Lunes

19, Ago 2019

La ira noble

¿Habría que esperar reclamos suaves? ¿Peticiones dulces, reclamos delicados? ¿Cordiales solicitudes para no ser violentadas, humilladas, asesinadas? Pedir buenas maneras para exigir lo elemental: el respeto, la dignidad, la vida misma. Suplicar trato humano, sin incordiar a nadie. No queremos molestar, pero… si no es mucha molestia, preferiríamos que no nos mataran. ¿Sería eso posible? Ojalá pudieran dejar de violarnos. ¿Sería posible que dejaran de tratarnos como cosas, como instrumentos de su placer, como desahogos de su frustración y de sus miedos? ¿Nos podrían, por favor, dejar caminar tranquilamente por la calle? Sería lindo pasar un día sin pensar en la intrusión de sus palabras, sus manoseos, su violencia. No queremos ofenderlos, no se lo tomen personal, pero francamente preferiríamos vivir. Quisiéramos decirles que no nos ilusiona la asfixia, la puñalada, el ahorcamiento, el degüello. Nos gustaría salir a la calle sin temor. Quisiéramos pasear con libertad. Tener la confianza de que podemos caminar por la ciudad. Se los pedimos amablemente: no nos usen, no nos hostiguen, no nos lastimen, no nos maten.

No. No le pidamos protocolos a la rabia. Reconozcamos la fuente de la ira. Oigamos en ese grito el principio de la justicia. Eliminar la ira es cortar los nervios del alma, dice Remo Bodei, ese admirable estudioso de las pasiones. Negar la ira es romper las cuerdas del arco que dispara la flecha. Una larga, larguísima tradición nos llama a negarla, reprimirla. Se le acusa desde hace siglos de secuestrar el juicio, de reventar los equilibrios que nos sostienen, de cegarnos. En la ira se ha visto una locura destructiva y pasajera, una ceguera, una tiranía que nos saca de nosotros mismos, una esclavitud. Pero hay algo valioso en esto que los católicos llaman pecado. En la ira hay un resorte de justicia. Lo activa un golpe inmerecido. Un golpe intolerable. Haber sido traicionados, humillados, despreciados. No haber sido tratados con el respeto que merecemos. Sufrir maltrato. La ira es el chicote que nos permite reafirmar dignidad.

Tiene dos caras la ira. Una es justiciera, la otra destructiva. Por una parte, (continúo con la exposición del filósofo italiano), la ira es una saludable rebeldía, un impulso moral que levanta la voz frente al abuso. Una conmoción que revienta la apatía. Un estallido que, al decretar rechazo, pone en movimiento la posibilidad del cambio. También hemos visto a la ira como una furia que nos posee, una pérdida de razón, inevitablemente, una desmesura, corrosiva. Lo mismo podemos decir del impacto político de esa pasión: siglos de rechazo y beneplácito. En Hannah Arendt y en Judith Shklar, dos de las mayores teóricas de la política del siglo XX podríamos encontrar las puntas de esa polémica irresoluble. Arendt, exploradora de los mecanismos totalitarios, vio en la ira un impulso perverso, una efusión capaz de envenenar la causa más justa. La ira, a su juicio, subordina toda acción política al miserable impulso de la venganza. Judith Shklar no condena la ira. La comprende como emoción humana, como chispa moral. Desde su escepticismo entendió que bajo esa furia aparentemente irracional existía un sentido de justicia que no podía ser despreciada. Sin la patada de la indignación seríamos incapaces de encarar nuestra cara abominable. Arendt ve la ira como una emoción antipolítica: una peligrosa irracionalidad destructiva. Shklar, una pensadora a la que deberíamos prestar mayor atención, reconoce en esta pasión una energía política valiosísima. Será desde luego desafiante de hábitos y reglas pero ahí despierta la sensibilidad moral. No es la geometría de las abstracciones lo que nos llama, módicamente, a la acción: es el colérico sentir de lo inaceptable. A la política corresponde escuchar esa rabia porque en ella se encuentra la marca de lo intolerable. Indignación: la ira noble. No es una locura súbita. No es ceguera. Si es desmesura es porque responde a lo inaceptable. La racionalidad moral hecha alarido.

La indignación exige escucha. Eso que parece profanación es una posibilidad de luz. La indignación, lucidez iracunda, no busca la equilibrada exposición de un argumento ante un árbitro imparcial. Conmueve y nos sacude porque rompe indiferencias.

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14, Ago 2019

El tino de la crítica

El populismo se gesta en una impotencia. Los canales tradicionales no sirven para hacerse oír. Las escaleras de ascenso están bloqueadas; los derechos que se proclaman con toda solemnidad, se niegan cotidianamente. El ciudadano no se encuentra en su representación. No es visto ni atendido. La política real niega rutinariamente a la mayoría. Podrá reconocer al ciudadano en el momento de votar, pero lo ignora, lo desprecia y lo maltrata al día siguiente. Ese régimen democrático que ofrece inclusión, excluye; esa política que promete atención, resulta impenetrable. Los rituales de la política producen así una sensación de defraudación: hay votos, hay cambios de gobierno, hay alternancia… y poco cambia. Los mismos hacen lo mismo. Es la ausencia de alternativas lo que alimenta el llamado populista. Su denuncia es certera y, en algunos aspectos, irrebatible.  En su denuncia de esa estructura de exclusión, en su crítica de la cápsula oligárquica, en su burla a los augurios de la modernidad nombra una experiencia que toca la vida mucho más que la prédica liberal y su fascinación con las abstracciones.

El reproche populista debería ser tomado muy serio. Sólo escuchando esa crítica, en lo que tiene de válida, puede reconstruirse el proyecto democrático. No es necesario acompañar la propuesta para escuchar la denuncia. Que el camino que sugiera sea, a mi juicio, equivocado no significa que su argumento sobre las promesas incumplidas de la democracia sea absurdo. Bien nos haría reconocer la validez de la crítica como un llamado de atención. No podemos ignorar la hondura de las desigualdades, la concentración de poder, la captura de las instituciones, la debilidad de los derechos. Del populismo viene en nuestros días la crítica más severa a estas traiciones de la democracia liberal. Por eso creo que tiene razón el brillante politólogo español Fernando Vallespín cuando sugiere que la clave para entender al populismo es su dosis. Su compuesto químico no es necesariamente ponzoñoso. En la proporción justa, puede ser, incluso, medicinal. “El populismo opera como el pharmakon griego (…) porque significa a la vez remedio (medicina) y veneno; lo que cura y lo que mata, una antinomia inscrita en la misma palabra. Pues bien, creo que este es el caso del populismo en su relación con la democracia liberal: en pequeñas dosis sirve para tomar consciencia de qué es lo que no está funcionando en nuestros sistemas políticos y contribuye así a reconducir la situación. Pero si nos pasamos, el daño que puede llegar a producir es imprevisible. Basta con mirar los destrozos que está originando Trump para percibir que puede llegar a ser letal.”

Esto viene a cuento porque creo que al populismo hemos de agradecerle la politización de la desigualdad. Que se hable de ella, que se denuncie, que se exhiba como nunca antes. Que se muestren sus múltiples manifestaciones. Que se señale la estructura de poder que la preserva y los artilugios ideológicos que la esconden, la exculpan y aún la justifican. Puedo discrepar del maniqueísmo y de la simplificación con los que se frecuentemente aborda la desigualdad en el nuevo discurso oficial, pero no dejo de reconocer que pone el dedo en nuestro gran pendiente histórico. Lo confirmo al advertir la ceguera de las élites frente a lo que tenemos en frente. Lo común que resulta cerrar los ojos a la segregación e imaginar que las ventajas que se disfrutan son justísimos premios al esfuerzo. Vivir como si en el país no imperara la discriminación. Y ese resorte de negación que lleva a muchos a decir que hablar de racismo es, en realidad, una actitud racista; que hablar del clasismo es puro resentimiento. No puede haber la menor duda de que el tono de piel demarca el horizonte de vida en México. El Proyecto sobre discriminación étnico-racial en México de El Colegio de México que coordina Patricio Solís lo documenta de manera contundente. Pero un excandidato presidencial se atreve a bromear que advertir el privilegio del color es una frivolidad.

