Lunes

18, May 2020

Hablemos de Merkel

En su mensaje público semanal, la canciller alemana salió a la defensa de sus críticos. La química sabe que el discrepante de la voz establecida es, a un tiempo, acicate del avance científico y oxígeno de la democracia. Un dirigente democrático no debe abstenerse simplemente de la tentación de la censura. Debe alentar el respeto a quienes indagan la realidad con independencia del poder. «Los periodistas deben poder confrontar a un gobierno y a todos los actores políticos con una perspectiva crítica». Frente a los gobernantes que hostigan a la prensa cotidianamente describiéndola como enemiga del pueblo o cómplice de los criminales, la canciller, de modo inequívoco, aprecia la contribución de quienes han de ser profesionalmente impertinentes. Necesitamos que los datos y la información que ofrece una fuente sea contrastada con otras perspectivas. Es vital que se ventilen las polémicas en una democracia. Pensar que el patriotismo sea solo lealtad al poder es una aberración común de los autócratas.

Si el liderazgo de Angela Merkel en esta crisis ha sido ejemplar es, en buena medida porque el razonamiento de sus decisiones es propio de una persona de ciencia. En busca de la respuesta pertinente no ha perdido el tiempo en fanfarronerías y desplantes. Admite sin problema alguno el espacio de su ignorancia, busca el consejo de los expertos, sin entregar toda su confianza a una sola fuente de información. Coteja datos, analiza informes, contrasta perspectivas. No está casada con una línea de acción predeterminada. Sus decisiones son firmes y se comunican con claridad a todos. No da nombre de Ciencia a un prejuicio o a un dogma para pedir un respaldo ciego. Sabe que el conocimiento está siempre abierto a la refutación y por eso no solamente “tolera” sino alienta el cuestionamiento. Desde muy temprano fue enfática para mostrar la gravedad de la crisis sanitaria. Nunca ha minimizado ese peligro que considera el más complejo desde la Segunda Guerra Mundial. Acompaña las peticiones a la ciudadanía con el ejemplo propio. La información que difunde el gobierno y su equipo científico suscita confianza pública.

La crisis planetaria ha puesto a prueba a todos los dirigentes en el mundo. El caso de Merkel será uno de los ejemplos más claros de responsabilidad pública. No es improbable que sus tres excentricidades hayan sido cruciales en esta hora. Una mujer, una científica, una representante del Este. En efecto, la canciller ha roto tres barreras para convertirse en la política más exitosa de Europa y un ejemplo para todo el mundo. La política en Alemania había sido, hasta la llegada de Merkel, un juego de hombres, entrenados en las ciencias del poder y surgidos de Occidente. Desde hace quince años gira alrededor de ella.

Un retrato de George Packer que el New Yorker publicó hace casi seis años resalta el proceso intelectual que alimenta su política. Un editor de Die Zeit la ha descrito como una “máquina de aprender.” No una política que ya lo sabe todo y que nos alecciona, repitiendo la misma historia siempre, sino una mujer que muestra el recorrido de sus aprendizajes. No es de muchas palabras. No es grandilocuente y puede ser una oradora soporífera, pero sabe que gobernar es más cuestión de oído que de saliva. Los hombres suelen hablar de más. En el laboratorio, recuerda de sus días como investigadora, suelen apretar todos los botones al mismo tiempo y terminan rompiendo el equipo. Mejor la discreción… y los resultados.  Si hay algo que le irrita es la cortesanía, la legión de adoradores que se ríen a carcajadas con la ocurrencia del jefe. Cuenta Packer que alguna vez la canciller se refirió a su ministro de economía como la persona que la vigila constantemente. Esta es la persona que se asegura que no haga yo estupideces. Y es tan competente, remataba ella, que a veces, lo logra. Merkel lo tiene claro: rodearse de aplaudidores es una vanidad de timoratos. ¿De qué sirve un equipo de gobierno si no es capaz de advertirle al jefe que camina al precipicio? ¿Qué compromiso muestran en realidad esos colaboradores que solo entregan al testarudo silencio y alabanza?

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11, May 2020

La erosión de la autoridad

La crisis sanitaria lanzó al ruedo a un personaje que habló durante un buen tiempo, con autoridad. Se presentó como la voz de la Ciencia instruyendo al Poder. Era un médico con buena preparación académica, un especialista entrenado en emergencias. Profesoral y paciente explicó, con notable elocuencia los rasgos de la amenaza y los cuidados que habría que procurar. En un tiempo y bajo un régimen que aborrecen la arrogancia tecnocrática, representó una curiosa reaparición del experto. Ante la amenaza, el gobierno recurrió al expediente condenado. Serían los “científicos”, quienes estarían al frente de la estrategia. Aparecía otra carta de legitimidad política: el conocimiento técnico, ése que, por definición es inaccesible a millones, habría de ser la fuente de la razón pública.

El epicentro del conflicto político se ha desplazado, por ello, a la actuación del Subsecretario de Salud. Ante la emergencia, es él quien da la cara y traza rumbo. El presidente parece haberse retirado como pontífice de trivialidades y antagonismos. Redacta los primeros capítulos de su libro de epidemiología moral. Planta un árbol y canta al paraíso de la familia mexicana, convencido de que ese amoroso remanso, libre de toda violencia, es nuestra aportación al mundo. Y en la misma crisis, el presidente aprovecha cualquier oportunidad para lanzarse contra el diario Reforma, los neoliberales y esos miserables mercaderes que son los médicos. Eso. Ahora. En el momento en que arriesgan su vida por curar a los enfermos, el presidente de México ataca con el activismo de su desprecio. Los médicos mexicanos no solamente son enviados sin provisiones a la guerra. Enfrentan también la hostilidad de sus vecinos y la agresión de su propio presidente. ¿No debería llamar a reflexión la catarata de cartas, desplegados y comunicaciones que han hecho colegios y asociaciones médicas protestando por el insulto presidencial? Pediatras, neumólogos, urólogos, anestesiólogos, cirujanos, ortopedistas se ponen de acuerdo para exigirle a la mitad de la peor crisis sanitaria de nuestra historia una disculpa pública del presidente de México.

El presidente, quiero decir, se encuentra confinado en la residencia de sus obsesiones y antipatías; contempla y espera. Más que dirigir la respuesta, es espectador de lo que deciden un subsecretario y un canciller. Quisiera regresar a la figura del subsecretario que es, sin duda, el personaje del momento. Puede decirse que no es ya, lamentablemente, el vértice de la confianza. La polarización mexicana libra su combate más reciente alrededor de la figura del epidemiólogo. No es necesario adscribirse a ninguno de los extremos para tomar nota de esa mezcla de devoción y descrédito que despierta su actuación. Por un lado, se cuestionan con vehemencia sus datos y su estrategia. Por el otro, se defiende fogosamente su competencia técnica y su rectitud profesional. La desmesura de la polémica exhibe el delirio de nuestra conversación imposible. Unos le rezan, otros lo comparan con el científico de Hitler. ¿Por qué nos empeñamos en pervertir la discusión de esta manera? ¿Podríamos dejar de retratar la coyuntura como si estuviéramos debatiéndonos entre genocidas y beatos? Exijamos, no santidad sino responsabilidad; denunciemos, no el totalitarismo que nos asfixiará, sino la incompetencia que puede asolarnos.

No es la imagen pública del subsecretario López Gatell lo que me inquieta. Lo que me parece revelador es la manera en que se ha desfondado su autoridad. Un funcionario con tanto poder no podía mantenerse en las nubes de un saber incuestionable. Quizá era inevitable en nuestro contexto: la técnica ha encallado en la política. Fue breve (o tal vez ilusorio) el paréntesis de la tecnocracia sanitaria. Un régimen que buscaba re-politizar el mundo, un proyecto político que aspiraba a recuperar para la gente común el poder de quienes lo habían secuestrado con el argumento del saber, terminó politizando al experto. Será seguramente la regla del orbe populista: todo se subordina al imperio de la parcialidad. Este es nuestro experto. Estos son nuestros datos. Esta es nuestra ciencia.

