03, Ago 2020

Sobrevivir la autocracia


Hace casi cuatro años, el New York Times pidió a una serie de periodistas extranjeros una reflexión sobre la elección de Donald Trump. ¿Cómo se veía ese acontecimiento desde fuera? Una de las miradas que el diario convocaba entonces era la de Masha Gessen. Gessen había vivido entre Rusia y los Estados Unidos, había publicado una biografía de Putin y participado en las luchas de la comunidad LGBT en ambos países. Bajo la amenaza de perder la custodia de su hijo por la legislación homófoba del autócrata ruso, se instaló definitivamente en los Estados Unidos. Pero su refugio pronto empezó a parecerse a su lugar de origen. Con horror vio el ascenso del millonario neoyorquino y anticipó que tendría altas probabilidades de ganar la presidencia. Veía en Trump a un remedo de lo que vio y padeció en Rusia. Trump no era simplemente un demagogo. Un patán oportunista, sin el menor sentido de la decencia. Era el primer hombre que se había postulado abiertamente para ejercer de dictador de los Estados Unidos.

Gessen, quien se define como persona no binaria, escribió el artículo que le había solicitado el New York Times, advirtiendo precisamente eso: Trump es un autócrata y representa un peligro serio para la democracia de los Estados Unidos. El diario consideró que el texto era alarmista y que la mera consideración de que la sacrosanta democracia norteamericana fuera mortal, resultaba indigna de aparecer en las páginas de opinión del diario. Por ello, el periódico dio las gracias a Gessen y rechazó el texto. Lo publicó poco tiempo después el New York Review of Books y se convirtió en uno de los ensayos más leídos de su historia. Millones escucharon en línea su grito de alarma. Se trataba de un instructivo para sobrevivir la autocracia. De su experiencia en Rusia, Gessen extraía deberes cívicos elementales. Había que creerle, en primer lugar, al autócrata. Hay que tomarse en serio sus palabras. Cuando dice que tiene la intención de poner a sus opositores tras las rejas, cuando habla de golpear a los críticos en sus manifestaciones, cuando inventa sus propios datos, hay que escucharlo. Quien no respeta la dignidad de los demás, quien entiende el poder como despliegue de fuerza es un autócrata, aunque use las plataformas de la democracia. Por eso no hay que normalizar el trato con el autócrata y mantener viva la flama de la indignación.

Aquel artículo se ha convertido en un libro crucial para entender nuestra era. Sobreviviendo la autocracia, es el título. El candidato a dictador se exhibe cada día con mayor claridad. Todo autócrata sueña con la crisis que le permita desentenderse de las reglas, los hábitos y los procedimientos democráticos. Una urgencia, un enemigo que permita poner fin a los miramientos liberales. La crisis llegó como una emergencia sanitaria y, al tiempo que ha exhibido la ineptitud del gobierno norteamericano, ha revelado también sus reflejos autoritarios y abiertamente fascistas. En México lo vio muy pronto Letras libres. Temiendo el resultado de la elección inminente, dedicó su edición de octubre de 2016 al “fascista americano.”

La reacción del presidente Trump ante las protestas antirracistas que hace un par de meses recorrieron las ciudades de los Estados Unidos desde fines de mayo fue una “escenificación del fascismo” dijo Gessen. El teatro presidencial se ajusta a la retórica y a la estética fascista. Ver el poder como la fuerza de un ejército que impone orden a golpes y que atemoriza a los manifestantes con el sobrevuelo de los helicópteros militares. Y el jefe del gobierno caminando con un grupo de leales a las puertas de una iglesia para levantar la mano derecha y enseñar una biblia.

En días recientes han sonado desde la Casa Blanca dos amenazas gravísimas. Primero le advirtió a un periodista de la cadena Fox que no puede comprometerse a reconocer los resultados de la elección de noviembre si estos le son desfavorables. El presidente grita todos los días que el correo que usarán millones para votar no merece confianza y amenaza con desconocer los resultados de la elección de noviembre. Esta semana ha dado un paso más sugiriendo que la fecha de las elecciones podría aplazarse. No hay precedente de esas dos amenazas: desconocer los resultados de la elección o posponerla hasta la fecha que al autócrata le convenga.

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28, Jul 2020

La tarea de la Fiscalía

La fiscalía federal tiene una responsabilidad enorme en la conducción del proceso contra el exdirector de Petróleos Mexicanos. Las acusaciones tocan el núcleo del viejo poder. La manera de competir en elecciones; el uso de los recursos públicos y el modo de lidiar con las oposiciones. Dinero ilegal para financiar una campaña; recursos públicos para beneficio privado y, de acuerdo a la revelación reciente, compra de votos en el Congreso. Corrupción electoral, administrativa y política. Sucio el acceso al poder, sucia la gestión pública, sucio el trato con los legisladores. No es fácil encontrar un caso semejante en la historia reciente. No solamente por la gravedad de los cargos y la vastedad de su impacto, sino también por la disposición del acusado para colaborar con la fiscalía y aportar elementos que muestren la red de corrupción del gobierno de Enrique Peña Nieto. La oportunidad es extraordinaria. Los riesgos también son enormes: la investigación puede pervertirse políticamente, puede ensuciarse con revelaciones indebidas, puede usarse más para el estigma genérico del pasado que para la severa aplicación de la ley. El país merece una investigación y un proceso ejemplares.

La lucha contra la corrupción, bandera fundamental del gobierno de López Obrador, tiene en este caso su prueba definitiva. Esa política no puede quedar en la prédica cotidiana del presidente ni en sus invitaciones a portarnos bien. La lucha contra la corrupción no avanza con parábolas y sermones. No camina con soplos y filtraciones a conveniencia del poder. La lucha contra la corrupción necesita verdad y castigos. ¿Marcará el caso del antiguo director de PEMEX un cambio histórico?

Me parece promisorio, por una parte, que el caso de Lozoya permita terminar con las purgas que se convirtieron casi en un rito de inauguración presidencial. Cazar a una figura relevante para mostrar determinación política, pero detenerse en el símbolo sin abordar el complejo arraigo de la corrupción. El caso que tenemos en frente anuncia otra cosa. Mi cliente no se mandaba solo, decía el abogado que lo representó hasta hace poco. No es absurdo anticipar por ello que las acusaciones desemboquen tarde o temprano en el expresidente de la república y alguno de sus colaboradores más cercanos. Lo importante del caso es que puede ser el hilo que descubre y prueba la intrincada madeja de corrupción. Romper el tabú de la presidencia intocable, terminar el cuento del pillo solitario sería, sin duda, un cambio histórico para México. A la Fiscalía le corresponde fundar una acusación sólida que explore todas las conexiones y complicidades del caso.

