Lunes

13, Ago 2018

32 maximatos

El terremoto de julio zarandeó todas las relaciones políticas que imaginábamos firmes. Tan enfático fue el deseo de cambio de los electores que muy poco de lo anterior queda en pie. Emerge una nueva presidencia, un nuevo sistema de partidos, una nueva dinámica legislativa. Novedades en las que, sin duda, aparecen sombras del pasado y atisbos de lo inédito. La política regional no podría mantenerse al margen de esa orden de cambio.

Se prepara una ocupación federal como no habíamos visto en décadas. Se ha resuelto la creación de jefaturas políticas en cada uno de los estados que pondrá en jaque el poder de los gobernadores. Más que embajadores serán procónsules: delegados del poder central que ejercerán tanto o más poder que quienes formalmente gobiernan. Por decisión del presidente electo se habrá formado en cada una de las entidades federativas una diarquía: dos poderes en un solo territorio. Uno tendrá el respaldo económico y político de un presidente de fuerza inusitada. Será el embudo por el que pasarán todos los apoyos del gobierno federal, dispensará todas las ayudas, será el único trasmisor de las peticiones locales. La atención pública del estado se desplazará naturalmente del palacio del ejecutivo local a la oficina del Jefe Político. El gobernador quedará, de inmediato, eclipsado por la aparición de este superdelegado presidencial. Conservará, naturalmente sus facultades y permanecerá en la misma oficina pero muy pronto será ridiculizado por la prensa. Los eventos del gobernador no despertarán interés. Los actores políticos harán fila para ser recibidos por el Jefe Político. Muy pronto aparecerá la burla. Será gobernador entre comillas. El personaje del poder verdadero mandará en frente.

Andrés Manuel López Obrador ha diseñado 32 maximatos. Lo ha hecho introduciendo una lógica particularmente perversa. Todos los procónsules que ha convocado son miembros de su partido. Todos son militantes destacados de Morena. Esa es la credencial que ha contado para convertirse en Delegado del Gran Poder. No ha importado la vocación económica del estado para escoger al representante idóneo, no se ha buscado empatar la experiencia profesional con los desafíos peculiares de la entidad. Lo que importa es la militancia. La ambición electoral en cada uno de ellos es obvia, inocultable. Se dedicarán a cultivar lealtades y a formar partido. ¿Es aceptable ese criterio como lógica de reclutamiento administrativo? ¿No conocemos bien cuáles son los capítulos siguientes de ese cuento?

Con el sometimiento de los poderes locales, el presidente López Obrador no solamente fortalecerá su poder, sino que habrá instaurado un principio de confusión y de irresponsabilidad muy peligroso para la marcha de la gestión pública. ¿Quién rendirá cuentas cuando las cosas vayan mal? Habrá dado también un golpe severísimo al sistema federal al someter a las autoridades electas al imperio de un delegado que solamente responde al presidente de la república. Ya hicimos el experimento. Durante este sexenio se ocuparon las instituciones de Michoacán a través de un comisionado federal con amplios poderes y abundantes recursos. Fue un desastre. Hoy se busca repetir ese experimento en todos y cada uno de los estados. Si el anuncio de López Obrador no ha causado un escándalo es porque no hay defensores del federalismo. No puede haberlos. ¿Quién asomaría la cara para defender la satrapía de nuestros gobernadores? Solamente el gobernador electo de Jalisco ha alzado la voz para denunciar la amenaza. Los grandes escándalos de los últimos años han incubado ahí, en la licencia de las autonomías. No hay duda: urge modificar el arreglo federal pero no parece que la opción lopezobradorista vaya en el camino correcto.

Es importante denunciar también la reacción de quienes en los gobiernos locales se resisten a aceptar la derrota. Imponen nombramientos transexenales que pretenden mantenerlos a salvo de cualquier rendición de cuentas. Debilitan, como en Sonora, a la legislatura y congelan el texto de la constitución para que la nueva mayoría no ejerza a plenitud sus responsabilidades constitucionales. Los perdedores tienen también una responsabilidad. Aceptar que los votantes decidieron el castigo, gobernar desde la minoría.¨

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08, Ago 2018

Arrogancia en la victoria

La contundencia de la victoria de Andrés Manuel López Obrador no lo coloca por encima del cuestionamiento. La legitimidad es un título para ejercer el poder, no un certificado de infalibilidad. Mucho menos una orden de aquiescencia. La crítica a quienes se preparan para asumir el poder no se alimenta necesariamente de la nostalgia ni es un alegato para la preservación de las cosas. Quienes nos critican no han entendido el veredicto de las urnas. No han aceptado la derrota dicen, como si fuera nuestro deber callarnos la boca y celebrar todo lo que provenga de los ganadores. Siempre habrá más de un camino para el cambio. Advertir incongruencias, anticipar costos o percibir retrocesos en los anuncios del presidente electo no significa, en modo alguno, respaldar lo que se ha hecho recientemente. La crítica de López Obrador no es elogio a Peña Nieto. Criticar a los futuros funcionarios no es celebrar a los que hoy tenemos.

El voto confiere poder pero no otorga razón. La discusión pública no termina con el voto. ¿Se ha vuelto una buena idea la redacción de una “constitución moral” por el hecho de que Andrés Manuel López Obrador ganó la elección? La idea de un constituyente que perfile una guía para la plenitud me parece no solamente absurda sino amenazante y creo inaceptable que en un Estado laico se pretenda codificar la moral abriendo el espacio para que líderes religiosos decreten el bien con el respaldo de las instituciones públicas. La política debe mantenerse al margen de cualquier tipo de cruzada espiritual. La suerte del alma no es asunto para la política. Quienes se preocupen por ella deben buscar consejo en otra parte. Que millones de mexicanos hayan votado por Morena no modifica ni en un ápice mi convicción. ¿Debemos suponer que las propuestas del candidato se han convertido en irrebatibles por el caudal de votos que recibió? De ninguna manera. El voto es un permiso, no una comprobación.

Quiero decir que no es antidemocrático criticar al poder democrático. Decirlo parecería innecesario pero es urgente expresarlo hoy cuando se escuchan tantas voces que sugieren que la discrepancia es una forma de deslealtad; que oponerse a las iniciativas del futuro gobierno es casi como oponerse a la victoria que le dieron los votos. Muchas y contradictorias habrán sido las razones de quienes votaron por López Obrador. Muchas y contradictorias fueron las propuestas del propio López Obrador. De la elección no deriva la obligación de implementar un programa concreto. La única instrucción que surge del voto es que a él le corresponde ocupar la presidencia de la república y ejercer las facultades que corresponden al encargo. Las elecciones no revelan el sentido correcto de la historia.