La polarización puede tener buena secuela si nos hace ver, si nos hace oír. O más bien, si al final del día, nos permite vernos, nos permite oírnos

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05, Ago 2019

La ceremonia del delirio

Se nos invita todas las mañanas a presenciar una ceremonia delirante. No creo que haya manera de describirla de otra manera. Lo que comenzó como un audaz compromiso de comunicación se ha convertido en una inquietante exhibición de incoherencias y agresiones. El presidente de la república encara a los medios para enlazar disparates con insultos. Las obsesiones de siempre se combinan con la ocurrencia del instante. En reflejo a una pregunta se toman decisiones, se contradice a los colaboradores, se niegan los hechos más evidentes. El presidente divaga, vuelve a contar la anécdota que ha contado mil veces, repite por enésima ocasión algún fragmento de la historia de bronce que tanto le entusiasma. Machaca el manojo de sus frases fijas. Evade cualquier pregunta incómoda. Si aparece un cuestionamiento serio sobre sus responsabilidades de gobierno, el presidente huye con más descaro que habilidad. Sus evasivas se han vuelto francamente grotescas: quien cuestiona es borrado de inmediato como un interlocutor digno. La intolerancia frente a la opinión discrepante se escenifica todos los días. No se muestra en esos espectáculos del disparate a un presidente tan seguro de su paso que puede polemizar con soltura y con respeto, que puede defender sus decisiones con argumentos sólidos y pruebas persuasivas. Lo que vemos es a un presidente voluntariamente ciego. Un político decidido a no ver más que lo que le gusta y a no escuchar más que piropos.

Si, como creo, eso que se retrata en las conferencias de mañana refleja un estilo de gobierno y no solamente una rutina publicitaria, hay razones para estar muy preocupados. Preocupante el teatro de todos días porque no hay orden en el activismo presidencial, porque no se percibe ese sentido de límite que funda la prudencia; porque se confiesa rutinariamente el desprecio por la ley, la experiencia, el conocimiento técnico y los datos; porque no se muestra un deseo honesto de cotejar el proyecto con su impacto. Se nos receta un optimismo cada vez más hueco. Se insiste en proyectar un ánimo celebratorio que se separa cada día más de la experiencia. El festejo presidencial de un crecimiento imperceptible es una de las mayores pruebas de esa desconexión entre un discurso festivo y una realidad amenazante. Estamos muy contentos, dijo, con el reporte que registraba un crecimiento infinitesimal. Vamos muy bien. Se despeja el miedo. El crecimiento microscópico bastó para fundar la alegría presidencial porque era, en realidad una manera de burlarse de los expertos que se equivocaron–por una micra. El atolladero es celebrable si sirve para desacreditar a los tecnócratas.

El presidente más popular del que tengamos memoria, el político más cercano a la gente parece, al mismo tiempo, el más hermético. Ahí la paradoja de su cercanía popular: rodeado de gente, el presidente se aísla de la realidad. Desconfiando de todos los instrumentos de medición, descartando por principio cualquier advertencia de riesgo, creyendo ciegamente en su sensibilidad infalible, el presidente se recluye en sí mismo. Se empeña en recordarnos que está de buen humor, que está de buenas. Así, rompe brújulas y termómetros porque esos instrumentos no registran la temperatura moral ni el sentido de la historia. Por fortuna el esclarecido dirigente nos lo revela todas las mañanas. Lo conocemos impermeable a cualquier crítica, pero se nos ha mostrado también, y de manera muy clara, como un político hermético a la información que su propio gobierno genera. Lo ha vuelto hacer en estos días, contradiciendo, nuevamente, a la Secretaría de Hacienda. “Yo tengo otra información.”

El presidente corroe a su administración. Cada mañana toda la estructura del gobierno federal se pone a temblar. ¿A qué oficina lanzará a una tarea imposible? ¿A qué funcionario exigirá lo que no le compete? ¿Qué ocurrencia romperá el ritmo de una decisión pública? ¿Y qué quiere decir esa instrucción presidencial que pide elegir la justicia por encima de la ley?

*

Tal vez deba dedicar una línea al artículo que firma Álvaro Delgado en el número más reciente de Proceso. No tengo ninguna participación en el proyecto “Alternativa por México” que, de acuerdo al reportaje, coordina Coparmex.

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01, Ago 2019

Lealtades perversas

El sábado reciente La jornada publicó una carta de los escritores David Huerta y Verónica Murguía. Responden a Marx Arriaga, director general de Bibliotecas del gobierno federal, quien comentó que la última dotación al acervo había sido en el 2012, “muchas veces con cierta carga ideológica, porque había textos de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze.” Transcribo el núcleo de la carta, porque merece la máxima difusión. “Hemos leído los libros de esos dos autores y tenemos nuestra opinión sobre ellos; pero eso no es lo importante: lo importante son las insinuaciones sobre la supuesta inconveniencia de esa “carga ideológica” en algunos “textos.” Eso apunta directamente a las vocaciones centrales de los censores e inquisidores de cualquier tiempo y lugar: la persecución y represión del pensamiento libre, incluido, naturalmente, el pensamiento de quienes no piensan como los gobernantes. (…) (R)esulta siniestra la vocación fascistoide de las declaraciones de Arriaga, un funcionario que traiciona la esencia del trabajo de un auténtico bibliotecario: velar por los libros y por el conocimiento, incluido los “textos” con cuyas ideas no comulga.”

Lo que Huerta y Murguía describen como vocación inquisitorial va mucho más allá de los estantes. Esa velada intención de depurar el acervo bibliográfico de la nación del gorgojo literario muestra el deseo de sanear ideológicamente al país. Ese es el sello intelectual de este gobierno. Que las letras, la ciencia, el arte y la prensa se afilie decididamente a lo que llaman cuartatransformación. Cumplir el deber histórico es suscribir el anuncio de la nueva era, fustigar los horrores del pasado y las miserias de los enemigos. Se trata, es cierto, no de la proscripción de las ideas distintas, sino de un hostigamiento activo y permanente que comienza con la misa de todas las mañanas.

Son tiempos de definiciones, dice el presidente. Y sólo hay dos sopas. No hay creación intelectual, esfuerzo científico o trabajo periodístico al margen de la epopeya en curso. No lo piensa solamente en términos políticos. Está convencido de que su liderazgo lo imanta todo. La disyuntiva le parece inescapable. Si no estás conmigo, es decir, si no estás con la Historia, estás en contra de la justicia, de la verdad y de la patria. Si no estás conmigo estuviste con los conquistadores y con Maximiliano, con los huertistas y los corruptos del neoliberalismo. Por eso la prensa debe respaldar su proyecto. ¡Portarse bien! Celebrar al presidente para recibir, del magnánimo tutor, la estrellita en la frente.