Al subsecretario corresponde responsabilidad por la fractura de su ascendiente profesional. Las dudas que genera su ábaco no son parte de una conspiración, sino expresión de una inquietud legítima que es cada vez más extendida. Expertos en varios campos han razonado sus reservas ante la contabilidad oficial; los medios más importantes del mundo lo han documentado en distintos reportajes. El número de muertos en la capital mexicana es muy bajo, dijo recientemente la alcaldesa de Bogotá, porque “sabemos que no están midiendo.” ¿También conspira la política colombiana?

A decir verdad, las respuestas del subsecretario ensanchan la desconfianza. Lejos de responder a la crítica, recurre a la fantasía conspiratoria y a la descalificación de quien cuestiona. Causa desconfianza también el uso de su manto. Presenta la ciencia como si fuera un conocimiento fijo e incuestionable; desoye los cuestionamientos de quienes deberían ser considerados como sus pares; hace un uso selectivo y tramposo de las investigaciones científicas disponibles; se envuelve en la protección de Conacyt, institución que se ha convertido explícita y orgullosamente en capilla ideológica del régimen. Si el presidente nos pide fe, es porque quiere que, como él, cerremos los ojos.

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07, May 2020

Lo que fue sólido

Volverse humo es el destino de lo sólido. Algo así dijo Marx. Nada bueno le esperaba tampoco a las santidades de una época. Todo lo que era duro como una piedra se disolvería en el aire. Todos los ídolos que fueron adorados con devoción terminarán profanados. No es difícil encontrar en nuestra era indicios de ese anticipo del Manifiesto. La pandemia no hace más que reforzar la vastedad de la crisis. Lo que parecía inmutable e irreversible se desploma, mientras las viejas guías del pensamiento están norteadas repitiendo las consignas de un tiempo ido. Las dos décadas de este siglo se han ensañado contra todas las certezas e ilusiones de su origen. Hemos vivido una sucesión de sacudidas dramáticamente elocuentes. Un atentado terrorista inauguró una nueva inseguridad. En el miedo se justificaron poderes despóticos que aún permanecen. La crisis financiera del 2008 mató el consenso del fin de siglo a favor de la liberalización económica y financiera, desatando una estela de terremotos políticos. Los votos del último lustro han destrozado a los partidos tradicionales por todo el mundo. Poco queda de las antiguas pistas de representación parlamentaria. Y entre todos estos azotes, la crisis de la hora es, seguramente, la más profunda y de efectos más duraderos. La pandemia habrá sido anticipada por algunos científicos y estaba muy presente en nuestros entretenimientos cinematográficos, pero no aparecía realmente en el horizonte de nuestra cultura como posibilidad. Nos pavoneábamos con la idea de que la ciencia y el jabón nos habían independizado por fin de las epidemias devastadoras. Había pasado un siglo de la “influenza española” pero pensábamos que esas tragedias eran propias de la Edad Media. Podrían aparecen los contagios en una zona o en otra, ser más o menos extendidos y graves, pero no serían ya determinantes de nuestra historia. Y en esas estamos: puestos a pensar qué normalidad será posible tras la pandemia.

Será una nueva normalidad porque no podrá ser retorno al capítulo previo. No digo que estemos en labor de parto de la nueva humanidad. La muerte no es el abono de la historia. Dudo que después de esto seamos mejores o más sabios. La generosidad y la mezquindad ocuparán sus espacios habituales. Nuestra pasta seguirá siendo la misma. Pero el impacto de esta larga suspensión de la vida en público marcará las décadas que vienen. Nadie sabe, aunque lo grite, cuál es el rasgo del futuro. Creo que, más que anticipar el desenlace, valdría registrar los espacios donde se construirá.

Para las democracias, el reto más complejo es quizá, el cultivo de la confianza en los nuevos tiempos. La desigualdad, la polarización ideológica, el encapsulamiento que provocan las redes sociales, la estridencia de las antipatías corroen ese vínculo fundamental. No vivimos tiempos de prudente escepticismo, sino tiempos de fe: creencias intensas, herméticas y belicosas. Creo que tiene razón Francis Fukuyama, el polémico politólogo de la Universidad de Stanford, al apuntar que el fundamento de la eficacia en el combate a la epidemia ha sido la confianza. Las sociedades en las que existe ese tejido común han logrado atender con mayor agilidad la emergencia, mientras que aquellas sociedades marcadas por la política de la polarización han sido torpes en la respuesta. Pero, ¿cómo puede tejerse la confianza pública en sociedades democráticas que son, a la vez, abismalmente dispares? No basta un nuevo discurso, es necesaria otra política. Tal vez no seamos más sabios después de esta crisis, pero, ¿podríamos ser más prudentes? ¿Seremos capaces de aprender? ¿Podremos cambiar? La vulnerabilidad común puede ser una insinuación de solidaridad. Si el contagio hermana en la muerte, la política ha de hermanar en lo cívico. Y para ello debe atreverse a pensar en lo elemental. Acceso a la salud, por ejemplo. No en la demagogia de la ley, ni la floritura de la retórica. Si estamos en verdad en el mismo barco, debemos admitir que en la cohesión está la sobrevivencia.

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29, Abr 2020

Dos fracasos de la palabra

La pandemia ha convertido al mundo en un laboratorio. No uno, miles: por todos lados se ponen a prueba teorías y se disparan hipótesis sobre el significado de la emergencia. No solamente se trata de entender el comportamiento del bicho mortífero y producir cuanto antes la vacuna o el remedio, sino también de aventurar conjeturas sobre el futuro y someterlas a prueba. Intuimos que la normalidad no será lo que fue, que este paréntesis en la marcha del mundo dejará una marca profunda.

Lo inesperado confabula con lo precedente. Toda crisis es revelación: la excepción muestra de pronto y de manera brutal lo que habitualmente se esconde. Entre nosotros, la emergencia incuba en un caldo de desconfianza y polarización. Nos espera, seguramente, una política aún más renuente al entendimiento. Cada quien tiene su mundo, sus números y, de acuerdo al gobierno, cada quien su ciencia. Ustedes tendrán la suya, nosotros defendemos la nuestra. Lo que hemos escuchado en voz de la directora del consejo de ciencia del gobierno federal es una perorata fascistoide. No puede llamársele de otra manera. Hablar de una ciencia degenerada de los neoliberales y contrastarla con la promesa de una purificación científica evoca los tiempos más siniestros del siglo XX. Maldita ciencia de los judíos, maldita ciencia de los burgueses, maldita ciencia de los neoliberales. Arriba la ciencia aria, la ciencia proletaria, la ciencia nacional. Todos esos delirios ideológicos fueron anuncios de persecuciones e imposturas. Ya han comenzado en México. La batalla de la ciencia y de la cultura anuncia algo más: ante la ubicuidad de la guerra no hay armisticio intelectual posible.

Lo que me temo es que la epidemia, lejos de alentar coincidencias para encarar al enemigo, ahondará el abismo del entendimiento. Si el diálogo ha sido difícil, se volverá imposible. El discurso del régimen se radicaliza y se fomenta el reflejo de secta. Ya no se trata ya de convencer a nadie más, no se busca atraer nuevos conversos. Se trata de intensificar las convicciones de los adeptos. Por eso la crisis cae como anillo al dedo a los sectarios: la fe se pone a prueba. Aunque resulte indefendible, hay que defender lo propio hasta el absurdo. No se trata ya de convencer a nadie, se trata de amurallarse en defensa de lo propio. Ante el desafío, lo que cuenta es la demostración de lealtad. Para dejarlo en claro, el presidente entrega medallitas a sus fieles, mientras fustiga obsesivamente a sus críticos de la prensa, como si esa fuera la urgencia del momento. Los puentes que existían entre empresa y gobierno han ido cayendo uno tras otro y crece la impresión en cada bando de que hablar con el otro es una pérdida de tiempo. La brecha es aún más preocupante porque la oposición carece de voces institucionales. No hay partidos y el Congreso está prácticamente muerto.