Uno de los peligros que encierra una victoria tan contundente como la de julio es el fomentar la arrogancia de los triunfadores. Tratar con infinito desdén a esos críticos que, a su juicio, fueron vapuleados por los electores. Creer que la votación implica respaldo a cualquier cosa que diga o proponga el nuevo grupo gobernante. Suponer que los votos son una celebración de todas las propuestas de campaña. Confiar en que la gente mantendrá su respaldo.

Hay muchas señales inquietantes y deben ser señaladas. Apunto una que es muy grave y ostensible. Proviene de una arrogancia que se cree inmune a la crítica. López Obrador parece entender el conflicto de interés tan mal como lo hizo Peña Nieto. Piensa que, si él no se beneficia directamente, puede invitar a quien quiera a colaborar con él, sin tomar en cuenta que con ello altera el juego de las inversiones y las ganancias. El presidente electo ha anunciado que un empresario prominente será su jefe de gabinete. Como si fuera un acto inocente, en estos días, el presidente electo visitó una empresa de su futuro colaborador anunciando una asociación para la siembra de miles de árboles. La nobleza de la causa no puede esconder la aberración. Lo notable es que el futuro presidente ni siquiera se percataba del escándalo de su anuncio. A unos días de recibir la constancia de su triunfo, el presidente electo publicitaba la empresa de un colaborador y anticipaba proyectos con su gobierno. ¿Así piensa separar el poder político del poder económico?

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27, Jul 2018

El símbolo y la consecuencia

La política no puede darse el lujo de renunciar a los símbolos. Los necesita para convocar adhesión, para hacer comprensible el sentido a su acción, para articular un relato persuasivo y medianamente coherente. Requiere de símbolos también para ocultar lo insoportable. Por eso se empeña en la ceremonia, en los mensajes, en la cuidada envoltura de las decisiones. La política es representación, es decir, puesta en escena. Pero no hay política que viva de signos solamente. Será teatro pero es más que teatro. La política es decisión y toda decisión política provoca efectos. Alguien gana y alguien pierde. La política empieza a contar cuando seduce la imaginación pero adquiere seriedad cuando se hace cargo de sus consecuencias.

La tensión entre el símbolo y la consecuencia se percibe con claridad en las señales del grupo que se prepara para asumir el poder en diciembre. ¿Representar el cambio o producirlo? Desde luego, la disyuntiva, así planteada, es absurda: hay que cambiar y mostrar el cambio; hay que hacer y significar. Como decía arriba, la política ha de atender el símbolo y la consecuencia. Pero, ¿no es claro que estamos ante el peligro de que el cambio sea sacrificado en el altar de su representación simbólica? El teatro aplastando al instrumento. Cuando se escucha a los voceros del próximo gobierno, cuando se oye al presidente electo da la impresión de que, efectivamente, se cree que importa más la señal que se trasmite que el efecto que se provocará con la decisión. Fe en el símbolo como productor automático de consecuencias virtuosas. La idea de que el cambio en las señales basta; que la novedad del emblema demuestra la autenticidad de la transformación.

Desde sus tiempos como alcalde de la Ciudad de México y en su larga marcha en la oposición, Andrés Manuel López Obrador ha sido talentoso en el manejo de los símbolos. Ha proyectado un mensaje simple, persuasivo y, finalmente, exitoso. Logró colocarse como el crítico tenaz de un arreglo político y de una ideología económica. Diestro como pocos en la producción de señales públicas, logró identificarse con una política austera y sensible que lo situó en el lado opuesto del derroche y la arrogancia. Hoy que se perfila para asumir la jefatura del gobierno, esos símbolos no bastan para producir los efectos que promete. A la elocuencia del símbolo hay que agregarle sentido de responsabilidad: hacerse cargo de los efectos de la acción. El futuro presidente de México parece haberse convencido de que el cambio es, ante todo, simbólico. Romper con el orden visual del antiguo régimen, separarse de las representaciones habituales, disociarse de los viejos artefactos, romper con las ceremonias rutinarias, abandonar las antiguas residencias del poder. Dicen que Napoleón alguna vez dijo que mandar era gobernar la mirada. El Estado aparece de esta manera como un productor de lo visible, un escenógrafo de lo público. En ello parece coincidir el futuro presidente de México, preocupado como está por la producción de imágenes y símbolos de cambio, descuidado como se muestra en la anticipación de las consecuencias de su dirección de escena.

Pensemos, por ejemplo, en la austeridad, uno de los llamados más atractivos del futuro gobierno porque coincide con una enfática exigencia pública. Que el gobierno nos cueste menos. Que termine el derroche, que acabe el dispendio. El símbolo de la austeridad es, claramente la reducción de los salarios de la alta burocracia. La decisión es, desde luego, recibida con entusiasmo por la gente. Pocas decisiones tan populares como esa. Pero… ¿es compatible ese gesto de ahorro con el gigantesco derroche que significaría la dispersión del gobierno federal? ¿Hay algo más ofensivo que el desaprovechamiento de los recursos que ya tiene la administración? ¿Cuánto ha invertido el país en la infraestructura de la Secretaría de Salud, de la SEP, de Pemex? Todo al basurero porque habrá que escenificar la bienaventurada siembra de la nueva burocracia nacional. Bien caro nos puede salir el teatro de la austeridad. Las refinerías, esos templos del nuevo nacionalismo económico pueden resultar terriblemente dispendiosos. El símbolo desentendiéndose de las consecuencias.

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23, Jul 2018

El patrimonialismo del cartujo

Sigue dibujándose el cambio más profundo y más acelarado de la política mexicana del que tengamos memoria. El sistema de partidos está hecho añicos y se va conformando un poder hegemónico capaz de dictar la ley y tal vez de rehacer la constitución sin tener que negociar con adversarios. Pero ahí no termina el cambio. Tan importante como la ruptura del arreglo tripartita es la sacudida que se anuncia en la estructura burocrática y la amenaza que pende sobre nuestro precario sistema federal.

Algo he hablado del cambio en los partidos y espero hablar pronto del cambio en el sistema federal. Aquí me gustaría intentar una interpretación del cambio administrativo. Se anunciaba ya en los discursos del candidato presidencial. El gobierno no estaba del lado del pueblo porque estaba desconectado del pueblo. La alta burocracia ha vivido en una burbuja de privilegios y lujos. Puede advertirse una sensata sensibilidad republicana en esta crítica de López Obrador pero sus propuestas pueden resultar peor medicina que la enfermedad. Por lo pronto, no se anuncia una transición tersa en el ámbito de la administración. No es para menos. El futuro presidente anuncia una draconiana reducción del salario de los altos funcionarios y la cancelación de prestaciones relevantes. Al mismo tiempo, declara que el 70% de los trabajadores de confianza son desechables. Y, al mismo tiempo, ha decidido la mudanza obligatoria de miles de servidores públicos que, apartir de diciembre, tendrán que rehacer su vida en otra ciudad si es que quieren conservar su trabajo.