En el ámbito de la ciencia se percibe también el embate de esta perversa noción de compromiso. De los brutales recortes a la ciencia se ha hablado mucho. La prestigiosa revista Science dedica a ello un artículo reciente que muestra una preocupación en la comunidad científica internacional por lo que sucede aquí. Pero el problema no es solamente la tijera sino la ideología. En el portal de la misma revista puede leerse un artículo de Antonio Lazcano, uno de los científicos más admirados en el país, quien, además de advertir de los peligros de la asfixia presupuestaria, nombra la amenaza de la politización. Al Conacyt le han montado una hache por ahí, pero, tal vez habría que agregarle una I: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología Ideológica: Conacyti. Ciencia y tecnología, siempre y cuando sirva a la retórica del antineoliberalismo. La directora de ese organismo ha replicado la política pendenciera del presidente de la república. A su juicio, la ciencia mexicana necesita emanciparse de la perversa hegemonía de la ciencia occidental. Dejar atrás la ciencia neoliberal. Por ello habría que pensar de nuevo si nuestros científicos deben salir al extranjero a continuar su formación académica. Mejor quedarse aquí. En las universidades europeas y norteamericanas podrán estar la investigación de punta, las revistas más exigentes y las nuevas patentes, pero son, no debemos olvidarlo, nidos de pensamiento colonial.

El maniqueísmo presidencial quiere dejar su huella en todas partes. Pretende que su belicismo lo inunde todo. Sustituir la complejidad del pluralismo por la simpleza de un mundo binario y remplazar los aprendizajes de la conversación con la fogosidad la cruzada.

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22, Jul 2019

Popularidad, temeridad

A la opinión pública le tienen sin cuidado los artículos de opinión. No parece tampoco prestar mucha atención a las calificadoras. El presidente López Obrador sigue siendo extraordinariamente popular. Una mayoría muy amplia lo respalda. El presidente más popular de la historia reciente de México. De acuerdo a la medición de Reforma y el Washington Post publicada el 17 de julio, su apoyo ha descendido algunos puntos desde marzo, pero sigue siendo altísima. Siete de cada diez encuestados aprueban el trabajo del presidente. Pocos gobernantes en el mundo podrían presumir un respaldo de esa magnitud. Las cosas, sin embargo, no pintan tan bien cuando se desmenuza la percepción de las distintas áreas del gobierno. No hay tema de la agenda pública que esté a la altura de la popularidad presidencial. En educación recibe los mayores aplausos. El 50% de los encuestados piensa que la política educativa de esta administración es la correcta. En el resto de los temas el respaldo de los encuestados baja de la mitad. El 52% considera que está fracasando en el combate al crimen y el 55% cree que no ha logrado reducir la violencia. No se registra ninguna identificación con las insignias políticas del presidente. Se apoya al presidente, más que la política presidencial.

Tengo la impresión de que esta estampa de la popularidad presidencial que nos ofrece Reforma presenta una opinión pública esperanzada y cautelosa. Hay confianza en el liderazgo de López Obrador, pero hay también una postura reservada, crítica, expectante frente a políticas cuyo impacto aún no podemos conocer. Se trata de una visión que parece mucho más ponderada que la de los estridentes de un lado y del otro. Un respaldo considerable que está muy lejos de ser una entrega ciega. Ya lo sabemos: las simpatías políticas son efímeras.

Por lo pronto, el dato inocultable es el respaldo. Dos factores pueden ayudar a explicar la popularidad presidencial. Por una parte, sigue obrando en su favor el orgullo del cambio. El nuevo estilo enfatiza la ruptura con la tradición. Los votantes no se han arrepentido de la decisión de hace un año. Por el contrario, en su inmensa mayoría se sienten satisfechos con la apuesta. Muchos que no votaron por Morena, respaldan hoy al presidente. Así lo pinta la encuesta. Apoyando ahora a López Obrador se sigue celebrando el castigo a la clase política tradicional. La memoria reciente es el mejor soporte de la popularidad presidencial. Nadie puede acusar continuismo. El quiebre histórico se representa todos los días. Esto no es como ayer. En eso no puede haber la menor duda: López Obrador representa una ruptura con el pasado reciente y la ciudadanía lo celebra. No tiene del todo claro cuáles serán las consecuencias del tijeretazo, pero, por lo pronto, festeja que hemos dejado atrás una era que no produce nostalgias. Lo sabe bien el presidente quien, con buen olfato, aprovecha cualquier ocasión para recordarnos el fin de los horrores recientes.

El segundo sostén de la popularidad es la cercanía. López Obrador se muestra como un presidente accesible. Se le escucha todos los días respondiendo a los periodistas, se le ve haciendo cola para treparse a un avión, se le reconoce austero. Ha rechazado todos los cacharros del aislamiento: casa, avión, escolta. No rehúye el contacto, no teme el apretujón. Es un presidente que se muestra próximo, que no se esconde ni se encierra. Ha sabido conjurar, por lo menos en términos visuales, ese peligro de la política contemporánea: el aislamiento palaciego. La constante exposición pública, sin embargo, no solamente representa riesgos de saturación. También y, sobre todo, significa un riesgo personal y de Estado. La desaparición del Estado Mayor Presidencial, la falta de un cuerpo profesional de protección exponen al presidente de la república a un peligro serio que debe atenderse cuanto antes. Hemos sido testigos ya de momentos tensos y riesgosos que muestran la vulnerabilidad del presidente. Más allá de las molestias, hay que detenerse en el peligro. El afán de cercanía no puede poner en riesgo al presidente de la república. Sería una gravísima imprudencia, una temeridad, desoír las advertencias. La seguridad personal del Jefe del Estado y de su familia no es un asunto personal.

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15, Jul 2019

La miga de la renuncia

Al exponer las razones de su renuncia, Carlos Urzúa ha exhibido las dos contradicciones esenciales del gobierno. Su proyecto social es ciego. Su discurso moral es hipócrita. Las dos columnas del gobierno son saliva.

No hay instrumentos que sirvan al deseo de remplazar al odiado neoliberalismo. Se le ha decretado muerto, pero no se ha cimentado ninguna alternativa. Las políticas que se han echado a andar no son, ni remotamente, un sustituto viable. Las advertencias vienen de todos lados. Ahora se suma, con un juicio demoledor, quien fuera el arquitecto de la política económica en el primer tramo del gobierno de López Obrador. Es importante leer con atención su mensaje La política lopezobradorista es expresión de un voluntarismo insostenible. La magia comunicativa del opositor no opera en el mundo económico. No se genera crecimiento deseándolo. No se reparte riqueza con discursos sobre la igualdad. La crítica de Urzúa es punzante: el gobierno toma decisiones en el aire, sin un examen responsable y riguroso. Imposible trabajar en un gobierno que decide cerrar los ojos a los hechos que le disgustan. Un gobierno que se imagina transformador no puede dar la espalda a las herramientas de la técnica, ni puede ignorar las mediciones que tenemos como confiables. Urzúa decide separarse del gobierno de los datos alternativos y sonar el timbre de alarma. Es improbable que se le escuche, aunque pide lo elemental. Asentar toda decisión pública en razones, medir el impacto de la intervención gubernamental, corregir cuando es debido.

La fraseología—me niego a llamar “ideología” a los tics retóricos del lopezobradorismo—se impone sobre la evidencia, cierra los ojos a los datos, desprecia cualquier discrepancia, desatiende las advertencias y, sobre todo, es incapaz de viraje. A cada crítica, una lista corta de descalificaciones e insultos. Encerrado en sus oraciones, el presidente es incapaz de ver lo que tiene en frente. Y así dice, y seguramente cree, que las cosas van muy bien. Al cerrar los ojos a lo molesto deja de escuchar también la voz diversa y compleja de los críticos. Ninguno le merece el mínimo respeto porque cualquiera que discrepa se desplaza de inmediato al espacio maligno del neoliberalismo. Los discrepantes son enemigos y todos los enemigos son idénticos. Urzúa, su colaborador en el Distrito Federal, su aliado en muchas batallas, embajador suyo en ámbitos hostiles, integrante destacadísimo de su primer gabinete, termina siendo un neoliberal más.

