Lunes

17, May 2021

Gobernar en la mentira

La escena la describe Václav Havel en uno de los ensayos más lúcidos de la disidencia centroeuropea. El tendero en un mercado checo coloca los precios de sus verduras. Arriba del expendio, un letrero que dice, con todo el énfasis posible: “Proletarios del mundo, ¡uníos!” Ese letrero es la marca del régimen post-totalitario, decía el dramaturgo en El poder de los sin poder.” La convocatoria era el tributo a la mentira del régimen, era la señal de esa complicidad que se traba entre el amo y el vasallo, esa servidumbre que requiere asentimiento. ¿Por qué pone el comerciante ese anuncio sobre sus papas y sus lechugas? ¿Convoca a sus clientes a unirse a la marcha universal del proletariado? ¿Siente el deseo irrefrenable de declararle a todo el mundo su ferviente convicción política? Nada de eso, dice Havel. El marchante coloca el letrero porque la cuota de mentira es el impuesto crucial del régimen. El régimen antidemocrático de la Checoslovaquia de los fines de los años setenta se basa en una simulación permanente de lealtad y de entusiasmo político. Llamando a todos los súbditos a la mentira, el régimen no solamente somete, sino también humilla. Esa condición post-totalitaria enreda a todos los miembros en una malla de falsedades. El vendedor comunica la lógica del régimen: yo, comerciante en el mercado, sé lo que debo hacer. Sé lo que se espera de mí y declaro mi obediencia al régimen colocando este letrero para ganar tranquilidad. El letrero no se dirige a los clientes sino a los inspectores que examinan a diario las manifestaciones de lealtad. Vivir bajo ese régimen, decía quien se convertiría años después en presidente de Checoslovaquia, es vivir dentro de la mentira. Todos han de incorporar ese letrero del comerciante a su vida diaria. Ese es el deber político esencial: vivir dentro de la mentira.

Un presidente inventa una conmemoración que todos saben falsa. Busca celebrar un aniversario que le cuadre a su relato y necesita la redondez de una fecha. Inventa así, un evento que ningún conocedor respalda. No importa. ¿Qué mejor muestra de poder que rehacer el pasado para que cuadre con los antojos del supremo? Que los ciclos de la historia se renueven con exactitud astronómica. Que el mensajero sobrehumano de la historia encuentre ratificación en los misterios de los números y la regularidad de los planetas que regresan, con precisión, a su punto de origen. Los ceros de la historia presagiando la Cuarta Transformación de la patria. El águila con hambre de víbora habrá intuido la llegada de la cuarta bienaventuranza de la nación que surgía en ese instante. La astrología, no la historia, parece el norte de la megalomanía presidencial.

Decir que hace setecientos años aconteció la “fundación lunar” de Tenochtitlán no es más que charlatanería new age, ha dicho el historiador Rodrigo Martínez Baracs. No hay especialista que coincida con el malabar de fechas y mitos que ha hecho el oficialismo para que la fecha 1321 redondee su cuento. Si la historia no cuadra con el relato del poder, hay que cambiar el pasado, sin siquiera detenerse en el respeto a las fechas. El festejo de la semana pasada puede haber sido una ceremonia irrelevante, pero es un buen retrato de quien gobierna desde la mentira. Como aquel tendero del mercado de Praga, quienes acompañan al presidente saben que participan de una farsa, pero lo arropan para demostrar lealtad a un régimen que, al exigir lealtad ciega, es, en el fondo, humillante. Ahí, entre sonrisas y abrazos, con aplausos y palabras de falsa emoción, los lopezobradoristas naturalizan la mentira que se propaga cotidianamente. El asentimiento a la mentira en una celebración absurda anticipa el silencio ante la agresión los ciudadanos, la pasividad ante la abierta violación a las normas constitucionales. Los colaboradores del presidente, los aduladores de palacio se empeñan en colocar en lugar visible el letrero de su sumisión. La mentira histórica no es relevante porque cambie el entendimiento de nuestro pasado. Nadie tomará en serio la ocurrencia oficial. Si es relevante es porque pretende demostrar que el poderoso no tiene límite en la ley ni en los hechos. Que no se pretendan inocentes los colaboradores que han consentido tanta mentira.

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10, May 2021

La voz del 88

La reunión de los fundadores de la Corriente Democrática es un buen recordatorio del cambio histórico que inició a fines de los años ochenta del siglo pasado. Un cambio que se asentó en nuevas reglas, en instituciones, en alternancias y en un complejo mecanismo de controles. No imagino una reunión para celebrar acríticamente los frutos del “régimen de la transición.” Por el contrario, la trayectoria de Cuauhtémoc Cárdenas, de Ifigenia Martínez y de Porfirio Muñoz Ledo da cuenta de importantes y profundos desacuerdos con las políticas y los resultados del pluralismo en los últimos veinte años. Pero interpreto su aparición pública como un llamado de alarma frente a la pretensión de barrer con todo lo existente, a partir de la vanidad de que nada de lo anterior tiene mérito.

El nuevo régimen desconoce la transición. Le parece una farsa, un engaño. A su juicio no hubo tal cosa. Lo que hemos vivido desde la alternancia del 2000, no es más que cambio de camisetas para defender las mismas políticas ruinosas. Lo notable de esa lectura es que pasa por alto la profunda transformación del orden político. En muchos sentidos, la transición puede haber sido decepcionante y en algunos casos, incluso, contraproducente, pero no fue una mentira, ni fue un cambio superficial. La transición fue un hecho histórico. Desconocer su impacto en la experiencia de la ciudadanía, en la apertura del debate público, en la proliferación de contrapesos e instancias de neutralidad es cerrar los ojos a lo evidente. Es desconocer la naturaleza de los retos políticos que tenemos por delante. Insisto: reconocer la transición no es celebrarla como un acontecimiento precioso: es advertir que los problemas que enfrentamos derivan, precisamente de ella.

Pero el presidente no conoce gratitudes y no está dispuesto a reconocer que predecesores. No aquilata la contribución de la generación que le antecedió, no aprecia su contribución a la construcción del pluralismo. Andrés Manuel López Obrador se imagina como el fundador solitario de una democracia cuyo único antecedente fue el maderismo. La historia de lo inmediato que el oficialismo nos cuenta cotidianamente es el relato de un horror: el neoliberalismo. De ahí vienen todas las desgracias de la nación. En ese proyecto económico se comprime todo lo acontecido en los últimos años. De acuerdo a esta crónica, la política no ha sido más que el instrumento de los neoliberales para imponer su voluntad. No ha habido en los últimos años, por lo tanto, avance en el pluralismo, ni en la construcción de contrapoderes, ni ha habido avance en la defensa de los derechos. Con una visión que parece provenir de un marxismo muy pedestre, se ha insistido en que la política ha sido el títere de los intereses económicos. Los cambios institucionales que se sucedieron desde el fin del siglo XX no tienen importancia porque han sido, en realidad, engaños de las élites para decorar su imperio. Todas las elecciones, una mentira; todos los órganos del Estado, una farsa, todas las leyes, una artimaña de los poderosos.

La voz de los tres fundadores de la Corriente Democrática es por eso especialmente valiosa en estos días, porque fueron ellos, en buena medida, los arquitectos de una transición decepcionante. Subrayo las dos palabras porque la democratización fue un proceso real que transformó la representación política y el modo de ejercer el poder, porque sembró las semillas de una institucionalidad pluralista. Y también fue decepcionante porque esa transición no aprendió a negociar, no asentó ley, no garantizó paz. El lopezobradorismo pretende resolver los problemas de la transición con culto a la personalidad, destrucción institucional, y exigencias de lealtad ciega. Para defender las instituciones democráticas hay que impulsar su renovación, no su destrucción. Es necesaria la negociación, no la prédica. La experiencia de los impulsores de aquel cambio no es la voz de la nostalgia sino la de la exigencia crítica. Defender el orden constitucional cuando es amenazado desde la presidencia de la república; apreciar el aporte de los órganos autónomos, exigir respeto a la prensa independiente, rechazar los caprichos del personalismo no es buscar el retorno a un tiempo que nunca fue dorado. Por eso parece más fresca y más certera la voz de los mayores que la de los restauradores.