Se ha hablado de las efectos de esta fricción y de estos anuncios. Me gustaría detenerme en el proceso de toma de decisiones. La dispersión del gobierno puede ser uno de los cambios más radicales en la historia reciente de la administración pública federal. Sacar secretarías y dependencias de la capital es un asunto extraordinariamente complejo y costoso. Dudo que el cambio produzca las bondades prometidas y, por el contrario, imagino la mudanza como una distracción mayúscula para un gobierno cargado de proyectos y exigencias. Un derroche que desaprovecharía un patrimonio de generaciones. De llevarse a cabo la reubicación, las secretarías tendrían que prestar tanta atención al traslado como a los asuntos de su despacho. Complejo asunto, sin duda, pero lo relevante aquí es examinar cómo llega la futura administración a la persuasión de que se trata de una buena idea. Es sencillo: se escucha al caudillo y se ponen en práctica sus deseos. A fin de cuentas es su gobierno. La convicción del futuro presidente basta. No hace falta nada más. La SEP a Puebla, Comunicaciones a San Luis, Pemex a  Ciudad del Carmen. Él y sólo él clavó los alfileres en el mapa. ¿Para qué perder el tiempo con nimiedades prospectivas? ¿Para qué arrastrar el lápiz analizando el costo de la ocurrencia si ésta es, en realidad, una iluminación?

Detrás del llamado a la austeridad se revela una convicción patrimonialiasta que no puede ser anticipo de  buena gestión. El presidente decide qué hacer con la casa presidencial como si ésta le perteneciera. El presidente decide vender el avión presidencial sin examinar si esa operación es una forma razonable de cuidar los recursos comunes o, más bien, un despilfarro. El presidente decide a dónde enviar las oficinas públicas como si fueran piezas de su ajedrez. Estamos en presencia de un nuevo experimento patrimonialista. Por sus primeros gestos, López Obrador se acerca a la administración pública como un hacendado se relaciona con sus peones. Puede tronar los dedos y reducirles el salario. Puede deshacerse de ellos si le da la gana. Puede cambiarles el horario del trabajo de un día para otro sin que importe mucho lo que dice la ley. Moviendo un dedo ordenará a sus criados que empaquen sus cosas y se trasladen a la otra punta del país. Si rompen sus familias, si pierden oportunidades de educación para sus hijos, si las mujeres tienen una desventaja adicional, si el cambio significa una merma económica para el servidor público le tiene sin cuidado. El peón debe, ante todo, demostrar su lealtad. Aunque se dé ínfulas de cartujo, López Obrador ejerce un liderazgo patrimonialista que, seguramente, terminará siendo una nueva fuente de derroche, ineficiencia y corrupción.

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16, Jul 2018

¿Dónde falló el liberalismo?

No es extraño ver a muchos liberales de estos tiempos reaccionando como los viejos comunistas ante las sorpresas y las decepciones. Nuestro libro es infalible pero hay personas que se equivocan.  No hemos logrado llevar las reformas a su realización plena y por eso enfrentamos a quienes se resisten a aceptar el dictado de la historia. Han fallado los hombres pero la ruta que seguimos es la única posible. Es la arrogante ceguera de los ideólogos incapaces someter a crítica su creencia. Por eso es muy valioso prestar atención a lo que ha dicho recientemente Timothy Garton Ash. Convocado por The Political Quarterly, el historiador de lo inmediato, pronunció una conferencia hace casi un mes en Londres. “¿Qué salió mal con el liberalismo y qué deben hacer los liberales al respecto?” podría ser la traducción de la ponencia. ¿Cómo podemos interpretar los votos en Gran Bretaña y en Estados Unidos, el ascenso del populismo y del nacionalismo? El punto de partida de su reflexión es la ética orwelliana: no hay movimiento que uno deba examinar con mayor severidad que el propio. Criticar a los nuestros es el primer deber de un escritor político. El cuestionamiento debe empezar con los de casa.

Parte de un hecho: el liberalismo se convirtió en doctrina de poder y dejó de ser una filosofía para cuestionar al poder. Más aún, se convirtió en la filosofía de las élites. Michael Ignatieff reconoce esta mancha cuando habla del discurso de la moderación liberal como una especie de canto de apareamiento de las élites cosmopolitas. La victoria de los liberales agudizó el conflicto entre el liberalismo y la democracia que viene de muy atrás. Un explícito discurso antidemocrático se ha abierto paso reviviendo los viejos tópicos de la ignorancia de los muchos, del peligro del voto, de las amenazantes mayorías. Nadie lo ha dicho de manera más clara que Hillary Clinton cuando se refirió a los votantes de su adversario como la “canasta de los detestables.” La expresión, que bien pudo haberle costado la victoria a la candidata demócrata, captura el desprecio profundo de las élites liberales a una sociedad que no tiene siquiera interés por entender.

Los liberales han permitido también el secuestro y la reducción de un ideario rico y complejo. La  economía se convirtió en un saber apabullante. Una versión particularmente ideologizada de la triste ciencia fue tomada como el único modelo para la comprensión de lo social. De la mano del neoliberalismo la historia parecía cerrarse triunfalmente. El futuro, recordemos, se había resuelto. Todos llegaríamos, tarde o temprano al mismo sitio: economías abiertas y democracias liberales. Se pervirtió así esa doctrina de la sospecha que es el liberalismo para convertirse en un pontificado tan severo como miope. Ese liberalismo jactancioso ha dejado de ver, en primer lugar, el efecto sus prescripciones. Ha cerrado los ojos a las desigualdades que ha promovido, no solamente en términos económicos sino también de lo que Garton Ash describe como la igualdad del reconocimiento y del respeto. Debemos reconocer que hemos traicionado, dice, la promesa del trato igualitario para todos que es uno de los ladrillos fundamentales del proyecto liberal.

Puede escucharse a los liberales invocar la razón como si fuera patrimonio exclusivo de su tribu. Nosotros exponemos argumentos mientras nuestros enemigos lloran, gritan e insultan. La razón es nuestra y sólo nuestra. Ellos sólo expresan emociones. El historiador vuelve a recurrir a Orwell para enfatizar la importancia del lenguaje, de las palabras y la comunicación. Un proyecto político que no es capaz de encender entusiasmo carece de futuro. El liberalismo necesita ser más afectivo para ser efectivo.

Timothy Garton Ash recuerda en su plática a Pierre Hassner, gran teórico de las relacioneas internacionales y discípulo de Raymond Aron, quien poco después del derribo del Muro de Berlín advirtió que la historia estaba lejos de llegar a su final. “La humanidad no vive para la libertad y la universalidad solamente. Debemos recordar las aspiraciones que dieron lugar al nacionalismo por una parte y al socialismo por la otra. Regresarán.” Tuvo razón: si el liberalismo quiere encarar inteligentemente esta crisis deberá reconocer el deseo de comunidad y la aspiración de igualdad. En otras palabras, si el liberalismo quiere reinventarse, tendrá que ser como liberalismo igualitario.

