09, Abr 2012

Miguel de la Madrid

En Palacio Nacional, con la representación de los tres poderes de la Unión, con un mensaje del Presidente de la República, el Estado mexicano despidió a Miguel de la Madrid. Una ceremonia inusual, inesperada que abrió un breve paréntesis al canibalismo de nuestra historia. El funeral adquiría un significado adicional por responder a la iniciativa de un presidente panista honrando a un priista. La enemistad entre partidos se suspendió para darle a México una de sus escasas ceremonias de Estado. Representación de una unidad que trasciende las rivalidades de facción, memoria de instituciones que escapa de los enconos personales. Honrando al presidente de la Madrid, el presidente Calderón dio un ejemplo de civilidad republicana. Que no estemos acostumbrados a ritos como el reciente no es prueba solamente de la inclemencia de nuestra política, sino del terrible menosprecio a los protocolos elementales de la vida pública.

Miguel de la Madrid fue un presidente honesto, fue un presidente sobrio y austero que ejerció el poder con un denso sentido de responsabilidad. No enloqueció con la presidencia ni lo cegó la pérdida del poder. Visto a la distancia de los dos sexenios priistas y los dos sexenios panistas que nos separan de su administración, puede verse a de la Madrid como un buen símbolo de ese régimen político que marcó a México durante buena parte del siglo XX. En él está, seguramente, la gran virtud del priismo: el ánimo del consenso y está también su gran mancha: la connivencia. No fue un fatuo enamorado de su mitología como su antecesor. Tampoco lo envenenó, como a su sucesor, la soberbia de la razón técnica. Fue un político dedicado a cuidar a un régimen, consciente, como el que más, de su fragilidad. Un reformista tímido que no buscó el cambio por lealtad a una receta sino por el dictado mismo de las circunstancias. Como bien lo entendió Reyes Heroles, el burkeano, la prudencia de aquel régimen consistía en una disposición de cambiar para preservar la estabilidad. Un reformismo conservador.

Tal vez haya sido Miguel de la Madrid el último representante de esa prudencia consensual que caracterizó al régimen. Si la expropiación bancaria había sido un golpe tan fuerte para un gobierno que aún no asumía el cargo era precisamente porque atentaba contra una de las alianzas básicas del sistema. Desde entonces, el presidente entendió que tendría que preservar todos los pactos vigentes y restablecer todos pactos rotos. Aquel sistema carecía, a todas luces, de límites formales pero estaba colmado de restricciones, contrapesos y adversarios. La falta de barreras institucionales, es cierto, permitió masacres, desfalcos, costosísimos secretos, abusos pequeños y atroces. Pero al reconsiderar una gestión como la de Miguel de la Madrid puede confirmarse lo absurdo que es pensar aquellas presidencias como si hubieran sido reinados con poderes irrestrictos, absolutos. Ni presidente imperial ni dictador perfecto: Miguel de la Madrid fue un gobernante con amplios poderes en un complejo régimen autoritario basado en el consenso.

Al repasar las memorias que, durante su mandato escribió de la mano de Alejandra Lajous (Cambio de rumbo, Fondo de Cultura Económica, 2004) puede constatarse que el régimen priista era más un enredado enjambre de intereses que una pirámide sometida silenciosamente al dictado de la cúspide. De hecho, puede llegarse a una conclusión muy distinta: una presidencia cautiva. De la Madrid fue un político tan sensible a los límites, tan consciente de los estragos del exceso que trató de regular los aplausos que podría recibir. Pero esa autocontención era también acatamiento de viejas reglas y sostenimiento de alianzas ignominiosas. El presidente reconocía, por ejemplo, que la ciudadanía castigaba a su partido por la crisis económica. Entendía sus razones y se sentía tentado de abrazar la causa de la democracia electoral… pero no lo hizo. A su juicio, no lo podía hacer: la razón de Estado se lo impedía. “Las críticas que refleja (el voto) son muy válidas, pero yo no puedo pagar, en este momento, todos los errores del pasado. No puedo llegar hasta el suicidio político en un afán por limpiar las culpas del sistema. Más que el prestigio que pueda darme la transparencia electoral, me interesa la efectividad y la posibilidad de continuar gobernando. No puedo permitir que cunda la desestabilización del sistema.” El fragmento muestra a un presidente que se percibe como el custodio de un régimen, el guardián de un delicado equilibrio histórico, el garante de una estabilidad fundada en consensos, sean decorosos o infames. En esa concepción de una presidencia de equilibrios se finca la firme prudencia de Miguel de la Madrid y también su blandura.

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8 Comentarios

  1. raul dice:

    De la Madrid, al igual que sus antecesores y sucesores, fue un pesimo presidente, aunque el columnista trate de limpiarlo con verborrea y retorica, disfrazada de analisis politico, por eso seguimos asi, muere un criminal y otro criminal, con deudos criminales, le hace un funeral de estado, al mejor estilo de «El Padrino», de Mario Puzzo y Ford Coppola, capo de tutti capo, no todos tenemos mala memoria, gracias a escritores como ud, se sigue alabando a los villanos mexicanos.

  2. Luis Carlos Arias dice:

    De la Madrid hizo el fraude de 1986 en Chihuahua. Una cosa es tratar de que no se rompa el sistema y otra es tumbar al gobernador en Chihuahua en preparacion para el gran fraude. Eso se le olvido a Calderon, quien por cierto conocio a su esposa precisamente cuando fue a protestar a Los Pinos contra ese mismo fraude.

