11, Mar 2010

Ciudadanos demasiado reales

En nexos de este mes, se publica este artículo certero de Fernando Escalante: "Ciudadanos demasiado reales." Los lamentos por México de la "clase intelectual" mexicana se refugian en el consuelo del ciudadano como salvador. Ciudadanizar es la utopía contra nuestra miseria política. Valdría quizá pensar menos en la entelequia y un poco más en la realidad.

El país es visto, por decirlo así, en clave de “todavía”. El problema es lo que persiste todavía de los tiempos tenebrosos, el problema es que no estamos aún a la altura de las leyes. Eso significa que el orden del país es imperfecto, sin duda, pero que puede perfeccionarse, y que sus imperfecciones deben entenderse en términos de una secuencia temporal, puesto que conocemos el punto de llegada. Significa que cargamos con el lastre del pasado y en alguna medida vivimos en el pasado. Es decir: en un sentido muy concreto, la sociedad mexicana nunca llega a ser contemporánea de sí misma. Motivo para ser optimistas, motivo para ser pesimistas, motivo para echar la culpa a otros, motivo para insistir en la misión civilizadora, revolucionaria del Estado. No hace falta discutir, no hace falta ni siquiera reflexionar demasiado sobre lo que la gente hace: después de todo, es el pasado, lo conocemos y sabemos que está mal (entre otras cosas, porque es pasado). Sólo necesitamos librarnos del peso de la historia.

Acaso ganaríamos algo, para empezar, si dejásemos de pensar que lo que no nos gusta es un lastre del pasado: los caciques del XIX no eran un residuo de la época virreinal, los caciques y clientelas del XX no fueron restos del XIX ni los de hoy son tan sólo astillas del régimen priista; la designación —imprecisa, emotiva— tiende a hacer borrosas las diferencias, tiende a igualar a Juan Álvarez, Gordiano Guzmán, Saturnino Cedillo y Napoleón Gómez Urrutia, que no son ni remotamente parecidos. Los caciques y sus clientelas son absolutamente modernos: por eso son eficaces. Son las más de las veces producto del proceso mismo de “modernización”. Y cambian conforme cambian las leyes, la estructura productiva, el orden político. La capacidad de movilización, los recursos de poder e influencia de René Bejarano o Elba Esther Gordillo no tienen nada que ver con los del general Tornel o Manuel Lozada, o los de Luis N. Morones. Por eso no es posible erradicarlos, ni deshacerse de ellos como de un peso muerto.

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