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03, May 2021

El adjetivo

Andrés Manuel López Obrador quiere matar al INE. Tiene en la mira a todos los órganos autónomos. Que la voluntad presidencial reine sin estorbos. El presidente ha expuesto su deseo con una vehemencia inusitada. Se ha propuesto extirpar todos los peros que hemos instaurado como cautelas para que se escuche solamente una voz y el silencio de los sumisos. Anular todas las autonomías constitucionales. Convertir la compleja máquina democrática en una palanca elemental que trasmita, de manera implacable, la voluntad de la mayoría, esa que cree que le pertenece a él y que le pertenecerá por siempre al movimiento que lo idolatra. Si gobernamos los virtuosos, ¿por qué habríamos de detenernos ante los estorbos de la constitución? Si por nosotros habla la nación, ¿quién tendría derecho a contradecirnos? Se busca de este modo consolidar legalmente una estrecha cadena de subordinaciones para conectar todos los mecanismos del Estado a esa voluntad que se exhibe por las mañanas. Un procedimiento no debe estorbar la satisfacción de sus antojos. No hay derechos que merezcan respeto si interfieren con su deseo.

La decapitación institucional, al parecer, empieza a ser diseñada. Los propósitos son claros: todos los núcleos de racionalidad técnica, cada espacio de arbitraje imparcial, toda instancia de Estado que trascienda el calendario de las elecciones y que tenga un impulso distinto al de los órganos propiamente políticos, debe ser fagocitado por el Ejecutivo. Los entes de la polifonía constitucional han de ser suprimidos para que se escuche una sola voz. En lugar de reformar estos órganos, de oxigenarlos con prudentes renovaciones, el gobierno propone exterminarlos. En una ocurrencia mucho más absurda de lo que suelen ser sus muy absurdas y muy frecuentes ocurrencias, el presidente ha sugerido que el órgano electoral sea incorporado al poder judicial. ¡Qué los jueces organicen las elecciones y se sienten a dialogar con los partidos! El disparate es tan insensato que debería ser tratado con la burla que merece, pero, ante la presteza de la mayoría por apoyar cualquier dislate que provenga del palacio, hay que temer lo peor. Nos lo han demostrado en estos días: los morenistas están dispuestos a la contradicción más obvia y al atropello más grotesco si el presidente se los solicita con todo respeto.

El aviso es claro: se pretende desmontar la democracia constitucional. Subrayo el adjetivo porque ahí está el núcleo de la amenaza. Para destruir la democracia, hay que invocar a la democracia. Mientras se coloca la dinamita en la base de sus columnas, hay que hablar cosas lindas de la democracia profunda, de la democracia auténtica, de la democracia verdadera. Al tiempo que se pervierten sus reglas y se revientan sus prevenciones, es recomendable glorificar a quien la encarna. La democracia de la que habla el populista es un régimen que no supera las sílabas de su origen. Es una democracia cuya complejidad se reduce a su etimología. El primer politólogo que alcanza la presidencia de México es ciego a la experiencia de los siglos. No se percata de que la democracia no es solamente voluntad sino también freno y contraposición de legitimidades. Desprecia por eso el componente institucional de todo arreglo democrático. Porque se engaña con esa idea de que el pueblo tiene una voluntad y que él la expresa cabalmente, no comprende la aportación de los contrapesos, la prudencia que hay en los contrapoderes, la relevancia de la ley.

La tarea de hoy es defender el adjetivo. Ese adjetivo vital para la democracia es liberal. Es la cualidad que alienta la vitalidad del pluralismo y cuida la vigencia los derechos. Ese adjetivo es producto de una experiencia histórica que no puede ser ignorada. No puede haber voluntad común sin respeto a reglas. No hay poder legítimo si no se abre el diálogo a las muchas voces de la ciudadanía que se alojan en diversos cuerpos institucionales. En ese adjetivo se levantan las cautelas de la prudencia exigiendo respeto a las leyes y a los cauces. Ese adjetivo apunta a la técnica del constitucionalismo como sometimiento del poder a la ley. La simplificación populista podrá cantar a la soberanía del pueblo y repetir mil veces el significado original de aquella palabra griega. Debemos tener muy claro que no levanta el poder del pueblo: justifica la arbitrariedad y el capricho.¨

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29, Abr 2021

La lógica de la dictadura

La cascada de aberraciones hace difícil registrar el momento de inflexión que coloca a la democracia ante el peligro de muerte. Si todos los días escuchamos una agresión a la crítica, al pluralismo, a las autonomías podemos distraernos y pensar el nuevo golpe es una afrenta más. Cometeríamos un enorme error si no activamos las alarmas más chillantes por el atentado democrático que perpetró la mayoría morenista la semana pasada. La mayoría en el Congreso decidió violar la Constitución sabiendo perfectamente lo que hacía. La constitución le estorba y ha resuelto hacerla a un lado. Diego Valadés, sin duda uno de nuestros constitucionalistas más reconocidos, dijo que “votar a sabiendas a favor de una medida inconstitucional, es pasar a otra dimensión: la anticonstitucionalidad. Es la decisión consciente y expresa de oponerse a la Constitución.” La expresión es justa porque los legisladores sabían perfectamente que extender el mandato del delegado presidencial en la Suprema Corte de Justicia viola una norma clarísima. Lo hicieron de cualquier manera.

La lógica de la dictadura es doctrina oficial. Trato de ser cuidado con las palabras. No digo que se haya instaurado una dictadura en México. Lo que digo es que se han legitimado, desde el poder, su razón, su práctica y sus valores. El atentado constitucional para favorecer a un aliado del presidente en el máximo tribunal de la república, ha expuesto con una nitidez aterradora los argumentos de la dictadura: la constitución ha de violarse porque hay causas superiores a ella. Es necesario transgredir las normas de la constitución porque la generalidad de sus normas no tiene sentido en tiempos extraordinarios. La constitución debe ser violada en beneficio de esos personajes magníficos que merecen la confianza pública. Ahí están los tres nudos de la filosofía del nuevo régimen. Los tres se expusieron esta semana para fundamentar una decisión oprobiosa. Una causa históricamente sublime no puede rebajarse a las nimiedades de las reglas. En tiempos extraordinarios, la decisión debe estar por encima de la norma. Y, finalmente, los héroes, sobrehumanos como son, han de escuchar el llamado de la historia y no tienen por qué leer los artículos de un libro que los limita.

Nunca había escuchado con tanta claridad la defensa de esta lógica dictatorial en una discusión en el Congreso mexicano. Nunca imaginé que fuera un vocero de la mayoría quien la desarrollara y la defendiera tan abierta y tan orgullosamente. El discurso del diputado Ignacio Mier es una pieza memorable. Se trata de un mensaje para defender la ilegalidad desde la casa donde se producen las leyes. Para responder al enjundioso discurso de Porfirio Muñoz Ledo, el morenista no encontró más argumento que tachar la legalidad de reaccionaria. Defendió de esa manera el atropello de la constitución como una muestra de amor patriótico. Lo subrayo: el coordinador de la mayoría no hizo siquiera el intento de aparentar respeto a la constitución. No invocó algún precedente, no sugirió una lectura imaginativa del texto para embonar la decisión con la regla. Defendió que estaban violando la Constitución y que eso era precisamente lo que debía hacerse. El mensaje del diputado Mier es espeluznante, pero no ambiguo. Será pedestre, pero es tan claro como la instrucción del asaltante al cajero del banco. La legalidad, dijo, es un valor de los conservadores. Los revolucionarios no tienen por que perder el tiempo buscando el acoplamiento de sus propósitos a los dictados de la constitución.

