Política

07, Nov 2011

¿Sorpresa en la izquierda?

La primera batalla del 2012 será por el segundo lugar. ¿Qué partido podrá colocarse en posición para afrontar al puntero? ¿Qué candidato podría fastidiarle la fiesta al PRI? No es probable una contienda a tercios ni tampoco una victoria sin reto. Si hoy parece que el PRI no tiene rival, las cosas pueden cambiar velozmente. Nuestras reglas han alentado la decantación de las opciones para dejar al final del día una disyuntiva elemental a manos del elector. Así fue en el 2000 cuando el eje fue la alternancia y así, seis años después, cuando se votó por la confiabilidad de López Obrador. Dos polos que imantan la elección, marginando a la tercera fuerza. No veo por qué habría de ser distinto ahora. Lo que no sabemos es quién se colocará frente al PRI.

No conocemos el resultado, pero ya se ha resuelto si la izquierda puede colocarse en esa plataforma del desafío. En estas horas recientes se ha levantado la pareja de encuestas de la que saldrá el candidato presidencial del PRD. No hubo campaña formal entre los aspirantes. No se presentaron al debate al que se habían comprometido. Una contienda en la sombra. Los limitaban, por supuesto, las absurdas reglas de nuestra democracia tutelada pero sobre todo, se restringían ellos mismos al no querer correr el menor riesgo de atizar el viejo, apasionado pleito en su partido. Si algo ha faltado en esta lucha por la candidatura de la izquierda es precisamente pasión. Sorprende la parsimonia de estas campañas disfrazadas. Alguna gira por ahí, un discurso, desplegados, entrevistas. Una contienda sorprendente por su baja intensidad. La enfática moderación de ambos aspirantes es, a mi entender, anticipo de que los vaticinios de la ruptura volverán a frustrarse. Más aún, creo que es creíble el compromiso de ambos con el resultado que se anunciará dentro de unos días. Hace unos meses estaba seguro de que Andrés Manuel López Obrador se empeñaría en ser nuevamente el candidato a la presidencia y no soltaría la estafeta por motivo alguno. No lo veo así ahora. Más allá de su nuevo tono, no puede negarse que se ha resistido a la ruptura a la que muchos lo apresuran. Durante seis años apretó la cuerda, caminó en el precipicio, llevó la tensión política al extremo. Hoy parece estar jugando con otras cuerdas y con otro propósito. Creo que Andrés Manuel López Obrador reconoce que mucho podría ganar perdiendo.

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17, Oct 2011

¿Ganar en la resbaladilla?

Resbaladilla

Enrique Peña Nieto ha sido claro al rechazar la propuesta de la reelección legislativa. Es cierto que su argumento no es del todo inteligible pero no puede negarse que ha sido consistente. El político mexiquense ha esgrimido argumentos conservadores (lealtad a una tradición histórica) y argumentos que podríamos considerar republicanos (debe fomentarse la circulación de las élites). No es difícil advertir en su defensa de esta exótica práctica mexicana una razón que no se ventila en público: la reelección inmediata tendería a debilitar la disciplina de partido y obstaculizar, en consecuencia, el paso de la aplanadora en la que sueña. Quien busca la presidencia confía en el cemento tradicional de la lealtad partidista y el impulso de la mecánica mayoritaria. Esa es su fantasía y la columna vertebral de su propuesta política.

Sus adictos en la Cámara de Diputados se han esforzado por razonar públicamente una práctica que sólo se encuentra en otro país del planeta. ¿Qué sabe México que el resto de las democracias del mundo ignora? ¿Hay buenas razones para defender nuestra excepción? No digo que no haya argumentos para rechazar la reelección. Sus virtudes no me parecen prodigiosas ni creo que sea una medida sin costos. Pero, en todo caso, a los legisladores exigimos exponer los motivos de su voto. Razonar en público sobre los asuntos de interés público. Pero los priistas prefirieron lavarse las manos: no nos pidan definición, que sea el pueblo quien decida. Los priistas de la comisión de gobernación de esa cámara encontraron un escape que dice mucho de ellos, de la tradición de la que se dicen tan orgullosos y del candidato a quien sirven: que la gente decida la reelección; que sean los ciudadanos y no nosotros quienes enterremos esta iniciativa. De pronto, los priistas encuentran fe en la consulta popular porque les permite evadir la responsabilidad de sostener una posición y defenderla públicamente. Los priistas saben bien que el desprestigio del Congreso prefigura el resultado de esa hipotética votación. Así, los priistas rechazan sin decir que rechazan: malabares de la indefinición.