Preocupa también el abandono de la ley. Se publicó esta semana un decreto que imprime sello oficial al capricho. La obcecación continúa. La única medicina que el presidente conoce es la austeridad. Ante cualquier enfermedad: la amputación. No hay que hacer muchas preguntas al paciente: hay que pasarlo por la navaja de inmediato. Con furor thatcheriano, López Obrador vuelve a lo mismo: cortar brazos y piernas de la administración, desprenderse de oficinas, bajar salarios. Lo hace ahora con un documento de antología. No es fácil encontrar una aberración parecida que haya llegado a las páginas del Diario oficial de la Federación. Soflama de vaguedades y consignas ideológicas, ilegalidades flagrantes, promesas ridículas convertidos en orden presidencial. Hágase mi voluntad, aunque la constitución me lo prohíba y la lógica suelte la carcajada. Suprimo derechos laborales mediante este decreto. Ordeno que por obra de mi deseo sean creados dos millones de empleos. Elimino diez oficinas, pero no sé cuáles. El dictado presidencial no encuentra filtro a su capricho. Nueva muestra de que la Secretaría de Gobernación permanece vacante.

Algunos han recordado en estos días a Tucídides, el historiador ateniense que describió los horrores de la peste. La epidemia, dijo en su crónica, no solamente carcomía los cuerpos, también degradaba las palabras. El contagio arruina el lenguaje. Tal vez el coronavirus ha dado en México el último golpe a la palabra. No es puente ni es orden. No permite el entendimiento ni ofrece claridad de mando.

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20, Abr 2020

Polémicas por venir

Es tiempo de pensar lo impensable, decía Emmanuel Macron en una entrevista reciente con el Financial Times. Más aún: “todos estamos embarcados en lo impensable.” Las tradicionales coordenadas ideológicas ya bastante borrosas a estas alturas, terminarán siendo irrelevantes.

Las categorías políticas del populismo que definieron el debate público en el mundo tras la crisis financiera del 2008 enfrentan una nueva realidad. De muchas maneras simplificaron la disyuntiva como la alternativa entre nosotros, el pueblo, y ellos, la élite de los expertos. El país profundo y verdadero contra la globalización que lo ensucia y desnaturaliza todo. La voluntad auténtica de la gente contra el distante juego de las instituciones. Planteado en esos términos, el populismo llevó la voz cantante. Ese relato captó el descontento y la imaginación. Fue extraordinariamente eficaz, pero, tras la pandemia, ¿lo seguirá siendo? ¿De qué manera el miedo planetario reelaborará el debate público? Su feroz antipatía por los expertos choca con la urgencia de contar con técnicos confiables. Su frontera de buenos y malos, de Pueblo y Antipueblo, difícilmente puede ordenar la polémica por venir. La ola de vulnerabilidad cambiará las coordenadas del debate público. Ojalá asiente la responsabilidad por lo complejo.

El desenlace, por supuesto, no está cantado. Las preguntas de hoy se irán respondiendo en las décadas por venir. La naturaleza de la globalización es, quizá la más evidente. Un ciclo concluye y está por abrirse uno nuevo. ¿Qué carácter tendrá?

Chocan desde ya los reflejos nacionalistas con los llamados de una cooperación más efectiva. ¿Es esta crisis resultado del demasiado mundo? ¿La ferocidad y la rapidez del contagio son producto de un “exceso” de globalización? Así lo creen quienes llaman a reforzar nuestras fortificaciones y evitar así los contagios que vienen de fuera. Pero el discurso localista encuentra nuevos asideros. No es solamente el temor por lo extraño, sino también en una sensata valoración de las cercanías. El llamado de la desglobalización encontrará, seguramente, nuevos argumentos y no serán necesariamente xenófobos. La salud y el medio ambiente nos invitan a repensar la teología globalizadora. Al mismo tiempo, nunca como ahora se ha percibido la mutua dependencia y, por lo tanto, la necesidad de cooperar. La globalización–recurro nuevamente al sociólogo Ulrich Beck–debe ser entendida como una “sociedad mundial del riesgo.” Lo es porque vivimos en un tiempo que ha disuelto los refugios. No hay rincón que esté a salvo. Para el virus no hay lugar remoto. Las fallas del sistema de salud en un país son, por lo tanto, amenazas a todos. Los secretos en un rincón del planeta nos tapan los ojos a todos. Al tiempo que se piden murallas y el regreso a lo local, urgen instituciones globales eficaces.

En el combate al contagio se pone a prueba también el modelo político interno. No me refiero al golpe que seguramente recibirán muchos gobiernos y partidos por su gestión de la crisis. Me refiero al desafío de las democracias frente a la seducción autocrática. El discurso antiliberal ha querido presentar la respuesta autocrática como ejemplar. A diferencia de los regímenes vacilantes de Occidente, la determinación política china supo poner orden en casa y ahora envía ayudas a todo el mundo como propaganda de su éxito. No me trago ese discurso, pero es innegable que, bajo un clima de incertidumbre extrema y miedo intenso, la autocracia resulta atractiva. Las democracias más sólidas han activado resortes dictatoriales: poderes de excepción y restricción de derechos. ¿Qué rastros dejará en las democracias este súbito régimen sanitario? ¿Cuántos sacrificios momentáneos se harán permanentes? ¿Cuántos derechos estaremos dispuestos a ceder? ¿Cómo se alterará el espacio de la privacía si se prolonga la vigilancia de los protectores?

El paternalismo sanitario es un desafío serio y complejo para las democracias liberales. No puede ignorarse la razón que la causa ni la amenaza que implica. En todo caso, debe entenderse que la emergencia no debe conducir a un extravío irreparable. La restricción a los derechos debe ser el último recurso, limitada a la atención de la emergencia, basada en criterios técnicos que hayan mostrado eficacia y abierta a la crítica pública y a la revisión cuando pase la emergencia. La eficacia democrática se pone a prueba en tiempos de crisis.

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13, Abr 2020

Fracaso de la imaginación

Algunos dirigentes en el mundo se han montado en la crisis sanitaria para impulsar la autocratización. Hacerse en esta emergencia de poderes extraordinarios para asumir un mando sin restricciones. La crisis es el parque de los autócratas. Cuando la normalidad se rompe, los poderosos asumen el permiso de hacer cualquier cosa con tal de salvarnos. Se imaginan capitanes de un barco a la deriva que deciden echar por la borda a quien estorba. Recibir trofeos por sacrificar a algunos. Las restricciones que serían inimaginables en tiempos normales son aceptadas y aún agradecidas en tiempos de temor. La amenaza, la incertidumbre, el miedo llaman a un poder decidido y enérgico que no pierda el tiempo en discusiones, que no se tiente el corazón con los pudores habituales y que intervenga con arrojo para derrotar al enemigo. Al crítico que es irrelevante tiempos ordinarios se le ve ahora con sospecha y al opositor se le cataloga abiertamente como un traidor. El primer ministro de Hungría es, quizá el más adelantado en este impulso autocratizador. Viktor Orbán ha conseguido el permiso de su parlamento para gobernar por decreto. Cualquier ley que le estorbe podrá ser anulada de inmediato. Él primer ministro podrá legislar sin intervención parlamentaria. Los procesos electorales quedan suspendidos y se podrá castigar con cárcel a los periodistas que se alejen de su versión de la verdad. Hay que agregar que la dictadura recién fundada en Hungría no tiene plazo límite. El proyecto del populista húngaro de abanderar una democracia iliberal ha recibido del virus el impulso definitivo.

No veo, ante la crisis de salud, ese impulso en México. El gobierno federal ha insistido en que la emergencia sanitaria no supone una suspensión de garantías. No ha asumido el Ejecutivo facultades extraordinarias, ni se percibe la crisis como una oportunidad para instalar una dictadura salvadora. La mayoría congresional que respalda al presidente no ha sido convocada para entregarle permisos adicionales. De hecho, lo que ha sorprendido a muchos es precisamente lo contrario: no un ansia de poder en la emergencia sino una renuencia a la decisión.