En el centro del atropello se instaló, sin duda, quien debería defender los valores constitucionales. El mensaje del ministro Zaldívar representa la más perversa ambigüedad en tiempos críticos. Decir sin aclarar, aparentar sin asumir compromiso alguno. El ministro está dispuesto a destrozar la reforma en la que se empeñó, para seguir medrando en el juego de las especulaciones. Si las canicas de la política judicial terminan consolidando el atropello, él resolverá, hasta ese momento, qué hacer. El capricho del juez, por encima de la ley. La lógica anticonstitucional encuentra valedores insospechados.

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21, Abr 2021

El asesor

Arturo Zaldívar decidió ser el asesor jurídico del lopezobradorismo. No lo ha hecho de manera encubierta. Abiertamente ha trabajado para el ejecutivo interviniendo en una función política que la constitución le tiene vedada: promover iniciativas de ley. Al aceptar la invitación del Ejecutivo para diseñar la reforma judicial (una aparente muestra de respeto a los jueces), el presidente del máximo tribunal se convirtió en asesor y cabildero. Zaldívar se prestó, desde el primer momento, a una transgresión que hoy termina siendo grotesca y de la que no puede sacudirse. Lo dijo el presidente López Obrador, cuando presentó la iniciativa de ley: “Como es facultad del Ejecutivo enviar reformas, facultad que no tiene el Poder Judicial, nos presentó el ministro un proyecto de iniciativa que nosotros apoyamos y que vamos a firmar para enviar al Congreso”. Así empezó esta historia: el presidente del tribunal supremo trabajando abiertamente para otro poder, asumiendo funciones que no le corresponden.

El asesor ha fundado su prestigio en una credencial: anticalderonismo. Tuvo, sin duda, el empaque para resistir las presiones del presidente que lo impulsó a la Corte. Ese episodio lo honra. Es cierto también que ha promovido el ensanchamiento de los derechos, que ha buscado la modernización de la ley, que ha procurado esclarecer la compleja labor de los tribunales. Pero su relación con el poder político, tras su digno enfrentamiento con Calderón, ha sido todo, menos ejemplar. Sugiero regresar al artículo que publicó en agosto de 2014 en la revista nexos. El juez era entonces, un promotor de las “reformas estructurales”, se envolvía en la retórica de una modernidad que necesitaba inversión y citaba como fuentes de autoridad los documentos del Banco Mundial. Coincidía en que había que construir “instituciones para el mercado.” El lenguaje de Zaldívar en tiempos del Pacto por México se mimetizaba con el del poder reinante. Pedía comprender la profundidad técnica de esas profundas y ambiciosas reformas. Con inteligencia y referencias académicas ofrecía la colaboración del poder judicial para que las reformas de Peña Nieto se hicieran realidad. Lo importante, decía, es que la función de las instituciones, “debe realizarse teniendo como telón de fondo las finalidades explícitas de las reformas.” Los jueces debían abrir cauce jurídico a los propósitos del gobierno.

Zaldívar ofreció públicamente  sus servicios al lopezobradorismo desde su victoria en el 18. He comentado ya aquí un texto lamentable en donde el ministro pedía a los jueces escuchar el “mensaje de las urnas.” Para el abogado del régimen, el poder judicial debía sintonizar con el ganador, hablar su lenguaje, asumir sus prioridades. Eso era, para él, el “constitucionalismo transformador.” Aceptó el encargo que, transgrediendo las separaciones constitucionales, le otorgó el presidente y lo asumió de modo personal, sin la mínima participación de sus pares. Validó la consulta en la que se empeñaba el presidente López Obrador, ofreciéndole sus servicios como redactor que corrigiera los vicios de la pregunta original. El resultado fue un cantinflismo que se burla del ciudadano para complacer al presidente. Zaldívar ha asistido a eventos de propaganda del gobierno, apartándose del elemental decoro que exige la conducta pública de un juez constitucional. Ha sido vehemente y ágil tuitero que brinca en defensa de personajes del régimen, pero un tímido protector de los jueces, de la ley o de los abogados que han recibido la violenta agresión del presidente. Su silencio de hoy ante la abominación constitucional es atronador. No es la discreción de un juez que solo habla por sus sentencias. Cada minuto que calla se muestra la vacilación del juez frente a sus lealtades y sus ambiciones.

López Obrador le tiene confianza a Zaldívar, no a la Suprema Corte. Por eso se suelta el argumento dictatorial del imprescindible. Nadie puede impulsar la reforma más que el confiable asesor. Con todo, creo que la trampa de los senadores morenistas no prosperará. El intento de prolongar el mandato del lopezobradorista en la Corte es tan ostentosamente aberrante que, aún bajo la furia de devastación institucional de estos tiempos, creo que se detendrá. Pero el golpe al prestigio del tribunal, a su imagen de independencia, a su deber de distancia está dado.

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13, Abr 2021

Hacia junio

No hay elección que se anuncie como rutina. Cada elección se presenta como si fuera, única, excepcional, extraordinaria. Los candidatos y los comentaristas suelen vestirla en cada ocasión como la elección que definirá el destino de las próximas generaciones. En toda campaña escuchamos que se nos dice: “Estas son las elecciones más importantes de los últimos tiempos.” Pero hay elecciones en que eso sí es cierto. Hay ocasiones en que la advertencia no refleja la acostumbrada desmesura de la temporada sino el sentido profundo del voto. Hay elecciones en las que, en efecto, se juega mucho más de lo que formalmente está en disputa. La elección intermedia de este año decidirá, en buena medida, la subsistencia de los equilibrios democráticos.

Se trata de una elección extraordinaria por muchos motivos. Es la elección más grande de la historia. Nunca antes se habían decidido tantos cargos como los que se renovarán en esta elección. Puede terminar siendo la elección más sangrienta de nuestra historia. Antes, incluso de que empezaran formalmente las campañas, el crimen había decidido por los partidos y por los electores. La violencia interviene en las elecciones impidiendo que sean los ciudadanos quienes decidan con libertad, quién ha de representarlos.

Pero más allá de esto, lo más llamativo del proceso de este año es que vuelve a estar en entredicho el orden institucional y la solvencia de los jugadores.

El INE y su antecesor siempre han recibido presiones desde todos lados. Han enfrentado presiones en los medios, intimidaciones de los actores políticos, amenazas de juicios y destituciones. Será la naturaleza del árbitro el recibir la chifliza de quienes son afectados por sus intervenciones. Pero la embestida de hoy es distinta. Nunca el gobierno de la república y sus aliados habían hostigado tan abiertamente a la autoridad electoral. Nunca un partido en el gobierno había amenazado con boicotear una elección si el órgano electoral no se ajusta a sus exigencias. Ese es el ultimátum que abiertamente se lanza ahora: si el INE no restituye la candidatura de Félix Salgado Macedonio, el partido del gobierno impedirá la celebración de las elecciones. En la deslegitimación del órgano electoral se han empeñado el presidente de la república, su secretaria de gobernación, el presidente del partido gubernamental y los aliados empresariales y mediáticos del nuevo régimen. Se trata de un órgano incómodo para quienes creen que la democracia debe ser sintonía de todas las instituciones con el mandato presidencial.