Por otra parte, hay también elementos inquietantes en la manera en que se ha conducido el proceso. Poca transparencia, filtraciones, comentarios indebidos del presidente de la república. Las filtraciones que han trascendido parecen la redacción de un libreto por encargo. Un golpe dirigido a los enemigos del anfitrión que recibe generosamente a un invitado. Habrá que ver si aparecen efectivamente pruebas de las acusaciones que se han hecho públicas, pero hasta el momento, resultan, por decir lo menos, extrañas. Me llama la atención, por ejemplo, que los legisladores del partido “verde”, esos cínicos que han bailado siempre al compás del ganador y que ahora son aliados del gobierno, no son acusados por el delator de ninguna conducta impropia en las negociaciones del pacto por México y que el golpe de las filtraciones se dirija casi en exclusiva a los enemigos sobrevivientes: el PAN de ayer y de antier.

La captura de un funcionario no es justicia Tampoco lo son la nube de acusaciones y filtraciones que hemos conocidos en las últimas horas. Todo eso puede ser buena munición política. Para el gobierno es una bolsa de oxígeno ante la catástrofe sanitaria, económica y de seguridad que enfrentamos. Un arsenal invaluable para la batalla electoral que está a la vuelta de la esquina. Para las oposiciones, si es que todavía puede hablarse de que existen, es un nuevo golpe a su imagen pública. Pero más allá del uso político del caso, es necesario exigir un proceso irreprochable que llegue al fondo de la cuestión: que nos acerque a la verdad y que castigue a los abusivos. No se necesita ninguna consulta para exigir que la ley se aplique a todos por igual.

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22, Jul 2020

Nox

Acostado es una caja, pero si se levanta parece una lápida. Así lo describe la propia creadora: una lápida. Nox, el cuaderno que Anne Carson hizo a la muerte de su hermano es un epitafio en forma de libro. Un abanico hecho de poemas, citas, fotografías, papeles manchados, timbres postales, garabatos, párrafos tijereteados. Este libro puede ser una de las mejores puertas de entrada al universo poético de Carson, quien hace unas semanas ganó el Premio Princesa de Asturias. El mundo de la poeta canadiense es una recámara de imágenes, voces antiguas, brillos y ecos. Papeles del día, recibos, fotos, flores que van secándose. Ensayos y divagaciones, exploraciones filológicas, lecturas. Una arqueología de lo más íntimo que se ilumina con destellos de poesía. Una vasija rota envuelta en hiedra. Nox es más que escritura: piezas que unaa doliente recaba para sujetar de algún modo lo que se ha ido.

Cuando Michael murió en Copenhagen, la noticia tardó semanas en llegar a su hermana. Su viuda no tenía su número telefónico. Hacía veinte años que los hermanos no se veían. Habrían hablado por teléfono, si acaso, unas seis veces en todo ese tiempo. Michael había huido de casa en 1978, al parecer, para evitar la cárcel. Su paradero era un misterio. Usaba pasaportes falsos, se inventaba nombres. Vivió en la calle. De repente llegaba a casa de la familia una postal sin dirección de remitente y con un sello de la India o de Francia. Y con separación de años, una llamada breve y absurda.

La primera inscripción del abanico es un poema de Cátulo a su hermano muerto. Vengo a “hablar inútilmente a tu muda ceniza.” El poema en latín mecanografiado por Carson aparece pegado a la hoja. Se perciben en el facsímil las arrugas de un papel delgado y un color amarillento que le viene de una noche sumergido en una taza de té. Las páginas que se despliegan a la izquierda componen un diccionario personal que recoge el vocabulario de la pérdida. Tocar la pérdida es dialogar con el poeta romano, reescribir sus letras. El libro-lápida es, en algún sentido, una versión, un diálogo, una ampliación de la elegía de Cátulo. Después de trabajar durante años en ese poema, dice ella, llegué a la idea de que la traducción es buscar el interruptor en un cuarto oscuro.

Hubiera querido llenar esta elegía con luces de todo tipo. Pero la muerte nos vuelve avaros. No perdamos más tiempo en ello, él está muerto. El amor nada puede cambiar. Las palabras nada pueden añadir.

La poesía de Carson recurre más la yuxtaposición que a la imagen. Costura de muchos paños: la tinta de la carta y la cátedra de la erudita; la voz de un subsuelo milenario y el sonsonete de las pantallas de esta mañana. La elegía a su hermano es la invocación de un desconocido. Doble irrealidad: el vacío de la muerte y la incógnita de la vida. Megan O’Rourke, en su reseña del Newyorker, dice bien que el acordeón de esta elegía explora el significado de no entender.

Anne Carson escribió también un poema al que tituló “Epitafio”. Esta es la versión de Jordi Doce:

Para obtener el sonido toma cuanto no sea el sonido déjalo caer
Por un pozo, escucha.
Luego deja caer el sonido. Escucha la diferencia
Estallar.

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20, Jul 2020

La realidad y el relato

La realidad no cabe en el relato oficial. Ese es el drama del lopezobradorismo: su épica no corresponde a la circunstancia. Insiste en el cuento de la historia de bronce, ese cuento del pueblo bueno contra las élites podridas, pero lo que marca el presente no tiene nada que ver con esa fábula. Nos mata un microbio que no es un hijo de Salinas de Gortari. Nos amenazan criminales que no cometieron la traición de estudiar fuera de México. Y sin embargo, el presidente sigue empeñado en fustigar a esos enemigos. El país tiene urgencia de una política pública y recibe sermones. El Estado es amenazado públicamente y el presidente de la república dirige su furia contra los intelectuales que firman un desplegado en su contra.

El populista termina secuestrado por su cuento. Renuncia a abrir los ojos y le entrega su inteligencia a una fábula. En su imaginación no hay más que un drama que se repite siempre en el tiempo. Liberales contra conservadores en eterna pugna, dice el presidente. Los siglos pasan, pero el conflicto sigue siendo el mismo: el Pueblo bueno buenísimo enfrenta a los malos malísimos. Hidalgo es Juárez es Madero soy yo. El ejército realista fue a buscar a Maximiliano para apoyar luego Porfirio Díaz, sostener el neoliberalismo y a combatirme a mi.

El cuento puede servir, tal vez, para un mural de escuela y para sostener el discurso de una campaña pero no funciona para lidiar con la realidad desde el gobierno. El vocero de la estrategia sanitaria ha hecho malabares para dar satisfacción al jefe. La ideología está cada vez más presente el discurso de quien alguna vez se presentó como técnico. Es el veneno de los neoliberales el que nos ha hecho vulnerables al virus. La respuesta al peligro sanitario se contamina muy pronto del litigio político. Los críticos no son personas con perspectivas distintas sino calumniadores con intenciones perversas. Así lo dice una y otra vez el vocero gubernamental siguiendo la orientación del presidente. Quienes cuestionan nuestros datos, quienes critican la estrategia lo hacen por motivos inmorales.