Si la crisis sanitaria ha tenido un efecto político en México, éste se ha dejado sentir en otra órbita. No en la autocratización, sino en la ideologización del gobierno. Más que liberarse de los límites, el gobierno se desentiende del diálogo con la realidad y se aferra a sus prejuicios. El virus ha precipitado al gobierno de López Obrador a una intensificación de su visión ideológica del mundo, a una radicalización de su hostilidad discursiva, a una endurecida clausura intelectual. Por eso ve el desafío de salud como una prueba de fe, como una ocasión para verificar lealtades y desechar la tentación de reconsiderar. Más que a un autócrata, tenemos en frente a un ideócrata, al esclavo de un manojo de frases.

Se trata de un fenómeno extraordinariamente preocupante: el fracaso de la imaginación. La falta de realismo político, eso que Isaiah Berlin llamaba “sentido de realidad” es, aunque parezca extraño, resultado de una imaginación seca. El ideócrata o, para ser más precisos en el caso del mexicano, el fraseócrata es incapaz de pensar algo que contradiga su preconcepción. Si durante años ha repetido el mismo cuento, no puede imaginar un relato que se separe del mural. Si ha pintado el mundo con los mismos colores elementales, es incapaz de aceptar que haya otros pigmentos, otros tonos, algún claroscuro. Si ha enviado al infierno a unos y si a otros los ha elevado al paraíso, no puede admitir en ningún momento que los condenados sorprendan con alguna virtud o que los santos tropiecen. El prejuicio sofoca la imaginación y por eso cancela el trato saludable con la realidad. Un permiso le está vedado al ideólogo: dudar del credo. La fidelidad ideológica, el hermetismo de las convicciones cancela como impensables todos los hechos, todos los datos, todos los argumentos y las voces que se han descartado previamente. No puede verse lo que se tiene delante de la nariz porque el cerebro ya ha condenado a una parte de la realidad a la categoría de lo impensable.

La imaginación es la perdición del ideólogo porque lo tienta a dudar.¨

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08, Abr 2020

Desde el encierro

Cuando salga de su encierro, el mundo no volverá a ser el mismo. Esta no es una crisis pasajera. Pocas cosas volverán a su sitio. El mundo no se detiene durante semanas para reactivarse mágicamente de inmediato, como si nada hubiera pasado. El secretario general de Naciones Unidas ha descrito el desafío sanitario como el reto más serio que ha enfrentado ese organismo en toda su historia. Lo es porque ningún desastre natural, ningún estallido bélico, ninguna tensión política ha exigido, como lo hace el contagio, tal coordinación y celeridad de respuesta. Lo es porque ninguna crisis pone en jaque nuestras ideas, nuestras reglas, nuestros reflejos.

La humanidad no existe, decía Carl Schmitt, el teórico del nacionalsocialismo tan querido por los populistas de hoy. Quien pronuncia esa palabra solamente quiere engañar. No existe tal cosa. El abogado alemán lo sostenía para resaltar que la experiencia humana sólo encuentra sentido en alguna parcialidad en conflicto. Nosotros contra ellos. La tribu, el credo, la clase, la raza nos marcan y nos enardecen porque nos ponen en conflicto con alguien más. Por ello la idea de la especie humana era para él una ilusión que en nada correspondía con la historia real. La historia:  infinitos episodios de enemistad. Que la humanidad existe más allá del dato cromosómico es, tal vez, la revelación del momento. El virus que, al parecer, incubó en el plato de una sopa de un mercado en Wuhan nos ha hermanado súbitamente porque nos lanza a todos la misma amenaza. Esta es la primera crisis sin espectadores. Nadie está lejos porque nadie está a salvo.

Los reflejos de nuestra política son de otro tiempo. El primer impulso en todas partes fue levantar los muros, como si hubiera aduanas capaces de detener el paso del enemigo. El contagio no respeta los linderos nacionales, pero los gobernantes siguen imaginando que su palabra es magia suprema en sus confines. Levantaré mi muralla y quedaremos todos limpios de la contaminación de los otros. La fatuidad nacionalista es el resorte más absurdo en estos tiempos y, sin embargo, es el recurso más frecuente. El virus chino, lo sigue llamando el demagogo de la Casa Blanca, el mismo que denunciaba la invasión del sur. Para los xenófobos, todos los males vienen de fuera y toda la cura es siempre propia: nuestra historia, nuestra cultura, nuestro dios, nuestras familias.

La crisis ha puesto a los expertos en el centro. Los mismos líderes populistas que hasta hace poco llamaban a desoír sus consejos, que limitaban sus recursos, que se burlaban de su vocabulario y que apelaban a la sensibilidad del pueblo por encima de la fría razón de los científicos, han recurrido a ellos. Tardaron en reconocerlo. Esto es un catarrito dijeron muchos demagogos. En esa negación han intervenido filósofos, ideólogos, predicadores y empresarios. Un filósofo reconocido como Giorgio Agamben sostuvo que el virus era una invención, una treta para decretar un estado de excepción. Un devoto del presidente mexicano, el padre Solalinde, pide castigo para el culpable del invento y recomienda a sus feligreses que se tomen unos tecitos para curarse. El gobernador de Puebla celebra que el contagio sea una avanzada de la lucha de clases. Por la “justicia divina” que se invoca en estos días, morirán los ricos y se salvarán los pobres. Y un empresario como Ricardo Salinas, llamando cobardes a los gobiernos de todo el mundo, apuesta a la racionalidad de la codicia: aceptemos que morirán algunos, pero no detengamos nunca la bendita máquina económica. Ni modo. Que mueran los que deban morir, pero no dejemos de comprar. Esa es, a su juicio, la racionalidad que no se intimida por el miedo. Frente a los barbosas, los solalindes y los ricardosalinas, hay que apostar a la razón y a la decencia. Y al mismo tiempo, podría decirse que la ciencia exhibe también sus limitaciones en esta crisis. No lo digo solamente porque sus respuestas tarden o porque sus conclusiones sean, por definición, debatibles. Lo digo porque la emergencia anhela explicación sobre el proceder del contagio y las vulnerabilidades del virus. Pero también revela un ansia de sentido, un apetito de comunidad, un deseo de expresión, un instinto de arte. No bastan las vacunas. Necesitamos también consuelos.

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23, Mar 2020

El charlatán de las estampitas

Tenemos un presidente incapaz de gobernarse. Esclavo de sus impulsos, no logra cumplir la elemental disciplina que es indispensable trasmitir en tiempos de emergencia. Los mensajes más simples son los más persuasivos. No provienen, por cierto, de la palabra sino de la acción. Rechazar visiblemente el aseo de las manos, no guardar las distancias aconsejadas, seguir con las rutinas como si nada estuviera pasando, promover la superstición. Esos son los mensajes del presidente López Obrador ante la peor crisis sanitaria de la historia reciente. El presidente de México se ha convertido en estos últimos días en el ejemplo mundial de lo que no debe hacerse. Se reirían en otras latitudes del salvaje que sigue empeñado en diseminar su baba por todo el territorio que gobierna para demostrar aplomo y valentía, pero nadie puede tomárselo a la ligera. Sus besuqueos y sus apretujones no son tomados como una simple inconsciencia sino como lo que son: una amenaza a la salud pública. El presidente de un país latinoamericano promueve activamente el contagio con su conducta. Desprecia el conocimiento científico al invocar la protección de los amuletos que habrían de cubrirlo con un manto protector. Un presidente entregado al impulso y a la sinrazón. Y no hablo de lo que hizo hace un mes ni de lo que hizo hace una semana. Me refiero a lo que ha hecho en las últimas horas, desatendiendo las indicaciones de todos los conocedores, desoyendo las recomendaciones de su propio gobierno, cerrando los ojos a lo que sucede en el mundo. Este fin de semana pudo verse al presidente de México organizando todavía eventos públicos, saludando a decenas de personas, rompiendo cotidianamente la barrera de distancia que su programa sanitario ha indicado. ¿Cómo puede atenderse una crisis de esta dimensión si el gobernante se escuda en la superchería? ¿Cómo puede gobernarse una crisis, si el gobernante no logra gobernarse?