Es cierto que la moneda de las candidaturas está en el aire y que la resolución del tribunal podría generar un espacio para la distensión, pero no tiene precedentes la hostilidad del polo gubernamental a una columna crucial de nuestra arquitectura democrática. Lo que queda en entredicho con este embate, es el compromiso gubernamental con las reglas y con el veredicto de los electores. Afilando sus navajas, el lopezobradorismo saca del baúl a aquella oposición que no reconocía más que la elección que ganaba. Es por ello que los árbitros han vuelto al centro de la atención pública. Pedirle discreción al instituto, mientras el presidente convoca a su linchamiento es algo peor que ingenuo: es desleal. Frente a la agresión del ejecutivo y sus aliados, toca al INE ser hoy, sobre todo, firme.

Esta será la primera elección federal después del terremoto del 2018 que significó la demolición del régimen de partidos de la transición. Lo relevante hace tres años no fue su derrota sino su extravío. Desde el 18 los partidos no saben qué son ni qué suelo pisan. La suerte de esa extraña alianza de las oposiciones es difícil de anticipar. Lo digo no solamente en términos de su capacidad par competir contra la aplanadora oficial, sino para conformar una bancada medianamente coherente para enfrentar a la presidencia impetuosa. No hay tampoco claridad en el polo gobernante. La opción que ganó hace tres años no se ha hecho partido Su nombre mismo revela el orgullo de ser un movimiento y, quizá, la vergüenza de ser una institución. Su caos interior lo exhibe: agitación y desgobierno.

Decía que los equilibrios se deciden en la elección porque pienso en la suerte de las instituciones arbitrales, en la conformación de contrapesos regionales y parlamentarios, en el asentamiento de un nuevo sistema de partidos. Todo eso cuelga de la elección de junio.

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07, Abr 2021

Deconstitucionalización

Soy como Napoleón, pero más alto, dijo alguna vez Silvio Berlusconi. Lo que Napoleón hizo por Francia lo hago yo, todos los días, por Italia. El paralelo con el emperador que conquistó media Europa le habrá parecido un tropiezo de modestia, porque unos días después trazó un paralelo más cercano a su megalomanía. “Soy el Jesucristo de la política,” dijo entonces. “Soy una víctima paciente, me sacrifico por el mundo.” Berlusconi, el magnate de los mil escándalos que fue tres veces primer ministro de Italia era un aviso del populismo que inundaría al mundo. Su dominio de la política italiana no era una extravagancia sino un anticipo de lo que vendría por derecha y por izquierda. En su cinismo y su arrogancia, en su habilidad para conectar con la indignación colectiva y para expandir los límites de lo aceptable estaban las notas de ese impulso antiliberal que ha marcado los últimos lustros y que ha puesto en jaque a las democracias más sólidas. Delirio de grandeza que corroe cualquier instrumento de moderación. En la tierra de Maquiavelo no tardaron en aparecer las descripciones de la aberración. Kakistocracia, dijo muy pronto Michelangelo Bovero. Es la peor mezcla imaginable de todos los experimentos: rasgos de tiranía, de oligarquía y de demagogia. Giovanni Sartori lo retrató como un sultán que convirtió al país en harén para sus excesos. Maurizio Viroli coincidió: el berlusconismo es un señorío que transformó la sociedad de ciudadanos en una corte de siervos y aduladores.

El jurista italiano Luigi Ferrajoli examinó su efecto institucional. La devastación que provocaba el demagogo representaba un proceso de “deconstitucionalización” del sistema político italiano. No era simplemente un rechazo de la constitución de 1948 sino un rechazo al principio fundante del constitucionalismo como mecanismo de equilibrios. Era un rechazo al régimen de leyes que coloca los derechos por encima de cualquier coartada del poder. El magnate atacaba el complejo sistema de normas, de separaciones y contrapesos que sostiene a la democracia constitucional. Se escudaba, por supuesto, en la idea de que la mayoría que lo respaldaba era incuestionable y que, por tanto, nada debía obstruir su mando. “Así, advertía el discípulo de Norberto Bobbio, el edificio de la democracia constitucional resulta minado de raíz en su totalidad: porque no se soporta el pluralismo político y constitucional, por la desvalorización de las reglas, por los ataques a la separación de poderes, a las instituciones de garantía, a la oposición parlamentaria, a la crítica y a la prensa libre; en definitiva, por el rechazo del paradigma del estado constitucional de derecho como sistema de vínculos legales impuestos a cualquier poder.”

Ese es el impacto de la transformación lopezobradorista: la deconsitucionalización de la república. Ataque sistemático a las reglas que ponen un límite al poder de la mayoría, una embestida contra los árbitros que cumplen con su deber y a los particulares que defienden su derecho. Cada una de las características que advertía con horror Ferrajoli en el berlusconismo está presente en la política del régimen. No hay ojo para la pluralidad, ni respeto a los órganos que aplican las reglas. Ataque vehemente y constante a quien se aparte de la versión oficial. Se agrede, se somete o se intimida a las instancias de garantía, se ignoran los límites que imponen las reglas. Lo que vemos es una batalla contra el constitucionalismo, ese régimen que instala la prudencia en reglas y que se asienta en baluartes de neutralidad.

El proyecto de la deconstitucionalización tiene en la mira hoy al árbitro electoral. Sin tomarse la molestia de analizar la controversia, el presidente se ha lanzado contra el INE dando pie para que el oportunista que dirige Morena amenace al órgano electoral con el exterminio. Ese es el lenguaje que usa el presidente del partido gubernamental. Como marca el estilo del Palacio, no se trata de debatir sino de insultar y de amenazar. Lo que el oficialismo pide abiertamente es que el INE viole normas constitucionales y legales. Regreso a la advertencia que hacía el prestigiado politólogo polaco Adam Przeworski: la sobrevivencia de la democracia depende de los baluartes del equilibrio. Para el caso mexicano, no le cabía la menor duda de que la autonomía del instituto electoral era la clave. Si la “exterminan” habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro de la democracia mexicana, dijo.

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29, Mar 2021

El teatro del poder

La clave es el teatro. Valdría entender que se ejerce el poder como una dramatización del presente y no como una de plataforma de decisiones. Mientras los críticos hacen catálogo de pifias, llevan la contabilidad de las mentiras y advierten el impacto de la irresponsabilidad, el dramaturgo celebra que sus adversarios se suben al escenario para representar justamente el personaje que ha delineado en su libreto. Mientras más acudan los otros a la lógica, más enfatizará esa épica que no se detiene en nimiedades racionales. El paladín está construyendo la Nueva Patria y no va a detenerse por la tabla de multiplicar. En algún sentido, la reacción de sus críticos es la mejor recompensa a su estrategia. Su deseo se cumple, no en la modificación de la realidad, sino en el reflejo de los adversarios que siguen puntualmente las indicaciones que ha trazado para la actuación de su antagonista.

El presidente es el autor del guion, el director de escena y el héroe. El resto del país, afiliándose a los bandos de su invención, cumple puntualmente sus instrucciones. ¿Será que todos nos hemos convertido en títeres de su guiñol? El Palacio virreinal es la escenografía. Del gabinete no hay personajes sino piezas de utilería: ahí están los tapetes extasiados por la pisada del ídolo, los trapos que el superhombre usa, ofende y tira, los jarrones decorativos y, desde luego, sus soldaditos. Las marionetas saben perfectamente que son ignoradas, pero les consuela sentirse en el proscenio, como si efectivamente fueran parte de un luminoso capítulo de la historia. En su teatro no hay espectadores. Quienes aplauden y quienes lanzan tomates repiten el parlamento que les fue asignado. Lo mismo los idólatras que babean y los críticos que gritan cumplen con el papel previsto por el dramaturgo.