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25, Jun 2018

Consejos de un florentino

Valdría alejarse de nuestro ruido, de nuestras frases hechas, de nuestro prejuicio. Podríamos pedir consejo a Nicolás Maquiavelo, que algo sabía de la historia y del poder, y que soñó con un gobierno popular. Al florentino muchos lo verán como asesor de tiranos o como profesor del mal pero deberíamos recordarlo como el gran teórico del republicanismo, el defensor de una libertad exigente, el historiador que sabía que la gente entiende mejor su circunstancia que el más ilustrado de los príncipes. A eso dedica Maurizio Viroli un libro reciente. El biógrafo de Maquiavelo ha publicado un ensayito que identifica sus consejos electorales. (How to Choose a Leader. Machiavelli’s Advice to Citizens, Princeton University Press, 2016). Lo retomo aquí porque parecen lecciones pertinentes para la elección y, sobre todo, para después del voto. Si algo buscó el autor de El príncipe fue entender las cualidades del liderazgo. Lo hizo, como bien dice Viroli, con extraordinaria honestidad. ¿En qué debemos pensar al votar? Aquí unas sugerencias.

Duda de tus ojos y de sus palabras. Solemos juzgar por la vista dice Maquiavelo, es decir, por la apariencia. Nos disponemos a morder el anzuelo si es el gancho es brillante y atractivo. Los políticos han de ser juzgados por lo que son, por lo que hacen, no por lo que dicen que harán ni por lo que aparentan ser. La sospecha debe ser, por tanto, el punto de arranque de cualquier evaluación política. ¿Qué han hecho los candidatos? ¿Para qué han usado el poder? ¿Han contribuido a hacer del país un lugar más próspero, más justo? ¿Se han rodeado de personas juiciosas e íntegras? ¿Celebran la adulación de sus allegados? ¿Aceptan la crítica?

Aprecia la adaptación. La historia está escrita con sorpresas. Por eso el tiempo defrauda a los dogmáticos. Quienes siguen instructivos, quienes se aferran a un dogma, quienes creen que la política supone acatar los dictados de algún dios o de una ciencia terminarán enfrentados a la realidad. La coherencia en política es menos importante que la pertinencia. Cambiar de ideas, de lealtades, reconocer el cambio de los vientos no debe considerarse como una traición sino como un signo de flexibilidad. Hay ocasiones en que es mejor incumplir una promesa que cumplirla. Un político ha de estar abierto a escuchar malas noticias, a calibrar el efecto de sus decisiones a cambiar de planes, a redirigir sus acciones. Y si los líderes (o las políticas) no cambian, los ciudadanos han de poder cambiar de líderes (y de políticas), dice Viroli.

Castiga a los corruptos. Maquiavelo sabía bien que el peor de los males en una república era la corrupción, el secuestro privado del interés común. No era posible para él una república sin una idea común de virtud. Eso implicaba un respeto a las leyes, un cuidado escrupuloso de los fondos comunes. Cuando un país era presa de la corrupción, era imposible preservar el orden y la libertad. El florentino identificaba una causa para este mal: la injusticia. “La corrupción y la incapacidad de mantener instituciones libres proviene de una desigualdad muy grande.” El combatir efectivo a la desigualdad es el rasero más importante en la vida pública.

Recuerda que las políticas cuestan. Los votantes deben considerar el interés colectivo antes que el propio. Debe entenderse que en esa búqueda, no hay obra gratuita. El florentino no era economista pero algo entendía de los requisitos fiscales del orden político. Sabía que no puede haber obra pública cuando no hay recursos públicos para financiarla. Las repúblicas bien establecidas cuentan con finanzas sólidas. Por eso entendía que el Estado debía ser, antes que cualquier otra cosa, solvente. Si las arcas del Estado están vacías, no habrá Estado y no habrá, por tanto, derechos que cuenten ni obras que se ejecuten.

No temas al cambio. Las órdenes prolongadas, escribió Maquiavelo, llevaron a Roma a la servidumbre. Es entendible el temor que los ciudadanos pueden sentir ante los cambios. Tendemos a aferrarnos a lo conocido y temer lo que no ha sido estrenado pero siempre será peligroso mantener a los mismos en posiciones de poder. Cuando el gobierno permanece fijo durante largos periodos se cierra a los cambios, genera lealtades perversas, se ciega a la realidad. La alternancia es el oxígeno de la vida pública.

Al entender la fuerza y las limitaciones de la política, Maquiavelo es vacuna conra el conformismo y también contra la ilusión.

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18, Jun 2018

Corrupción y lealtad

Andrés Manuel López Obrador está convencido de que México padece un solo problema. Un problema del que surgen todos. Los más antiguos y los más complejos comparten raíz. La corrupción es causa de la desigualdad, de la falta de crecimiento, de la delincuencia, de la contaminación, de la baja calidad educativa, de lo que sea… Resolver la corrupción es solucionarlo todo. El primer lopezobradorista de la nación no tenía que escuchar las preguntas que se le formulaban en el último debate porque tenía la misma respuesta para hablar de cualquier reto del país. Terminar con la corrupción es la medicina que lo cura todo. Lo curioso es que la medicina de Andrés Manuel López Obrador para combatir la corrupción es Andrés Manuel López Obrador. Si soy presidente acabará la corrupción. La frase no ha sido un desliz de vanidad. La ha repetido muchas veces y seguramente se la cree. Si el presidente es honesto todos serán honestos: los secretarios, subsecretarios y directores; los gobernadores, los alcaldes, los policías y los inspectores. La omnipotencia del aura.

La voluntad política, el ejemplo público son, desde luego, valiosos en la lucha contra la corrupción. Pero creer que el hálito de santidad basta para terminar con la corrupción es un engaño. El gobierno de López Obrador en la capital no fue ajeno a los escándalos de corrupción. Tampoco dan mucha confianza muchos de los conversos a su causa. Que se engañen quienes quieran dejarse engañar. Que se tapen los ojos quienes quieran ignorar las evidencias de la corrupción que también rodea a quien será seguramente presidente de México.

En buen momento se ha hecho público el uso que la senadora Layda Sansores daba a la partida destinada a apoyar su labor legislativa. El reportaje de Denise Maerker de hace unos días, exhibió que la candidata de MORENA a la alcaldía de Álvaro Obregón empleó esos recursos para comprar, entre otras cosas, maquillaje y tintes de pelo; bacalao noruego y jamón serrano, joyas y juguetes de precio exorbitante. Nada que tenga, ni remotamente, relación con sus gestiones legislativas. Lo advertía bien Maerker en el reportaje: el problema no es solamente el abuso de la campechana que emplea esos recursos como le da la gana sino de la institución que avala esas prácticas. ¿Hay algún oficio que pidiera a la senadora justificar el vínculo entre la muñeca de $4,940.00 y sus actividades parlamentarias?

