lopezobradorismo está en otra parte. Puede ser una fuerza electoralmente menguante, pero es la entidad política más sólida en el país. No hay nada que se le acerque en este momento. Su centro de unidad no es un proyecto, sino una persona. Sus defensores no se cansan de reiterarlo. En el bochornoso culto de la personalidad se muestra este carácter. Se trata de una singularidad inquietante. No hablo solamente del desagradable espectáculo de la adulación, del indigno acomodo de las convicciones para justificar cualquier dicho o acto presidencial. Me refiero a la restauración del personalismo como criterio de identificación política. El lopezobradorismo carece, precisamente por eso, de esqueleto ideológico. Una definición intelectual, a fin de cuentas, fija un rumbo y limita el capricho del dirigente. No busquemos en el lopezobradorismo un proyecto ideológico, un proyecto económico, una visión de la cultura. Ahí, francamente, no hay nada. Las frases que repite mil veces son eso: tonaditas que tal vez en algún momento sonaron bien y que hoy nada dicen. No hay un programa político que salga de la fraseología del mitin. La prédica económica tira a la basura la rica tradición intelectual que en la izquierda ha explorado durante décadas las condiciones materiales de la desigualdad, se desentiende de la discusión económica contemporánea y recurre a un moralismo bobo y cursi que confía en la trasmisión osmótica de la pureza. No necesita hacer una sola suma para repetir, convencido, que la austeridad multiplicará los panes. Un thatcherismo mocho.

Quiero decir que el lopezobradorismo no es un gobierno, ni es un partido ni una ideología. El lopezobradorismo es una fuerza política innegable porque encarna la emoción antioligárquica. Esa emoción, poderosísima y auténtica, conduce la vida pública mexicana. Estoy convencido de que carece de las políticas y de las ideas que harían falta para darle cauce a esa pasión, pero tiendo a pensar que, más allá de los resultados de la administración y del previsible fracaso de su estrategia, quedará como una energía protagónica en la vida política de México para las próximas décadas. El lopezobradorismo no terminará en el sexenio de López Obrador.

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15, Jun 2020

El sermón y la bravata

Cuando un político pierde el sentido del ridículo es que ha perdido contacto con la realidad. No encuentro otra palabra para describir la nueva perla de sabiduría presidencial. Para tiempos de extremo apremio, una ridiculez. Un mensaje que mueve a risa, a burla. Una involuntaria parodia a las patrañas de la autoayuda y el pensamiento mágico. Ante el virus que ha detenido al mundo, el presidente de México recomienda que seamos alegres. En la hora de mayor peligro sanitario en nuestro país, un llamado a sonreír y a ser optimistas. Comer verduritas, ser buenos y rezarle a algún santo. Ante la crisis económica más severa en varias generaciones, una oración de desapego.

Lo llama así, “decálogo,” no solamente porque sean diez propuestas. Es un decálogo porque al predicador del palacio, le parece digno de ser memorizado. La confianza con la que lee las sentencias, el tono sacerdotal del mensaje, incluso la repetición de algunas frases que le parecen especialmente profundas e imaginativas, revelan que, en efecto, piensa que su escrito es un versículo para el presente. La sabiduría de la emergencia, comprimida en diez cápsulas inmortales. Como cuando improvisó aquel ofensivo decálogo contra la violencia de las mujeres, sus subordinados se apresuraron a publicitarlo con ilustraciones. Hay manitas que rezan, caras sonrientes, relojes que nos despiertan para madrugar alegremente. Ante la revelación de los diez preceptos, los leales aplauden en simulación de entusiasmo por la nueva epístola. La comisaria del nacionalismo científico resolvió velozmente que la reflexión que generosamente ha compartido el presidente está libre de cualquier contagio neoliberal y que la Ciencia Nuestra lo respalda plenamente.

Igualmente ridículo, aunque mucho más dañino, fue el documento que se leyó en una matiné reciente. La presidencia no sabe de dónde viene, ni quién lo escribió, pero lo da a conocer. No da pistas sobre la confiabilidad del escrito, pero, de cualquier manera, lo expone. El evento es francamente ominoso. Desde el palacio de gobierno, se da lectura a un documento como si fuera la exhibición de una terrible conjura y se señala puntualmente a los sospechosos. Desde la sede del poder político, se nombran periodistas e intelectuales críticos, se alude a instituciones académicas, a organismos empresariales, a medios de comunicación e, incluso, a órganos de estado como parte de una conspiración. Ninguna ilegalidad se descubre, pero no importa. El apócrifo sirve para lanzar basura. No vale detenerse en la bobería del documento. Lo que cuenta es que la presidencia de la república emplee su tribuna para lanzar acusaciones vagas, para insinuar que sus críticos son desleales a la democracia, para insistir en el cuento de que sus opositores son, en realidad, golpistas.