Lo que me parece notable es que precisamente el espacio que se ofreció originalmente como centro de decisión científica ha terminado como otra plataforma ideológica. Lo podríamos constatar comparando el tono de las primeras conferencias del subsecretario de salud y las presentaciones recientes. Si en un primer momento parecía una plomada de razonabilidad científica, hoy es otro jilguero más de propaganda oficial.

Igualmente grave es la incapacidad para entender el desafío de la violencia. Esta semana, ante un cuestionamiento claro sobre la violencia de género, el presidente de la república se fugó al cuento de hadas en el que ha decidido instalarse. Las cosas ya no son como antes, hemos resuelto las condiciones que provocaban la violencia, vivimos ya en el México de la fraternidad. La desconexión entre el cuestionamiento de una periodista insistente y la quimera presidencial es asombrosa. Los hechos son ignorados porque lo que cuenta para el presidente es la fábula del renacimiento de México y no la fastidiosa realidad. El país es ya otro y en consecuencia, ya no hay motivos para la violencia.

Andrés Manuel López Obrador dejó Los Pinos para residir, no en el Palacio Nacional, sino en el mural de Diego Rivera. En esa historia cree, esa política ve. Y por eso no puede vero lo que no cabe en la reducción pictórica del ideólogo. No puede entender que para combatir un contagio mortal hay que poner de veras la ideología afuera, hay que proyectar un mensaje coherente, hay que orientar con el ejemplo. No entiende tampoco que el crimen organizado es indiferente a las bondadosas intenciones de un presidente y el supuesto fin del neoliberalismo.

Pero el presidente que no se usa cubrebocas insiste en llevar tapaojos.

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18, Jul 2020

El conflicto conjurado

La crítica no puede darse el lujo de ignorar la circunstancia que comprime el espacio de la decisión. Tiene sentido comparar la acción con el ideal, pero es necesario también advertir el peso de las restricciones reales e imaginar el escenario contrario. Pienso en la visita del presidente López Obrador a Washington. No parece haber sido la mejor ocasión para visitar a un candidato que busca la reelección. No es convincente el motivo que se ha expuesto para justificar el viaje y mucho menos el propósito de expresar gratitud al antimexicano. Pero la catástrofe que algunos temimos no se materializó. Puede decirse que la visita fue exitosa. Tendrá costos y beneficios que seguramente habrán de apreciarse a fines de año, tras la elección presidencial, pero la ceremonia de cordialidad que contemplamos tiene, por lo pronto, consecuencias benéficas. Las tiene, sobre todo, si consideramos el viaje como el emblema de una relación que, a pesar de todo, se preserva y se cuida.

La reunión reciente, carente de acuerdos sustanciosos, pero cargada de simbolismo nos invita a imaginar el escenario distinto. La cordialidad, habría que decirlo, no estaba asegurada. Ambos son conocidos por su mecha corta, por la naturalidad con la que convierten el micrófono en instrumento de combate. Pero, lejos de haber entrado en pleito, se han entregado al cortejo y se llaman amigos. Si en algo ha ejercitado autocontención el presidente mexicano ha sido precisamente en relación a su contraparte. Subsisten sin duda tensiones y desacuerdos, hay agravios y desconfianzas. Pero con todo, el trato entre ambos facilita el entendimiento y es una de las poquísimas señales de certidumbre en el escenario mexicano.

Podemos hacer la crítica del viaje, de lo que se dijo y de lo que se calló; de las personas a las que vio el presidente y a las que ignoró. No creo que, habiéndose hecho el viaje, se haya logrado enviar el mensaje mexicano en los frentes en los que es importante proyectarlo. ¿En verdad debemos agradecer que el presidente Trump no nos dé trato de colonia? Las discrepancias con el viaje y sus eventos pueden ser muy amplias. Pero el argumento que me interesa plantear está en otro lado. Es el presente que se ha conjurado. ¿Dónde estaríamos si al caldo de los gravísimos problemas que tenemos, le agregáramos en estos momentos tensiones en el frente bilateral? Hagamos el ejercicio de imaginación para calibrar nuestra crítica. ¿Cómo estaríamos hoy si la relación entre los ejecutivos de las dos naciones fuera tensa y pendenciera? ¿Qué clima se respiraría en el país si la furia de los tuits trumpianos cayera en un presidente mexicano que lo rebate constantemente? ¿Qué efectos tendría el escuchar al presidente de México ejercitando el resentimiento nacionalista en contra de los yanquis de hoy y no en contra de los conquistadores españoles de hace quinientos años? ¿Qué efecto tendría una carta semejante a la que envió al rey de España, dirigida al presidente norteamericano recordando, quizá, el año de 1847? ¿Cuál sería la perspectiva económica de México si, a todos los contratiempos, agregáramos ahora la muerte del acuerdo comercial con los vecinos del norte? Pensar la política es siempre imaginar el escenario posible que no se materializa. La amenaza que no se concretó, la desgracia que se evitó. No es absurdo imaginar que, bajo el otro escenario, la campaña de reelección del presidente Trump sería el trofeo de un documento hecho trizas. Casi puede escucharse el grito del demagogo diciéndole a sus huestes: hace cuatro años les prometí terminar con el peor acuerdo comercial en la historia de la humanidad. He cumplido. Aquí lo tienen, diría mientras tira a la basura un gordo volumen con las letras “NAFTA.” Tampoco es difícil imaginar la respuesta de celebración: la muerte del TLC nos libera del último vestigio neoliberal: no tenemos por qué pensar en importaciones si en México lo tenemos todo. El cura Hidalgo nunca perdió el tiempo pensando en las cadenas de valor.

En el enjambre de tormentas, hay un terreno razonablemente despejado para México. Lo abre una prudente hipocresía diplomática: el desagradable entendimiento entre Trump y López Obrador.

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08, Jul 2020

La bicicleta de Julio Torri

En un ensayo sobre Julio Torri, Margo Glantz preguntaba por qué ese artista de la brevedad castigaba la prosa como si estuviera flagelando su cuerpo, como si lo estuviera sometiendo a una dieta cruel. Veía en el cuerpo del aforista un anticipo de su inusual literatura: “El estilo de Torri es como su propio cuerpo, un cuerpo anguloso, delgado, rígidamente detenido en los huesos, en el esqueleto, en aquello que le permite estar en pie, aquello que le proporciona un armazón, la capacidad de ser de cierta manera un cuerpo erguido, sin nada que sobre y quizá, eso sí, con ciertas carencias.”