Decía que llega en buen momento el reportaje de Televisa porque anticipa una tentación en el futuro gobierno: creer que la lucha contra la corrupción es una lucha contra sus adversarios de siempre; negar que tendría que ser, también, una lucha contra muchos de sus aliados. Lo exhibido no deja lugar a dudas. Nadie puede negar que se trata de un abuso grotesco. Así tenga la complicidad de la administración, así sea práctica habitual en el Senado se trata de un acto elemental de corrupción: emplear recursos que tienen un propósito público para beneficio privado. Ridícula ha sido la defensa que intentó la candidata en un comunicado en el que disfrazaba su abuso como un acto de beneficencia y en el que se retrata como víctima de los malos. Si de algo soy culpable es de ser una mujer generosa, escribía, con otras palabras.

Nadie puede ser elocuente cuando lo pillan con las manos en la masa. Era imposible que la candidata Sansores expusiera un alegato atendible. Sus aliados, en cambio, tenían la oportunidad de mostrar su compromiso con la probidad y con la ley. Todos, o casi todos, fallaron. Andrés Manuel López Obrador reaccionó como lo hace habitualmente: descalificando la crítica. Es parte de la guerra sucia, dijo el candidato presidencial. La candidata al gobierno de la Ciudad de México siguió la misma pauta. Para Sheinbaum los documentos (cuya autenticidad no ha sido cuestionada por nadie) eran calumnias. Lo más preocupante es lo dicho por Irma Eréndira Sandoval porque ha sido propuesta por López Obrador para ocupar la Secretaría de la Función Pública. Las revelaciones exigían a su juicio cerrar filas contra los enemigos: “Mi solidaridad y apoyo con (sic) nuestra senadora y próxima alcaldesa en Álvaro Obregón, Layda Sansores.” ¿Puede una mujer que reacciona de esa manera ocupar una posición clave en la lucha contra la corrupción?

Lo que retratan los reflejos de López Obrador, Sheinbaum y Sandoval es que en su lucha contra la corrupción importa más la lealtad que la probidad. Serán pillos pero son nuestros pillos.

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11, Jun 2018

Votar con sangre

Hace unas semanas Eduardo Guerrero anunciaba en su artículo de El financiero al seguro ganador de las elecciones del 2018. No hacía proyecciones con los datos que arrojan las encuestas. No se refería a la elección presidencial. Hablaba de las organizaciones criminales que, sin aparecer formalmente en la boleta, están decidiendo la elección. Podemos estar seguros de que ganarán los criminales, adelantaba el experto en seguridad. Ganarán porque están eliminando a sus enemigos y porque han sometido a quienes ocuparán puestos en las alcaldías que son vitales para sus intereses.
Los homicidios políticos se han convertido en la noticia habitual de esta temporada. Algo tan común que apenas nos distrae de las frivolidades de las campañas. Hace un par de días el candidato a diputado federal por el PRI, Fernando Purón fue asesinado momentos después de participar en un debate con sus adversarios a la diputación del Primer Distrito de Coahuila. La noticia pasó casi desapercibida. Una muerte entre muchas. Más de un centenar de políticos han sido asesinados desde que empezaron las precampañas y nosotros seguimos hablando de las ocurrencias de los candidatos. Hemos hablado más de los apodos de los candidatos que del asedio que viven quienes hacen campaña en los territorios de la violencia. Es necesario subrayar la magnitud de la intimidación. Más de cien candidatos o aspirantes a candidatos han perdido la vida mientras buscaban el voto y faltan aún veinte días de campaña. Cada uno de estos actos de violencia irreparable es un gravísimo atentado a la convivencia democrática y nosotros volteamos la mirada. Para un país en paz, el mínimo asomo de la violencia contra quienes aspiran a la representación popular provocaría una conmoción nacional. Aquí nadie se desvía de su camino al enterarse del enésimo atentado. Una noticia veloz en el informativo, una nota en la esquina del diario, condenas de rutina, declaraciones de ensayada indignación. A la impunidad hay que agregar la indiferencia. Los crímenes no encuentran castigo y ya casi ni encuentran registro. El morbo de hace unos años se ha vuelto hastío. No hay interés por encarar lo abominable. Cambiamos de tema, cerramos los ojos, volteamos la cara. Por eso los candidatos pueden hacer como si esa tragedia no existiera, como si esa desgracia no fuera la amenaza más terrible a la convivencia, como si no fuera el problema que tendría que unirnos a todos. Así, entre la indiferencia de autoridades, medios y ciudadanía, se multiplican los atentados que dejan sin sentido el proceso democrático en amplias zonas del país.
La violencia nos recuerda lo elemental: en ausencia de ley, sin Estado la democracia, que es un modo de convivencia, es imposible. En julio se votará por miles de cargos a lo largo del país pero… ¿en cuántos de ellos debemos advertir que no habrá propiamente una elección libre? ¿En cuántos distritos, en cuántos municipios han faltado las condiciones elementales de competencia? ¿Cuántos votantes acudirán con miedo a votar? ¿Cuántos candidatos están al servicio del crimen? ¿Cuántos han desistido de participar para no enfrentar a los delincuentes? Lo que está sucediendo en las zonas violentas del país es la negación misma del proceso democrático. No puede haber una competencia abierta por el voto cuando antes de la aritmética electoral se imponen las balas. Si la violencia selecciona a quienes pueden competir, si el crimen ejerce su veto sanguinario no podemos hablar de un proceso representativo. Digo lo obvio: nuestra caída en la barbarie es incompatible con la civilidad de la democracia.
Durante décadas hablamos de condiciones de la competencia electoral. Hablamos del acceso a los medios, de las reglas del juego, del dinero y de los árbitros. Hoy debemos dar diez pasos atrás para hablar de las precondiciones de la competencia, es decir, de la paz, de la tolerancia, del respeto a la vida, de la renuncia a la violencia para defender el interés propio.
Hoy en México no se accede al poder mediante las armas pero se define el acceso al poder mediante las armas. No hablo, por supuesto de la política nacional sino de los territorios dominados por el crimen organizado. No son islas diminutas de violencia sino un vasto archipiélago de barbarie. Las mafias no tienen necesidad de asaltar directamente el palacio. No buscan ejercer directamente el poder. Quieren un poder a su servicio y para asegurarlo envían sus mensajes de muerte.

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06, Jun 2018

Una campaña, dos abortos

Las encuestas siguen registrando una enorme ventaja de López Obrador. Sus adversarios siguen mirándolo desde lejos, sin formar una alternativa desafiante. No me parece muy convincente el cuento de que la elección todavía está en el aire y que en las semanas que quedan, las cosas pueden cambiar.