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13, Oct 2011

Irving Howe: literatura e izquierda

Pescado aquí

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03, Oct 2011

Oligarquía

Mucho se ha escrito de Andrés Manuel López Obrador a lo largo de más de una década. No hay figura pública que active mayor respuesta emocional en el país. Para muchos es el emblema de una resistencia moral, para otros, una amenaza que no termina de extinguirse. No es difícil comprender por qué sigue siendo una figura polarizante: entre los políticos de aparador, entre los burócratas que gobiernan y legislan, el tabasqueño destaca por ser un dirigente auténtico equipado con pocas ideas pero con una convicción tan tenaz como hermética. El tiempo puede transcurrir, las circunstancias pueden cambiar pero él sigue con la misma idea fija, presente en cada uno de sus discursos, en cada una de sus apariciones. En medio de su simpleza histórica, a la mitad de los lugares comunes del más arcaico nacionalismo, entre su soflama conspiratoria, aparece una verdad del tamaño de un elefante que nadie más que él nombra. Estamos atrapados en un régimen oligárquico. Lo dice Andrés Manuel López Obrador todos los días y tiene razón.

Oligarquía. El clásico lo definía con claridad: gobiernan pocos, pero no los que son mejores, sino los que tienen más dinero. Los asesores de imagen no aconsejarían el uso de la palabra en una entrevista radiofónica. Hablar de la oligarquía podría denotar resentimiento, pesimismo, rencor. No es moderno hablar de esas cosas. Nombrar el gobierno de los ricos es regresar al viejo vocabulario de clase. Mejor trasmitir un video que trasmita confianza en las nuevas generaciones. Mejor difundir un mensaje alentador que anuncie un futuro fragante y colorido. La palabra oligarquía ahuyenta a los moderados, espanta a los centristas; da miedo. ¿Se irá a comer a los ricos el que denuncia su imperio? Mejor darle la vuelta al término y nombrar algunas deficiencias del diseño institucional, criticar a tal o cual partido, cuestionar al gobierno actual o responsabilizar a las oposiciones del atolladero. Vivimos en una democracia, dicen, y por lo tanto debemos rendirle tributo a la ficción de la igualdad política.

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13, Sep 2011

Coartadas de la mediocridad

Elizondo - Por esoLa energía del Estado es indispensable para la vigencia de los derechos. Lo anticipó Hobbes, lo aceptaba Locke, lo entendieron bien los federalistas en Estados Unidos. Sin un poder común, los derechos son palabras, las libertades declaraciones. En México, los primeros liberales no lo aprendieron de esos libros sino de la experiencia. José María Luis Mora se percató de que el liberalismo aquí, antes que restringir al Estado, tenía que fundarlo, fincarlo como una palanca para los derechos. Si había que combatir al régimen de los privilegios, era indispensable emplear la palanca del poder público. Carlos Elizondo Mayer-Serra ha publicado un libro que continúa esa vieja indagación sobre el vínculo entre el poder y los derechos, el Estado frente a los privilegios.

Carlos Elizondo explora las razones de nuestro estancamiento. Armado de estudios de la OCDE, de reportes del Banco Mundial, de un arsenal de piezas académicas, pero también de la anécdota y la observación imaginativa, expone los nudos de nuestra mediocridad: barreras a la competencia, instituciones atrancadas, árbitros escuálidos, ventajas certificadas por ley. Tal vez su libro sea el intento de apropiarse de un insulto. Darle la vuelta a la descalificación común para convertirla en prenda de orgullo. “Neoliberal” es la ofensa más común en el debate político. De izquierda a derecha, del PAN al PRD pasando por el PRI, todos coinciden en que el neoliberalismo es un cáncer. Ser neoliberal es ser el malnacido que no entiende de la historia, un dogmático que desconoce la realidad, un usurero que está dispuesto a convertir las pirámides en un centro comercial. Elizondo advierte desde las primeras páginas del libro que nuestro problema no es que sobre liberalismo, sino que falta. Tuvimos privatización pero no saltamos a la competencia; tenemos democracia pero nuestra legalidad está agujereada. Después de todo, decir liberalismo es decir, antes que cualquier otra cosa: Estado eficaz.