La marca de ese personaje excéntrico en el panorama de nuestras letras es la renuencia a la letra impresa. Sus obras son, en realidad, más un trabajo de editor que desentierra la página secreta que la del autor que va en busca de la imprenta. Si termina publicando eso que consideraba pedacería y cascajo fue solamente por amistad. Era un escritor rarísimo, dice Guillermo Sheridan: “ejemplarmente desprovisto de vanidad.”

Quizá ese régimen austeridad provenía del impulso del “contradictor sistemático” que fue. El traductor de Pascal sabía que la verdad es equilibrio de contradicciones. Solo en la inteligencia que aquilata el pero está la verdadera sabiduría. No padeció como tantos otros, el deseo de tener razón siempre. Sabía que no hay que exprimir la última gota del limón; que hay que hacer, de la escritura, más insinuación que sentencia. Quiso escapar de la mirada, rechazó la atención del público. Lo dejó dicho en un aforismo que lo retrata: “El gozo irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir.”

La levedad, la precisión, la sensación de que sus letras se elevan de un hilo, el silencio apenas distraído remite tal vez a su objeto más entrañable: la bicicleta. ¿Hay otro artefacto que sea, como ése, el equilibrio en la pugna? Julio Torri escribió una declaración de amor a la bicicleta. Agradece que es comprensiva con el solitario, que avanza a nuestro ritmo y no nos impone una velocidad excesiva. Que nos hace flotar, como suspendidos por el aire, que es un riesgo delicioso y que para montarla hay que vencer la amenaza de los coches, de los perros y de los policías. Admiraba su discreción y su silencio. La eficiencia de un transporte libre de la ostentación de los coches y del agresivo trueno de las motos.

Tal parece que el misógino reservaba el amor para su bicicleta. El ciclista se compenetra a tal punto con su máquina que adivina el más insignificante contratiempo. “Un leve chirrido en la biela o en el buje ilustra suficientemente nuestra solícita atención de hombres sensibles, comedidos, bien educados. Sé de quienes han extremado estos miramientos por su máquina, incurriendo en afecciones que sólo suelen despertar seres humanos.”

Margo Glantz conserva una imagen de Julio Torri, feliz montado en su bicicleta. No era común que un profesor de la Facultad de Filosofía llegara a dar clase vestido así, con tenis y gorrita. Tenía “la expresión más feliz y deportista que pueda encontrarse en un hombre tan alejado de la realidad y tan adepto a la vida retirada de la torre de marfil de una biblioteca exquisita.” Trepado en las dos ruedas tocaba la realidad, pero seguía flotando en discreto equilibrio.

*

(Tomado de Obras completas, Fondo de Cultura Económica)

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06, Jul 2020

La cumbre de la saliva desparramada

Las voces que se han alzado para advertir los inconvenientes de la visita del presidente de México a los Estados Unidos son elocuentes. En todos los tonos imaginables se ha recomendado la cancelación de ese viaje inoportuno. La carta del embajador Bernardo Sepúlveda al canciller Ebrard es impecable. El festejo del nuevo acuerdo comercial es una ceremonia “irrelevante” que no puede dejar de considerarse como una intervención mexicana en apoyo de la reelección de Trump. Nadie puede imaginar inocencia en ese gesto. Absurda y costosísima apuesta del presidente mexicano. Absurda porque el residente actual de la Casa Blanca ha sido uno de los más furiosos antimexicanos que haya dormido ahí. Absurda también porque parece una apuesta abierta por un candidato que tiene pocas probabilidades de triunfo. Sepúlveda cita las encuestas recientes: todas coinciden en advertir que la reelección de Trump es improbable. Su conducción de la crisis sanitaria, su respuesta a las movilizaciones antirracistas no ha hecho más que profundizar el repudio de sectores cada vez más amplios. Costosísima apuesta porque asume el riesgo de la enemistad de los demócratas. Distanciamiento no solamente con el candidato Biden, sino también con el partido que seguramente controlará el Congreso.

No deja de ser un misterio el que el presidente mexicano insista en que el propósito de su primer viaje al extranjero sea mostrar su gratitud al presidente que más nos ha insultado. Ese es abiertamente el propósito: voy a agradecer el trato respetuoso de Trump hacia nosotros. El nosotros al que se refiere no es, desde luego, el país. Tal vez los presidentes hayan tenido conversaciones razonablemente cordiales por teléfono. Es cierto que el magnate ha elogiado al presidente de México y que éste, a su vez, ha trazado un curioso paralelo. Usted, el opulento, yo, el humilde, hemos derrotado a las estructuras del poder tradicional para defender la causa de nuestros pueblos. Pero, más allá de la “química” entre los populistas que en tanto se parecen, el trato público de Trump hacia México ha sido siempre el insulto. Su propia carrera política despega con el antimexicanismo más pedestre

La visita de López Obrador no tiene, hasta el momento, otro propósito que la reunión con el presidente Trump. Se ha rechazado explícitamente la reunión con el otro candidato a la presidencia y no parece que haya encuentros programados con legisladores o medios, esos a quien Trump denomina los “enemigos del pueblo”. El motivo de la visita, insiste en su carta Bernardo Sepúlveda, es absurdo. ¿Cómo celebrar la entrada en vigor de un tratado trilateral sin la presencia de los tres mandatarios? ¿Para qué hacerlo si ya entró en vigor? Aunque el primer ministro canadiense no viaje a Washington, el presidente mexicano irá. Elige ignorar también el presidente mexicano la deriva abiertamente autoritaria, si no es que fascista del mandatario norteamericano. Cuando los representantes de las democracias en el mundo hacen ascos al estilo de liderazgo militarista y a su provocación racial, el presidente de México se apresura a un encuentro sin cubrebocas. Aparecerán en algún jardín de la Casa Blanca escenificando para el mundo la cumbre de la saliva desparramada.

La conclusión de Sepúlveda es clara: “esa visita afectará negativamente al interés nacional”. No encuentro en ningún lugar argumentos para justificar la visita. No encuentro tampoco el reportaje en nuestra prensa que identifique el camino de una decisión tan claramente inconveniente. ¿Qué ruta siguió la ocurrencia mañanera hasta concretarse en la reservación del vuelo? ¿Hay espacios de auténtica reflexión en el círculo presidencial? ¿Hay ámbitos en los que se pondere con rigor la oportunidad y el riesgo que derivan de un lance presidencial? Me temo que, ante la ocurrencia de una mañana, no hay reflexión que cuente. Es imposible el diálogo profesional, la seriedad administrativa cuando toda deliberación es, para el presidente, una prueba de lealtad a su proyecto. ¿Quién es el valiente que se atreve a cuestionar el atinadísimo instinto del presidente? Por eso, más allá del riesgo que corremos en la acción de gracias de López Obrador, contemplamos al gobierno como la servidumbre de sus ocurrencias.