La segunda crítica de Urzúa en su renuncia es tan grave como la primera. Tal vez sea más hiriente porque pincha la arrogancia moral del presidente. Esa autoridad que él dice encarnar y que nadie tiene siquiera el derecho de poner en duda, ha quedado tocada. No porque haya indicios de que emplee el poder para su beneficio económico, sino porque ha instalado en el primer círculo de su gobierno a un personaje que es una maraña de intereses privados en abierto y constante conflicto con la responsabilidad pública. Que lo diga el Secretario de Hacienda en su despedida agrega peso a la denuncia. Lo cierto es que este estridente conflicto de interés no puede sorprender a nadie. Fue el propio Alfonso Romo quien en tiempos de campaña advertía que sus negocios lo descalificaban para trabajar en el gobierno. Sería un escándalo que yo fuera jefe de gabinete, le dijo a Azucena Uresti. Al asumir la presidencia, López Obrador le dio ese cargo. Ya lo sabemos: él no es como los otros.

Las razones de la renuncia son inquietantes. De manera certera y escueta se detectan los dos motivos que descarrilarán el proyecto más ambicioso de las últimas décadas. Ineptitud técnica y arrogancia moral. Una tercera fuente de intranquilidad viene de la reacción del presidente ante la renuncia. Por supuesto, la descalificación por delante. Nadie podría sorprenderse del reflejo: quien se va es, en realidad, un sobrante del viejo régimen, un neoliberal que no entendió la magnitud del cambio histórico. Y al que llega lo convencerá fácilmente de que esa política basada en evidencia no es más que una fantochería de tecnócratas neoliberales. Lo peor de todo es que cree que es chistoso. Jajajá.

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08, Jul 2019

Apetito de oposición

México cumple un año sin uno de los dos motores de la democracia. Tras la elección del 18 nos quedamos sin turbina opositora. Todo lo que se mueve es por impulso del gobierno y sus aliados. Todo lo que avanza, lo que se detiene o lo que retrocede es por determinación de un grupo compacto. No hay resistencia ni argumento crítico en las máquinas que tienen a su cargo la responsabilidad del antagonismo. Más que disminuidas, las oposiciones siguen atarantadas por la paliza de hace un año. Siguen sin entender lo que sucedió, siguen sin comprender lo que está pasando.

Al parecer, el PAN cambió de dirigencia después de las elecciones, pero no se ha sabido nada de esa nueva directiva. Tal vez es un rumor y permanece la misma cúpula invisible. Si en efecto hubo nombramientos en esa organización, si hay un nuevo jefe de partido es algo que desconoce la opinión pública. De la existencia de esa jefatura no tenemos absolutamente ninguna evidencia. El PAN, al parecer, sigue de vacaciones. Es cierto que hay algunos legisladores panistas que aparecen de pronto para intervenir en el debate público, pero Acción Nacional, como partido, no existe. Del PRI tenemos noticias aún más escasas. Son penosas. Hace poco un priista veterano descubrió que en el PRI no había democracia. Quería presidir al PRI. Tal vez imaginaba que ahí había elegantes discusiones y que lograría el triunfo quien mejores argumentos expusiera a los militantes. De pronto se dio cuenta de que, en ese partido, la democracia ni siquiera es un árbol frutal. Sacudido por el triste descubrimiento, decidió renunciar a su partido. Las noticias que llegan de esa organización dejan en claro que camina con buen paso a la irrelevancia. Se acumulan los indicios de que se dispone a convertirse en subordinado de la nueva hegemonía.

Los brotes de oposición regional duraron un instante. Las discrepancias que se ventilaron hace unos meses en defensa del federalismo han desaparecido. El centro se impuso para someter a los críticos regionales que se atrevían a cuestionar la centralización. Si llegamos a hablar por un momento de las alternativas que se perfilaban en Jalisco o en Chihuahua, hoy no podemos más que registrar su aquiescencia y sus silencios. Esas semillas de oposición, esos bosquejos de antagonismo institucional se desvanecieron muy pronto.

El vacío de las oposiciones es el mayor problema democrático de México. Tanto o más que la política del avasallamiento, preocupa la fuga, la indolencia y la confusión de los opositores. Nada puede sustituir a esos órganos de la discrepancia. A los medios, a las organizaciones sociales, a los núcleos de interés no les corresponde suplir a los ausentes.

Lo cierto es que hay apetito de oposición. Algo nos dijeron las elecciones locales de hace un mes. La ola morenista sigue imponiéndose para obtener los triunfos más importantes. Pero un partido en fuga como el PAN logró una cantidad de votos que no puede ser menospreciada. El partido de López Obrador obtuvo en la elección de junio 1 millón 900 mil votos. Acción Nacional logró 1 millón 700 mil. Las alianzas de Morena, por supuesto, le agregan una carreta importante de votos y marcan una diferencia que puede ser determinante. Lo notable, como lo anotaba hace poco Héctor Aguilar Camín es que, en solitario, los dos partidos compiten al tú por tú. Si apenas tenemos partidos de oposición, hay una reserva de electores de oposición.

El presidente, popular como sigue siendo, ha multiplicado los frentes de inconformidad. Las torpezas de una administración que no se toma en serio, los efectos de las purgas irresponsables y precipitadas, ese estilo de mando que pende más de la inspiración que de la reflexión tendrán efectos en la vida cotidiana de millones de personas. Necesitarán alternativas. Hace falta un antagonismo lúcido, inteligente, fresco que se desprenda de su ostentosa carga reaccionaria. Debe partir, a mi juicio, de una crítica que asuma como propia la agenda igualitaria que el presidente ha puesto en el centro del debate público, pero que la entienda no como desahogo retórico, ni como prédica moral, sino como un complejo desafío de la responsabilidad política. Y si pretende defender las instituciones liberales, habrá de hacerlo partiendo de sus promesas incumplidas.

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17, Jun 2019

De caricaturas

Hace un par de meses, la edición internacional del New York Times publicó un cartón del caricaturista portugués Antonio Moreira Antunes sobre la relación entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu. El primer ministro de Israel aparecía como un perro guía, al que le colgaba un collar con la estrella de David. Seguía sus pasos el presidente de Estados Unidos, un ciego con kipá. El dibujo, que había sido publicado antes en el Expresso de Portugal, generó indignación entre los lectores del periódico. Muchos lo consideraron una inaceptable burla antisemita. Los editores del diario neoyorquino le dieron la razón a los ofendidos y se disculparon de inmediato. La caricatura es indefendible, dijeron. Cometimos un error al publicarla. Pero no se detuvieron en esa rectificación. Para evitar problemas futuros, decidieron eliminar definitivamente la publicación de caricaturas políticas en su versión internacional.

Resulta revelador que la caricatura haya ocupado el centro de tantas polémicas contemporáneas. Han sido dibujos los que han provocado algunas de las controversias más apasionadas y más violentas de estos tiempos. Algo tienen los monos que provocan la ira de los fanáticos y prestan justificación a los censores. Será su veneno, la imposibilidad de rebatirlas con palabras, la verdad que encierra su simpleza. Lo cierto es que en la caricatura se vive la disputa sobre lo permisible y lo democráticamente indispensable. En las burlas del lápiz se debaten los contornos de la tolerancia, las mesuras de la convivencia, la naturaleza del desacuerdo, el tono del debate.

Toda caricatura es ofensiva. Si no es hiriente es una ilustración. Tras aquella polémica de los cartones de Mahoma, el caricaturista Michael Shaw, escribió en su entrega del New Yorker un aviso a sus lectores: “Disfruta esta caricatura cultural, étnica, religiosa y políticamente correcta con responsabilidad. Gracias.” El cartón era un cuadro en blanco.