A México no lo maldice su origen. No es lo que somos sino lo que hemos hecho lo que nos impide crecer acelerada y sostenidamente. Mientras Jorge G. Castañeda regresa a la literatura de la identidad en su libro reciente, Carlos Elizondo destaca el impacto de las instituciones. Dejemos al alma mexicana en paz. Hablemos de nuestras decisiones, de nuestras reglas.

La nota completa puede leerse aquí.

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12, Sep 2011

El problema con el «mal»

cbr, antiguo corresponsal de este blog que ahora publica en La Razón bajo el seudónimo de Carlos Bravo Regidor escribe sobre el problema de introducir el tema del mal en la discusión sobre la violencia en México: 

 

Porque “el mal” es una categoría que remite a lo absoluto, a lo ontológico, a lo inescrutable; una categoría que no admite reparos de orden mundano y que, por lo mismo, resulta muy atractiva para inhibir el desacuerdo. Y es que, como escribió Richard Bernstein a propósito del discurso de la maldad tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 (El abuso del mal, Buenos Aires, Katz, 2006), la apelación a “el mal” puede fácilmente convertirse en un recurso político harto efectivo para simplificar problemas complejos, para invalidar ideas diferentes, para acallar a quienes piensan distinto y poner fin a la deliberación democrática. Así, cualquiera que disienta de la visión oficial sobre cómo luchar contra “el mal” puede ser tachado, como ocurrió con los críticos de la “guerra contra el terror” en Estados Unidos, y como ha ocurrido con los críticos de la “guerra contra el crimen organizado” en México, de apologista del enemigo.  

No es que sea inútil la reflexión moral. Al contrario. Ocurre, en todo caso, que hoy en día su utilidad pasa por considerar no sólo las causas sino también las consecuencias de nuestra manera de pensar los problemas.

Que la discusión moral sea compleja no quiere decir que no merezca un sitio en la conversación pública. Que sea peligrosa tampoco es razón para rehuirla. Que algunos hagan trampa con las palabras no implica que debemos seguir esa ruta. Si nos hemos vuelto confiados y hasta arrogantes con el vocabulario y las herramientas de la política pública, valdría, como sugiere Tony Judt, recuperar lenguajes que nos hemos empeñado en olvidar. Creo que puede hacerse sin golpes de pecho ni maniqueísmos. Lejos de cancelar la discusión, podría reanimarla, colocando en el centro eso que sigue siendo el corazón de lo político: el desafío de la convivencia.

 

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26, Ago 2011

Francisco Segovia sobre Sicilia y la autoridad

Francisco Segovia envio a este blog un comentario sobre mi artículo del lunes pasado. Aquí lo reproduzco íntegramente: 

Jesús:

No te gusta que Javier Sicilia le haya dicho a Carlos Loret de Mola que él no tenía poder sino autoridad. No te gusta porque crees que no se puede tener autoridad sin tener además poder; y, lo que es peor, porque esa autoridad no puede darse sin al menos cierta dosis de autoritarismo, pues el poder de las autoridades no emana de las urnas sino del “dedazo”. Para exponer este argumento, te apoyas en Hannah Arendt. ¿Por qué te apoyas en ella? Pues porque Hannah Arendt tiene autoridad sobre el tema que discutes. Sí, muchísima autoridad. Pero ¿tiene además poder? Está claro que no. Hannah Arendt está muerta, y para tener poder hay que estar vivo —o ser el Conde Drácula, en quien lo diabólico y monstruoso consiste justamente en ejercer un poder de ultratumba. La muerte le ha quitado todo poder a Hannah Arendt, pero no ha logrado despojarla de la autoría de sus libros, que es en donde sigue basándose su autoridad. De lo anterior no se sigue que la autoridad esté siempre desligada del poder, claro, sino simplemente que puede estarlo. Esta mera diferencia es indicio de que existe más de una forma de autoridad. Una de ellas es, digamos, la del Diccionario de la Real Academia Española, avalada por un rey, y otra muy distinta la del diccionario Webster's, construida por la preferencia de sus lectores (es decir, por la sanción de una comunidad de hablantes, expresada en un prestigio social). No se ha votado democráticamente ninguna de estas dos autoridades, pero no hay duda de que una se impone y la otra se gana. La frase Sicilia a Loret iba por ese lado. “La autoridad —dijo— es el poder de hacer crecer. El autor hace crecer algo”. Sicilia pone sobre la mesa el significado más estricto de la palabra: autoridad es lo propio del autor. En este sentido, la autoridad es, como dije antes, eso que ni siquiera la muerte puede arrebatarle al autor. Sólo fuera de contexto pueden entenderse estas palabras como una defensa del autoritarismo. Quien vea la entrevista (http://www.youtube.com/watch?v=o_juRlQ_HXU&feature=share ) escuchará la frase en su contexto y verá que, con ella, Sicilia quiere mostrar que el poder lo incomoda. Varias veces ha dejado en claro que él no se ha puesto al frente de la multitud de víctimas y familiares de las víctimas, sino que son éstas las que lo han puesto a él al frente. Esa multitud, que no tenía voz, se reconoce en la voz del poeta, y el poeta le da voz a la multitud (literalmente: cede siempre el micrófono a las víctimas).

Es cierto que nadie ha votado por él, pero también es cierto que él no usurpa el lugar que tiene, como lo usurpan en cambio muchos que sí lo han ganado en las urnas. No, nadie ha votado formalmente por Javier Sicilia, pero la confianza que los familiares de las víctimas han depositado en él lo ha convertido en un representante legítimo de sus aspiraciones. Es la cabeza del Movimiento por la paz, pero lo es a su pesar —según ha repetido muchas veces él mismo. En la entrevista con Loret refrenda esta actitud: él no quiere el poder, como lo quiere la mayoría de los profesionales de la política, que nunca son políticos a regañadientes y a su pesar. En esto se ve la diferencia: Sicilia no es un político de la política sino un político de lo político. Eso es tan inusual que muchos de sus críticos no acaban de asimilarlo. Por eso le exigen que entre al redil de los profesionales y juegue con sus reglas (que, si quiere autoridad, se convierta en candidato y la gane en las urnas, aunque esto sea en sí mismo una contradicción). Él, claro, se niega. Sicilia quiere volver del revés la política mexicana. Por eso actúa como no lo haría nunca un político profesional. En sus marchas y mítines, él es el único acarreado.

Le agradezco enormemente a Francisco Segovia este comentario. No niego que Javier Sicilia dé voz a quien no la tiene, que sea conducto para la expresión de muchos. Admiro su capacidad para transformar el dolor en testimonio. Mi incomodidad no es con su palabra sino con el sitio desde el cual se pronuncia y la respuesta que espera como debida. ¿Por qué el Congreso debe aceptar inmediatamente, sin discusión su palabra? ¿Por qué consideró que el debate de una propuesta era ya un acto de traición? Porque la autoridad no admite réplica. La autoridad es palabra envuelta en silencio. De ninguna manera creo Javier Sicilia deba ser candidato. No creo que la única vía de actuación política sean los partidos, las elecciones las instituciones. Pero creo que las voces de la sociedad civil son, por definición, plurales, parciales, limitadas. Mi argumento es que la autoridad no es fuente para la conversación sino su conclusión y por eso creo que no embona en un régimen democrático. 

Creo que esta discusión puede abordarse también por el intercambio entre Segovia, Krauze y Domínguez que ha recogido el blog Akantilado.