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06, Jul 2020

La bota y los patines

La pandemia ha sido, para la política, un reto epistemológico y no solo epidemiológico. Lo plantea de ese modo el filósofo vasco Daniel Innerarity en un veloz ensayo que subraya la torpeza con que la política contemporánea gestiona la complejidad. No solamente carecemos de una vacuna, nos hacen falta asideros conceptuales. ¿Cómo enmarcar el desafío de una pandemia?, ¿con qué palabras nombrarlo?, ¿de qué forma envolver la convocatoria a la reclusión? La peste del 2020 no es, políticamente, como las previas. No es una calamidad que se sufre a solas, en familia y, tal vez, en algún centro de beneficencia. La gripe española, a pesar de su terrible estela de muerte, no concentró los titulares de los grandes diarios europeos. En el parlamento británico, por ejemplo, apenas se escuchó del contagio en un par de ocasiones. Pero lo que atendían los representantes no era el problema sanitario, sino la amenaza que significaba para la actividad industrial. No era considerado propiamente como un problema de salud pública que hubieran de encarar los gobiernos. Nadie se atreve hoy a negar el desafío político del coronavirus. Pero, para asumir esa naturaleza, es necesario darle nombre. ¿Qué es? ¿A qué se parece? ¿Qué llamado puede hacerse desde el poder?

El artículo completo puede leerse en nexos de julio.

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29, Jun 2020

Contra la balsa y el foro

El gran fracaso de la democracia mexicana ha sido el fracaso de la convivencia. No saber discrepar ni cuidar lo indispensable. Doble fracaso: no hemos sabido defender la tabla común ni perfilamos, con razón y apertura, el sentido de nuestras divergencias. México violento y enconado. Confundimos lo común, es decir, aquello de lo que depende la vida de todos, con lo parcial, esa opinión que es naturalmente debatible. No sabemos tampoco argumentar escuchando el otro argumento. Por eso nos carcomen los dos fuegos: el crimen y odio. La democracia, es en efecto, una forma de diálogo y no solamente una aritmética de papeles. No se reduce al juego de los poderes ni a la elección de los representantes. Es una manera de vivir juntos. Un delicado equilibrio entre la balsa de todos y los deseos de cada quien. No tenemos por qué estar todos de acuerdo en el rumbo, ni en el reparto de las cargas. Pero nos corresponde a todos cuidar que la tabla no se hunda.

El atentado de hace unos días contra el jefe de la policía de la capital no es un mensaje de intimidación al gobierno de la Ciudad de México ni una amenaza al gobierno federal. Es una amenaza a todos. En la capital diplomática de la capital política del país, una escena de guerra. La ostentación de la fuerza destructiva de los criminales, el alarde de su arsenal y de sus recursos de inteligencia, son una intimidación al país entero. Este no es un asunto del lopezobradorismo. No es una amenaza que puedan ver con indiferencia o hasta con cierta complacencia los adversarios del nuevo régimen. Se trata de un desafío de Estado. ¿Podríamos finalmente verlo en esos términos y dejar la politiquería para asuntos en los que no nos va la vida en ello? Este no es asunto ideológico, sino existencial. No es un frente más de la batalla entre el nuevo régimen y lo que había antes. Es la tabla de la sobrevivencia. Despolitizar la lucha contra los criminales es el primer paso. El reto tiene que unir a los partidos y a los gobiernos, aún en estos tiempos de extrema polarización. Para enfrentar a los delincuentes la política de estado debe elevarse por encima del encono de los últimos lustros. La unidad del país frente a los criminales no puede ser una simple sucesión de mensajes solidarios a quien sobrevivió la atrocidad. Debe ser la puesta en práctica de un pacto de Estado que el país no se ha atrevido a cumplir.

El atentado de hace unos días, la violencia que parece dispararse en muchas regiones del país, la provocación que escala aquí y allá deberían también motivar una reflexión sobre la seguridad del presidente de la república, su familia, su equipo. Fue un error haber desintegrado el estado mayor presidencial. Tal vez requería una reforma sustancial. Seguramente podría haberse reducido de manera importante. No lo sé. Lo que parece evidente es que el ejecutivo necesita de un equipo profesional que lo cuide. La seguridad del presidente no es un lujo ni una fantochería, como le gusta decir a él. La seguridad del presidente de la república no puede dejarse a la demagogia de la conciencia limpia y del pueblo que lo protege.

Además de cuidar lo común, respetar la parcialidad. Es inaceptable la criminalización de la crítica. Hace unos días, la secretaria de la función pública respondió a una denuncia periodística llamando sicarios mediáticos a sus críticos. Eso fue lo dijo una integrante del gabinete presidencial. ¡Sicarios! Gatilleros. Asesinos a sueldo. Usar esa metáfora en el México de hoy no es solamente grotesco, es peligroso. Es llamar matones a los periodistas. En ese mismo tono han escrito propagandistas del régimen en las últimas horas para hacer el paralelo entre los críticos del gobierno y los criminales que matan por encargo. Como si escribir un reportaje equivaliera a un atentado. Quienes ejercen la crítica son, en realidad, golpistas. Debemos reconocer que la secretaria es buena alumna de su jefe. No hay duda de que el tono de intolerancia lo ha marcado el propio presidente de la república cuando describe una y otra vez a sus críticos como golpistas que anhelan el regreso de la corrupción. El presidente se deleita al recordar el martirio de Madero para describir a sus opositores como zopilotes y para trazar, con poca sutileza, el paralelo entre la crítica y el magnicidio.

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24, Jun 2020

El debate de las estatuas

Hace unos días, una protesta en la ciudad de Bristol en respaldo a las movilizaciones de Blacks Live Matter, se reunió alrededor de la estatua de Edward Colston. Los manifestantes lazaron el cuello del bronce y jalaron de la cuerda hasta tumbarlo. Ya en el piso, lo pintarrajearon y lo arrastraron hasta tirarlo al río. El personaje al que se rendía homenaje como uno de los hijos más sabios y virtuosos de la ciudad fue un negrero. Su gran hazaña fue convertir al puerto de Bristol en la capital inglesa del comercio de esclavos. Dirigió la Compañía Real Africana, empresa que disfrutó del monopolio de ese tráfico. Durante su encargo, la empresa transportó más de ochenta mil esclavos al Caribe y a Norteamérica. Se calcula que, en el viaje, cerca de veinte mil de ellos habrán muerto.