En un gobierno sin plomada legal, ni prudencia económica, el colaborador más poderoso es el tramoyista que prepara las funciones diarias. Es claro que las iniciativas de ley que aprueba mecánicamente la mayoría no pasan por ninguna inteligencia jurídica. Es evidente también que no hay filtro de razonabilidad económica en las decisiones de la administración, pero sí que hay instinto escénico. Ese olfato teatral ha sido la clave para seguir sujetando la conversación pública y mantener hermetismo ante la crítica. A pesar de la reiteración de frases, parábolas y evasivas, los pleitos que se representan en el espectáculo presidencial tienen ritmo, los embates del protagonista siguen generando asombro por mantener ese crescendo de hostilidad que todos los días desborda algún límite. Ayer dijo que las feministas eran instrumentos al servicio del extranjero, hoy dijo que los abogados que defienden a sus clientes son traidores a la patria, ¿amenazará mañana al árbitro electoral con una votación para removerlo de su puesto? Cuando pensábamos que el protagonista de la obra había llegado a su límite, nos sorprende y escala otro peldaño.

La teatralidad ha inmunizado al gobierno porque ha creado un relato que se fortalece por sus réplicas. Sus “otros datos” son, en realidad, un cuento hermético y es eso, el cuento, lo que debe confrontarse imaginativamente. Si la ficción que el presidente anima todos los días sigue siendo persuasiva para millones de mexicanos es porque no hay, a la vista, un relato alternativo. La batalla contra el relato oficial será inofensiva hasta que no logre desmontar su ridiculez. Sí: ridiculez que se llame “cuarta transformación” y que se escriba con mayúsculas como si fuera un acontecimiento inscrito con oro en los muros de la Historia. Ridícula su incapacidad para ver lo que tiene frente a la nariz, para reconocer tropiezos, para modificar el rumbo. Ridícula también la cursilería de esas lecciones en las que contrasta la belleza sublime de los héroes impolutos frente a la miseria de los enviados del demonio; ridículo el maniqueísmo infantil de su cuento de hadas. Ridícula la megalomanía presidencial y la nauseabunda indignidad de esos devotos dispuestos a obsequiarle el bulto entero de sus neuronas al Benefactor de la Patria. Teatro bufo. La crítica que hace falta es la más ácida: la burla.

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22, Mar 2021

La legalidad enemiga

Si no es expresión de su voluntad, la ley es injusticia. Si los intérpretes del derecho se separan de su deseo, son traidores. Los opositores, los críticos y hasta los escépticos son enemigos de una nación que tiene el deber de sentirse entusiasmada por su gobierno. Arrancado de la canción clásica de José Alfredo Jiménez, el título del nuevo libro de Carlos Elizondo lo captura perfectamente. Quien se imagina como el esplendor de la historia mexicana no puede reconocer más ley que la que sale de su boca. La ley no es un tejido complejo y abierto que aloja interpretaciones distintas, sino declaración de voluntad única. Solo será legítima la interpretación que coincide con la propia. La ley no restringe al poder, es el testimonio de sus pretensiones.

La controversia de estos días es reveladora porque muestra la hondura de su convicción autocrática. No lo detienen los límites que marca la ley. No reconoce el presidente al derecho como un marco de restricciones, como el cauce necesario de la acción política, como límite al poder. No acepta que las reglas constriñen la voluntad de cualquier política, así sea la política democrática. El presidente nos ha dejado muy claro que entiende la ley como su instrumento, más aún, como su propiedad. Cualquiera que la usa o la invoque para fines que no sean los del presidente, la usurpa. La ley le pertenece porque él se imagina como la encarnación de la legitimidad y ésta es, a su juicio, un permiso sin restricciones.

Un juez recibe el furioso ataque del jefe del Estado desde Palacio Nacional. Más que pedir la revisión de su fallo, el presidente ataca la integridad del juzgador y lo incorpora de inmediato a una conspiración que pretendería descarrilar su gobierno. La andanada del presidente no es solamente un ataque al juez que examina la constitucionalidad de las leyes. El destinatario del hostigamiento es todo el poder judicial. La agresividad retórica es una intimidación a cualquier integrante de la rama judicial. La violencia verbal del presidente, la facilidad con la que descalifica moralmente a cualquier crítico, la vehemencia con la que suelta acusaciones de corrupción a cualquier entidad pública que actúa con independencia de su dictado obstruye la actuación imparcial y libre de la judicatura. El belicismo del presidente destruye la plataforma de la independencia judicial. Más allá del destino de las controversias, el embate lanza a los jueces a un territorio del que no pueden salir bien librados. Si terminan por avenirse al argumento presidencial, serán vistos como sometidos a su dictado. Si, por el contrario, mantienen la invalidez de las decisiones del régimen, seguirán recibiendo golpes que minan su legitimidad.

La más fresca enemistad del gobernante ingobernable trasciende al estamento judicial. No se trata, en realidad, del ataque a una institución constitucional. Es un ataque al régimen mismo de la legalidad. El rodillo del poder decidido a aplastar cualquier precaución jurídica. El hostigamiento a la judicatura se ha acompañado de un hostigamiento a la profesión jurídica. Los abogados que representen intereses contrarios a los de su gobierno deben ser considerados traidores a la patria. Lo ha dicho así el presidente de la república. Acusar de traición es resorte de autócratas. Elisur Arteaga, quien representó a López Obrador cuando recibía los ataques de Vicente Fox advirtió en un artículo reciente publicado en Proceso que el embate reciente es un atentado al estado de derecho. Tiene razón. El mecanismo completo de la legalidad es el enemigo del nuevo régimen. Sus principios fundamentales, su mecanismo y sus agentes son incompatibles con la política de la fe. Las reglas serán válidas solamente si coinciden con la voluntad presidencial; si desde ahí se les declara “injustas” deberán incumplirse heroicamente. Para el régimen, la profesión jurídica merece el respeto que reciben del presidente su ministra del interior y su “consejero” legal. En el espacio oficial, la abogacía es una profesión superflua y sospechosa. Y el arbitraje judicial, una instancia que debe afiliarse a la transformación. En la mirilla de enemistades, la ley.

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15, Mar 2021

El delirio

No son certeros los términos que hemos usado para describir la obsesión y la fuga. Los llamados a que el hombre recapacite para que examine el efecto real de su actuación parecen absurdos. ¿Alguien podría imaginarlo? Después de una conversación, el inflexible finalmente se sienta a examinar los datos y las advertencias. Hace espacio para la reflexión y concede fundamento a alguna crítica. Al día siguiente corrige. ¿Alguien imagina esa metamorfosis? Por eso me parece ingenuo pensar a estas alturas que la intervención de algún consejero podría abrir la mente del enquistado. Tenemos abundante evidencia de que no tiene oído más que para su propia voz y la de quienes le hacen eco. Las crisis, lejos de espabilarlo, han reforzado su hermetismo, lo han encapsulado en su alcázar de espejos, le han dinamitado el discernimiento elemental. Evadiendo sistemáticamente el presente, su discurso es cada vez más destemplado, más vehemente y más grotesco.

El presidente y los suyos envían señales desde un planeta remoto. El 8 de marzo tuvo a bien organizar un homenaje para sí mismo. Esa le pareció la mejor manera de mostrar su compromiso con la causa feminista. Después de describir a las mujeres que protestan contra la violencia machista como títeres del fascismo, como juguetes al servicio de causas antinacionales, hizo que las mujeres que trabajan para su gobierno lo celebraran y culminaran la ofrenda con una porra. ¡Es un honor estar con el promotor de un violador!, era el sentido implícito de esa penosa animación. El presidente tuvo también la generosidad de brindarnos cátedras sucesivas sobre el derecho y la lealtad. La ley que aprueba nuestra mayoría es expresión de una voluntad incuestionable. No es una norma que deba ajustarse al marco de la constitución y que, por ello, debe pasar la prueba de los tribunales. A su juicio, la ley declara el deseo del poder, no restringe su voluntad. Por eso la osadía de cuestionar sus resoluciones es equivalente a una traición. Traidores a la patria los abogados que defiendan derechos contra la voluntad declarada de la nación. Corruptos los jueces que advierten su incongruencia en la ley de la mayoría.