  3. Jesús Cantú dice:

    Autoritarismo MMH, gran defraudador
    El sexenio que le tocó encabezar a Miguel de la Madrid Hurtado , como presidente de México, puede caracterizarse en cuatro grandes aspectos: las crisis económicas, el cambio de modelo económico nacional, las catástrofes (particularmente las naturales) ypor los fraudes electorales.
    Hay que recordar que De la Madrid rindió protesta tres meses después de la nacionalización bancaria y el control de cambios, que decretó en su último informe de gobierno José López Portillo, pero también entregó al país en medio de otra gran crisis económica, tras el desplome de los precios del petróleo y el crack bursátil de octubre de 1987. Las circunstancias en las que asumió el poder lo llevaron a negociar con los sectores productivos nacionales (principalmente, con los empresarios) y los organismos financieros internacionales, particularmente estos últimos le impusieron el modelo económico que guía los destinos del país desde aquel entonces: el neoliberalismo, emanado del llamado Consenso de Washington, que básicamente implica la reducción al mínimo del Estado y la prevalencia, casi absoluta, del mercado.Así, en realidad él no eligió el cambio de modelo económico, le fue impuesto y dicha imposición no libró al país de otras dos grandes crisis económicas: la de 1987 y la de 1994-1995; y sí sumió a México en un estancamiento económico del cual todavía no logra salir, pues a partir de ese momento las tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto han sido insuficientes. El estancamiento empezó a principios de los ochenta; y el estancamiento con estabilidad, a mediados de los noventa, pero la constante es el estancamiento.Entre los desastres, sin duda el más significativo de todos fue el terremoto que devastó la Ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985, donde la actuación del gobierno dejó mucho qué desear y, precisamente por ello se convirtió en uno de los grandes detonadores de la sociedad civil organizada, que posteriormente habría de encauzar sus esfuerzos para lograr la democracia electoral.En el primer año de su mandato fue en el único en el que se respetaron los triunfos electorales del panismo (el único partido opositor en este momento) en las alcaldías de varios de los municipios más poblados de México, así como algunas capitales estatales; sin embargo, tan pronto como los triunfos de la oposición se extendieron a las gubernaturas de los estados, se archivó la vocación democrática y se reactivó el arsenal defraudador del priismo para conservar el control de las 31 gubernaturas estatales.
    Cualquier recuento de los fraudes electorales a nivel estatal seguramente estará incompleto, pero entre los más significativos por el impacto nacional que tuvieron se encuentran los de Nuevo León, en 1985; y Chihuahua y Sinaloa, en 1986, que se convirtieron en el preludio del gran fraude electoral de la elección presidencial de 1988.
    Los fraudes fueron perpetrados con toda premeditación, alevosía y ventaja, pues en ese momento el PRI tenía la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión y en todos los Congresos estatales y, aunque no fueron los momentos de máximo esplendor del presidencialismo meta constitucional mexicano, éste hacía sentir su fuerza abiertamente y lograba imponer su voluntad personal sin ningún recato.
    Particularmente la legislación electoral federal bajo la cual se organizaron los comicios presidenciales de 1988 fue la más antidemocrática de los últimos 35 años, es decir, desde el inicio de la liberalización política que impulsó Jesús Reyes Heroles, desde la Secretaría de Gobernación durante la Presidencia de José López Portillo. El mayor retroceso de dicha legislación fue que PRI-gobierno aseguró el absoluto control del órgano electoral, lo cual le permitió ejecutar a placer el atraco electoral del 2 de julio de 1988, en ese momento ya no para despojar al PAN de un legítimo triunfo, como había sido en las elecciones estatales, sino para perpetrarlo contra el Frente Democrático Nacional.Pues hay que recordar que De la Madrid no únicamente impuso la fuerza del autoritarismo a la oposición externa a su partido, también lo hizo al interior del mismo y su intolerancia a la disidencia fue lo que provocó la escisión de la llamada corriente democrática, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, que organizaron la otra alternativa opositora.
    A pesar de todo ello, en las honras fúnebres de principios de semana pasada parece ser que lo único que se recuerda de su sexenio es el gran viraje económico y, por ello se le rindieron honores como un hombre de Estado, cuando en lo político fue exactamente lo contrario, pues en todo momento antepuso los intereses de su partido, el PRI, al de los mexicanos y la nación.
    Puede decirse que De la Madrid propició el arribo de la democracia electoral a México, pero por su incapacidad e intolerancia, no por su compromiso democrático y, mucho menos, intencionalmente.
    Su incapacidad para atender la emergencia provocada por el terremoto en la capital catapultó el poder de la sociedad civil; y su intolerancia provocó la división priista, que a la postre causaría su derrota. Ésta fue una consecuencia involuntaria de su autoritarismo.Sin embargo, su actuación como presidente fue diametralmente opuesta a la imagen de hombre de Estado que pretendieron construir los oradores (su hijo, Enrique de la Madrid, y el presidente Felipe Calderón), pues durante su mandato prevalecieron los intereses de su partido y particulares, por encima de los nacionales. Pero, a pesar de los esfuerzos oficiales, esto fue evidente porque la ciudadanía, en general, se mantuvo muy alejada de la ceremonia luctuosa que compartieron la familia De la Madrid-Cordero y las élites priistas y panistas.

  4. Alberto A Vázquez S dice:

    Muy bien documentado Jesús Cantú, lo que yo puedo agregar es que De la Madrid tuvo la ingeniosa idea de gravar los prestamos que recibían los trabajadores bancarios, ya se pagaba una tasa de interés por el préstamo y esa idea de cobrar una especie de impuesto era absurda, era como querer una rebanda de un pastel rebanado. De dónde salió esa asombrosa iniciativa, no lo sabemos.

  5. Martín dice:

    Jesús, siempre es un placer leer tu columna de los lunes.

  6. Hector Jimenez dice:

    Recuerdo haber leido que durante su sexenio, hubo el mayor numero de asesinatos de periodistas. Sera correcto?

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  8. Maya course dice:

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