 

El caricaturista encuentra una deformidad y la explota a placer. Su trabajo es desfigurar a sus personajes, pero, al hacerlo, descubre una facción más profunda que la aparente. En la exageración del perfil se descubre el distintivo único, la personalidad auténtica del sujeto. Su arte es, por ello, el de la desmesura. Y más que ser para él un recurso, esta exageración plástica es una ética porque nos recuerda que todos—empezando por los que se imaginan nuestros salvadores—somos incongruentes, fachosos, ridículos.

¿Qué tipo de debate público puede haber si suprimimos el permiso de la burla? ¿Qué discusión podríamos tener si renunciamos a la claridad del humor? Patrick Chappatte, uno de los cartonistas que publicaba regularmente en la versión internacional del New York Times, escribió en su página personal un lamento que vale la pena atender. Eliminar la sátira gráfica de nuestros diarios dice mucho del rumbo del periodismo contemporáneo. Con el pretexto de la sensibilidad y la prudencia, estamos rehuyendo el debate franco e intenso. Las redes sociales han impuestos el reino de un moralismo intimidante. Muchos editores están dispuestos a ceder ante la amenaza de los furiosos que, muchas veces, tienen el respaldo de los patrocinadores. De esa manera, la indignación más vehemente define el tono de nuestra conversación y proscribe las voces que incomodan. Si las caricaturas son ahora el blanco del ataque es porque son atajos visuales de la crítica, opiniones condensadas que hacen reír. Ahí está su fuerza y ahí también su debilidad. “En este tiempo demencial, concluía el caricaturista, el arte del comentario visual es más necesario que nunca. Y también el humor.”

Ian Buruma, el gran ensayista holandés ha escrito sobre el progresivo encogimiento del debate público. El autor de Asesinato en Amsterdam, admirable crónica y reflexión sobre los límites de la tolerancia, fue obligado a renunciar a la dirección del New York Review of Books por publicar el testimonio de un hombre acusado de cometer abusos sexuales. Buruma reconoce que la pieza era polémica y que había buenas razones para no publicarlo. Y, sin embargo, considera que el deber de un editor es ser riguroso y asumir riesgos. Su propósito no es la conformidad, sino colocar en la conversación pública asuntos incómodos que estimulen el debate.

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10, Jun 2019

Sobre el convenio

Habríamos despertado en condición crítica. De haberse impuesto la amenaza del presidente Trump, el país estaría cayendo por la cascada del pánico. A las malas decisiones internas y a los preocupantes reportes que han llegado de todos lados, se habrían agregado esta mañana las hostilidades comerciales. Se habría activado un descrédito feroz e ingobernable. El escenario de lo inmediato habría cambiado de color. Lo cautelosos no tendrían más remedio que volverse pesimistas, los pesimistas, se volverían catastróficos. Por supuesto, los dogmáticos de ambos extremos, seguirían fijos, cómodamente, en sus expectativas. Por eso puede decirse que se evitó el mal mayor. En condiciones en extremo complejas, se logró un acuerdo.

Vale reconocer el asomo en este capítulo de un presidente pragmático y disciplinado. López Obrador lo fue, sin duda, en esta negociación. No se salió del libreto que se impuso, dio espacio amplísimo a los negociadores, no antagonizó con bravatas. Frente a Estados Unidos ha sido un presidente moderado, dispuesto a escuchar y empeñado en conjurar cualquier conflicto. Sabe lo que importa la relación y la maneja con delicadeza extrema. Se deja entrever, así, un presidente que, al reconocer los límites de su propia voluntad, podría cultivar un nuevo sentido de responsabilidad. Independientemente de los méritos del acuerdo obtenido, me parece importante registrar ese brote de cautela y orden porque puede ser una enseñanza para encarar las crisis que se avecinan.

El acuerdo firmado en Washington es caro para México. Es la proclamación oficial del patio trasero. México será la sala de espera de quienes buscan asilo en Estados Unidos. Quienes lo intenten serán retornados a México “sin demora.” Y aquí deberán esperar. Frente a este compromiso, lo que México gana es blablá. Logramos insertar una alusión a la “fraternidad universal” en el texto del convenio. Estados Unidos dice cooperará para que México y Centroamérica sean zonas de prosperidad, pero, desde luego, no se obliga ni a un centavo. Algunos dirán que no solamente es un acuerdo caro sino indigno, un convenio que convierte al país en el muro de Trump, que pone al Estado mexicano al servicio de la política migratoria de Estados Unidos. Así lo promoverá seguramente el candidato Trump, festinando su victoria sobre los mexicanos. Otros dirán que el realismo y la responsabilidad obligaban a pagar cualquier precio. Dirán que, ante la amenaza de una guerra comercial, no hay lugar para pudores nacionalistas o decoros humanitarios.

El mayor problema del acuerdo es que es incumplible. Si hoy sirve al gobierno mexicano para celebrar la operación diplomática que evitó el apocalipsis, mañana será convertido por Trump en látigo para la intimidación mañanera. El convenio es, en realidad, un dulce para la retórica trumpiana. Un documento tan impreciso que permitirá en cualquier momento reanimar la amenaza. Sin definiciones, sin compromisos concretos, sin instrumentos de medición no puede ser considerada como una herramienta confiable de cooperación. El documento que firmó el canciller Ebrard es, sin duda, un respiro. También es un instrumento que prolonga la extorsión y que, tal vez, haga más caro el siguiente episodio. ¿Qué significa incrementar “significativamente” un esfuerzo de aplicación de nuestra ley migratoria? A eso se ató México. Para decirlo técnicamente, nos comprometimos formalmente a echarle ganas. La interpretación del convenio cuelga de los humores del presidente Trump, ese hombre al que López Obrador ha llamado “visionario”. Y aunque el pueblo norteamericano como decía el presidente en algún sermón reciente, sea noble por haber sido fundado sobre valores cristianos, dudo que alguien pueda creer en la buena fe del demagogo de la Casa Blanca. Cuando le dé la gana, el candidato Trump, gritará traición. Cuando sirva a sus intereses, cuando le permita distraer la atención de la opinión pública acusará a México de burlarse de ellos. La amenaza sigue aquí. No ha pasado una semana y el Secretario del Tesoro ya lanzó la advertencia: si México no se porta bien, impondremos aranceles. La pregunta no es si se denunciará el incumplimiento de México, sino cuándo hará Trump esa denuncia. Y qué estaremos dispuestos a darle.

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03, Jun 2019

La devastación institucional

Escribo para hacer eco del artículo de José Antonio Aguilar Rivera publicado en la revista nexos de este mes. Es una denuncia, más triste que rabiosa, de la agresión que sufre una ejemplar institución pública de educación superior. El Centro de Investigación y Docencia Económicas ha sido, sin duda, uno de los espacios académicos en ciencias sociales más valiosos del país. Una escuela que ha formado generaciones brillantes de politólogos, internacionalistas, economistas y abogados. Una institución que ha tenido el tino de atraer a los mejores académicos en estas ramas. Un centro universitario que se ha convertido en un foro de discusiones rigurosas y socialmente pertinentes. Un espacio público discreto que ha hecho enormes aportaciones a la comprensión de nuestra realidad, sin dejar de ofrecer alternativas para el cambio. Bajo ningún concepto puede decirse que es una institución monocolor. Sería absurdo tildarla de neoliberal. Su planta de profesores, sus publicaciones, sus actividades académicas dan cuenta de la diversidad de enfoques, perspectivas y orientaciones. Ideológicamente diverso, lo que lo ha cohesionado es su rigor académico. Una escuela exigente con sus alumnos y sus profesores que, al mismo tiempo, ha sido innovadora en sus criterios de inclusión. Un ejemplo para las instituciones de educación superior en el país.