Si algo reiteran y refuerzan estos reflejos es el cerco de una convicción decidida a ignorar cualquier realidad, por monumental que sea si escapa de su fantasía personal. Si la montaña que todos vemos no aparece en paisaje de su programa, la declarará humo, mentira, engaño. El único mundo que viaja por su nervio óptico es el que reitera y refuerza su manía. El revés, el error, el efecto contraproducente de su propia política son, para decirlo con la fórmula que emplea a diario, “moralmente imposibles.”. Para el presidente, solo el halago es honesto. Es así cómo, en la inteligencia del supremo, la realidad queda moralmente desterrada.

Sería un consuelo pensar que su retórica es inocentemente demagógica. Pero su celebración del “éxito” de la política sanitaria, su insistencia en que el halo de su santidad infinita ha borrado la corrupción, su confianza en que la austeridad es la vía mexicana a la justicia social no son simplemente maneras de presentar los desafíos del gobierno bajo la luz favorable. No son expresiones que cuidan la integridad de un relato, que alientan optimismo, que cuidan simpatías. Son la descripción puntual del mundo en el que vive el hombre más poderoso del país. Puede entenderse que el piloto trasmita a los pasajeros una información que los tranquilice cuando se enfrentan problemas durante el vuelo. Podría calmar a los pasajeros con palabras de aliento, siempre y cuando activara al mismo tiempo los procedimientos de emergencia. Lo grave es que el piloto no mira los instrumentos de la cabina, desestima las chicharras de alarma, mira enamorado el espejo y sugiere a los pasajeros que disfruten del privilegio de volar con él mientras miran llamas en las turbinas. Ese es el mensaje del mexicano más poderoso en muchas décadas. Un político que no tiene oposición y apenas crítica. Quiero decir que el problema más grave no sería que el gobernante engañara a otros, lo alarmante es que se ha engañado a sí mismo. No hay hecho, no hay dato, no hay persona que le permita el reencuentro con el mundo. Todo aquello que expone una razón discordante es señalado de inmediato como cómplice de una conspiración que se opone a la felicidad nacional.

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08, Mar 2021

Ridiculizar la farsa

La respuesta del presidente a las mujeres de su propio partido que exigen el retiro de la candidatura de Félix Salgado Macedonio sigue el mismo libreto de las descalificaciones. Desoyendo la crítica, el presidente se lanza contra las críticas. Su causa no es auténtica. Si critican al presidente por apoyar a un violento son, objetivamente, instrumentos de la reacción. Personas manipuladas por los enemigos de su gobierno. Conservadoras. Al insulto rutinario, se le agrega un reproche político. La indignación de las mujeres ante la candidatura de un hombre acusado de ser un violador reincidente refleja una desconfianza en el pueblo. La rabia de las feministas es, en el fondo, antidemocrática. Que el pueblo decida, dice reiteradamente el presidente. ¿Por qué temer la decisión de la gente? ¿No son capaces los guerrerenses de evaluar al político?

Con aire diazordacista, el presidente López Obrador acusa a las feministas de haberse intoxicado con ideas extranjeras. No es mexicano el reclamo que hacen las mujeres. No corresponde a nuestras formas, a nuestra herencia, a nuestro lenguaje. Las mujeres que nos convocan a “romper el pacto” hablan como si no fueran de esta tierra. Usan expresiones importadas, dice. Tal vez han leído textos escritos en otro idioma. Quizá se hayan envenenado de discusiones que se celebran en universidades del extranjero, esas escuelas donde aprendieron sus mañas los tecnócratas y ahora copian furia las feministas. Para el hombre que, ante este asunto, se revela en cuerpo entero como un ultraconservador, el vocabulario de la protesta feminista es ajeno a nuestra experiencia y una amenaza a la tradición. No hay aquí tal pacto, dice burlonamente el presidente. Aquí la familia es una institución hermosa y cordial: ¡un ejemplo para el mundo! Aquí las mujeres merecen el cielo. Lo nuestro, lo auténtica y profundamente mexicano es la familia dulce y amorosa, la mujer que cuida tiernamente a los mayores y que se expresa siempre con dulzura. Si acaso hubiera motivos para la protesta, ésta debe ser un reparo recatado y discreto. Para el venerador de las tradiciones, para el protector del alma nacional, las feministas son una amenaza porque su discurso y su práctica siguen una moda que se aparta de lo auténticamente nuestro. Son, en ese sentido, contaminación extranjerizante; infiltradas de una ideología extraña que amenaza con pervertir el alma nacional. Es la paranoia del nacionalista acosado por lo que no entiende.

No hay sacudida que libere al presidente de sus prejuicios. Nadie puede imaginar que la rabia de la protesta de hoy, hará reflexionar al hombre del Palacio. Lo que tendría que provocar es reflexión en sus seguidores: el discurso de la infalibilidad popular en el que se escuda para respaldar al violento es el mismo que se esgrime para curtir toda la política presidencial y huir de las exigencias de la deliberación, desbordar los canales de la ley, para respetar los derechos. El discurso que escuda, en una supuesta voz del pueblo, la postulación de un abominable como Salgado Macedonio es el mismo discurso que se esgrime para el derroche y el capricho, para la militarización del país, para la destrucción de los contrapoderes y el desprecio de la razón técnica. Es el mismo discurso que pretende poner a votación el derecho de las mujeres a terminar voluntariamente un embarazo.

El abismo entre la causa feminista y el conservadurismo presidencial puede ser, en ese sentido, valioso para hacer visible la trampa de esa sacralización del Pueblo empleada para hacer irrefutables los deseos del poder. Las feministas han ridiculizado la farsa en la que se fundamenta la soberbia del régimen. Si son la energía opositora más poderosa es porque no reproducen el antagonismo que, en su beneficio, ha fabricado el gobierno. Su causa representa, sin la megalomanía del Cuartotransformador, la más profunda revolución de nuestro tiempo. Su lección desborda su propia causa. Desmonta, como ningún otro movimiento, la política de fe que practica el gobierno. Escudado en la coartada de la voz sabia del pueblo infalible, no solamente ofrece parapeto a violadores también se santifica el capricho y el derroche, el abuso y la militarización.

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24, Feb 2021

La insensibilidad del ideólogo

El ideólogo no es solamente ciego, es también insensible. No reconoce otra fuente de indignación más que la que es combustible de su propio programa. No todo sufrimiento lo conmueve. Si no es llama de su causa, el dolor de los otros es la experiencia más remota, la más ajena. Solo la rabia de los suyos le parece digna. La de los otros es un engaño.

La torpeza del presidente López Obrador frente al feminismo no es pura ceguera intelectual, no es solamente el achaque de un conservador que es incapaz de tomarle el pulso a las causas más hondas y más potentes de la hora. Es, ante todo, un trastorno de la sensibilidad. En su respuesta a las exigencias feministas se revela claramente el perfil de un político obsesivo que deja de ver, pero, sobre todo, la insensibilidad de un hombre que es incapaz abrirse a la experiencia de otros.

López Obrador ignora los datos que no le gustan, desatiende la crítica lanzándose a la descalificación de quien la formula, cierra los ojos al efecto de sus decisiones y se empecina en seguir la ruta que trazó desde un principio. Su respuesta ante el dolor de las víctimas de la violencia machista es la consecuencia emocional de esa cerrazón: indiferencia y aún hostilidad a quien se duele por causas que no aparecen en el listado de agravios por él reconocidos. ¡Ya chole!, dice. Ya basta de hablar de la violencia machista y del respaldo político que le da mi partido. Hablemos de lo que yo quiero hablar y solamente de eso.