Habremos de analizar durante mucho tiempo el juego de astucias y torpezas de esta elección. Registrar, por supuesto, la imposible campaña del PRI. Con la popularidad presidencial en los suelos, con el desprestigio del partido gobernante en mínimos históricos, nada pudo haber hecho el candidato presidencial de ese partido para ganar la presidencia de la república. El político más talentoso que pudiéramos fabricar con la imaginación habría fracasado. La candidatura de José Antonio Meade fue por eso una opción comprensible—por vergonzante. El PRI postulaba a quien presumía no tener una credencial del PRI. La apuesta fue fallida no solamente porque el candidato cargaba con un peso que ningún ser humano habría sido capaz de soportar sino porque el servidor público no se convirtió en político.

Sin embargo, la campaña del PRI ha sido superior a la del Frente. Reitero: carga con el estigma del gobierno y con las torpezas de quien brinca a la cancha sin tener la menor idea del deporte que tiene de jugar. Pero tengo la impresión de que en la campaña del priista hay, por lo menos, una consistencia en el discurso y, sobre todo, una ruta de aprendizaje. Meade ha aprendido en estas semanas intensas y, para él, ingratas. Incluso en la asunción de posiciones abiertamente impopulares, puede encontrarse dignidad. Meade no ha prestado oído a quienes lo llaman a romper con su propio pasado. Tal vez ha sido una equivocación política porque defender al presidente o exponer la lógica de sus decisiones es electoralmente perjudicial, pero no puede negarse que es una postura decorosa y, desde luego, respetable. Que no haya cedido a la tentación de la denuncia oportunista habla, a mi juicio, bien de José Antonio Meade, el político que nunca será.

En contraste a la adversidad que enfrentaba el candidato del PRI, el candidato panista tenía un escenario promisorio cuando asumió la presidencia de su partido. Acción Nacional no era un partido en crisis, era un partido con tensiones internas, por supuesto, pero era una organización fuerte. La gran ventaja del PAN era su ubicación en el sistema de partidos. Con un partido gubernamental impopular y una izquierda entonces dividida, el PAN era la alternativa natural para aplicar el castigo de las urnas. Morena era una apenas un brote y su líder parecía un dirigente fatigoso, con más pasado que futuro. La derecha panista era la opción más lógica para reprender al gobierno de Peña Nieto. El tormentoso liderazgo del queretano renunció a esa posición de. Esa es la escala de su responsabilidad histórica.

El Frente ha sido el peor error estratégico del PAN en muchas décadas. Sus efectos perversos serán duraderos. Acción Nacional perdió color, identidad, su orgullo; perdió, sobre todo, su sitio en el cuadrante de la política. Movido por su propia ambición, Anaya mordió un anzuelo que todavía le coge el cachete. No era difícil imaginarlo: una alianza de dirigentes no es una fusión de electorados. La suma restó. Los jerarcas de los partidos podían abrazarse pero los militantes no se conciliaban. Una alianza perniciosa y contraproducente.

El Frente no produjo un mensaje claro. Su candidato repite en toda oportunidad el mismo powerpoint pero no hay tenacidad sino brincoteo en su discurso público. Dos temas cruciales aparecieron para borrarse de inmediato. Hablo de dos asuntos nodales: ingreso básico universal y revisión del pasado inmediato. El Frente propone un cambio de régimen pero la propuesta no tiene ningún encanto. Hacerse acompañar por los representantes del foxismo y los burócratas de la partidocracia anula cualquier perspectiva de renovación. ¿Cambio de régimen con ellos? Charro políglota, niño prodigio que toca mil instrumentos, guionista de diálogos inverosímiles con sus hijos, polemista disciplinado y elocuente, Ricardo Anaya no logró mostrar que tiene talento para gobernar a un país.

Si López Obrador sigue creciendo es, en buena medida, porque sus oposiciones no nacieron. En 2018, una campaña y dos abortos.

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28, May 2018

La ambición hegemónica

No hay aduana en Morena. Los ambiciosos pueden venir del PAN o del PRI y alojarse de inmediato en Morena. Pueden haber servido al sindicalismo más corrupto o haber trabajado para las satrapías más siniestras. Para acampar en Morena no se necesita dar explicación. Olga Sánchez Cordero, propuesta por Andrés Manuel López Obrador para ocupar la Secretaría de Gobernación, piensa que esa política muestra el carácter incluyente del partido. Más aún: cree que afiliar sin pedir el mínimo requisito pone en práctica el principio constitucional de no discriminación. Aquí no discriminamos a nadie, parece decir con orgullo. En realidad, esa carencia revela que Morena no se concibe como un partido, sino que tiene la ilusión de encarnar todo el mundo político. ¿Es casualidad que Morena rechace la pe de partido en su nombre?

Un partido es un ángulo no la totalidad del aro. En la tradición democrática, todo partido se reconoce como fragmento, como una porción organizada de la sociedad unida por ideas y proyectos comunes. Desea, por supuesto, la expansión. Quiere crecer, propagar su proyecto, multiplicar su influencia. No puede ser una asociación hermética, pero pierde sentido cuando arrolla los contornos indispensables. Como órganos del pluralismo, los partidos necesitan membranas que los separen de sus adversarios, que den sentido a la pertenencia y que sirvan de orientación a los votantes. La fervorosa convicción antipluralista del fundador de Morena ha sellado a la criatura. En la campaña del 2018, impulsado también por la enorme cargada de oportunistas, Morena pretende presentarse como la síntesis política de México. La voz de la legitimidad histórica.

Temo que la coalición que se ha formado en esta temporada trascienda la estrategia electoral. No se trata solamente de ampliar la base de votantes sino de rehacer el mapa y la dinámica de la política. El partido más joven del escenario nacional se perfila a ganar la presidencia de la república. Pero eso, tal vez, sea lo de menos. Lo que viene no es una simple alternancia como la del 2000. Estamos por presenciar la sacudida más profunda al sistema de partidos que hayamos vivido en nuestra historia moderna. No dedico tiempo a examinar la crisis de sus adversarios. Simplemente digo que bien podemos anticipar que el PRI quedará reducido a la irrelevancia y que el PAN se sumirá en una profunda crisis interior que le dificultará plantar cara a la nueva hegemonía.

Eso es lo que imagino: no una nueva mayoría, sino una nueva hegemonía. No un nuevo partido mayoritario sino un avasallador bloque político. Será un bloque amplio, popular, legítimo. Representará una esperanza de oxigenación. Presumirá mandato. En el tercer intento de López Obrador está puesta la mesa para una sacudida histórica. El profundo desprestigio del proyecto de modernización, la barbarie de la violencia cotidiana, la obscenidad de la corrupción preparan una mudanza sin precedentes. Es de esperarse que el terremoto de julio será acompañado por réplicas sucesivas. Tras el voto, seguirán seguramente las migraciones hacia el campo de los ganadores. La nueva hegemonía, recuerdo de la previa, tendrá satélites. Los ultras serán de gran utilidad para ese proyecto que busca cubrir todo el arco de las posibilidades públicas. La nueva hegemonía podrá definir la ley e irá ocupando poco a poco los órganos del Estado. Y a diferencia de la hegemonía postrevolucionaria, tendrá un carácter marcadamente personal. Una hegemonía al servicio de la Cuarta Estatua.