El presidente que no se gobierna es incapaz de mandar en la emergencia. Me confieso sorprendido por la nulidad de su liderazgo en esta circunstancia. Habría pensado que el político tenaz y ambicioso, que el dirigente rebelde y astuto habría tenido prendas para aquilatar la amenaza de estos días y, sobre todo, que habría tenido madera para el mando. Ni lo uno ni lo otro. Ni cabeza para entender, ni encierro para planear, ni claridad para coordinar, ni firmeza para decidir. La crisis sanitaria ha exhibido la insolvencia del liderazgo lopezobradorista. Lo que ya hemos visto durante su presidencia queda brutalmente demostrado en la batalla contra el virus. El implacable opositor, el eficaz destructor de un viejo orden no está equipado para proveer el remplazo ni para diseñar una respuesta de Estado. Hace apenas unos días, al salir de una reunión de gabinete, la secretaria de economía lo reveló con penosa candidez: de la junta con su jefe no había salido decisión alguna. Después de unas horas, se resolvió que el equipo se volvería a reunir. Formaremos equipos de trabajo, pero no hemos decidido nada. ¡Ninguna decisión!

No me parece trivial la invocación constante a los dioses, los mandamientos y los pecados en el nuevo discurso oficial. Al hablar de santitos y divinidades protectoras, el jefe del Estado mexicano no solamente atenta contra la laicidad sino también contra la salud. Las creencias del presidente son irrelevantes, pero no es irrelevante que las promueva desde Palacio Nacional. Las estampitas religiosas que el presidente de México presume como sus guardianes conspiran contra el pensamiento científico en el momento en que más necesitamos de las orientaciones de la razón probada; fomentan las supersticiones más nocivas y atentan contra la responsabilidad cívica. Un daño irreparable se hizo a sí mismo el titular de la política sanitaria del país cuando habló del presidente como una “fuerza moral” de tal magnitud que no podía ser considerada como una “fuerza de contagio.” La zalamería es incompatible con la autoridad científica.

La crisis apenas se asoma en México y nos toma sin un liderazgo responsable. El feroz político del antagonismo no está dispuesto para coordinar esa gran empresa común que nada tiene que ver con sus viejas previsiones y sus tercas manías. Ha quedado en los huesos como un charlatán de estampitas.

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16, Mar 2020

Vulnerables

La crisis sanitaria ha revelado las vulnerabilidades contemporáneas. Como el cambio climático, se trata de una amenaza planetaria. Pero, a diferencia del calentamiento global, el contagio viral no es una amenaza distante, sino una urgencia que obliga a la acción inmediata. Ya podemos decir que no estamos políticamente preparados para enfrentar retos de esta naturaleza. Nuestras herramientas de decisión no corresponden a eso que el sociólogo alemán, Ulrich Beck, llamaba “la sociedad mundial del riesgo.” No hablo de las instituciones de salud pública, sino de las estructuras de poder. En estas semanas se ha manifestado el impacto que pueden tener los ocultamientos de información en los regímenes autocráticos, pero también se ha exhibido la torpeza democrática. Hemos visto el impacto desastroso de la demagogia y la negligencia que en todos los rumbos quedan atrapadas por las mezquindades de la política del día. La opinión puede brincar en unas horas del irresponsable desdén al pánico. No son problemas de régimen sino de poder. Se equivoca Mario Vargas Llosa cuando advierte que la crisis del coronavirus solo puede explicarse porque incubó en la dictadura china. Nada hubiera pasado, escribió en su artículo de ayer, si China fuera una democracia. ¿Es eso cierto? ¿No existen mecanismos de ocultamiento en los regímenes democráticos? ¿No padecen las democracias liberales constantemente de liderazgos incompetentes? ¿En verdad podemos decir que no existen ahí estímulos para rehuir decisiones severas?

No hay, por supuesto, buen momento para recibir una pandemia. Pero en México, nos pesca en momentos especialmente vulnerables. Quienes saben de salud pública han advertido el efecto de ese afán de destruir todas las herencias, sin tener claro qué se pone en su lugar. Me interesa concentrarme en otra debilidad: la propiamente política. El gobierno federal, llamado a jugar un papel decisivo en la emergencia, parece especialmente incompetente para la tarea. Ofrezco razones para el pesimismo.

Incapacidad para reconocer hechos desfavorables. Cada vez son más claras y más preocupantes las señales de la voluntaria ceguera presidencial. La conducta reiterada es cerrar los ojos a lo que no le gusta al mandamás. Decretar formalmente su inexistencia y definirlo como conspiración de los perversos. Todavía esta semana, cuando aún los más ignorantes nos percatamos de la tormenta económica que se avecina, el presidente festejaba con los banqueros que nuestras condiciones para crecer son “inmejorables.” ¿En qué mundo vive quien dice eso? El presidente no reconoce la gravedad de la crisis sanitaria que se avecina porque ha perdido ojos para el presente.

Liderazgo de impulsividad, no de reflexión. El presidente es fiel a sus impulsos y apenas logra frenar sus arranques. Por eso desoye a sus propios colaboradores y se burla de las indicaciones que ofrecen a la gente. El técnico al que el presidente ha confiado la conducción de la política sanitaria ha sido claro: debe evitarse el contacto físico, deben evitarse las grandes concentraciones. El presidente, lejos de ser ejemplo de buen juicio, da lecciones de una irresponsabilidad que raya en lo criminal cuando en estos momentos se rodea de multitudes y besa niños. El gobierno pide colaboración a la ciudadanía, mientras el presidente se pitorrea de la petición. El presidente es el peor enemigo del gobierno.

Desprecio del escritorio. Para López Obrador gobernar es ser visto. Nunca como hoy la política ha sido a tal punto, teatralidad. Más allá del espectáculo de sus homilías y sus viajes, no parece haber mucho tiempo en su agenda para tomarle el pulso a las circunstancias, para planear la estrategia del gobierno, para coordinar las piezas de su administración, para aquilatar las opciones disponibles y anticipar las posibles consecuencias. Las horas recientes exigían la máxima concentración del gobierno para preparar la estrategia ante la avalancha que se nos precipita. No le pareció relevante al presidente encerrarse con sus asesores para aquilatar las implicaciones de las inevitables crisis. Antes que una junta, un baile.

Mucho se juega el país en los próximos días. La presidencia, distraída en su romería, entregada a sus arranques más imprudentes, incapaz de aquilatar la severidad de la tormenta, indispuesto para la concentración más elemental y la disciplina necesaria parece no haberse percatado.

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10, Mar 2020

El estruendo de las ausentes

8 y 9 de marzo. Momentos para escuchar y para repensar nuestro papel en el país de la crueldad impune. Oportunidad o, más bien deber, de incomodar nuestra consciencia satisfecha. Hoy corresponde escuchar el estruendo de las ausentes.

Leo “Cálculos del feminicidio”, de Mayra Portillo en Confabulario, el suplemento cultural de El universal. Registra las previsiones que ha de tomar una mujer en México. Desde muy niña, se ve obligada hacer cálculos “injustos, dolorosos, encabronantes.” La barbarie machista obliga a anticipar la agresión “Cuando veas, en una calle solitaria, un grupo de hombres, calcularás qué opciones tienes para no pasar por ahí; cuando vayas sola en un taxi, calcularás la manera de salir si éste toma un rumbo diferente al que debería seguir; si alguien te sigue en una calle oscura, calcularás qué tan rápido puedes correr con los zapatos que llevas puestos; calcularás qué sitio tomar en el metro donde tu cuerpo esté menos expuesto a abusivos toqueteos; si te quedas tarde en el trabajo y notas que tu compañero te observa de manera insistente y sospechosa, calcularás su peso y estatura en relación a la tuya y si eres capaz de darle un golpe suficientemente fuerte para ganar unos minutos que te permitan dejarlo atrás; aprenderás a calcular cómo defenderte con lo que lleves encima, con las llaves de tu casa entre los dedos, con la esquina de tu bolsa o tu portafolios, con el tacón de tu bota, con tu spray del pelo, con lo que sea. Calcularás qué ropa ponerte dependiendo de lo que otros pudieran percibir, de si alguien podría creer que lo estás provocando por el simple hecho de sentirte bonita.”