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15, Ago 2011

Zakaria a los críticos de Obama

Tras el acuerdo del Congreso para elevar el techo de endeudamiento, el presidente Obama recibió una andanada de críticas, sobre todo del espacio liberal. Se le tachó de débil, de carecer de liderazgo, de someterse al chantaje del ala más radical del Partido Republicano. (Aquí seguí esa línea.) Fareed Zakaria se sorprende que las críticas no hayan sido a los del Tea Party y se dirigieran en contra del Presidente. A ellos les dice: ya crezcan. Esto no es un capítulo de una serie de televisión en donde el Presidente da un discurso a la nación y, por su elocuencia, convence a la nación. Ya crezcan: éste es un presidente centrista en un tiempo de polarización ideológica. 

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09, Ago 2011

¿Qué hay en un nombre?

Guillermo Sheridan escribe sobre el nombre de los partidos políticos en México: 

Qué raro se llaman los partidos políticos. En México (y supongo que en muchas otras partes) esos nombres son las formas más abreviadas de la ficción, una especie de hai-kú de la fantasía voluntarista: ¿qué demonios quiere decir que un partido se llame “México Posible”? ¿Qué clase de imbécil se requiere para redactar esa sinopsis del sinsentido? Alguien que cobró 200 millones. Gracias.

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24, Jul 2011

Elba Esther se sincera

Elba Esther Gordillo: "Yo amo a Elba. La amo." (Entrevista con Pablo Ordaz en El país.)

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21, Jul 2011

La democracia privatizada

Farid Zakaria publica en el Washington Post de hoy un artículo sobre el atasco político de los Estados Unidos. Es fácil culpar al Tea Party de la cerrazón que tiene al país al borde de la quiebra pero el bloqueo político es estructural: los intereses locales y sectoriales se imponen bloqueando el interés común. Zakaria, quien recientemente ha puesto al día su libro sobre el mundo postamericano, sugiere la lectura de un estupendo artículo de Mickey Edwards publicado en The Atlantic Monthly. Edwards, antiguo legislador, registra los defectos institucionales de la democracia norteamericana que bien valdría leer con atención en México. Nuestro sistema, dice, no es un régimen diseñado para resolver los problemas comunes: es un mecanismo para procesar la disputa del poder entre dos organizaciones privadas.

Edwards critica el mecanismo de selección de candidatos en los dos partidos. El proceso ha sido secuestrado por activistas cada vez más radicales que han vuelto extremadamente rígido y estéril el debate en el Congreso. Así, mientras los ciudadanos se declaran crecientemente independientes, los candidatos representan al partidismo más hermético. Valdría por ello, establecer elecciones primarias abiertas. El proceso legislativo se ha vuelto excesivamente mayoritario: quedar en minoría, dice Edwards, es quedar fuera de la labor de hacer leyes y someterlas a consideración del pleno. Ello impide la discusión de reglas que podrían encontrar espacios de acuerdo entre los partidos. El autor se concentra también en la defectuosa composición y el liderazgo de las comisiones legislativas y el personal administravo del Congreso.

El sentido de la propuesta es escapar de lo que acá hemos llamado partidocracia: recuperar la representatividad del Congreso y su capacidad para alumbrar el interés nacional. 

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20, Jul 2011

Sobre la congruencia del sectario

Luis Linares Zapata escribe hoy en La jornada un artículo en el que alude a mi texto del lunes pasado. No duele tanto que me llame clasista sino que me describa como un adorno de la tecnocracia. Sugiere que mi descripción de la visión política de Andrés Manuel López Obrador como propia del pensamiento sectario se limita a su rechazo a la negociación para adelantarse a señalar que hay, desde luego, asuntos innegociables, pactos inadmisibles. Basándome en lo que ha escrito Avishai Margalit, sostengo que la política de López Obrador es sectaria por un conjunto de razones y no solamente por el rechazo al acuerdo. ¿Hemos visto a López Obrador reconociendo la legitimidad de alguna información que le sea desfavorable? ¿No toma López Obrador el error de los otros como vicios morales antes que fallas del juicio? ¿Cree en instancias de la imparcialidad? ¿Representa su movimiento una coalición de distintas visiones políticas, una negociación entre las izquierdas? ¿No fabrica su cerebro conspiraciones constantes en su contra para dividir el mundo en puros y mafiosos? Todos esos rasgos lo retratan a mi juicio como paradigma del político sectario.