Era también una muestra exitosa de la vieja y admirable vocación cultural del Estado mexicano. No un órgano del adoctrinamiento, sino escuela con vocación de contemporaneidad que apuesta para México por una educación rigurosa, abierta a la pluralidad y decida a la inclusión. “Por años, dice Aguilar Rivera, (el CIDE) había sido la envidia de propios y extraños, que veían en él una muestra de lo que una institución pública podía ser si contaba con la voluntad del Estado. Es un inusual caso de éxito de lo público.” Su facultad, sus egresados, sus publicaciones, sus foros son muestra de ello. El hostigamiento presupuestario puede ser el golpe de muerte de esta valiosa institución educativa. No podrán emprenderse los proyectos que, en estos últimos años, lo colocaron en el centro del debate público. No podrá ofrecer una educación de calidad a los jóvenes que, de todas partes del país, llegan ahí para tener una oportunidad que difícilmente podrían encontrar en otro lado. Será incapaz de atraer a los profesores con ideas frescas que se forman en las mejores instituciones del mundo. Dejará escapar a sus investigadores, perderá el talento que lo ha hecho brillar.

La agonía del CIDE no es, por supuesto, un caso aislado. Es muestra de una amplia devastación institucional que está golpeando con especial severidad a la ciencia, a los servicios médicos y a la cultura. Más de tres mil investigadores de los Centros Públicos de Investigación han advertido las consecuencias de las crueles y absurdas medidas de austeridad del gobierno federal. Un investigador necesitará la autorización ¡del presidente de la república! para asistir a un congreso académico que se celebre en el extranjero. De acuerdo a una orden del CONACYT, estará prohibido cargar los celulares en los centros de trabajo y usar cafeteras eléctricas. Desde luego, nada de aire acondicionado, aunque se trabaje en Veracruz. Según se advierte en la carta de los científicos de las más diversas especialidades, antes del fin de año pueden colapsarse un número importante de estos centros de investigación dedicados al estudio de enfermedades, a la mitigación de los efectos del cambio climático, a la generación de energías limpias. El impacto no se ha hecho esperar. El doctor José Sarukhán decía en una entrevista radiofónica reciente que la CONABIO, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, reportaba los incendios en el país desde 1998, pero hace un mes llegaron los recortes. La CONABIO perdió el internet de alta velocidad. Estamos perdiendo ojos.

Regreso al texto de Aguilar Rivera de nexos. Lo que el país pierde con el abandono y el hostigamiento de las instituciones académicas y científicas es enorme. Las secuelas serán terribles y duraderas. “Las instituciones públicas son frágiles. Son árboles sujetos a los azares de los incendios y las sequías, a los vaivenes e inconstancias de la política. Un árbol centenario puede ser talado en minutos.”

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27, May 2019

Llamado a la responsabilidad

En su escrito de renuncia al gabinete de Juan Álvarez, Melchor Ocampo confesaba una sola ambición: ser útil. Habrá quien quiera ser sabio, quien quiera dinero, poder, habilidades o valentía. Yo quería contribuir al destino del país, escribe. Quise influir “directamente en la política interior, y no reducirme a ser un duplicado del ministerio de hacienda (pero sin tesoro).” Reconociendo su inutilidad, anunciaba su salida de la Secretaría de Relaciones Exteriores. “Mis quince días de ministro”, la despedida pública de Ocampo firmada el 18 de noviembre de 1855 es, seguramente la renuncia más célebre de nuestra historia. El documento parte de una convicción: quienes ejercen responsabilidades públicas deben exponer los motivos de su actuar. Si esa práctica se generalizara, la opinión pública extraviaría menos su juicio sobre los hombres y las cosas. Ocampo renunciaba por discrepar de un gobierno que, a su juicio, tomaba el camino de las transacciones. El gobierno que había brotado de un proyecto radical encallaba en el “simulacro” de la moderación. Lo que se promovía como equilibrio de tendencias era, para el puro, una condena de inmovilidad. Así, apenas a un par de semanas de asumir la cartera, tenía ya claro que en el gabinete coexistían métodos irreconciliables. En la administración, abundaba, “los medios son el todo, una vez que se ha conocido y fijado el fin.”

Un eco de aquella renuncia puede escucharse en la carta en la que Germán Martínez hace públicos los motivos de su renuncia al Instituto Mexicano del Seguro Social. Permanecer en un puesto público puede ser connivencia con un simulacro. En ciertos momentos es debido saltar del barco para sonar las alarmas. A pesar de que el presidente siga volando en las nubes del triunfalismo, se acumulan señales preocupantes. El llamado de alerta viene de un aliado, de un destacado integrante del equipo de gobierno. El aviso no es el estribillo de los malquerientes. Es el testimonio de un colaborador que advierte que el proyecto hace agua. La conclusión que puede extraerse de la renuncia es que los medios de la administración no conducen a los fines del gobierno. El instrumento contraviene al propósito. La política de austeridad está estrangulando al Estado para alimentar a las clientelas del presidente. Los recortes presupuestales han ido más allá de lo razonable. No solamente han terminado con los lujos y los abusos, sino que amenazan las tareas esenciales del gobierno. Una austeridad tosca, severa y brutal vacía la ambición distributiva del gobierno. El cuestionamiento no podría ser más serio: la retórica justiciera desconoce los instrumentos elementales de la justicia. El proyecto de la igualdad está hueco.

Discrepo, por supuesto, del blanco de la crítica de Martínez. El renunciante se monta en la consigna ideológica para salvar al dirigente supremo. Los neoliberales, que como todos sabemos son vampiros inhumanos, controlan la Secretaria de Hacienda y amenazan la integridad de un proyecto igualitario. La acusación es insostenible. Es claro que la necedad viene de lo más alto. Es la arbitrariedad patrimonialista la que explica el capricho y la severidad de los recortes. Hacienda hace la voluntad de un presidente convencido de que los recursos deben ir a sus programas, sea cual sea el costo de esa prioridad. La presidencialización del presupuesto es el núcleo de la denuncia.

Por primera vez en la administración lopezobradorista se afronta la responsabilidad del presente. Ese es el mérito de la carta. El expediente de la catástrofe heredada se gasta. Sí… sabemos que los de antes dejaron un cochinero. El nuevo gobierno fue electo para limpiarlo, no para recordarnos a cada instante el mugrero que entregaron. Al gobierno le corresponde asumir la consecuencia de sus decisiones. Germán Martínez no ataca a los gobiernos pasados porque sabe que el primero de diciembre se trasmitió el lazo de responsabilidad. Tampoco sopla burbujas de jabón como las que nos receta a diario el presidente. No: el presupuesto no se vuelve infinito cuando gobiernan los buenos. Tampoco tenemos la felicidad garantizada por la nobleza de un pueblo rico en valores morales, culturales y espirituales. Un gobierno habla con sus decisiones. A hacerse ya responsable de ellas, a poner orden en la administración invita con su renuncia, Germán Martínez.

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13, May 2019

El soberbio

Se hará su voluntad. La refinería se construirá y no habrá argumento, estudio, advertencia que cuente. Se hará en el lugar que el presidente escogió personalmente. Son incontables las voces que han advertido la insensatez del proyecto. Nada valen frente al capricho presidencial. Las empresas que el propio presidente describió como las mejores del mundo aseguran que el proyecto no puede concluirse satisfactoriamente en los plazos y con las condiciones definidas por el gobierno. Aún así, el presidente sigue con su proyecto y, para que no haya duda, lo hará él mismo.

No hay argumento que valga frente a la obcecación. Los límites legales le son indiferentes. Ya nos ha dicho que la justicia es más importante que la ley y es él, sólo él, quien puede definir el sentido de la justicia. El experto que discrepa de él deja de ser, en ese instante, experto. Será un sujeto sin autoridad moral, un desvergonzado que no merece atención alguna. Lo mismo habría que decir de las instituciones de aquí o de fuera que se atrevan a cuestionar el deseo del líder supremo. Lo único que dice respetar son los mandamientos. Ser honesto para poder ir a la iglesia el domingo, para entrar al templo. Más que los delitos, muchos de los cuales sugiere olvidar, le preocupan los pecados. Quien se dice admirador de Juárez ha usado la tribuna presidencial para amenazar a los pecadores con no ser admitidos en el templo. Quien viola los mandamientos, dijo el presidente de una república laica, comete pecado y por ello no podrá entrar a la iglesia el domingo.