Leo a Alma Delia Murillo preguntarse cómo serían las cosas si estuviéramos nosotros, del otro lado. “Que en México violan diario a 50 hombres. Que en México cada día 9 hombres son asesinados por sus parejas. Que en México los hombres ganan 30% menos de salario que las mujeres realizando el mismo trabajo. Que en México el 60% de las madres abandonan a sus hijos y los padres tienen que criarlos solos. Que en el mundo sólo 10 de 193 países son gobernados por hombres, el resto lo tienen tomado las mujeres.” Y leo ese relato a mil voces que en tuiter ha desarrollado esa misma línea. La etiqueta de @comohombres le da la vuelta a las conversaciones ordinarias, obligándonos a encarar lo que decimos, lo que escuchamos sin protesta, lo que desata nuestra risa cómplice, lo aberrante que hacemos normal.

Leo el extraordinario número que la Revista de la Universidad dedicó a los feminismos y encuentro ahí un poema de Jimena González.  Copio unas líneas

Pienso:
No tenemos noche,
sólo miedo.

No tenemos día,
sólo obligación.

Estamos aquí:
donde los puercos.
Entre Jesucristo
y el despeñadero
involuntariamente
endemoniadas,
fecundadas de mal.

Gestamos culpa,
saltamos.
Es una orden:
Abrir las piernas.
Cerrar la boca.
Ser almacén.
Aguantar.

Abrir las piernas.
Parir más hambre.
Aguantar.

Leo los hallazgos de Lorena Becerra en su encuesta más reciente para Reforma. Una mayoría clara apoya las protestas y el paro de las mujeres. La casa es vista (eso dice la gente) como espacio de colaboración entre hombres y mujeres, pero dos de cada 10 personas cree que la política es sólo asunto de ellos. Casi la mitad de los encuestados cree que la ropa que visten las mujeres es una provocación para que les falten el respeto y que la igualdad de género ya ha ido “demasiado lejos”.

Leo la denuncia de Sabina Berman al pacto de silencio de los hombres y la hipocresía de académicos liberales que se sienten héroes. “De su indiferencia, de su abstención de su dar un paso atrás ante el tema de las mujeres, de su adhesión verbal y completamente ignorante de la causa feminista, de su participar en las ceremonias de exclusión de las mujeres sin separar los labios; de su tomar los privilegios de haber nacido hombre sin parpadear: de ahí nace la prostituta esclavizada, la trata de blancas, la esposa golpeada. Las diez asesinadas diarias del país.”

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02, Mar 2020

El asa y el sebo

Para el político todo tiene forma de asa, decía Ortega y Gasset. Los hechos, las opiniones, las personas, los problemas no son más que instrumentos de su ambición. Por eso de inmediato les inventa agarradera. El filósofo se refería a la incapacidad del político para reconocer el mérito de las cosas en sí mismas y la tara que significaba el apreciarlas solamente como herramienta. Al político le estaba negada la emoción de disfrutar un relato, si no lo convertía en pieza de un discurso. Ese sujeto al que ubicaba en el polo opuesto de su propia vida era a su juicio incapaz de entablar relaciones desinteresadas, era ciego al placer estético y negado a cualquier deleite intelectual. Todo sometido a su ímpetu de dominio. Amigos y desconocidos, coyunturas y urgencias, inventos y recuerdos, afectos y aversiones. De ahí la imagen: todo tiene, para político, asa, agarradera. Si algo o alguien no le es útil, no existe.

El mundo es, para el político, una colección de instrumentos. Todo existe para ser usado. A todo puede encontrársele asa. En aquel famoso ensayo sobre Mirabeau donde dibuja agarraderas adheridas a cada uno de los objetos del mundo político Ortega resaltaba el efecto que tenía esa manía de reducirlo todo a utensilio. Era el mejor ejemplo de la oposición entre el político y el intelectual. Mientras el intelectual podía entregarse a la contemplación y esforzarse en comprender por la simple emoción de acercarse a la verdad, el político no perdía el tiempo en divagaciones: si abría los ojos era para detectar adeptos y enemigos, si pensaba era para provocar efectos, si hablaba era para trasmitir instrucciones o para sumar seguidores. Pero el asa que el político imagina en el cuerpo de todas las cosas y personas es también indicio de un talento necesario. El político ha de tener esa capacidad para atrapar los hilos esenciales de la circunstancia. No observa lo que sucede: lo aprehende. Engancha la realidad porque se percata de sus transformaciones y las atrapa. Al hablar y al decidir retiene los desafíos esenciales del momento. Entiende el conflicto y sabe conducirlo. Se percata de los riesgos y advierte las oportunidades del momento.

Hablo de esto porque creo que el presidente López Obrador ha soltado el asa del presente. Si el opositor supo atrapar todos los símbolos candentes de la coyuntura electoral, el presidente no logra sujetar las complejidades de su responsabilidad. Su discurso se aparta cada día más de la realidad. La repetición de sus gastadísimas fórmulas son la mejor evidencia de su fuga. No se adapta a los cambios, no registra los reveses. Niega lo que es evidente, se aferra a lo insostenible. Su obcecación provoca, cada vez más frecuentemente, burlas. El país, en efecto, se le empieza a escurrir. Su incapacidad para entender la raíz de la protesta de las mujeres es la señal más clara del escurrimiento. Se le resbala el país porque el presidente quedó congelado por las medallas de su antigua eficacia discursiva, porque no ha desarrollado, como presidente, las habilidades para lidiar con la complejidad. Al caudillo opositor no solamente le bastaba, sino que le era indispensable la simpleza. Había que partir el mundo en dos y colocarse del lado correcto. No era necesario profundizar; era incluso inconveniente detallar los obstáculos que su proyecto enfrentaría. Pero el presidente necesita instrumentos adecuados para la labor de gobierno. No los ha adquirido y no parece interesado en conseguirlos. La lógica binaria a la que se aferra le impide sujetar la realidad. Las generalidades del demagogo se convierten en el sebo de la administración. Cualquier proyecto se resbala cuando queda untado de la retórica rudimentaria de la enemistad o de la épica de la refundación.

La estrategia gubernamental no encuentra asidero. La realidad se le patina: el recurso de la herencia maldita se agota, el permiso para las promesas se extingue, la fantasía de los datos alternativos irrita. El presidente empieza a habitar un mundo paralelo. Sometido a sus prejuicios, está dejando de entender el presente. La desconexión se ha acelerado en las últimas semanas. Aquel presidente de la comunicación y la cercanía se ha convertido en otro político apartado de las emociones dominantes y obsesionado con negar lo que los datos y los ojos revelan.¨

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24, Feb 2020

Narciso en el velorio

Llega de mala gana. Está convencido de que el velorio es, en realidad, una distracción de lo que importa. Desviarse de sus temas es una pérdida tiempo. Eso es, además, lo que quieren los malos: que hablemos de sus temas y no del mío. ¿Qué sentido tiene hablar del dolor de los otros, qué valor tendría hablar de las vidas segadas si podemos seguir trasmitiendo la buena nueva? Lo que de veras importa es su ocurrencia más reciente, su último sermón, la edificante lección de esta mañana. Lo que importa es el recordatorio de las desgracias que padecíamos antes de su llegada. Si acude al velatorio es para pedirnos que no nos fijemos en la mujer o en la niña de la caja. ¿Por qué hablar de ellas si podemos seguir hablando de mí?