Aún antes del voto, podemos decir que la vieja brújula está rota. Muy pronto tendremos otro cuadrante y una nueva cartografía. Si cambiará la mecánica del poder no será solamente porque las piezas se reacomodarán, sino porque las ambiciones son de otra naturaleza: el relato de la Cuarta Transformación debe ser tomado en serio. El cuento importa porque, más allá de su dirección, significa un rechazo a las cadencias del reformismo y, sobre todo, a sus exigencias de moderación. El argumento histórico de López Obrador es precisamente que el reformismo es una trampa, una farsa. El cambio auténtico supone abandonar esa ruta de negociaciones que, a su entender, es el camino de las traiciones.

Todos estaremos a prueba.

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21, May 2018

Nota al debate

Muy positivo fue que el segundo debate presidencial de esta temporada haya permitido la participación del auditorio. La intervención de los asistentes al foro organizado por el INE permitió una discusión más libre, más fresca y más auténtica. Es un avance. El evento de anoche volvió a presentarnos la naturaleza de las alternativas.

La palabra central en el discurso de Andrés Manuel López Obrador es la palabra autoridad. Anoche pronunció la palabra en varias ocasiones. Autoridad moral, dice, es la clave para recuperar el rumbo del país y para dialogar con el mundo. Esta noción es clave para entender su noción de liderazgo y para comprender su inserción en la conversación pública. La autoridad, como primacía en la virtud no tiene razón para debatir. En realidad, no puede decir que ofrezca razones. Expone su verdad con la certeza que es, por sí misma, guía de la acción. La figura de autoridad pretende encarnar un valor que no puede ser cuestionado. La autoridad es un emisario de lo incuestionable. Por eso la voz de la autoridad no tiene el mismo valor que la voz de la nuestra que, a menos de que coincida con aquella, es una voz que ha sido manipulada, que ha sido capturada por la mafia. ¿De dónde viene la torpeza de López Obrador para el debate? De ahí precisamente. Quien está convencido de tener el monopolio de la verdad, quien se considera el único faro de la moral no siente urgencia de debatir. El debate supone una actitud abierta al conocimiento, una disposición a reconocer el error propio, la aceptación de que, en toda controversia, hay valores en conflicto. Sus tres mandamientos, —¿son más?—son su único recurso ante cualquier cuestionamiento. Si algún día fueron ideas ya son frases secas. No hay sutileza alguna en su discurso, no hay detalle en sus propuestas, no hay interés alguno en los pormenores de la gestión pública. Todo es sencillo: basta su voluntad para que un nuevo México nazca. Si su discurso es una maraña de contradicciones es porque se desentiende de la aplicación concreta de sus propuestas. Fue una mala noche para López Obrador. Dudo que afecte su carrera a la presidencia pero se le vio nuevamente torpe, incapaz de escuchar a los otros, incapaz de responder preguntas concretas y de reaccionar con mínima agilidad.

La voz de José Antonio Meade es la del experto. Por eso la palabra central en su discurso es experiencia. Entiende la política como el último peldaño del servicio público. Por eso supone natural su ascenso a la presidencia. Sabe identificar con claridad retos concreto, las herramientas jurídicas que pueden emplearse y reconoce las restricciones presupuestarias. El multisecretario puede exponer un plan detallado para resolver cada problema incorporando en su diseño las mejores prácticas internacionales. Pero ahí se atranca su discurso. El candidato del PRI no alcanza a distinguir la oposición entre el político y el funcionario. Weber lo vio muy claro: nada hay tan distinto a un buen político que un buen funcionario. Los talentos del burócrata son las torpezas del político. No se encontrará en el discurso de Meade esa capacidad que es central en un hombre de Estado: apreciar la naturaleza de la circunstancia, advertir las insinuaciones del presente y pintar las promesas deseables. Meade tuvo anoche un mejor desempeño en el debate. Fue más fresco, más enfático, más persuasivo.

Me parece que quien mejor se desenvuelve en espacios como el de anoche es Ricardo Anaya. Tiene la disposición a escuchar preguntas, a recibir críticas y está atento a lo que sucede en el foro. Tiene un perfecto control de su dicción, no tropieza con la boca, está libre de muletillas. Se muestra preparado y con disciplina. Sabe improvisar. Puede desplazarse de la anécdota que comunica emociones, al dato que refuerza un argumento y al ataque certero. Es el único de los participantes que parece disfrutar del debate, que se crece con el cuestionamiento. Anoche pudo distribuir ataques a sus dos adversarios. En su talento, sin embargo, hay un histrionismo que parece hueco. La suya es una teatralización eficaz pero insustancial. Ninguna idea queda de su participación de anoche. Por eso es poco duradero el impacto de las palabras de Anaya. Lo             que admiramos en su desempeño es la impecable preparación de un locutor de infomercial.

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14, May 2018

Educación: dos mensajes

Este gobierno ha hecho del narcisismo, su principal política pública. Los recursos públicos sirven para celebrarse. El Estado Narciso se adora y pretende que todos nos unamos en el amor a su espejo. Lo triste es que ese cuento romántico no acaba bien: pocos aman a quien tanto ha invertido en su amor propio. La revelación reciente del diario Reforma vuelve a retratar a una administración con prioridades extraviadas. La SEP gasta más en promoverse que en capacitar a los maestros. Si alguien quiere una cápsula de las aberraciones morales de este gobierno puede quedarse con los datos que se han hecho públicos.

Hacer mal lo bueno es peor que hacer lo malo. Lo dijo, de mejor manera, Gómez Morin pero no encuentro su línea para ponerla entre comillas. Tenía razón: la incompetencia, la vanidad, la corrupción pueden contaminar el proyecto más encomiable. Ese es, seguramente, la peor herencia de la actual administración: desprestigiar una agenda razonable de apertura, manchar una sensata apuesta de contemporaneidad. En la manera en que el gobierno ejerce su gasto se exhiben sus verdaderas prioridades. Ahí se advierte igualmente su escasísimo respeto por las normas, su opacidad y las torpezas de su ambición. Los gastos en la SEP ensucian una reforma que, a mi entender, sigue mereciendo defensa. Dime en dónde gastas y te diré qué es lo que te importa. Se nos ha dicho hasta la saciedad que la reforma educativa de esta administración implicaba el poner el interés de los niños y de los jóvenes por encima de las ambiciones de los políticos pero al titular de la SEP le importó menos la capacitación de los profesores que su imagen. El narcisismo de la clase política debilitó la reforma que promovía y contribuyó a su desprestigio. ¿Puede negarse que las prioridades de la Secretaría de Educación Pública siguen estando de cabeza? ¿Puede negarse que el interés de los niños y los profesores sigue estando por debajo de las vanidades de los políticos?