Apenas unas horas después de que la estatua fue derribada, Vanessa Kisuule, poeta de Bristol, escribió un poema que puede verse en youtube. Qué facil fue derribarte. Los victoriosos imaginan la historia estática e inodora, pero es una amante de poco fiar. La sorpresa de la escritora es la ligereza de la estatua al caer. Cuántas veces pasé por tu pedestal y contemplé esa pesada amenaza de metal y mármol. Pero cuando caíste, un pedazo se desprendió de ti… y dentro, nada. Puro aire. Todo este tiempo, estuviste hueco.

La escena de Bristol se ha repetido en muchos lados y amenaza con repetirse muchas veces más. En Estados Unidos se han tirado efigies de Jefferson, de Colón, de Fray Junípero. En Londres, la estatua de Churchill frente al Parlamento está resguardada por policías después de que la placa del pedestal fue grafiteada para decir “Churchill fue un racista.” La pregunta que brinca de inmediato es: si juzgamos a todos los personajes de la estatuaria pública de acuerdo al juicio ético contemporáneo, ¿cuántas pasarían la prueba? ¿Tendríamos que tumbar, en la Ciudad de México, por ejemplo, la estatua de Gandhi, un líder que expresó un profundo desprecio por los africanos?

Simon Schama, un historiador tan agudo para el relato del pasado como para la apreciación del arte, nos recuerda que las monumentos no son historia, sino que su opuesto. “La historia es argumento; las estatuas no permiten ninguno.” Tirar estatuas no es borrar la historia, dice. Los monumentos, enseñoreándose en nuestras plazas públicas, cancelan el debate al reclamarnos reverencia. Los bronces, que aspiran a la perpetuidad, son irremediablemente vulnerables a los cambios en la sensibilidad pública. Es natural que nuestra sana intolerancia a los horrores del pasado transforme el paisaje urbano. Así ha sido siempre. Mary Beard, en un artículo que ha traducido oportunamente Letras Libres, nos recuerda las muchas formas en que los romanos trataban las estatuas de quienes ya no querían honrar. Las destruían, las derribaban para ser pisoteadas, las tiraban al río como se hizo hace unas semanas en Bristol. Pero también las reciclaban imaginativamente. A una escultura ecuestre se le podía cambiar la cabeza del héroe barbado para honrar al héroe del momento y no tirar a la basura el caballo. Se decapita simbólicamente al héroe antipático y se embona el busto de quien tiene el favor del presente. También, de manear más austera, se podía cambiar la placa de la escultura de un dios para celebrar a otro. Después de todo, nadie reclamaría al escultor por el poco parecido con el original.

¿Tirarlas al río? ¿Llevarlas al bosque? ¿Dejar que la hierba de la ciudad las envuelva? ¿Dejar que la caca de los pájaros las cubra? ¿Apilarlas en un museo? Tal vez la mejor propuesta para el trato de las estatuas incómodas es la que ha hecho Banksy, el artista anónimo. Darle otro sentido al homenaje. Sacar la estatua de Colston del río, ponerla de nuevo en su pedestal y comisionar una intervención que registre el derribo del esclavista. Celebrar la protesta.

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23, Jun 2020

Del lopezobradorismo

Encuentro razón en las voces del oficialismo cuando advierten que los críticos del gobierno hablamos demasiado del presidente. Ustedes (dejo los adjetivos que suelen usar) denuncian la concentración del poder y no hacen más que hablar de López Obrador. Su entretenimiento es dedicarse a comentar lo que hace y lo que dice. Si alguien encumbra al presidente son sus críticos al convertirlo en obsesión. Pueden tener razón: lo más fácil para la crítica es tomar cualquier fragmento del circo matinal para exponer el absurdo. Criticando la restauración del hiperpresidencialismo, reproducimos tal vez la vieja cultura presidencialista que reduce la política a las señales que emite el Ejecutivo. La crítica es válida y me parece buena invitación para hablar del lopezobradorismo, más allá del caudillo. ¿Dónde está el lopezobradorismo? ¿Qué es?

Podríamos decir, en primer lugar, que no está en el gobierno. Hablar del lopezobradorismo no es hablar de ese gabinete de fachada que lo acompaña en las ceremonias y que tiene que capotear sus ocurrencias. Ese equipo de nulidades, del que apenas puede rescatarse al canciller que resuelve todas las emergencias, no representa más que el remanente de una estrategia de campaña. El gabinete se conformó para proyectar una imagen de moderación que no corresponde en lo más mínimo al perfil del gobierno y su proyecto de transformación. Para dar confianza a quienes veían en el candidato de Morena a un radical, se apostó por rodearlo de figuras francamente centristas. La fotografía del equipo del candidato parecía una selección de gobiernos previos. Una ministra de la Suprema Corte, algún foxista, colaboradores de Vicente Fox y de Ernesto Zedillo. Perfiles, en su mayoría, técnicos y negociadores. Más allá de la cartera de Energía y de la Función Pública, se perfilaba un equipo reformista y pragmático que ha quedado totalmente nulificado. La permanencia de estos funcionarios en su oficina no es señal de respaldo sino de desprecio.

El lopezobradorismo está en otra parte. Puede ser una fuerza electoralmente menguante, pero es la entidad política más sólida en el país. No hay nada que se le acerque en este momento. Su centro de unidad no es un proyecto, sino una persona. Sus defensores no se cansan de reiterarlo. En el bochornoso culto de la personalidad se muestra este carácter. Se trata de una singularidad inquietante. No hablo solamente del desagradable espectáculo de la adulación, del indigno acomodo de las convicciones para justificar cualquier dicho o acto presidencial. Me refiero a la restauración del personalismo como criterio de identificación política. El lopezobradorismo carece, precisamente por eso, de esqueleto ideológico. Una definición intelectual, a fin de cuentas, fija un rumbo y limita el capricho del dirigente. No busquemos en el lopezobradorismo un proyecto ideológico, un proyecto económico, una visión de la cultura. Ahí, francamente, no hay nada. Las frases que repite mil veces son eso: tonaditas que tal vez en algún momento sonaron bien y que hoy nada dicen. No hay un programa político que salga de la fraseología del mitin. La prédica económica tira a la basura la rica tradición intelectual que en la izquierda ha explorado durante décadas las condiciones materiales de la desigualdad, se desentiende de la discusión económica contemporánea y recurre a un moralismo bobo y cursi que confía en la trasmisión osmótica de la pureza. No necesita hacer una sola suma para repetir, convencido, que la austeridad multiplicará los panes. Un thatcherismo mocho.

Quiero decir que el lopezobradorismo no es un gobierno, ni es un partido ni una ideología. El lopezobradorismo es una fuerza política innegable porque encarna la emoción antioligárquica. Esa emoción, poderosísima y auténtica, conduce la vida pública mexicana. Estoy convencido de que carece de las políticas y de las ideas que harían falta para darle cauce a esa pasión, pero tiendo a pensar que, más allá de los resultados de la administración y del previsible fracaso de su estrategia, quedará como una energía protagónica en la vida política de México para las próximas décadas. El lopezobradorismo no terminará en el sexenio de López Obrador.