Ningún periódico serio, ningún noticiero habría dado espacio a ese papel que el presidente pide que sea leído ante la prensa como si fuera relevante para la discusión nacional en tiempos de emergencia. Al presidente le divierte. Confiesa el placer que la causa la provocación. Le alegra la mañana imaginar el efecto que el chisme tendrá en quienes son nombrados como sus enemigos. Nadie puede creer que la lectura del documento sea de un acto de transparencia. Se trata, sencillamente, de una ostentación de poder. El presidente lee un documento que no merece la menor confianza porque puede hacerlo. Ese es el crudo mensaje que proyecta: el Palacio Nacional puede ser empleado para decretar la enemistad.

Ayer domingo, muy en contra de lo que sostiene el subsecretario de salud y lo que aconsejarían los propios datos oficiales, el presidente dio un mensaje en el que implícitamente desentendió a su gobierno de la crisis sanitaria. Cada quien a cuidarse por su cuenta. Esto ya no es un asunto de política pública, es cuestión de responsabilidad individual. Ya aprendimos a cuidarnos. ¡Es tiempo de salir y recuperar la libertad! Y cada quien, que asuma su riesgo. Sorprende el papel que el presidente imagina para sí mismo en la emergencia. No es un presidente que decide, que organiza, que dirige. Es un presidente que, al tiempo que evade las responsabilidades de gobierno, sermonea e intimida. Necesitamos un presidente y tenemos un párroco.

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08, Jun 2020

Exigencia a las alternativas

La incompetencia y la arrogancia del gobierno federal no otorgan pase automático a las oposiciones. Que el gobierno de López Obrador se haya convertido en una amenaza abierta a la salud pública, que sus políticas le aseguren al país una crisis económica profunda y larga, que su discurso hostigue constantemente a sus críticos, que su práctica corroa el tejido institucional del pluralismo no regala títulos de representatividad a quien lo cuestiona. Toda alternativa debe probarse en el debate público y en el ejercicio de la responsabilidad. No basta con ponerse del lado opuesto al poder presidencial. La tarea de la crítica es compleja y lo es aún más la construcción de alternativas políticas. Hay que ofrecer razones, hay que cultivar confianza, hay que conducirse con apego a las reglas que se pretenden cuidar. La severidad con la que hemos de juzgar al presidente debemos aplicarla también a quienes se ofrecen como alternativas a su proyecto.

A muchos nubla el ansia de encontrar, cuanto antes, antagonistas. Es entendible: al país le urgen equilibrios. Es tal el vacío de las oposiciones formales, es tan profundo el silencio del congreso, que cualquier liderazgo emergente es alabado por algunos como si fuera el descubrimiento de un salvador. Al primer atrevido que brinca a la plaza lo encumbran de inmediato como el héroe de la resistencia. Pero no basta levantar la voz y colocarse en el polo opuesto a la presidencia ¿Será que es ese el peligro profundo del discurso populista? ¿Que la simplificación de su retórica nos intoxica de tal modo que anhelamos una respuesta que sea, en el fondo, un remedo de aquello que se busca combatir? Me temo que la urgencia por ese paladín nos puede costar muy cara. Si actuamos con ese ímpetu, estaremos coronando charlatanes.

Diría lo mismo de nuestros medios. Para defenderlos hay que renovar la exigencia. Que sean espacios de crítica, que preserven autonomía, a pesar de los embates no los certifica como las entidades profesionalmente rigurosas que necesitamos en este momento para comprender lo que sucede. Nos hacen falta medios independientes que confronten al poder, que lo exhiban, que lo cuestionen, que lo ridiculicen. No hay otra forma que el rigor, la seriedad profesional, la acidez del juicio independiente. Precisamente por eso debemos reconocer sus rezagos. El espíritu de cuerpo que la agresión presidencial activa es también un impulso para desconocer las fallas propias. Mal haríamos respondiendo con esa ceguera. El hostigamiento diario desde el palacio es testimonio de la importancia del periodismo independiente. Precisamente por ese papel, nos toca exigir información sólidamente fundada, confiabilidad en los datos, atención a las distintas versiones. Veo en la verdadera crítica una incompatibilidad con el activismo militante y me preocupa que hacia allá caminemos. Mal haríamos al morder el anzuelo que el poder nos lanza. México no puede partirse en las mitades que corresponden al capricho presidencial.

Habrá, desde luego, quien piense que ante la brutal simplificación populista y frente a la entidad de la amenaza, requerimos de simplezas paralelas. Solamente hay que encontrar al antagonista y apostar a su victoria. No hay que ser quisquillosos, dirán. Es lo que hay. Creo exactamente en lo contrario. A las oposiciones, a los medios hay que curtirlos con exigencia y no con mimos. La única manera de salir del maniqueísmo oficial, la única forma de plantear alternativa es construyendo plataformas políticas y de comunicación que tengan un argumento más allá del anti. El antilopezobradorismo sigue siendo hoy un reflejo sin rumbo.