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18, Jul 2011

La congruencia del sectario

AnteojerasEl repertorio de  Las frases de Andrés Manuel López Obrador pueden contarse con los dedos de las manos. Sus discursos, sus entrevistas, sus declaraciones son la combinación de una serie de frases hechas que ha repetido mil veces en los últimos años. Oírlo es siempre volverlo a oír. Su discurso tiene las sorpresas de un reloj. La monotonía de su oratoria resalta incluso en un paisaje como el nuestro, tan estéril para el debate de ideas, tan pobre en reflexiones en público de los actores políticos. ¿Cuántas veces hemos escuchado las mismas palabras enlazadas en el mismo orden, dichas con el mismo tono? La mafia le robó la presidencia. El Pueblo no se equivoca nunca. Hay que aprender de nuestra historia. Soy un hombre de principios; no soy un ambicioso vulgar. Al parecer, lo que nos quiere decir es que su ambición no es ordinaria: busca la transformación real de México y no la simulación que representan los idénticos proyectos del PRI y del PAN.

Desde hace tiempo ha insistido que reconoce la necesidad de que la izquierda vaya unida a la elección presidencial del año que viene y ha declarado que está dispuesto a aceptar la candidatura de Marcelo Ebrard si tiene mejores posibilidades de ganar. Pero hace poco parece que cambió de parecer. Según relata la prensa, en una reunión reciente advirtió que nada impedirá su candidatura. Nada de consultas o encuestas para ver quién está mejor ubicado para representar a la izquierda. Él será candidato porque no está dispuesto a aceptar que los oligarcas de siempre le impidan participar en la elección. “No me quieren ver en las boletas, pero no les voy a dar el gusto, voy a estar en las boletas como candidato de un partido, de dos o de tres.” En otras palabras: López Obrador adelanta que será candidato aunque no sea el candidato del Partido de la Revolución Democrática. Está dispuesto a usar el membrete del Partido del Trabajo o de Convergencia para registrar su candidatura. No importa, al parecer que tal decisión destroce definitivamente las posibilidades electorales de la izquierda mexicana.

Habría que tomar con cierta reserva las comillas registradas por Reforma el pasado jueves 14 de julio porque se trata de una versión indirecta de las palabras de López Obrador tal como fueron registradas por un coordinador de su movimiento. De cualquier manera, sirve para preguntarnos si sería aceptable para López Obrador una derrota dentro del PRD. ¿Podríamos pensar que a López Obrador podría aceptar a Marcelo Ebrard como el candidato legítimo del PRD? La imaginación no me alcanza para verlo. Imagino al cardenal Rivera casando a dos homosexuales en la Catedral antes que a López Obrador alzándole la mano a Ebrard. Aceptar que otro pudiera representar a su movimiento sería para él un error histórico, una inconsistencia y, en el fondo, una traición a su esperanza. López Obrador no sorprende nunca en su discurso porque su retórica refleja con fidelidad la convicción de su sectarismo profundo. Se ha dicho muchas veces que Andrés Manuel López Obrador es más un representante del viejo populismo que de la izquierda contemporánea. Ninguna curiosidad ha demostrado el antiguo alcalde de la Ciudad de México por lo que otras izquierdas discuten o hacen. A él le basta la prédica moral, las lecciones de la historia maniquea y las cantaletas del estatismo salvador.

