02, Nov 2008

Exigencia, aspereza, civilidad

La elección ha empezado a terminar. Los candidatos cierran su argumento, aparecen encuestas de víspera, los medios se pronuncian. Los votos comienzan a fluir. Ciudadanos que viven fuera del país y algunos adelantados han votado ya. Después del largo maratón se ve ya el listón de llegada. Ambos finalistas son sorpresa. Al principio del recorrido, pocos habrían apostado por ellos. En los dos partidos, una especie de forastero le arrebató la candidatura a la estructura. En el Partido Demócrata todo indicaba que la heredera del aparato clintoniano obtendría con facilidad la candidatura. En el otro lado, se perfilaba algún personaje más joven, ligado a la vertiente religiosa del conservadurismo republicano. Dos sorpresas que ratifican la democrática imposibilidad de lo infalible.

Repasando la historia reciente, puede verse el proceso del 2008 como una muestra oportuna de la vitalidad de la democracia norteamericana. Se ha puesto de moda la denuncia de ese régimen como política de circo y de dinero; un sistema político subordinado al espectáculo y a la compraventa de poder. El proceso que concluirá este martes da cuenta de la aptitud oxigenante de la democracia norteamericana. La ardua construcción de las candidaturas, la reaparición del entusiasmo político, el involucramiento de nuevos electores, la combinación de tecnologías flamantes y enredadas normas tradicionales, la solidez de los partidos políticos como depósitos de orgullo colectivo y cementos de lealtad institucional, el riguroso examen de la prensa, el rudo combate entre los contendientes, la presencia de dos candidaturas que encarnan valores compartidos—el heroísmo del combatiente de guerra y el adelanto de una minoría excluida—retratan la vivacidad democrática en los Estados Unidos.

Destaco tres elementos que brincan a los ojos de un observador mexicano: el rigor con el que se prueba a los pretendientes, la rudeza de la batalla y la resistencia de la civilidad. El largo camino a la Casa Blanca está cargado de retos y de pruebas. Barack Obama ha tenido que demostrar que, más allá del encanto de su oratoria hay sustancia, que bajo su piel emblemática, hay temple. Por su lado, John McCain ha debido dar cuenta de su relación con el presidente más impopular de la historia reciente y ha visto examinada con lupa toda su carrera legislativa y sus decisiones como candidato. La prensa, la tradicional y la nueva, ha jugado un papel extraordinariamente valioso al mostrar, al cuestionar, al denunciar. Otros sistemas democráticos tienen su forma de probar la madera de sus liderazgos, dudo que exista país en el mundo que, durante el episodio electoral, someta a los suyos a exigencias mayores.

La campaña ha sido ruda. Un ir y venir de ataques. Algunos han dado en el blanco, otros no han tenido ese tino. La campaña de los Estados Unidos muestra las bondades de la negatividad. Nadie se extraña aquí de la legitimidad de una estrategia de acusación. Se le valora sensatamente por la validez de sus fundamentos y por sus resultados. Ambos candidatos han recurrido a la estrategia negativa. La temporada reciente demuestra que la denuncia del adversario es una estrategia válida, riesgosa y útil. Es válida porque una campaña—como el nombre revela—no puede eliminar su belicosidad. Una contienda electoral no es, como quieren nuestros paternalistas defensores de las buenas costumbres–aterciopelada exposición de ideas; es también una disputa áspera, inclemente. Es riesgosa porque puede ser contraproducente. La bofetada que no da al cachete del enemigo regresa a la cara del agresor. Pero es, sobre todo útil: le ofrece información a la gente; es la gente la que decide si el ataque es razonable y fundado.

La denuncia, como es natural, ha sido el principal recurso de quien ha estado abajo en las preferencias. McCain no ha dudado en usar las técnicas que algún día abominó para bajar del pedestal a su adversario. Los ataques han sido duros. Es cierto: ha habido reproches severos e insinuaciones infames pero, bajo el cruce de los puñetazos, se ha mantenido durante toda la campaña cierta plomada de civilidad. Una inocultable liga de respeto une al viejo soldado y al carismático orador.

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Un comentario

  1. S. Bucay dice:

    Debates de verdad
    Vale la pena echarle un vistazo al último debate (28/X/2008) que condujo el nada complaciente Tim Sebastian en “The Doha Debates”. (www.thedohadebates.com) y que, como es costumbre, poco después de la transmisión -a través de la BBC- incluyen en su archivo en forma de transcripción.
    No nos vendría mal un árbitro así en nuestro país: que pregunta a partir de lo que sabe, no de lo que ignora; que acorrala a su interlocutor por su historia y no por sus promesas y que el rigor, con frecuencia inclemente, no impide la civilidad.
    ¿Qué tal para las elecciones del 2009?

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