Pues bien, siguiendo la pista del devoto, habría que hablar de pecados y, en específico de uno de ellos, la soberbia para evaluar la política presidencial. Es soberbia y no otra cosa lo que despliega el presidente al desconocer cualquier límite a sus pulsiones. Es soberbia su menosprecio de aquello que merece atención. El soberbio está convencido de su superioridad. Un humano que no se pertenece ya a sí mismo y que, por deberse al pueblo, se lo puede permitir todo. No es extraño que Fernando Savater describa este pecado como el “valor antidemocrático por excelencia.” Ese engreimiento anula, en efecto, la posibilidad del diálogo, cancela las precauciones y da permiso para romper cualquier regla. Andrés Manuel López Obrador no admite palabra a la altura de la propia. Por eso carece de consejeros y se ha rodeado de aduladores que guardan silencio frente al torrente de sus caprichos.

Francisco de Quevedo escribió líneas memorables sobre este pecado en un discurso sobre las cuatro pestes del mundo. En esos párrafos advertía que el soberbio jamás se reconoce. Teniéndose como superior, se imagina como el más humilde de todos. Se encuentra por eso más fuera de sí mismo que un loco. Airado e injurioso, el soberbio queda embriagado con el amor que siente por sí mismo. Ruin arquitecto es la soberbia, escribía Quevedo: “los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos.” ¿Qué ingeniero que discrepara de él merecería sus respetos? Si él decide construir su palacio en el agua, es porque ahí debe levantarse, aunque rezonguen los enterados. El augurio es claro: “nada consigue la soberbia menos que lo que pretende.”

El hombre que se imagina como el cuarto padre de la nación, no duda de sí mismo. Dueño de la verdad, del bien y del futuro. No duda de sus proyectos, de sus ideas, de su instinto. Con esa fe se imagina no solamente como el escultor del alma mexicana, sino también como el amo del subsuelo que a fuerza de determinación y honestidad mostrará que todos en el mundo están equivocados. Sólo él tiene razón. Él sabe más que cualquier experto. Él logrará lo que ninguna empresa en el mundo. ¡Y ay de aquél que se atreva a dudar de la hermosura de sus intenciones!

No es grandeza, es una hinchazón lo que vemos en el soberbio, decía San Agustín. “Y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.” Será por eso que en todo soberbio se esconde el ridículo. Repitiendo siempre las mismas frases como si fueran sublimes hallazgos de sabiduría, vanagloriándose constantemente de su teatral humildad, sermoneando diario a la república sobre el camino de la santa virtud y la verdadera felicidad, insistiendo en que en su voluntad radica un poder mágico que cambiará la historia de la patria, fustigando a los demonios y a los pecadores, el presidente empieza a convertirse en una figura tan cautivadora como un tele-evangelista. 

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06, May 2019

Épicos y apocalípticos

La primera víctima del actual gobierno ha sido el sentido de proporción. Parece imposible medir, en su correcta dimensión, lo que acontece. Cada decisión, cada iniciativa, cada palabra, cada gesto se dispara de inmediato para adquirir proporciones absurdas. Épicos contra apocalípticos. Ese es el espectáculo que contemplamos. Por una parte, el cuento de un heroísmo que está dando vida a una nueva república. Por la otra, el lamento de quienes advierten el aniquilamiento de toda respetabilidad. Difícil aquilatar acciones y discursos. Hasta el silencio adquiere en esta hora dimensiones grandiosas. Si el presidente se tarda unos minutos en escribir un tuit se confirma que su verdadero deseo es dirigirnos al barranco. Si calla ante las provocaciones de Trump es muestra de su altura como estadista responsable. Hasta lo no dicho se sale de proporción.

Los extremos no pueden ver la misma imagen. Un hecho es dos. Por lo menos, dos. De ahí la destemplanza de nuestra polémica. Ahí la fuente de la orgullosa incomprensión que nos envuelve. Y sin embargo, los extremos coinciden en un convencimiento. La historia se acaba de romper. Todo cambió. Promotores y críticos del gobierno están de acuerdo en eso: en diciembre cambió todo. Tras las elecciones y la llegada del nuevo gobierno, el país rompió con sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo. Cuando el presidente dice que se acabó un periodo histórico y que está comenzando un nuevo día para México, sus mayores críticos le dan la razón. Se han tragado entero el cuento de la ruptura. México está a punto de convertirse en un paraíso de fraternidad o de volverse Mexizuela. El amanecer de la república auténtica o de la nueva dictadura. El sentido del cambio puede ser apreciado de manera radicalmente distinta. Lo curioso es que casi todos coinciden en ese juicio: el país rompió definitivamente sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo.

Dominados por esa persuasión común, los antagonistas cierran los ojos a las persistencias. Es mucho lo que se preserva del pasado inmediato. Si hiciéramos caso a la retórica presidencial, México ya cambió. Ya es otro. Nada quedaría del perverso modelo económico, ni un ladrillo de su régimen oligárquico quedaría en pie. La historia, sin embargo, no suele ser piadosa con los arranques de voluntad. No se pliega al deseo de reinvención y se burla de quienes se imaginan adanes.

No minimizo lo que ha pasado en los últimos meses. Murió el sistema de partidos, ha surgido un presidencialismo imponente, las oposiciones han desaparecido. No ignoro tampoco las secuelas de una serie de decisiones concretas: el nuevo impulso al clientelismo, el capricho como motivación irrebatible de la política pública, la sordera ante las advertencias que empiezan a amontonarse, el hostigamiento a la crítica. Todos estos cambios son profundos y serán duraderos. Al mismo tiempo, no podemos ignorar el cauce de las continuidades. López Obrador habrá querido arrancar de tajo la herencia política y económica del neoliberalismo, pero las persistencias son tan relevantes como las discontinuidades. Épicos y apocalípticos cierran los ojos a esas continuidades porque no embonan en el dramatismo de sus relatos, pero una evaluación ponderada de lo que acontece debería hacer recuento no solamente de las rupturas, sino también de las continuidades. En la relación comercial con Norteamérica, en el conservadurismo fiscal, en el respeto al banco central hemos visto a un neoliberal ortodoxo. En el trato con el presidente Trump hemos visto una indignidad pragmática que rinde homenaje a Videgaray y a Peña Nieto. En su pacto con el sindicalismo magisterial y en su apuesta por la opción militar para encarar el drama de la inseguridad vemos una nueva versión del calderonismo.

López Obrador no es solamente un ideólogo vehemente. Es también un político pragmático. Es necesario advertir en su liderazgo la activación de esos dos resortes. El populista hinchado de fe en sí mismo que desoye cualquier advertencia, que desprecia cualquier razón contraria, que ignora cualquier discrepancia y que vive para el conflicto. El político pragmático que advierte en ciertos ámbitos (la relación con Estados Unidos, la lucha contra el crimen, el Banco de México) límites que no tiene más remedio que respetar. La historia no se enfrenta nunca a la hoja en blanco.

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29, Abr 2019

Una sutil bomba

Es un grueso ladrillo blanco. La investigación que ha puesto en jaque al presidente de los Estados Unidos, en 448 páginas se ha publicado. Finalmente puede leerse el informe del fiscal especial Robert Mueller. Es cierto que no podemos leer la totalidad del escrito. Sus hojas están atravesadas por una infinidad de marcas que ocultan aquello que no puede ser revelado en estos momentos. No podremos leer información relacionada con juicios en curso, con revelaciones privadas, o material que se considera clasificado. El New York Times ha desplegado las hojas del documento para ver las cuartillas a vuelo de pájaro. Casi cada cuartilla está salpicada de manchas negras. Sobre todo el primer volumen del reporte, el referido a la intervención rusa en las elecciones presidenciales, parece un forcejeo entre el blanco de la información y el negro de la censura.