Pero para entender a López Obrador es más importante comprender la forma en que cree que sus creencias mismas. La intensidad de sus creencias es más importante que el contenido de sus creencias. López Obrador es el predicador más perfecto del sectarismo en México. La política es para él, el territorio de lo innegociable. Una lucha que pone a prueba la limpieza moral de los hombres, sus lealtades profundas antes que la eficacia y las consecuencias de sus actos. Para el sectario, todo acuerdo está podrido. El filósofo Avishai Margalit ha analizado con gran inteligencia ese fenómeno porque en algún momento sintió que el virus del sectarismo se le metía al cuerpo. Ha detectado, por ejemplo, que al sectario le importa más conservar la pureza de su movimiento que el deseo de ensancharse. La organización a la que, con aires guadalupanos, López Obrador bautizó como “Morena” no es una coalición de fuerzas diversas sino una plataforma de promoción personalista. El movimiento existe por y para él. Tan fieles a López Obrador son sus seguidores que están dispuestos a cerrar los ojos, como él, a todo lo que sea desfavorable. Es que el sectario no puede arriesgarse a dudar. ¿Qué diría el caudillo si descubre una grieta en la convicción del seguidor? Por eso se apresura a descalificar enfática y a veces violentamente a quien cuestione sus certezas. Por eso no puede aceptar jamás un veredicto desfavorable. Quien tiene una idea distinta no está desorientado: es un corrupto. No hay instituciones imparciales, ni números confiables. Si las noticias no son buenas son falsas.

Un sectario tan consecuente como López Obrador no tiene espacio mental para reconocer una derrota. No se traicionará: será candidato.

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11, Jul 2011

La realidad y las espaldas

Tapaojos

La mayor tentación de la política es darle la espalda a la realidad. Ése es el error más común y también el más costoso del oficio. El político suele darse un lujo que ningún carpintero podría tomarse: negar lo que tiene en frente. El carpintero que cierra los ojos termina con el clavo en la uña, el político que hace lo mismo pasa por visionario, por tenaz, por decidido. Tiendo a pensar que el político se engaña a sí mismo más frecuentemente de lo que nos engaña. Sí: con frecuencia disfraza, adorna, oculta la realidad para su beneficio. La mentira es moneda común de ese comercio. Pero creo que la primera trampa de la política es la trampa que el político se tiende involuntariamente a sí mismo. Ve lo que le complace, oye lo que lo halaga, descree de lo que lo impugna. La percepción del político se filtra normalmente con autoengaño.

Las elecciones recientes en el Estado de México han dado muestra de esa tendencia. Para los partidos derrotados es más cómodo reiterar una cantaleta que emprender el camino de la autocrítica. A la crisis en que la elección los sumerge, los partidos responden con pancartas, no con argumentos. Darle vueltas a una matraca es más sencillo que taladrar en su conducta. PAN y PRD se empeñan en darle la espalda a la realidad: perdieron por las razones comunes: una combinación de aciertos del adversario y errores propios. Lo hicieron en circunstancias que, desde luego, están lejos de ser ideales pero, ¿puede con franqueza atribuirse a la trampa una victoria tan holgada? ¿Puede alguien creer que se activaron los mecanismos norcoreanos a los que aludió el presidente Calderón en San Francisco refiriéndose al antiguo régimen para darle la reelección al PRI en el Estado de México? ¿Es aceptable el argumento de López Obrador de que los “anestesiados” votaron por sus “verdugos”? Ni lo uno ni lo otro. Ganó el PRI porque logró preservar su unidad, porque presentó un candidato que no lo debilitó, porque tiene de su lado el imán de una atractiva candidatura presidencial. Ganó el PRI porque sus adversarios jugaron muy mal sus cartas. Exhibieron su convencimiento de que solos no podrían ganarle al PRI, se organizaron para aliarse, invitaron a la gente a respaldar su coalición y terminaron caminando por su cuenta. Antes de empezar la campaña habían anunciado su derrota. Nos decían que la alianza era la única forma de parar a Peña Nieto y darle una zancadilla a su candidatura presidencial pero, ¿eso querían los mexiquenses? ¿Era sensato pensar que los unificaría el horror de ver a su gobernador como presidente? ¿Comparte el electorado las fobias de su clase política? ¿Son electoralmente rentables los lugares comunes de los opinadores? Tal parece que esas pesadillas no resultaron tan persuasivas. Los voceros del PAN y del PRD lo advirtieron muchas veces: solos perderemos. Al final caminaron solos… y perdieron.