A los dolientes pide que dejen de hablar del árbol y vean el bosque. No hablemos de la mujer golpeada, no nos desviemos con las historias de la agonía, no divaguemos con los relatos del crimen. Hablemos de cosas trascendentes, como mi sitio en el altar de la historia. Está convencido de que los asistentes a la funeraria carecen de perspectiva y quiere ofrecerles, no consuelo, sino razón histórica y lecciones de moral. En el gran lienzo de nuestra historia esa niña que ustedes lloran no es nada. Ustedes lloran a una niña torturada, se lamentan de la impunidad, exponen el miedo que las asfixia, denuncian la ausencia y la complicidad de los poderes, pero no se percatan de lo felices que somos porque existo. Sí, es triste lo que ha pasado, concede brevemente. Pero estén tranquilos: ya no sucederán estas tragedias porque yo soy bondadoso. Soy único. No me parezco a nadie. No se repetirán estos horrores porque yo deseo el amor para todos.

No son tiempos para estar tristes. No son tiempos para permitir el miedo, nos dice en la casa funeraria. Debemos darnos cuenta de lo dichosos que somos, a pesar de que se acumulen los ataúdes. Dejemos las anécdotas luctuosas a un lado. Aquí estoy y ustedes pueden verme. Son tiempos para la alegría. ¿No se percatan del privilegio que significa compartir el siglo conmigo? Ustedes pueden darse el lujo de despertar en la misma mañana que yo amanezco. No lo olviden: son mis contemporáneos. ¡Disfrútenlo! Son escasos los momentos en que la humanidad encuentra a alguien como yo que no soy siquiera propietario de mi mismo, sino simplemente el humilde vehículo que ustedes han encontrado para ser felices.

Se irrita el visitante cuando los afligidos regresan a su dolor y lo buscan con la esperanza de encontrar alivio o guía. Se siente ofendido cuando alguien se atreve a pedirle algo más que la enésima repetición de su empalagosa homilía. Yo no voy a cambiar mis convicciones por unas cuantas muertas, dice de pronto. No he caminado hasta este lugar para dejarme llevar por una queja de mis enemigos. No sería el héroe que soy y que ustedes tanto admiran si escuchara las voces de los perversos o si me dejara influenciar por el grito de quienes son manipulados. ¡Cuánto egoísmo, cuánta miopía en los dolientes! No son capaces de reconocer que el país está ya en camino de la gloria y que estos inconvenientes funerarios son vestigios de la era podrida. Son muy pocos y no son buenos quienes quieren empañar nuestra fiesta con lamentos. Y así repite su convicción esencial: porque existo, porque soy bueno, porque quiero el bien el mal desaparecerá. ¿Contentos?

Llama la atención de los deudos el que el visitante no pronuncie una sola vez el nombre de la persona que ha muerto. Quizá se deba a que no debemos hablar del árbol sino del bosque. Por eso no hay que hablar de la vida concreta que ha sido liquidada por el crimen, sino de la lucha del bien contra el mal, de los horrores del pasado reciente y del esplendor actual. Si todos en ese espacio de llanto repiten el nombre de la víctima, si tratan de rendir homenaje a la vida irrepetible terminada por la violencia atroz, resulta revelador que él no pronuncie las sílabas de sus nombres. Nada dice de sus vidas. Son “esa mujer;” es “la niña.” Fórmulas genéricas que le sirven para tomar distancia y repetir las cantaletas de su monomanía. Es que no acude al velorio para expresar su pena o para anticipar respuesta, sino para aprovechar la oportunidad de encontrarse de nuevo con el espejo y bordar sobre un tema importante: él mismo y su grandiosa epopeya.

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17, Feb 2020

El clima cortesano

La reinvención de México nos ofrece lecciones diariamente. Hay oligarcas buenos. Los empresarios que hace unos días eran el emblema de la podrida relación entre poder y negocios son ahora amigos del pueblo. El presidente los llama “empresarios con vocación social” porque se han puesto a su servicio. Hacen lo mismo que antes, se conducen como siempre, pero ahora, dice él, sirven a las buenas causas. Digo que se conducen como siempre porque aprecian, antes que cualquier otra cosa, la relación con el poder político. No hay mejor inversión en México que la amistad con el poder. Al Señorpresidente hay que acompañarlo sonrientemente aunque nos invite al precipicio. El Consejo Coordinador Empresarial se ha prestado para constituir la rama empresarial de la nueva hegemonía. Carlos Salazar, su dirigente, es el representante de un nuevo actor social y político. Pejeburguesía, la podríamos llamar. Empresarios entregados al nuevo poder, dispuestos a cualquier indignidad con tal de no arriesgar una fricción con el caprichoso que nos gobierna. Bailar al son que toquen en Palacio. Inversionistas prestos a convertirse en favoritos del nuevo régimen. Empresariado servil y acomodaticio, incapaz incluso de emplear las fuentes de su independencia para cuidar su propio decoro. No sé si en los asistentes a la cena infame haya alguna reserva cívica. Lo que llama la atención es su incapacidad para registrar y emplear su poder frente al poder. Su temor de marcar una distancia frente al absurdo al que se les convoca. Su disposición a montar espectáculo de su sumisión voluntaria, de su calculada servidumbre.

Aparecerán en las listas de los más acaudalados del mundo, pero en su encogimiento se muestran como empresarios bananeros. ¿Qué son unos milloncitos que nos pide el presidente para salir de un enredo en el que se metió, si no nos van a subir los impuestos? Mejor mostrarle lealtad y acompañarlo en sus estrafalarias ocurrencias. Se engaña quien sugiere que el bochornoso evento haya sido una expresión de libre voluntad. Al invitarlos, el presidente advirtió públicamente que en la asistencia, se vería quién era quién. Ya veremos qué empresarios están con nosotros y quiénes deciden apartarse. Tomaremos nota. Son libres de venir, pero, por supuesto, quedará registro de asistencia.

La charola pone de relieve una marca del régimen: la ausencia de quien plante cara al presidente. En el entorno presidencial hay un serio vacío de verdad. Es la victoria de los cortesanos que celebran cualquier tontería presidencial como si fuera una descarga de sabiduría infinita. El presidente puede decir, como dijo la semana pasada, una gran estupidez y su gobierno la enmarca para la historia. El decálogo que el presidente improvisó en su letanía reciente es casi una provocación de tan absurdo y de tan bobo. Inanidad propia de un concurso de belleza: estoy en contra de la violencia, se tiene que respetar a las mujeres, no a las agresiones a las mujeres, no a los crímenes contra las mujeres. El presidente hilaba sus sentencias como si estuviera taladrado el mármol de la conciencia humana y de su boca aparecieran súbitamente las tablas de la convivencia. Uno, dos tres… Al llegar a la frasecita número diez, preguntó fastidiado: ¿ya?

Mal momento, podríamos decir. Todos podemos reaccionar con torpeza ante un tema difícil y trataremos de cambiar pronto la página. Pero no… el gobierno actúa como si, desde el Palacio, se hubiera hecho la luz. Abraza de inmediato la lista y la define, sin ironía, como “decálogo.” En carteles que difunde en los espacios oficiales, se publicita la honda sabiduría moral del presidente. Supongo que habrá que aprenderse que el Quinto Mandamiento ordena: “Se tiene que respetar a las mujeres”. Y nunca confundir el Tercer Mandamiento, que ya todos sabemos a estas alturas que indica que es una cobardía agredir a la mujer, con el Cuarto que nos recuerda que el machismo estaba bien antes, pero ahora ya no tanto: “El machismo es un anacronismo.”

No parece haber nadie a su alrededor, nadie en su círculo inmediato, nadie a quien consulte que se atreva a advertir al presidente la magnitud de sus despropósitos. Se pasea encuerado y recibe de su entorno aplausos por la belleza de su ropa. Ese es el clima cortesano: indignidad y mentira.