A pesar de los manchones, el informe es un documento extraordinariamente valioso. Sobresale, ante todo, por la solidez de su relato. En tiempo de noticias falsas, es una plomada de información dura, pensada para resistir la prueba de los tribunales y para salir airosa de la reyerta partidista. En tiempo de ardiente opinionismo es un objetivo recuento hechos. En tiempo de vehemencia ideológica representa el más estricto acatamiento de la ley. No es poca cosa el que, en esta era de soplones, los trabajos de la fiscalía permanecieran ocultos durante todo el tiempo de su investigación. Ninguna filtración salió de esa oficina. Los trabajos avanzaron sin que se colara a la opinión pública una gota de información que vulnerara el debido sigilo que debe guardar una comisión de este tipo. Los resultados de las investigaciones son presentados con ese rigor y esa sobriedad.

El informe es devastador para Trump. No es que presente a la opinión pública y al Congreso información sorprendente, sino que la expone de manera inobjetable. No se trata de una versión parcial e interesada sino de un informe frío y ecuánime que hace catálogo de serias transgresiones legales. La conducta de Trump como candidato y aún más como presidente está marcada por un profundo desprecio por la ley. No hay ninguna duda de que intentó activamente descarrilar los trabajos de la comisión investigadora y que ordenó mentir a su equipo. Si algo lo salva es precisamente el desacato de los subordinados que se negaron a seguir sus instrucciones. Gracias al documento de la comisión Mueller, la causa de la destitución presidencial cuenta con fundamento sólido. Lo que el jefe del Departamento de Justicia dijo apresuradamente después de recibir el informe de Mueller está muy lejos de la verdad. William Barr sostuvo que el fiscal autónomo no formuló acusación alguna de obstrucción de justicia y que exoneró definitivamente al presidente de los Estados Unidos. La verdad es otra. Hay abundantes pruebas de que el candidato y el presidente violaron reiteradamente la ley. Puede reconocerse en su conducta un auténtico patrón de ilegalidad. Lo que se dice en el quirúrgico lenguaje del informe es que, a pesar de haber encontrado pruebas convincentes de que Trump intentó obstruir la justicia, no considera tener las facultades legales para formular una acusación directa contra el presidente. En el informe están los hechos, solamente al Congreso corresponderá evaluar su significado legal y político. Sólo al legislativo correspondería proceder formalmente contra del Ejecutivo.

Al leer el informe del fiscal especial podemos claramente advertir que la argumentación jurídica es un arte de sutileza. El reporte de Mueller es un relato cuidadoso, un argumento bien anudado, una fina lectura de la ley. Pero es una bomba. ¿Qué deben hacer los demócratas con la verdad? Hay quienes creen los atropellos son tan graves y tan reiterados que deben proceder cuanto antes a activar los mecanismos de la destitución. Hay otros que consideran que, más que improcedente, sería inconveniente iniciar un proceso contra el presidente de los Estados Unidos que al final del día se estrellaría contra el muro republicano en el Senado. Creo que estos últimos tienen razón. En un clima de tan intensa polarización como el que se vive aquel país, la remoción de un presidente que para millones encarna la victoria sobre la clase política tradicional, sería vista como un golpe de las élites. Una confrontación constitucional alimentaría ese resentimiento que es el más potente combustible del populismo.

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22, Abr 2019

Mentira e ilegalidad

El país empieza a salir del libreto del presidente. Si durante años, el discurso del opositor parecía la más certera denuncia de la realidad, hoy se escucha como retórica escapista: mis números me elogian, los males provienen de otro tiempo, los conspiradores se empeñan en negar nuestros logros. Lo cierto es que el presidente ya no pasea triunfalmente. A pesar de la cortesanía de su entorno, no puede ignorar la multiplicación de la crítica. Sus rituales matutinos se descomponen. La política del chasquido estalla en todas partes con algo que sigue sin aparecer en su imagen de México: la complejidad.

Desde que se anticipaba su triunfo electoral rondaba una pregunta: ¿cómo reaccionará López Obrador ante una crisis? Tarde o temprano aparecería el infortunio, la crisis, el contratiempo que termina definiendo a una administración. Los reflejos de un presidente pueden ser más importantes que sus proyectos. Más que las ambiciones trazadas desde un inicio, cuentan los reflejos ante lo indeseado. La respuesta puede marcar la diferencia entre una crisis que se supera y una crisis que se ahonda. El presidente puede seguir invocando la herencia podrida, la fuerza de su triunfo electoral, el respaldo de sus medidas simbólicas, su innegable popularidad, pero tarde o temprano todo eso se irá desvaneciendo. ¿Qué sucederá cuando la inconformidad se extienda? ¿Cómo lidiará con los obstáculos? ¿Qué hará con la inevitable frustración? La inquietud empieza a aclararse. Y la respuesta que se dibuja no es alentadora. En estos días hemos tenido probaditas de crisis. Si hemos de juzgar por los reflejos ante los desafíos recientes, hay buenos motivos para la preocupación. Andrés Manuel López Obrador no tiene la disposición anímica, la prudencia institucional ni la humildad intelectual para sortear con agilidad una crisis.

Más que aferrarse a una ideología, el presidente se engancha a ese sustituto de pensamiento que son sus frases. Ante cualquier cuestionamiento, ante cualquier percance, ante cualquier sorpresa fastidiosa, acude a la boca del presidente un viejo acervo de frases hechas. Cualquier crítica es tachada como un ataque interesado de sus adversarios que son en realidad conservadores que son en realidad hipócritas. Los otros no tienen autoridad moral porque callaron, porque fueron cómplices, porque pertenecen a una mafia. La moral la encarna él porque no es como los otros. Valdría la pena llevar el conteo de esas frases selladas que el presidente repite mil veces para no atender crítica alguna, para evadir preguntas incómodas, para cerrar los ojos a lo incómodo. George Orwell entendía el significado de esas palabras petrificadas. Las frases hechas exhibían una cabeza que ha dejado de pensar. Un cerebro repite fórmulas secas porque no se aventura a contrastar su prejuicio con la realidad.

Hermética, sorda a las valiosas interpelaciones de la crítica, altanera y displicente, la palabrería presidencial termina celebrando la mentira y la ilegalidad. El presidente tendrá otros números, aunque los fastidiosos datos provengan de su propia administración. Quien ha hecho juramento de verdad, miente cotidianamente. Con desparpajo trumpiano ignora los reportes oficiales, inventa datos, falsea tendencias, engaña. No solamente la verdad es víctima de esa impetuosa palabrería. La ley también sucumbe a la cerrazón. A desconocer la ley vigente, a dejar de cumplir la constitución ha ordenado el presidente López Obrador. Lo ha hecho públicamente con un documento infame, un auténtico decreto por la ilegalidad. El razonamiento presidencial será aberrante pero no es oscuro: la ley ha de incumplirse si es injusta y quien descubre la injusticia de una ley es, por supuesto, el presidente. No me gusta esta ley: ignórese.

Es importante registrar que la secretaria de gobernación, antigua ministra de la Suprema Corte de Justicia, ha guardado silencio después del ignominioso bando. Nada ha dicho y se mantiene, hasta el momento, en su puesto. ¿Significa ese silencio que acatará la instrucción presidencial? Qué penoso sería que esa fuera la coronación de una trayectoria pública. Las lealtades y las intimidaciones de la política suelen poner a prueba la dignidad.

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