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15, Jun 2020

El sermón y la bravata

Cuando un político pierde el sentido del ridículo es que ha perdido contacto con la realidad. No encuentro otra palabra para describir la nueva perla de sabiduría presidencial. Para tiempos de extremo apremio, una ridiculez. Un mensaje que mueve a risa, a burla. Una involuntaria parodia a las patrañas de la autoayuda y el pensamiento mágico. Ante el virus que ha detenido al mundo, el presidente de México recomienda que seamos alegres. En la hora de mayor peligro sanitario en nuestro país, un llamado a sonreír y a ser optimistas. Comer verduritas, ser buenos y rezarle a algún santo. Ante la crisis económica más severa en varias generaciones, una oración de desapego.

Lo llama así, “decálogo,” no solamente porque sean diez propuestas. Es un decálogo porque al predicador del palacio, le parece digno de ser memorizado. La confianza con la que lee las sentencias, el tono sacerdotal del mensaje, incluso la repetición de algunas frases que le parecen especialmente profundas e imaginativas, revelan que, en efecto, piensa que su escrito es un versículo para el presente. La sabiduría de la emergencia, comprimida en diez cápsulas inmortales. Como cuando improvisó aquel ofensivo decálogo contra la violencia de las mujeres, sus subordinados se apresuraron a publicitarlo con ilustraciones. Hay manitas que rezan, caras sonrientes, relojes que nos despiertan para madrugar alegremente. Ante la revelación de los diez preceptos, los leales aplauden en simulación de entusiasmo por la nueva epístola. La comisaria del nacionalismo científico resolvió velozmente que la reflexión que generosamente ha compartido el presidente está libre de cualquier contagio neoliberal y que la Ciencia Nuestra lo respalda plenamente.

Igualmente ridículo, aunque mucho más dañino, fue el documento que se leyó en una matiné reciente. La presidencia no sabe de dónde viene, ni quién lo escribió, pero lo da a conocer. No da pistas sobre la confiabilidad del escrito, pero, de cualquier manera, lo expone. El evento es francamente ominoso. Desde el palacio de gobierno, se da lectura a un documento como si fuera la exhibición de una terrible conjura y se señala puntualmente a los sospechosos. Desde la sede del poder político, se nombran periodistas e intelectuales críticos, se alude a instituciones académicas, a organismos empresariales, a medios de comunicación e, incluso, a órganos de estado como parte de una conspiración. Ninguna ilegalidad se descubre, pero no importa. El apócrifo sirve para lanzar basura. No vale detenerse en la bobería del documento. Lo que cuenta es que la presidencia de la república emplee su tribuna para lanzar acusaciones vagas, para insinuar que sus críticos son desleales a la democracia, para insistir en el cuento de que sus opositores son, en realidad, golpistas.

Ningún periódico serio, ningún noticiero habría dado espacio a ese papel que el presidente pide que sea leído ante la prensa como si fuera relevante para la discusión nacional en tiempos de emergencia. Al presidente le divierte. Confiesa el placer que la causa la provocación. Le alegra la mañana imaginar el efecto que el chisme tendrá en quienes son nombrados como sus enemigos. Nadie puede creer que la lectura del documento sea de un acto de transparencia. Se trata, sencillamente, de una ostentación de poder. El presidente lee un documento que no merece la menor confianza porque puede hacerlo. Ese es el crudo mensaje que proyecta: el Palacio Nacional puede ser empleado para decretar la enemistad.

Ayer domingo, muy en contra de lo que sostiene el subsecretario de salud y lo que aconsejarían los propios datos oficiales, el presidente dio un mensaje en el que implícitamente desentendió a su gobierno de la crisis sanitaria. Cada quien a cuidarse por su cuenta. Esto ya no es un asunto de política pública, es cuestión de responsabilidad individual. Ya aprendimos a cuidarnos. ¡Es tiempo de salir y recuperar la libertad! Y cada quien, que asuma su riesgo. Sorprende el papel que el presidente imagina para sí mismo en la emergencia. No es un presidente que decide, que organiza, que dirige. Es un presidente que, al tiempo que evade las responsabilidades de gobierno, sermonea e intimida. Necesitamos un presidente y tenemos un párroco.

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10, Jun 2020

La máquina, el número y la vida

México obsequia a la ONU cuadro de Manuel Felguérez

Manuel Felguérez estuvo enamorado de la inteligencia de los círculos y los triángulos; de la belleza de los desechos, de la imaginación de las máquinas. Porque sabía que el arte muere cuando el artista se repite, buscó siempre. Se mantuvo en guardia para seguir creando y no convertirse en “artesano de sí mismo.” Pero en esa búsqueda se desplazó siempre en el vasto territorio de la abstracción. Desde que su escultura se liberó de las alusiones al cuerpo humano, siguió experimentando en el arte que cierra los ojos para mirar las formas sin modelo. Huyendo de la retórica nacionalista, encontró refugio en la abstracción. Una de sus últimas obras públicas, el enorme mural que México regaló a Naciones Unidas, resume tal vez su filosofía de la abstracción. El inmenso lienzo es el remate del pasillo de las banderas que conduce al salón plenario de la Asamblea General. Su título es una fecha: 2030. Se trata de una arena de oros, salpicaduras negras y atisbos de blanco. Frente al nacionalismo que apela a las parcialidades enemigas, frente al tatuaje de los agravios ancestrales, el mensaje de un arte sin fábulas. La superación de las identidades. El color y la forma, la densidad y la ligereza; la hondura y la levedad. El cálculo de la razón y la libertad de lo azaroso. Ahí se encuentra el mensaje sin palabras. Al no decir nada concreto, decía Juan García Ponce, la abstracción de Felguérez habla un lenguaje comprensible para cualquiera. No alimenta nuestro prejuicio, lo disuelve. Por eso, a través de sus tintas, formas y texturas, invita al silencio.

Fue un estudioso de escarabajos, de esqueletos y de caracoles. Un admirador, pues, del equilibrio. Esa es, tal vez, la batalla de toda su obra: la conquista del equilibrio. Digo batalla porque en esos términos describió su pasión creativa. El lienzo, la pieza escultórica, el mural son, de algún modo, campos de una batalla íntima que se resuelve en trazos, transparencias, goteos. Será eso lo que les otorga de inmediato la espesura del tiempo. Rastros de una obsesiva refutación. Corregir mil veces el tono, aligerar la oquedad con algún rizo, sujetar con hilos lo que se dispara al aire. En la abstracción de Felguérez hay poco gesto y mucho cálculo: la fricción del hallazgo y del remiendo.