El comodín que usa para explicarlo todo no sirve para comprender las demandas feministas. La dicotomía política de liberales contra conservadores que el presidente esgrime cotidianamente es absurda, cuando no contraproducente para su causa. El feminismo, literalmente, lo saca de quicio. Se trata de la irrupción de una agenda que lo desborda, que lo fastidia, lo exaspera. Ninguna oposición logra ese efecto. Ni este periódico, ni los intelectuales, ni las organizaciones de la sociedad civil, ni lo que queda de los partidos, lo enfada como lo hacen las mujeres que exigen lo elemental. El libreto ideológico le funciona para justificar el dispendio disfrazado de austeridad. Machaca eficazmente el relato histórico para atizar sus pleitos y para dispersar las distracciones. Me parecen que todavía son recursos útiles porque magnetizan la polaridad, porque alientan a los suyos y porque provoca a los otros. Son, en efecto, las riendas retóricas de la conversación nacional. Pero los reflejos presidenciales ante el feminismo lo dejan solo, lo exhiben hasta con los suyos como criatura de un tiempo ido, lo confrontan con seguidores que apenas se atreven a balbucear su enfado pero que saben perfectamente bien que las manías del presidente son indefendibles.

Al atropello del arrebato se suma el atropello de la protección política. A la violencia del impulso brutal, la agresión del desprecio desde la cúspide del poder. El presidente López Obrador ha agredido con el peor de los insultos a las mujeres que denuncian la violencia machista. Lo ha hecho reiteradamente. Ha negado que las activistas sean propiamente sujetos. Las describe agresivamente como instrumentos al servicio de las peores causas del país. No actúan por sí, sino al servicio de otros. Sabiéndolo o no, sirven “objetivamente” como juguetes de la reacción.

Si el feminismo ha sido la gran energía opositora en estos años es precisamente porque rompe las categorías que ha impuesto el relato oficial. Oposiciones, medios, organismos empresariales han terminado jugando en una cancha ajena para que el dueño del terreno imponga su dominio. Todas esas voces funcionan, en alguna medida, como resistencias prefiguradas y bienvenidas por el poder. El feminismo es otra cosa. No se alimenta de una nostalgia para restaurar el pasado reciente sino de la causa más radical de nuestra era. Se trata de un radicalismo justiciero que nada tiene que ver con la actuación política del régimen, convencido de que al feminismo se responde con cargos en el gabinete, evasivas y desdén.

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15, Feb 2021

Presunto violador

No debe ser sencilla la vida en la corte. Exige homenaje sin descanso al soberano. No hay reposo para la veneración. Cualquier palabra, cualquier decisión del monarca deber ser elogiada con entusiasmo. Los cortesanos han de esmerarse por estar cerca del rey y no perderlo nunca de vista. Han despertar muy temprano para oírlo y deben dedicar todo el día a descifrar sus mensajes y sus señales. Se dicen, convencidos de que nadie como él conoce el sentido de la historia y el sentir del pueblo. Los cortesanos deben estar cerca, pero, desde luego, no demasiado cerca. Fascinados y deslumbrados por el sol que irradia el gran líder; temerosos también por el efecto fulminante de su juicio. Leía hace unos días los apuntes de Elias Canetti en Masa y poder para entender la dinámica del lopezobradorismo. Una observación suya, al final del libro, es esencial: nada de lo que el rey haga es irrelevante para la corte. Todo encierra sentido. Me importa insistir en lo que veía Canetti: para los cortesanos no hay acto del supremo que carezca de un significado profundo. Si anuncia la hora, hay que proceder, de inmediato a ajustar el reloj de la república para que coincida con su orden. Como no hay pasaje irrelevante de la biblia, no hay gesto intrascendente del líder.

En la conferencia del presidente López Obrador del 8 de enero pasado, la reportera Judith Sánchez Reyes, cuestionó la sensatez de postular como candidato a un hombre sobre el que caen varias acusaciones de delitos sexuales. Denuncias formales de acoso, de violencia, de violaciones, incluyendo la violación de una menor de edad. Si el acusado ha escapado de los tribunales ha sido por sus conexiones políticas. Así lo sostiene el exfiscal de Guerrero, quien declaró que el senador por Morena está libre solamente porque el gobernador del estado frenó las investigaciones. La respuesta del presidente fue un espaldarazo al presunto violador.

Salgado Macedonio será violento, pero nadie puede negar que es devoto del hombre del gran poder. El candidato del presidente le compuso hace unos años una cumbia de rimas deslumbrantes:

En la raza oigo que me dicen Obrador
que me quieren estudiantes y del 132,
que me quieren los de Atenco
y para mí es un honor.

El hombre que López Obrador quiere como candidato en Guerrero ha ejercido también como intimidador a su servicio. Desde el Senado amenazó a los gobernadores que han cuestionado la política presidencial con la desaparición de poderes. A los ministros de la Corte les hizo el mismo amago: si se distancian de las instrucciones del legislativo: “estaremos aquí planeando la desaparición de la Corte.” Ese es el hombre que Morena promueve para gobernar Guerrero.

El presidente desprecia a las mujeres que han tenido el valor de denunciar a Salgado Macedonio. Las acusaciones que vienen de tiempo atrás fueron desechadas de inmediato como politiquería de estación: son denuncias interesadas que pretenden descarrilar a un candidato del pueblo. El presidente, por supuesto, sabe que las acusaciones son antiguas. Sabe que no surgieron ayer, pero los hechos incómodos, para él, son inexistentes. El máximo apoyo es la identificación. Ese fue, ni más ni menos, el respaldo que el presidente dio al político atrabiliario. “Yo fui acusado injustamente porque no querían que mi nombre apareciera en la boleta.” La identificación del presidente con el político violento fue explícita: Félix Salgado Macedonio padece hoy lo que yo padecí en 2005. La orden era clara. Hágase candidato a quien padeció mi misma suerte. Olvídese si violó a una niña porque tiene, más que el respaldo de los guerrerenses, mi solidaridad.

Morena hará campaña por Félix Salgado Macedonio escudándose en una novedosa afección por las formalidades legales. El candidato no ha sido condenado, las denunciantes no son militantes del partido y por eso no podemos escucharlas, han dicho los voceros del partido. La rabia de las morenistas indignadas topa con pared. Las protestas de las mujeres son desoídas. Con la candidatura de Félix Salgado Macedonio, Morena es cómplice, encubridor y propagandista de la violencia contra las mujeres. “¿Por qué elegir a un presunto violador como candidato?” han preguntado un grupo de mujeres indignadas por esa postulación, recordando el desgarrador testimonio de las víctimas. La respuesta es sencilla: porque así lo quiere Andrés Manuel López Obrador.

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08, Feb 2021

El médico como síntoma

El oficialismo no quiere que hablemos de responsabilidad. Sostiene que la catástrofe es una fatalidad que hemos de sobrellevar con resignación. Nos pide que creamos en la palabra del presidente que insiste que nos ha ido bien, que ya vemos la luz al final del túnel, que tenemos a un funcionario ejemplar a cargo de la estrategia. Sin muchos argumentos que ofrecer, sin datos que fundamenten el orgullo, el presidente pide fe. La credulidad presentada como deber patriótica nos pide cerrar los ojos. Ignorar lo que leemos en la prensa, desestimar lo que se dice de nosotros fuera del país, taparnos los oídos a lo que escuchamos en el entorno más cercano. La política del lopezobradorismo se ha convertido en una política de fe. Por eso hay que gritar las consignas o transcribir las etiquetas del orgullo hermético y defender, a capa y espada, al médico del régimen. La petición es inaceptable: a López Gatell hay que cuestionarlo con la severidad que merece. Sobre sus espaldas recae buena parte del desastre que vivimos.