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10, Feb 2020

Cuidar al árbitro

Tenemos todavía la elección del 2006 atorada en la garganta. Si no fuera una imagen tan gastada, habría que decir que es una herida que no ha cerrado. Han pasado casi quince años y aquellos recuerdos siguen dividiéndonos intensamente. La del 2006 es una elección que, de alguna manera, sigue sin resolverse. Parece imposible encontrar una memoria común, una evaluación compartida. En el caldo se mezclan los hechos que bombardearon el consenso de la transición. Lo recuerdo como una conspiración de deslealtades. Un embate a dos frentes contra las reglas básicas de la democracia. En la historia de esa conjura habría que registrar, entre otros hechos, el abusivo desafuero del alcalde del Distrito Federal; la ventaja que el candidato puntero se empeñó en dilapidar durante su campaña; la intervención ilegal del presidente y de las organizaciones empresariales más importantes del país; el larguísimo silencio de la autoridad en la noche del voto; la confusión y la competencia de las mentiras; la sentencia del tribunal electoral que identificaba la ilegalidad de la intervención del Consejo Coordinador Empresarial y los atentados del presidente Fox que, a juicio de los magistrados, puso en riesgo la validez misma de la elección; la protesta, la ocupación de la calle, la pedestre argumentación de los perdedores que nunca aportaron pruebas para fundar la pretensión de su victoria; aquel grito que mandaba al diablo a “sus” instituciones y el teatro de la autoproclamación.

La traumática elección del 2006 es el origen de una condena injusta del órgano electoral y de una persuasión torcida: las instituciones tienen dueño. Les sirven a ellos, los protegen a ellos, los benefician a ellos. De ahí que el programa alternativo implique explícitamente una ocupación institucional. No la búsqueda de nuevos equilibrios sino una conquista territorial. Si las instituciones fueron de nuestros enemigos, ahora serán nuestras. Los defensores del abordaje nos dicen que el voto que recibieron en el 18 no solamente lo justifica sino lo ordena: la nueva mayoría ha de imponerse en todos los ámbitos del Estado. El árbitro electoral habría de convertirse entonces en representante de la nueva mayoría. Así lo dice abiertamente una secretaria de estado: ninguno de los consejeros del instituto electoral nos representa. Solamente uno es nuestro y como es nuestro proyecta la voz de todos los mexicanos. No hay intento por disimular la intención: vamos por un instituto electoral que esté integrado por delegados gubernamentales. Eso es, a su juicio, un órgano democrático. En otras palabras: buscamos restaurar una comisión electoral que haga la voluntad del presidente.

La claridad con la que se expresa la secretaria de la función pública es una prueba más del peligro que corre la vida democrática cuando una fuerza política pretende someter al árbitro electoral. Ahí están, desde luego, las iniciativas presentadas formalmente que pretenden supeditar la actividad del árbitro al ritmo y la voluntad de la legislatura. Como toda institución, el órgano electoral está lejos de ser inmaculado. Pero es un patrimonio común. Una institución profesional y confiable que se convirtió, adentro y afuera, en modelo. Mucho perderíamos si fuera convertido, como algunos quieren, en palanca del presidente y su partido. Las amenazas son claras y la responsabilidad de la nueva mayoría es inmensa. En asuntos como éste advertimos la gravedad de mantener inactiva la Secretaría de Gobernación, esa dependencia que habría de contribuir al fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Cuando se dice que la captura del árbitro es una amenaza al juego democrático no se advierte que el peligro lo corran solamente las oposiciones. Un árbitro sin vocación de neutralidad, un árbitro que se asume delegado del poder (por legítimo o popular que sea) es un árbitro para todos temible. Los integrantes de la mayoría deberían sentirse tan amenazados como los miembros de la oposición. Un árbitro respetable y distante de las fuerzas en pugna; un árbitro dotado de sólidos contrapesos interiores, un árbitro capaz de argumentar con solidez sus resoluciones es la única garantía para que la competencia entre y dentro de los partidos se ajuste a reglas. Las facciones que hoy se disputan el gobierno de MORENA, deberían saberlo bien: solamente una autoridad independiente podría poner fin a las controversias. Si el árbitro es órgano de facción, el pluralismo habrá sido secuestrado.

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03, Feb 2020

Cometer verdad

El acoso judicial que ha padecido Sergio Aguayo amenaza a todos. A todos, y no solamente a quien escribe porque callar a uno implica tapar los oídos de todos. La víctima de la persecución no es solamente quien pudiera ser silenciado por el poder, sino todo aquel que deja de recibir la información, la denuncia, la reflexión independiente. El tapabocas a un crítico es un tapaojos a México.

Un artículo de opinión que no cae en ninguna falsedad es considerado por un juez como un transgresión que merece castigo. En efecto: una opinión ilegal. Quien lea el artículo que Reforma publicó el 20 de enero de 2016 encontrará un texto severo, pero ninguna calumnia. Las líneas que un juez ha decretado contrarias a la ley constituyen la materia misma del debate en una sociedad democrática. Un crítico no debe callar para cuidar la imagen personal de los poderosos, como quisiera el juez de la censura. La severidad con la que Aguayo denuncia al político coahuilense y a su red de protección corresponde a la abominable actuación pública del priista y al régimen que lo prohijó.  Un régimen democrático no solamente debe tolerar estas “ofensas” a la actuación de sus políticos. Debe celebrarlas. Si la prensa no tiene el permiso de ofender, no tiene derecho a existir. El debate público es irremediablemente rasposo. Un estado democrático debe proteger al máximo la libertad crítica. Si debe honrar la verdad y respetar los refugios de la intimidad, necesita liberar a la crítica política del chantaje de los sensibles.

Después de haber padecido durante años el suplicio de los tribunales, después de haber sido condenado por el delito de opinar, parece que, en este caso tan sonoro, el fin de la persecución se acerca. La Suprema Corte de Justicia intervendrá en el asunto y puede confiarse que pondrá las cosas en su sitio para defender la libertad de expresión. Pero ese uso de la ley para limitar la expresión, esa manipulación de los tribunales para proteger a los poderosos e intimidar a los críticos, sigue firme. La ley misma abre la puerta de la intimidación: causar deshonra a quien la merece puede configurar una conducta ilegal. La verdad importa poco, la libertad menos.

No soy de quienes creen que en la persecución de Aguayo está el aviso del despotismo presidencial. No veo la mano del Ejecutivo en la aberrante protección judicial al exgobernador priista. Encuentro en este caso una nueva evidencia de la podredumbre de nuestro sistema de justicia. Pero de que hay enemigos de la crítica en el gobierno de López Obrador, no cabe la menor duda. Y no me refiero al cotidiano hostigamiento presidencial al golpismo que, a su juicio, se esconde en toda crítica. Quisiera referirme a expresiones públicas de altos funcionarios que corresponden a un afán grotescamente inquisitorial.

Conserva su puesto un subsecretario de gobernación que sugiere afilar cuchillos ante la discrepancia. “A chillidos de marrano, oídos de chicharronero.” No hay que escuchar la crítica, ni responder a ella: hay que ir calentando el aceite para los lloricones. Son enseñanzas, dice él, de la sabiduría popular que deben guiar la actuación de un gobierno. Bonita imagen: freír en aceite a los “moralmente derrotados.” Podría decirse que la frase pudiera interpretarse de manera menos literal, pero de la convicción del funcionario de que la crítica al gobierno merece castigo hay pruebas igualmente ridículas, pero mucho más ominosas. En un artículo publicado el año pasado por Excélsior el alto funcionario pide considerar terroristas a quienes difundan notas hirientes que dividan equipos de trabajo. Sí: terroristas. Lo cito para que no se crea que interpreto injustamente al señor subsecretario: “Crear ambientes de duda entre colaboradores, difundir notas hirientes para dividir equipos de trabajo y hasta contar con toda una infraestructura mediática y de redes para genera noticias falsas se puede configurar como terrorismo.” Si alguien tuitea algo que genere distancia entre el subsecretario y la secretaria de gobernación, debe ir de inmediato a la cárcel por sospecha de terrorismo. El subsecretario querría imponernos a todos los mexicanos un alto deber patriótico: cuidar la armonía entre burócratas. Nada de crear ambientes de duda entre los servidores de la nación. Jamás escribir algo hiriente. Y sí: el subsecretario conserva su puesto. Qué alivio saber que ya no es como antes.

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