La tarea hoy está del lado de los opositores al PRI. Mi impresión es que el viejo partido hegemónico, a pesar de no tener un discurso reformista, a pesar de no haber cambiado sus hábitos, a pesar de seguir siendo una confederación de complicidades, a pesar de tener como candidato prácticamente único a un hombre sin ideas, tiene una ventaja sobre sus adversarios: un trato más cercano con la realidad. El PAN y el PRD han escogido hasta el momento la misma ruta para encarar el desafío de un PRI fuerte y confiado: negar la realidad. Han restaurado el discurso del régimen autoritario que amenaza con restablecerse para ubicarse de nuevo en la comodidad de la superioridad moral. Somos éticamente superiores al PRI, dicen. Somos los demócratas y los otros son la esencia autoritaria. Los priistas no pueden ganar limpiamente nos dicen el PAN y el PRD—como si fueran encarnaciones de la purísima democracia. ¿Puede el PAN, responsable de darle una segunda vida al corporativismo priista, lanzarse contra el peligro de la restauración autoritaria”? ¿Será el grito de guerra contra la “mafia” que se adueñó del poder un llamado convincente al voto? ¿Es razonable centrar la estrategia electoral del 2012 en el horror a la restauración priista? ¿No tienen los panistas y perredistas mucho que aprender de lo que acaba de pasar? Creo que, en lugar de organizar movilizaciones contra la supuesta elección de Estado, los adversarios del PRI deberían estudiar con madurez lo que pasó. Deberían analizar cómo votaron los jóvenes, por ejemplo.

No creo que que el libreto antipriista que funcionó en el 2000 sirva de nuevo. El antipriismo, ese anhelo del oxígeno que implicaba la alternancia, el hartazgo del viejo monopolio pudo haber dado energía a la campaña de Vicente Fox. Hoy parece cerillo mojado. Para combatir al PRI de hoy es necesario escapar del rústico discurso de panistas y perredistas. Habría que empezar por darle la cara a la realidad de hoy.

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27, Jun 2011

Voluntad argumentativa

La conquista del diálogo no es el acuerdo, sino el reconocimiento. Cada uno reconoce el derecho del otro a hablar. El diálogo exige atención, no acuerdo. De la conversación no nace necesariamente el entendimiento. El acuerdo es apenas una posibilidad del diálogo. Los dialogantes pueden salir del encuentro con las mismas ideas con las que llegaron. El prejuicio puede, incluso, reforzarse tras el cruce de las recriminaciones. Por eso hay que tener claro que el diálogo no es la mágica solución. Pero el intercambio de palabras—sobre todo cuando éstas resuenan en público—sí es capaz de transformar de forma importante el espacio político. Convertido en una especie de ceremonia constitutiva de la democracia, logra ser la mejor escenificación de la diversidad y de la razón. El diálogo es la muestra visible del pluralismo razonante. Reconocimiento de que hay distintas percepciones, distintos argumentos, distintas percepciones y propuestas. El diálogo no es un torneo de fuerza, ni siquiera de esa fuerza simbólica que es el agregado de votos, sino, por el contrario, celebración de la idea y la razón, de la elocuencia y la sensibilidad.

El diálogo reciente en el Castillo de Chapultepec fue un evento insólito. Tras una marcha que fue recogiendo los testimonios más desgarradores del dolor mexicano, el presidente de la república se dispuso a escuchar los reclamos y se empeñó en convencer a sus oyentes. Sabia perfectamente que sus interlocutores no se reunían para elogiarlo. Sabía que los cuestionamientos que escucharía no serían marginales sino que iban al corazón de su gobierno. Sabiendo todo ésto, acudió a la cita. Algo importante ha sucedido en México, cuando vemos al presidente recibir el embate de críticas severas y llamados urgentes a cambiar la estrategia central de su gobierno. El fenómeno se explica, como han resaltado algunos, por el cambio de régimen. Hubo un régimen político que, en su peor momento, respondió con balas al llamado del diálogo. Éste escucha y habla. Pero la ceremonia del jueves no se entiende solamente por la transformación histórica del sistema político. Debe reconocerse el papel del presidente, su experiencia y su talante para apreciar esta oxigenación de la vida pública a través del diálogo. Ni el antecesor de Calderón ni quien estuvo a punto de ocupar su puesto en 2006 hubieran podido encarar la quemante inconformidad, el reclamo rabioso o la exigencia serena y honda de pedir perdón.

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