La obra de Felguérez se mueve entre el envase y el desbordamiento. Colores encapsulados y formas escurridizas. La contención y el chapoteo. Apenas en diciembre pasado, para celebrar sus noventa años, el MUAC inauguró su exposición “Trayectorias.” Se muestran ahí tres exploraciones. La primera es industrial, la segunda geométrica y la tercera, orgánica. Estos fueron sus tres dominios. En el primer tiempo el artista auscultó el poder estético de lo mecánico. Los motores de las fábricas, las piezas de los coches, la pedacería de la industria encuentra en sus murales otro sentido: un arte de la máquina. El segundo tiempo es un examen del espacio. El pintor escucha la música de los números, la armonía de los cuerpos esenciales, el diálogo de los colores. Triángulos, círculos rectángulos suspendidos en el tiempo: el arte de la exactitud. El tercer momento de Felguérez es el hallazgo de la vida. Entre el caos de las hendiduras y discontinuidades, aparece una prodigalidad celular. Las frialdades cerebrales de las tuercas y el cuadrado perfecto, son ahora partes de un caos vivo, en sorprendente equilibrio. La máquina, el número y la vida.

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09, Jun 2020

Hobbes y la peste

Leviathan by Thomas Hobbes.jpg

El pensamiento es imposible sin imagen. Lo sostiene Aristóteles en su tratado sobre la memoria. Si un filósofo de la política entendió a cabalidad esta divisa fue su más radical enemigo: Thomas Hobbes. El pensador que quiso hacer del Estado una consecuencia del razonamiento geométrico sabía que el entendimiento y, sobre todo, la persuasión requerían de “estrategias visuales”. La cruda razón era inerte. Demostrar la verdad no bastaba. Era necesario cautivar a los ojos para hacerse oír. Hacer visible la razón.

Su primer biógrafo lo recuerda maravillado como estudiante en Oxford contemplando los grabados y mapas que coleccionaban los encuadernadores. En todos sus libros resalta la importancia del diseño del que fue, por lo menos, coautor. Su traducción de La guerra del Peloponeso, su primer libro, expone ya la miga del relato en la portada. Insatisfecho por los mapas disponibles, traza él mismo el dibujo de Grecia y lo firma para la edición. Hay correspondencia que advierte la importancia que daba a la presentación visual del texto y la intensidad con la que discutía sobre asuntos tipográficos: el tamaño y la fuente empleada le parecían cruciales en el trabajo de edición.

The Plague Doctors

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes.

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08, Jun 2020

Exigencia a las alternativas

La incompetencia y la arrogancia del gobierno federal no otorgan pase automático a las oposiciones. Que el gobierno de López Obrador se haya convertido en una amenaza abierta a la salud pública, que sus políticas le aseguren al país una crisis económica profunda y larga, que su discurso hostigue constantemente a sus críticos, que su práctica corroa el tejido institucional del pluralismo no regala títulos de representatividad a quien lo cuestiona. Toda alternativa debe probarse en el debate público y en el ejercicio de la responsabilidad. No basta con ponerse del lado opuesto al poder presidencial. La tarea de la crítica es compleja y lo es aún más la construcción de alternativas políticas. Hay que ofrecer razones, hay que cultivar confianza, hay que conducirse con apego a las reglas que se pretenden cuidar. La severidad con la que hemos de juzgar al presidente debemos aplicarla también a quienes se ofrecen como alternativas a su proyecto.

A muchos nubla el ansia de encontrar, cuanto antes, antagonistas. Es entendible: al país le urgen equilibrios. Es tal el vacío de las oposiciones formales, es tan profundo el silencio del congreso, que cualquier liderazgo emergente es alabado por algunos como si fuera el descubrimiento de un salvador. Al primer atrevido que brinca a la plaza lo encumbran de inmediato como el héroe de la resistencia. Pero no basta levantar la voz y colocarse en el polo opuesto a la presidencia ¿Será que es ese el peligro profundo del discurso populista? ¿Que la simplificación de su retórica nos intoxica de tal modo que anhelamos una respuesta que sea, en el fondo, un remedo de aquello que se busca combatir? Me temo que la urgencia por ese paladín nos puede costar muy cara. Si actuamos con ese ímpetu, estaremos coronando charlatanes.

Diría lo mismo de nuestros medios. Para defenderlos hay que renovar la exigencia. Que sean espacios de crítica, que preserven autonomía, a pesar de los embates no los certifica como las entidades profesionalmente rigurosas que necesitamos en este momento para comprender lo que sucede. Nos hacen falta medios independientes que confronten al poder, que lo exhiban, que lo cuestionen, que lo ridiculicen. No hay otra forma que el rigor, la seriedad profesional, la acidez del juicio independiente. Precisamente por eso debemos reconocer sus rezagos. El espíritu de cuerpo que la agresión presidencial activa es también un impulso para desconocer las fallas propias. Mal haríamos respondiendo con esa ceguera. El hostigamiento diario desde el palacio es testimonio de la importancia del periodismo independiente. Precisamente por ese papel, nos toca exigir información sólidamente fundada, confiabilidad en los datos, atención a las distintas versiones. Veo en la verdadera crítica una incompatibilidad con el activismo militante y me preocupa que hacia allá caminemos. Mal haríamos al morder el anzuelo que el poder nos lanza. México no puede partirse en las mitades que corresponden al capricho presidencial.

Habrá, desde luego, quien piense que ante la brutal simplificación populista y frente a la entidad de la amenaza, requerimos de simplezas paralelas. Solamente hay que encontrar al antagonista y apostar a su victoria. No hay que ser quisquillosos, dirán. Es lo que hay. Creo exactamente en lo contrario. A las oposiciones, a los medios hay que curtirlos con exigencia y no con mimos. La única manera de salir del maniqueísmo oficial, la única forma de plantear alternativa es construyendo plataformas políticas y de comunicación que tengan un argumento más allá del anti. El antilopezobradorismo sigue siendo hoy un reflejo sin rumbo.

Por ello no cabe la condescendencia ante la política del gobernador de Jalisco, aunque represente al momento la única oposición franca desde un gobierno subnacional. No me parece que hasta ahora signifique una alternativa confiable porque, si puede decirse que fue un gestor responsable de la respuesta sanitaria, ha sido incapaz de atajar la crisis política que se ha desatado en su entidad. Sus desplantes y las balandronadas hacen ruido, pero no sirven para construir opciones políticas serias. No podemos dar pase automático a los ambiciosos que se apresuran para saltar al ruedo con la única bandera de ser el antagonista de Andrés Manuel López Obrador.

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