Si el reportaje de Reforma sobre los gastos en la SEP permite identificar la manera en que gobernaron los priistas de la nueva generación, la controversia dentro de Morena sobre la política educativa puede adelantar los problemas que tendría una probable administración de López Obrador. El populista, dice el especialista Jan-Werner Müller vive en un mundo de fantasía: se imagina una oposición radical entre las élites corruptas y un pueblo homogéneo y moralmente puro. (¿Qué es el populismo?, México, Grano de sal, 2017.) La fábula puede tener sentido desde la oposición pero… ¿qué pasa si se conquista el poder? ¿Cómo puede conciliarse la responsabilidad de gobierno con la obsesión conspirativa?

Aún accediendo al poder, el populista necesita de la polarización. La confrontación con los enemigos es un combustible insustituible. Por eso habrá de escenificar espectáculos de proximidad popular, ocupar con los suyos todos los espacios del poder, acusar a los adversarios de ser agentes del antipueblo. Un barranco de ineficacia se abre de inmediato: mientras la gestión gubernativa exige atención al detalle, comprensión de la complejidad y diálogo con los actores relevantes, el liderazgo populista se obstina con la fisura maniquea para calentar el debate con notas bélicas.

Lo advierte el populistólogo Müller: Los populistas en el poder tienden luchar contra las organizaciones de la sociedad civil porque amenazan su aspiración de representar moralmente y en exclusiva al pueblo. Por eso sostienen que la sociedad civil no es realmente la sociedad civil y que cualquier oposición es contraria a la verdadera voluntad del Pueblo. Lo que ha sucedido esta semana en el campo de Morena me parece revelador. Mientras sus asesores formales en materia educativa responden a un requerimiento de organizaciones cívicas para exponer las líneas de su concepción educativa reconociendo algunas virtudes de los cambios recientes, el caudillo reitera su intención de tirar al caño la reforma educativa, se lanza contra los fifís que no entienden al pueblo y coquetea con los líderes de los sindicatos magisteriales. Así ha sido en todas las órbitas durante la campaña: un líder que antagoniza y un equipo que constantemente pretende atemperar la provocación. No es probable que esta tensión desaparezca en el gobierno. Su equipo será, seguramente, su primera víctima.

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08, May 2018

Avisos del capricho

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos expresidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los expresidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfuguismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la república. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

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01, May 2018

Aceptabilidad de la derrota

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de “reflexión.” Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los “expertos” es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar—¿a todo costa?—un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta—así sea la más aberrante—con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

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16, Abr 2018

El abono

Las instituciones conspiran contra sí mismas. Desde hace años las instituciones que sostienen y encauzan el conflicto se desnaturalizan; los órganos arbitrales se entregan a alguno de los bandos; las autoridades que han de serenar el dramatismo del pleito con sereno apego a las reglas imponen su capricho. Trazar con reglas los límites del conflicto. Sellarlo con arbitrajes honorables. Ese es el empaque, tal vez la ilusión, del liberalismo democrático. El problema llega hasta la bóveda. En las instituciones cúpula, aquellas que pronuncian la voz inapelable del Estado habría que esperar la más firme racionalidad.  Detrás de su palabra no hay nada.

El Tribunal Electoral ha convertido a un forajido en candidato presidencial. El gobernador con licencia empleó los recursos de su estado para engañar al Instituto Nacional Electoral. Reforma hacía hace unos días el recuento de sus trampas. Vale recordarlas. El 58% de las firmas que presentó el “Bronco” fueron apócrifas. Presentó 810,995 firmas de ciudadanos que no existen en la lista nominal. 158,532 firmas fueron simulaciones. Contraviniendo los lineamientos del INE, presentó 205,721 fotocopias de credenciales. El órgano electoral también detectó $17.3 millones de pesos de financiamiento sospechoso y más de un millón y medio de gastos no reportados. Se trata, evidentemente, de una estrategia diseñada para burlarse del Estado.

Vale hacer distinciones: la conducta del Instituto Nacional Electoral ha sido, en todo este proceso, ejemplar. Es falso que no haya permitido defensa a los aspirantes; es falso también que se les haya engañado admitiendo provisionalmente los apoyos que registraban cotidianamente. Precisamente porque se les permitió derecho de audiencia, el “Bronco” pudo recuperar firmas que se habían rechazado. La sentencia que impone la candidatura de este personaje es, por ello, una de las resoluciones judiciales más aberrantes de las últimas décadas. Lo es, sobre todo, cuando se leen los argumentos de los cuatro magistrados que decidieron contravenir la ley para llevarlo a la boleta electoral. La banda de los cuatro jueces que integran mayoría en el tribunal reconoce que el gobernador con licencia no tuvo los apoyos de ley para alcanzar la candidatura y, sin embargo, le imponen al INE el deber de registrarlo como candidato a la presidencia. La sentencia del tribunal es más preocupante aún porque no es, siquiera consistente. A Armando Ríos Piter lo trata con una vara distinta, concediéndole un tiempo adicional para limpiar su muy sucio expediente.

José Woldenberg, quien bien entiende de estos temas sin caer jamás en estridencias, describe la resolución de los cuatro como una “vergüenza”. Lo es y constituye además un signo verdaderamente ominoso para el proceso electoral. Si la última voz en el supremo tribunal electoral recae en estos cuatro jueces no hay razones para tener confianza. No tenemos una institución técnicamente solvente, no contamos con un verdadero jurado imparcial que aporte tranquilidad institucional a la contienda.

La escandalosa imposición del tramposo es parte de un gravísimo proceso de corrupción institucional. Las instituciones de la democracia han terminado por convertirse en órganos de facción y de capricho. Durante años hemos abonado la tierra para el brote del populismo. Si su discurso antiliberal tiene sentido hoy es porque el relato que expone es una descripción elocuente de la deformación oligárquica. Si la economía marchara bien, si ofreciera futuro, si repartiera razonablemente cargas y beneficios, no habría caudillo que encendiera la mecha del cambio radical. Si en el mundo político se activaran eficazmente los controles, si las plataformas tradicionales ventilaran proyectos alternativos, si las instituciones de la imparcialidad fueran efectivamente plataformas de la neutralidad no prendería la mecha de la refundación.

Para defender la democracia liberal deberíamos empezar por la denuncia de su extravío. Bajo los rituales de la competencia se configuró una coalición oligárquica, un régimen político al servicio de unos cuantos. Las instituciones diseñadas para la neutralidad terminaron siendo secuestradas para sujetar las riendas del poder. El problema no nace con el populista que denuncia sino en la democracia que se desfigura.

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