Por ello no cabe la condescendencia ante la política del gobernador de Jalisco, aunque represente al momento la única oposición franca desde un gobierno subnacional. No me parece que hasta ahora signifique una alternativa confiable porque, si puede decirse que fue un gestor responsable de la respuesta sanitaria, ha sido incapaz de atajar la crisis política que se ha desatado en su entidad. Sus desplantes y las balandronadas hacen ruido, pero no sirven para construir opciones políticas serias. No podemos dar pase automático a los ambiciosos que se apresuran para saltar al ruedo con la única bandera de ser el antagonista de Andrés Manuel López Obrador.

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01, Jun 2020

El romanticismo reaccionario de AMLO

La emergencia sanitaria ha acelerado la radicalización. Nada queda del pragmático alcalde de la capital. Nada queda del candidato que hizo campaña como un reformista moderado. El presidente no tiene ya interés en mantener diálogo con grupos independientes. Sin haber llegado al segundo año de gobierno, han quedado en ruinas los puentes del diálogo. La pandemia ha persuadido al presidente de que no los necesita y que hablar con ellos es una pérdida de tiempo. Le basta la fantasía que ha construido para evitar el fastidioso trato con la realidad y el aliento de los aduladores que lo envuelven.

Su desprecio del reformismo es antiguo. La historia a la que alude constantemente se escribe con fuego: grandes conflagraciones, batallas memorables de las que brota, luminoso, el futuro. Por eso ha creído el presidente desde siempre que en todo negociador se esconde un traidor y que todo moderado es un cobarde, un tibio que colabora para mantener en movimiento la rueca de la opresión. Durante algún tiempo, el político equilibraba ese radicalismo con gestos de inteligencia práctica. Ya no. El aliento revolucionario es cada vez más nítido y más enfático. Los más cercanos en su corte de halagadores lo celebran. Creo que hay tomar en serio este vuelco al radicalismo, aunque su inspiración sea profundamente reaccionaria. Y no lo digo simplemente porque su política sea, en términos mecánicos, una reacción al tiempo neoliberal, sino porque expresa un impulso antimoderno. Lo que el presidente imagina como el cuarto nacimiento de la patria encuentra fuente en el romanticismo reaccionario.

Quien quiera entender el perfil intelectual de este proyecto, debería leer los textos de Isaiah Berlin sobre el romanticismo político, antes que los cuadernos de la cárcel de Gramsci. El discurso oficial tiene, sin duda, tinte igualitario. Pero el horizonte imaginario de esa política es arcaico. Mucha nostalgia y poca imaginación.  Pensemos, por ejemplo, en lo que Berlin llama la “apoteosis de la voluntad.” El temperamento romántico es precisamente la afirmación de un deseo sin restricciones que enaltece al héroe. La política romántica es la epopeya de los grandes hombres que han roto las ataduras de la tradición y de las reglas y que así  inventan naciones cobijados por el amor de su pueblo. Todo lo pueden porque lo quieren de veras, porque no se desvían de la ruta que trazaron, porque son auténticos. No necesitan programa, ni estrategia: tarde o temprano, en esta vida o la siguiente, el mundo se rendirá a su deseo. En el indómito imperio de la voluntad política, reinan las intenciones. Para qué perder el tiempo midiendo el impacto de una política, para qué asomarse a las experiencias de fuera, por qué leer la ley, si mis intenciones son hermosas. Quien dude de ellas, es un traidor.

Identifica también Isaiah Berlin una economía romántica que rechaza cualquier idea de ley objetiva del intercambio por encima del control humano. Si el comercio y la producción tienen algún sentido no es la satisfacción de necesidades sino la elevación espiritual. Bajo la probidad, los panes se multiplican al infinito y es por ello innecesario, contar. Cuando hay recato, cuando se rechaza el lujo, todo alcanza para todos. La economía moral es eso: la evaporación de la economía.

El presidente elogia la estrechez del monasterio como vía de elevación moral de los ciudadanos. ¿Para qué tener más de un par de zapatos? En el interés está ya un impulso podrido que hay que rechazar en nombre de la felicidad del corazón. Y no deja pasar oportunidad para mostrar su desprecio al mundo profesional. Para el político romántico, la ignorancia es una recomendación y todo conocimiento sospechoso. Para ser de veras valiosos, el arte y la ciencia han de demostrar compromiso.

Esta semana, el embate del presidente llegó a extremos tan ridículos como alarmantes. A los científicos que han protestado por el sectarismo de su política científica y los brutales recortes thatcherianos, los acusó de porfiristas. El argumento es, en verdad, risible. Que a los abogados y financieros de aquel régimen les hayan puesto el mote de científicos, no significa que lo hayan sido. Pero en la fantasía conspiratoria del presidente, los matraces y las cápsulas de petri son arsenal para los golpistas.

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