Nadie dice que haya inventado el virus en su laboratorio, que sea el responsable de la obesidad, o de los rezagos en el sistema de salud. Nadie dice que sea el responsable exclusivo. Pero es, sin duda, el responsable principal. El definió la estrategia que ha resultado desastrosa y debe ser tratado a la luz de los efectos de su política. Se nos dice que cuestionar el impacto de sus mensajes y la consecuencia de su ejemplo es una obsesión enferma. Que es de mal gusto personalizar, que hay que hablar solamente de condiciones estructurales y del carácter planetario de la adversidad. Los argumentos en defensa del médico del régimen me parecen aberrantes. Cuando la responsabilidad desaparece, la política se vuelve inhumana. López Gatell debe ser considerado como el principal responsable del severísimo agravamiento de la crisis sanitaria en México porque la epidemia no es castigo de ningún dios. La intervención humana tiene consecuencias y es eso lo que debemos evaluar. Si señalamos la responsabilidad de Felipe Calderón por el aumento de la violencia y la barbarie durante su gobierno; si señalamos la responsabilidad personal de Peña Nieto en el reinado de corrupción en su sexenio, debemos igualmente advertir la responsabilidad del presidente López Obrador en el manejo de la crisis sanitaria y, en particular de su favorito, el doctor López Gatell.

Confieso que, durante algún tiempo, encontré en el subsecretario de salud un referente técnico. Lo vi como un hombre preparado académicamente y con experiencia en el servicio público que comunicaba día a día, con notable claridad y paciencia, la situación de la pandemia en México. Parecía un técnico… pero no podía serlo. En este régimen no hay lugar para un diálogo fundado en una razón que escape de la fraseología imperante. El médico es un síntoma. López Gatell es muestra clínica de un grave padecimiento político. Más que el doctor que atiende la enfermedad, más que el cuidador que ofrece información valiosa para protegernos, el subsecretario de salud es manifestación de una severa enfermedad del régimen. No hablo del populismo, sino de algo, quizá más profundo y, desde luego, más indigno: la cortesanía. El hombre que se presentaba como técnico riguroso que pretendía caminar por encima de la politiquería, resultó otro cortesano más. Digo mal. López Gatell no es uno más: es el más pernicioso de los aduladores de la corte.

Elias Canetti describió admirablemente la mecánica de la corte. Vale la pena leer sus apuntes en las últimas páginas de Masa y poder. Cuando un rey estornuda, dice el genial ensayista búlgaro, emite una orden a toda su corte: ¡estornuden! Recuerda la observación de un misionero francés, que registraba la conexión entre los gestos del emperador y los de su corte. Cuando el emperador ríe, los mandarines ríen. Cuando deja de reír, a ellos se les hunden las mejillas. Se creería, concluye Canetti, que “sus caras están hechas de resortes que el emperador puede accionar a su antojo.”

López Gatell es síntoma de la corte de las adulaciones. Revela el extremo al que puede caer la reverencia y la desgracia que esa genuflexión puede causar al país. Esa corte es el silencio de la secretaria de gobernación ante el ataque constante del presidente a las autonomías, es el mutismo del secretario de hacienda ante los caprichos ruinosos del jefe, es la disciplina del jefe de un partido dispuesto a hacer candidato a un hombre acusado de ser un violador.

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25, Ene 2021

Biden, el doliente

Después del fanfarrón, llega el doliente. Donald Trump fue eso: un hombre que hace alarde de lo que no es. Que es un gran empresario, que usa las mejores palabras, que es el más estable de los genios, que es experto en todo y que comprende de inmediato lo más complejo. Joe Biden, su sucesor, está en el extremo opuesto de este farol. Un político católico que habla desde la humildad o, más bien, desde el duelo.

En el libro que escribió tras la muerte de su hijo Beau, identificaba uno de sus mayores orgullos: ser capaz de acompañar el dolor de lo otros. “A lo largo de los años he descubierto que mi presencia casi siempre consuela a quienes han sufrido pérdidas repentinas e inesperadas. No es que yo tenga un poder especial, es que mi historia me precede.” Esa vida hecha de pérdidas más que de hazañas es la que conforma la biografía política de Biden. Puede ser, curiosamente, su prenda política más valiosa para estos tiempos. Puede hablarse del centrista que busca diálogo, del legislador experimentado que conoce las entrañas del poder, de la preparación de décadas para llegar a la oficina presidencial, pero quizá lo más importante que aporta Biden para un tiempo desgarrado por el encono y la muerte es, más que una idea o una propuesta, una sensibilidad.

Nadie tan opuesto a Trump como su sucesor. El contraste tal vez ilustre el sentido de las disyuntivas contemporáneas. Más allá de la oposición de ideas, el contraste de las emociones que se cultivan y se explotan políticamente. El millonario furioso fue el vehículo perfecto para la política del odio, de la mentira y el desprecio. Sus discursos eran soflamas de ira, salpicadas de burlas e insultos. Por eso había en ellos constantemente, una insinuación de violencia. El enemigo estaba siempre presente en sus intervenciones: los invasores del sur, los chinos, los explotadores del pantano, los musulmanes, los medios. Tomar la palabra era, para él lanzarse al pleito. El péndulo ha puesto en Biden el poder que hace una semana tenía el patán. Su apuesta ha sido siempre la negociación, el diálogo, la unidad. Tal vez hace unos años esa prédica habría parecido insustancial; retórica vacía. Hoy captura la urgencia, mejor de lo que lo podría hacer el más razonable proyecto técnico.

El discurso de toma de posesión de Biden es una pieza valiosa por esas mismas razones. No se encuentra ahí un bosquejo de sus prioridades legislativas, ni los principios básicos de su estrategia económica. No hay una idea de Estados Unidos en el mundo, ni una reflexión relevante sobre las maneras de encarar el reto ambiental. En esos términos el discurso es francamente superficial. Pero hay algo quizá más importante que una propuesta precisa y detallada de políticas públicas. Algo que captura la miga de la circunstancia: el abrazo del consuelo y la empatía, el llamado al entendimiento. Lo que se escucha en su discurso es, en el fondo, la propuesta de cambiar el tono. El presidente Biden no grita como su antecesor. No insulta. Si habla de una lucha es contra abstracciones: el odio, la mentira, el extremismo, no contra quienes odian, los mentirosos o los extremistas. Sabe que la fragilidad constituye a la democracia y que las palabras también pueden romperla. Y para cuidarla es necesario empezar por respetar la verdad y respetar al otro.

San Agustín apareció en el discurso del segundo presidente católico de los Estados Unidos para sostener que la política no es asunto de fuerza sino de moralidad. Por eso aludió Biden indirectamente al lema de su antecesor, quien llamaba a recuperar la grandeza perdida de los Estados Unidos. La historia norteamericana, planteó el nuevo presidente no puede ser contada solamente en términos de poderío. La grandeza de un país no puede separarse de su bondad.

La filósofa Martha Nussbaum ha hablado del analfabetismo emocional del liberalismo contemporáneo. El liberalismo, ha sostenido en múltiples ensayos, ha dejado a sus adversarios la explotación de la ira, el miedo, la repulsión. Ha confiado en una racionalidad estricta que expulsa de la plaza pública la emotividad, como si fuera un asunto que pudiera confinarse al espacio doméstico. El discurso de Biden toma la dimensión afectiva de la política en serio para arrebatársela al populismo polarizante.

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